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domingo, 22 de febrero de 2015

PLEGARIAS DE ABIGAIL




Abigail siempre soñó con tener un hijo. Meses después de casarse, su marido murió de una enfermedad que los médicos no pudieron determinar. Decidió jurar lealtad eterna a su difunto esposo y jamás volvió a estar con otro hombre.
Una noche sin luna rezó a dioses innombrables, y ellos respondieron a las súplicas. Afuera los animales comenzaron a aullar, y algo gritó con odio en sus entrañas.
Abigail reconoció su error y volvió a pedir ayuda, pero esa vez nadie escuchó sus plegarias. Y así se acostaba en su cama cada noche abrazándose a sí misma hasta quedarse dormida. En pocas semanas fue madre, pues aquello creció rápido, aquello a lo que llamó... Ezequiel.
– ¿Por qué me refriegas con tanta fuerza, mami?
Abigail pasaba horas sentada junto a la bañera pasando la esponja una y mil veces por la espalda del niño.
– Para limpiarte bien, hijo.
Ella sabía que ya estaba limpio por fuera, pero de algún modo esperaba que el agua también lo lavase por dentro.
– ¿Es porque maté al gato del vecino, mami? Solo lo estaba acariciando.
Las lágrimas de la mujer caían en la bañera.
Cayó la noche y ella lo arropó y le dio un beso en la frente.
– ¿Se puede limpiar la maldad, mami?
La mirada de Abigail se perdió durante unos segundos.
– Hasta mañana, hijo.
Al salir de la habitación apagó la luz. En la oscuridad aún se podían ver los ojos de Ezequiel.


lunes, 16 de febrero de 2015

EL TITIRITERO





Globos, música y payasos; el cumpleaños de Vicky lo tenía todo.

A las seis sonó el timbre:

– ¿Quién será? – preguntó su madre.

Se abrió la puerta e ingresó un hombre alto con un sobretodo negro. Llevaba consigo una vieja maleta. Era el titiritero.

Al sacarse el sombrero mostró un rostro no apto para menores. Su piel parecía estar hecha de cera; de cera derretida.

– ¡Llegó el titiritero, chicos! – dijo la señora.

La música se apagó y los niños se sentaron en el suelo. El anciano abrió su maletín e instaló un escenario despintado por el tiempo.

No había superhéroes en su maleta, tampoco personajes conocidos de la televisión; el animador poseía tan solo unos pocos títeres sin rostros.

Colgando de unos hilos apareció una marioneta rubia de tristes prendas, y el anciano forzó una voz aguda:

“Hola, amigos. Mi nombre es Laura y soy la más linda del curso”

Llevada por la mano izquierda del anciano, emergió otra marioneta; tenía escasos cabellos castaños y sus prendas eran más tristes aún:

“Tú no eres la más linda. Eres una estúpida”

Los invitados quedaron enmudecidos por el funesto espectáculo.

– No debí haber venido – dijo un niño pelirrojo – ¡Tu fiesta apesta, Victoria!

Vicky le saltó encima:

– ¡Te mataré, Martín! ¡Haré que te arrepientas de haber dicho eso! ¡Yo ni quería que vinieras, mi mamá fue quien te invitó!

La madre de la niña los separó. La camisa celeste del pequeño pelirrojo quedó arrugada y por fuera del pantalón debido a los intentos de Vicky por ahorcarlo.

El titiritero se retiró y reiniciaron la música, pero la fiesta no recuperó su alegría inicial.



___________________________




Globos, música y payasos; un año había pasado.

A las seis sonó el timbre:

– ¿Quién será?

Ingresó entonces el titiritero del cumpleaños anterior. Llevaba el mismo sobretodo negro, un sombrero y la vieja maleta.

Luego de instalar el escenario despintado por el tiempo, la rutina comenzó con la marioneta rubia de tristes prendas:

“Hola, amigos. Mi nombre es Laura y soy la más linda del curso”

Vicky estaba ansiosa por ver el espectáculo completo; Martín no había sido invitado y nadie iba a interrumpir su fiesta.

El animador sacó un segundo títere que enmudeció a los invitados:

“No debí haber venido”

El muñeco estaba vestido con un trozo de tela celeste, era pelirrojo y no tenía rostro.






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lunes, 9 de febrero de 2015

DIARIO DE UN MIMO





Pronto dejarás de temer a los payasos.


I




Mucha gente se disfraza de mimo; lo mío no es un disfraz.

Recorro pueblos actuando en cada plaza, brindando un espectáculo impecable y sin caducidad. En pocos minutos mi gorro desborda de billetes, mas nunca falta algún tacaño.

Con tan solo una mirada me doy cuenta de quiénes se irán sin dejar moneda alguna; lo hacen porque no entienden de sacrificios, lo hacen porque no son más que unos niños ricos. Mi actuación sigue serena, como si ello no importara; pero en el fondo siempre duele. Cuando el avaro se retira, levanto mi sombrero y lo persigo en silencio. Al alcanzarlo no le digo nada, por supuesto, prefiero que sean mis actos los que hablen por mí.

No siempre fui infalible en mis venganzas, varias veces me he equivocado. Con el tiempo adquirí práctica hasta volverme perfecto. Debí hacerlo, la mímica no entiende de impurezas.

De pequeño vivía con mi madre, pero luego de un desfile de malvivientes dignos de un espectáculo de fenómenos, eligió al peor de todos y lo trajo a nuestro hogar.

Mi padrastro era un ebrio apostador que trataba a mi madre como a un animal circense, y yo siempre la defendía.

“Tú cállate, ¡maricón!”, me gritó más de una vez; y yo no me callaba.

Mis costumbres eran motivo de burla para él. Cada vez que me veía leyendo un libro de poesía, se reía; cada vez que me veía contemplando una flor, me insultaba. Parecía culparme por su ceguera a la belleza que nos rodea.

Hoy en día podría deshacerme con facilidad de hombres como mi padrastro; descuidados, perezosos, con un alto índice de grasa corporal; pero en ese entonces era demasiado pequeño para enfrentarlo.

Un día, luego de perder más dinero que de costumbre, volvió a casa enajenado. Intenté dialogar con él, y entonces se iniciaron los agravios. Me ordenó guardar silencio, pero yo no me callé.

Mi madre saltó en mi defensa y él la empujó contra la pared, riéndose de ella como un rey de su bufón. Fue entonces cuando me paré de mi silla y le grité furioso. Craso error; debí atacarlo en silencio y sin pérdidas de tiempo.

Ese día me propició una golpiza que me hizo perder la consciencia. Al despertar me vi en los brazos de mi madre, quien lloraba sobre mi rostro creyéndome muerto. Intenté hablarle, intenté pedirle perdón por no haber podido calmar la situación, mas mis labios me lo impidieron.

Estuve una semana internado; el malnacido me había quebrado la mandíbula. Lo peor fue que mis huesos sellaron mal, y eso provocó que me mordiera la lengua a menudo a causa de la desviación de mi dentadura. Me llenaba de llagas, sobre todo en épocas de estrés, provocando que a partir de entonces no pudiera respirar con la boca cerrada sin emitir ruidos molestos. Fue un trastorno para mí, siempre fui correcto en mis modales, pero él me había convertido en un ser vulgar y despreciable.

Cuando regresé del hospital, mi madre ya lo había perdonado; aunque él seguía siendo la misma bestia.

La siguiente vez que nos atacó fue la última. Llegué una tarde y vi a mi madre sentada en el suelo, suplicando que la dejase de golpear; y entonces di respuesta a sus plegarias. Él no había notado mi presencia, pues en aquella oportunidad no cometí el error de hablarle, solo me acerqué en silencio y lo sujeté de sus grasientos cabellos mientras le cortaba la garganta con un cuchillo. Mi madre quedó bañada en la sangre de ese puerco; me gustó verla así.

Juntos cargamos el cadáver en el auto y nos alejamos de la ciudad. No teníamos ni idea de lo que haríamos con el cuerpo, ¿pero quién no ha viajado alguna vez a toda velocidad con un muerto en el baúl sabiendo que todo terminaría mal?

En la ruta nos detuvo la policía y nos ordenaron que descendiéramos del vehículo. Mi madre estaba empapada en llanto, y el rímel corrido le pintaba “culpable” en las mejillas.

– Muchacho, abre el baúl – me dijo el oficial; y ese fue el preciso instante en que se terminó mi infancia.



II




Mi madre mintió en el juicio oral; declaró que fue ella quien mató a mi padrastro e incluso dijo que yo no estaba enterado de que llevaba su cuerpo en el baúl del auto. Le dieron una condena de treinta años y a mí me enviaron a un internado.

A los pocos meses de estar recluida, falleció en la cárcel; ahorcada, según me contaron.

La noche en que me enteré de su muerte quedé devastado. No tenía consuelo, había perdido a la única persona que me importaba en todo el mundo.

Estaba yo llorando frente al espejo del baño cuando dos muchachos ingresaron: dos gemelos idénticos. Al mirarme se rieron porque interpretaron mi llanto como una debilidad. Uno de ellos tomó entonces una tabla de madera cuyo propósito en el baño comprendí en ese preciso instante. Trabó la puerta con ella y se puso junto al otro, hombro con hombro, formando un grotesco gigante de dos cabezas. Unidos se acercaron a mí; me encantó que así fuera.

La mayoría de las personas pierden la calma en los momentos de tensión; en cambio yo, que siempre anduve con placidez entre el ruido y la prisa, respiré profundo dejándome llenar por el recuerdo del silencio.

Los dos hermanos me acorralaron contra la pared y comenzaron a bajar sus cremalleras, lo hicieron porque ellos no sabían que no es fácil doblegar a alguien como yo, a alguien a quien el dolor le aprieta la garganta permitiéndole tan solo brotar lágrimas de odio.

– Esperen, por favor – les dije – ¿No creen que deberíamos besarnos primero?

Los dos muchachos rieron como idiotas. Salté entonces sobre uno de ellos y lo besé en la boca. Fue un beso de dientes.

Al verme escupir un trozo de labio superior en el suelo, el otro degenerado intentó escapar. ¡Subnormal!, él mismo había trabado la puerta con una tabla de madera.

Los segundos que le tomó destrabar la salida fueron más que suficientes para que yo le empujara la cabeza hacia adelante con todas mis fuerzas, una fuerza más que suficiente para que su tabique nasal se le clavara en medio del cráneo.

Me acerqué entonces al otro gemelo, quien estaba arrodillado en el suelo sangrando y lamentando la mutilación de su labio.

– ¿Cómo dices? – le pregunté.

Intentó modular, mas produjo un barboteo. Entonces lo miré con la misma sonrisa que él tenía cuando bajó su cremallera.

– Lo siento – le dije –, no te entiendo. Verás…, te falta el labio superior.

Hice un gesto de tristeza con la boca y luego, con la punta de mi dedo índice, tracé una línea vertical desde la base de mi ojo hacia abajo. Ese fue el anteúltimo de mis movimientos que aquel pervertido vio en su vida. Su cráneo cedió ante la cerámica del lavamanos y yo me fui del baño sin rasguños.

Debía escapar esa misma noche de aquel lugar. La primera ocasión en la que había matado a alguien, mi madre y yo fuimos descubiertos, y aquella vez en el internado había cometido un doble homicidio.

Trepé el muro de ladrillos en un descuido del guardia; fue fácil, nací dotado de una gran destreza física. En la cima me sujeté de los alambres de púas lastimando mis manos. La adrenalina me ayudó a soportar el dolor en ese momento. Luego de alejarme, me vendé las manos con trozos de mis prendas y busqué refugio en un callejón hasta la mañana siguiente.

Al despertar, lo primero que debía hacer era mudarme el sweater; estaba cubierto en sangre, no tanto mía como la de los gemelos.

Divisé una casa con ropa colgada en la soga y encontré dos playeras de mi talla. Una era colorida, no reflejaba el desconsuelo de mi alma; la otra era a rayas negras y blancas, esa fue la que llevé.

Con la vestimenta limpia, me dirigí a la casa de la hermana de mi madre.

Mi tía no se parecía en nada a mi progenitora, no tenía su belleza y carecía por completo de elegancia. Era una mujer descuidada y, si se la miraba a contraluz, podía observarse una barba incipiente.

Mi plan era vivir con ella y su familia, al menos hasta alcanzar la mayoría de edad, pero me echó de allí; al parecer no quería arriesgar su hogar perfecto con un muchacho prófugo.

Me dio una vieja maleta y me guió hasta un armario repleto de cosas de mi madre. Escogí aquellas prendas que pudieran quedarme, ella era una mujer alta así que pude encontrar varias cosas de mi talla. Asimismo encontré su pequeño bolso de cosméticos; también lo tomé, me traía muchos recuerdos de cuando la veía de reflejo, pintándose, antes de que los hombres que conoció le arruinasen la vida y el rostro.

Me retiré con una sonrisa, pues tenía planeado regresar esa misma noche y vengarme de esa mujer barbuda.

Después de una vida de sufrimiento, aquella señora no tuvo compasión por su sobrino ¿acaso no le importaba en absoluto? Se lo habría dicho, la habría insultado por su indiferencia; mas preferí que sean mis actos los que hablaran por mí.

Regresé al amanecer con una botella de gasolina. La lancé por la ventana y huí como una cebra mientras la casa ardía en llamas. Tiempo después me enteré de que mi tía y su familia se salvaron; el gato los despertó en medio de la humareda y lograron salir a tiempo. Debí ahorcarlos mientras dormían; al parecer, mi voluntad no se concreta cada vez que utilizo armas.






III



Durante semanas viví en las calles. Recorrí ciudades y tuve amistades fugaces con personas que jamás volví a ver. Lo único que me acompañó siempre fue la vieja maleta de mi madre.


Una noche, viajando en tren, conocí a un singular individuo que me ayudó a encarrilar mi vida: un viejo payaso.

El anciano tenía una enorme sonrisa pintada; aun así, mostraba una insondable tristeza. Poseía unos escasos cabellos de plástico azul; y su traje, que alguna vez debió quedarle holgado, le apretaba la barriga.

– Hola, muchacho – me dijo desde el otro extremo del vagón – ¡Vaya que hace calor!, ¿verdad?

– Sí.

– Eres de pocas palabras. Serías un buen mimo…; silencioso, misterioso, y con un pantalón que se ajusta a tu cuerpo de un modo irresistible.

Luego de aquel comentario fuera de lugar, su rostro se transformó ajustándose a la enorme sonrisa pintada. Sin que lo notara, comencé a sacar mi cuchillo; estaba dispuesto a dibujarle una segunda sonrisa, pero abdominal.

– ¡Era una broma, muchacho! – dijo justo a tiempo – Pero lo de ser mimo va en serio. No sé si lo sabes pero los mimos son la encarnación de la miseria humana, el reclamo silencioso de los que perdieron la voz, el apogeo de un sufrimiento que se acumula en el pecho hasta formar un nudo de dolor que aprieta la garganta permitiendo tan solo brotar lágrimas de odio.

Me asombró aquel comentario. Jamás me molesté en verificar si era cierto o no, ya que sus palabras sonaron sinceras y lograron llenar parte del vacío que sentí toda mi vida. Me quedé estático mientras él seguía hablando:

– Yo intenté ser mimo cuando joven – dijo –. Luego de unos años descubrí que no tengo suficiente disciplina, y entonces me convertí en payaso.

El anciano y yo viajamos juntos durante horas mientras me explicaba los rasgos esenciales de la mímica. De pronto me vi dando los primeros pasos en las rutinas más sencillas, ejecutándolas para él.

– Tienes facultades, muchacho; aunque haces demasiado ruido al gesticular.

– Hace años, mi padrastro me propició una fiera golpiza. Estuve una semana internado con la mandíbula quebrada y mis huesos fusionaron de un modo incorrecto. Desde entonces me muerdo la lengua a menudo a causa de la desviación de mi dentadura. Es por eso que mi lengua suele estar llena de llagas, sobre todo en épocas de estrés, y me es difícil respirar con la boca cerrada sin producir esos ruidos.

– Ese sí que es un problema…, los mimos deben ser silenciosos. Tendrás que mejorar eso.

Me mostró algunas gesticulaciones junto con la posición de la lengua en cada caso. Debo admitir que podría haber sido un gran espectáculo si no fuera por sus dientes negros y el fuerte olor a vodka que me desconcentraba.

El anciano me aconsejó que descendiera del tren en la estación de Cirque Valley, y que me dirigiera a la escuela de teatro, lugar en donde se reunían artistas callejeros de todos los rincones de la nación. Allí tal vez podrían darme alojamiento si me presentaba como mimo.

A pesar de su excentricidad, el anciano del tren me fue de gran ayuda. Y pensar que algunas personas temen a los payasos…



IV




La estación de Cirque Valley era única. Cada ventana del edificio de madera estaba pintada de un color diferente. Los anuncios eran obras de arte, y le daban al lugar una ambientación placentera, convirtiéndolo en una entrada a un espectáculo inolvidable. La gente se tomaba tiempo para comprar los boletos y subir a los trenes, como si se trataran de acontecimientos importantes. Todos disfrutaban de cada instante en aquel sitio.

Miré a mi alrededor y contemplé cada detalle, observé cada uno de los faros antiguos y los arcos en cada salida. Entonces vi un señor que estaba parado en el andén ayudando a subir y a bajar maletas. Usaba un traje ajustado color sepia; de hecho, todo su cuerpo era sepia. Tenía unos bigotes llamativos: rectos pero terminando en espirales. Se movía de manera enérgica y, cada vez que levantaba un equipaje pesado, se tomaba unos segundos para mostrar sus bíceps a las damas y a los niños que pasaban.

– Buenas tardes – le dije –, ¿sabe usted dónde queda la escuela de teatro?

– Debe seguir derecho por la calle empedrada – dijo señalando sin dejar de flexionar su musculoso brazo –. Luego de tres cuartos de milla se chocará con la escuela.

Siguiendo el camino indicado llegué a una enorme mansión venida a menos. El lugar estaba rodeado por un amplio parque cubierto de verde. Era un lugar increíble, era el lugar al que estuve destinado a dirigirme toda mi vida.

Me quedé parado en el umbral cuando vi un grupo de seis hermosas malabaristas en medio del césped. Perdí la noción del tiempo mientras mis ojos daban vueltas intentando seguir sus sincronizadas piruetas, ¡cuánta belleza!, ¡cuántas ganas tuve de formar parte de aquella institución!

– Buenas tardes – interrumpió alguien – ¿nos dejaría pasar, por favor?

Al darme la vuelta vi que se trataba de un hombre; le estaba bloqueando el paso.

– Discúlpeme – le dije –, pase usted.

Me hice a un lado pero el hombre no se movió. Permanecimos en silencio, mirándonos durante unos segundos. Luego me indicó que mirara hacia abajo haciendo un carraspeo. Quedé fascinado por aquello que el hombre llevaba entre las piernas. Colgando de unos hilos, tenía una curiosa marioneta. Era su versión miniatura, aunque no estaba a escala. La cabeza del títere no era proporcional al cuerpo y su nariz era demasiado puntiaguda. Aún así (o quizás por aquellas anomalías), se trataba de una pieza adictiva.

– Perdóneme, señor – me disculpé con la marioneta –; no lo había visto. Pasen ustedes.

El hombre sonrió y ambos avanzaron al unísono. Cuando el titiritero y el títere se habían alejado algunos metros, les grité; me había resultado simpático aquel señor y pensé que quizás podría ayudarme.

– Señor…eh… señores… ¿puedo hacerles una pregunta?

Los dos me miraron al mismo tiempo.

– Por supuesto, díganos qué se le ofrece.

– ¿Podrían indicarme qué debo hacer para que me acepten en esta maravillosa escuela? Provengo de muy lejos y no tengo dinero.

– ¿A qué se dedica, joven? – preguntó el titiritero.

– Deseo convertirme en mimo.

– Lo siento…, aquí ya hay demasiados mimos, es por eso que se les hace una prueba a los nuevos aspirantes. El maestro es quien se encarga de la admisión de mimos, bufones, arlequines y payasos. Le recomiendo estar bien preparado; si fracasa en el primer intento, no tendrá una segunda oportunidad.

Yo no tenía preparada una rutina, así que me retiré de allí más melancólico que antes. Me di cuenta, además, de que el titiritero también era controlado por unos hilos, y que no era más que un títere a los ojos de otro titiritero de un nivel superior.

Regresé a mi destierro, pero al menos tenía algo que antes me faltaba: un objetivo; y no aceptaría un no por respuesta.





V


Viví en las calles de Cirque Valley actuando por monedas, practicando las rutinas que me había enseñado el viejo payaso del tren y las que aprendía de otros mimos callejeros.

Un día me sentí listo y me acerqué a la escuela. Allí me hicieron presentarme ante el maestro, quien estaba parado junto a dos alumnos silenciosos.

– Me dijeron que vendría un mimo – dijo el maestro –, tú no eres un mimo.

– Lo siento – le dije –, no sabía que las audiciones se realizaban de manera inmediata. Por eso vine sin disfraz.

– Esto no es una fiesta de disfraces – me dijo –; se es o no se es. El verdadero mimo no usa un disfraz, tan solo usa el maquillaje con el que debió nacer y se pone la vestimenta que es normal para él. Son sus necesidades básicas, sin ellas no podría vivir.

– No fue eso lo que quise decir, maestro, es solo que…

– Shhh… – me interrumpió –, los mimos no hablan.

Los tres se sentaron en la primera hilera dejando el escenario para mí solo. Comencé entonces a hacer los movimientos que se me iban ocurriendo, no lo hice mal considerando mis nervios.

El maestro subió al escenario con un gesto de disconformidad mientras yo seguía actuando. Se puso a pocos centímetros de mí y me miró a los labios de un modo inquietante.

– No lo haces mal – me dijo –, pero tienes mucho que aprender. Además, eres muy ruidoso.

Tenía razón. Intenté entonces explicarle el motivo con la esperanza de que supiera comprender:

– Hace años, mi padrastro me propició una fiera golpiza. Estuve una semana internado con la mandíbula quebrada y mis huesos fusionaron de un modo incorrecto. Desde entonces me muerdo la lengua a menudo a causa de la desviación de mi dentadura. Es por eso que mi lengua suele estar llena de llagas, sobre todo en épocas de estrés como esta, y me es difícil respirar con la boca cerrada sin producir esos ruidos.

– No te pedí la historia de tu vida – dijo él –. Si no puedes mantener silencio, jamás serás un buen mimo.

Recordé los consejos que me había dado el viejo payaso y lo hice mejor, mientras el maestro se quedó en el escenario para seguir oyéndome. En un momento tragué saliva de un modo muy notorio, perturbando de nuevo la calma de quien me estaba evaluando.

– Sigues haciendo ruido. Además, no debes tragar saliva en medio del acto. Te lo advertí; un mimo debe actuar en absoluto silencio.

– Lo he estado practicando, cada vez lo hago mejor. Necesito un poco más de tiempo. Si me deja regresar en unos días, verá que…

En ese momento me interrumpió apuntando con severidad hacía la puerta de salida:

– No tienes nada que hacer aquí, este no es un lugar para indigentes sin talento. Aquí solo aceptamos artistas de alma, gente que nació para esto. Vete y jamás regreses.

En cualquier otra situación lo habría matado al instante, pero el maestro tenía razón. Además no quise hacerle daño sin antes obtener su aprobación, debía ser admitido en su sistema antes de destruirlo.

Me alejé de allí aún más deprimido que la primera vez.



VI


Fui a vivir a un frigorífico abandonado, un edificio blanco y frío, lleno de antiguas maquinarias que se corroían ante el indefectible paso del tiempo. Era un lugar silencioso cuyos suelos no habían sido pisados en años. Era el sitio perfecto para mí.

No podría regresar a la escuela por un largo tiempo, el titiritero me lo había advertido: “El maestro no da segundas oportunidades”. Así que el frigorífico se convirtió en mi hogar y mi academia.

Decidí practicar en serio aquella vez, no semanas, sino meses; años tal vez. A mi siguiente audición iría preparado, llevaría además el atuendo adecuado y me maquillaría como corresponde. Estaría irreconocible.

Ensayaba ocho horas diarias y hacía ejercicio durante otras ocho. Durante ese tiempo iba a almorzar y a cenar al comedor municipal, allí se encargaban de conseguir trabajo a los indigentes y también asistían con terapia a quienes lo precisaban. Yo nunca hablaba con nadie, todo lo que quería era regresar a mi escondite a practicar mirando mi sombra sobre el suelo y mi reflejo en las oxidadas maquinarias. En poco tiempo esculpí mi cuerpo; parecía hecho de mármol.

Perfeccioné mi rutina, y ya no emitía ruidos con la boca. Me convertí en un hombre silencioso, me convertí en el mimo perfecto.

El día en que decidí regresar a la escuela a probar mi suerte, abrí la vieja maleta de mi madre. En el transcurso de esos años ya había usado toda la ropa, solo quedaban dos cosas allí: unos preciosos guantes antiguos y el pequeño bolso de cosméticos.

Me puse enfrente de una lámina metálica para maquillarme. El reflejo deformaba mi rostro, mas no necesitaba verme. La verdad es que no me estaba pintando la cara, estaba cubriendo el color humano que llevé por error durante años.

Mi rostro maquillado en blanco reflejó otra vez la pureza de mi espíritu, aquella de la que me habían despojado hacía mucho tiempo. Los labios rojos, casi negros, eran para dar besos de muerte, como los que le dieron a mi madre tantos malvivientes durante toda mi infancia. Me delineé los ojos, porque ellos son el camino hacia el alma, y yo había recuperado mi rumbo. Al final, pinté una lágrima en mi pómulo, para explicitar el dolor que llevaba dentro.

Ingresé al viejo edificio y no tuve necesidad de abrir la boca; enseguida me enviaron con el maestro. Todos se volteaban a mirarme, parecía que jamás hubiesen visto a un mimo. La verdad es que no lo habían hecho, yo era más real que todos los mimos de aquella academia juntos.

El adusto rostro del maestro me resultó inconfundible, pero él no logró reconocerme.

Comencé con la pared del mimo, por ser lo primero en lo que me perfeccioné; solo debo imaginar la enorme muralla negra que me apartó de mis sueños durante toda mi vida. Palpé la rugosa superficie, y al empujarla sentí una presión sobre mis brazos rechazándome hacia atrás.

Continué con la técnica de tirar la cuerda, fácil también. Para mí esa soga es tan real que siento que podría ahorcar a alguien con ella, y siempre pienso en la misma persona: mi padrastro. Con tan solo imaginar que esa soga irá alrededor de su cuello, me basta para tirar de ella con movimientos perfectos.

Inclinaciones, puntos fijos, caminata en el lugar…, todos los trucos los hice de manera impecable; pero no quise detenerme en ellos, quería cerrar pronto la audición con la mejor de mis rutinas: la clásica pero aun sorprendente caja del mimo.

Atrapado, aislado del mundo; no requiero de mucho esfuerzo para comenzar a desesperarme en esa claustrofóbica situación. Interpretar la caja del mimo es interpretar la historia de mi vida. Para aumentar la tensión suelo pensar que mi madre está afuera y que la caja es la humanidad, el planeta tierra, separándome de ella. Otras veces imagino que estoy de regreso en el vientre materno, entonces la desesperación se transforma en paz y armonía.

Mis rutinas eran excelsas debido a que formaban parte de mi historia, y el maestro quedó atónito ante ellas. Los dos alumnos que estaban allí no podían creer lo que estaban viendo, no solo mi actuación había sido perfecta, sino que el maestro jamás había quedado tan sorprendido por un artista, y al terminar mi actuación lo miraron esperando que tuviera algo negativo que decir; pero no lo hizo.

– ¿Cómo te llamas? – me preguntó.

No le contesté.

– ¡Sublime!, casi todos caen en esa trampa y dicen sus nombres repletos de entusiasmo, pero tú no. Lo tuyo ha sido espléndido, has sido aceptado en esta institución. Aquí tendrás techo, educación y comida.

No le contesté.

– Va en serio esta vez – me dijo –, terminó la función. Dime tu nombre.

Craso error, no le iba a contestar porque la función no había terminado, no le iba a contestar porque aquello no era una función. Fue entonces cuando hice un movimiento prohibido para los mimos, sacando dos cuchillos que tenía guardados en mi cintura.

Mimos o no mimos, los tres gritaron cuando los atravesé con ellos. Pude con los tres; no es fácil doblegar a una persona a la que le aprieta la garganta permitiéndole tan solo brotar lágrimas de odio.

Aquella vez tampoco pude escapar. Al salir, varias patrullas me esperaban en la entrada del edificio. Levanté entonces mis manos como si estuviera interpretando otra vez la pared del mimo.

Me esposaron y me metieron en uno de los vehículos. Estaba sin escapatoria… por el momento.




VII


En el viaje a la comisaría, el conductor de la patrulla bromeó:

– Tiene derecho a permanecer en silencio.

Los dos oficiales rieron como idiotas.

Los mimos han soportado todo tipo de ofensas, aunque debo admitir que aquella me pareció original. De todos modos, me quedé en silencio; preferí ser el último en reír.

Al llegar me arrastraron a una celda donde me dejaron en solitario toda la noche. Allí tuve tiempo para pensar. Me di cuenta de que, por algún capricho del destino, siempre que empleo armas para matar a mis víctimas, la policía me atrapa. A partir de entonces mataría sin usar otra cosa que no fuesen mis manos.

Al día siguiente los oficiales habían descubierto todo sobre mi pasado. Me dirigieron a la sala de interrogatorios, donde se encontraba un inspector junto con un joven agente.

– ¿Así que usted es el mimo asesino? – dijo el inspector.

No le contesté.

– Llevo veinte años ejerciendo en esta ciudad y esta es la primera vez que me encuentro con un caso como este.

El inspector no lo sabía entonces, pero yo ya me había zafado de mis esposas. Debí dislocarme el pulgar izquierdo para hacerlo. Pocos soportarían un dolor como aquel, pocos serían capaces de ocasionarse semejante daño a sí mismos, pero es porque no entienden de sacrificios.

– Tengo aquí su expediente. Dice que su padrastro le rompió la mandíbula y que a partir de entonces se muerde la lengua llenándola de llagas. Dígame una cosa…, ¿ese es el motivo por el que ahora se disfraza de mimo?

La pregunta no tenía sentido, lo que yo tenía puesto no era un disfraz de mimo, porque lo que yo tenía puesto no era un disfraz.

– El espectáculo terminó, señor mimo. Confiese de una vez. Fue usted quien mató a esos gemelos en el internado, ¿verdad?

Me mantuve imperturbable, aunque por dentro me reía. Mis manos estaban libres; ya casi podía romper sus frágiles huesos, ya casi podía oír ese sonido que da vida a mi mundo silencioso. En cuestión de segundos tendría su sangre salpicada sobre mí, dando color a mi mundo en blanco y negro. 

– Fue usted quien incendió la casa de su tía, ¿verdad? – dijo el inspector – Abra su maldita boca, quiero escucharlo hablar, quiero ver ese problema que tiene en la mandíbula, ese que le provocó su padrastro cuando intuyó que usted terminaría convirtiéndose en un monstruo social.

No le contesté.

Si bien me había liberado de las esposas y ellos solo eran dos, estaban armados. Necesitaba una distracción que me diera al menos un segundo de ventaja antes de que pudieran reaccionar mientras yo saltaba por encima de la mesa.

– ¿Por qué no le contesta al inspector, payaso? – preguntó el joven agente.

Craso error; yo no soy un payaso.

Fue ese el momento exacto para revelar mi secreto, mostrarles que el hecho de que mi padrastro me hubiese roto la mandíbula terminó siendo lo mejor que me pudo ocurrir para que encontrara el camino hacia mi verdadero yo. Entonces abrí la boca y sus rostros se pusieron aún más pálidos que mi maquillaje.

En medio de la conmoción salté de mi silla y le di un fuerte puñetazo al detective, luego di medio giro y pateé al joven en el pecho. Pude sentir como se quebraron sus costillas; segundos después el muchacho había muerto por asfixia.

El detective estaba tirado en el suelo, mareado por el golpe, y tenía el rostro cubierto de sangre; me encantó verlo así.

Me agaché junto a él y le hice el gesto universal del silencio, y en ese momento oí gritos provenientes de fuera de la habitación. Levanté al detective torciéndole el brazo y me puse detrás de él. Pude sentir su miedo recorriéndolo como un frío por su espalda. Dos oficiales abrieron la puerta y me lancé hacia ellos con mi escudo humano, quien recibió todos los disparos. Sujeté a uno de ellos de la muñeca para que apuntara y matara a su compañero, y entonces solo quedó un oficial vivo en la habitación. Le di un golpe en la rodilla y cayó al suelo. Me suplicó que lo dejara vivir, y le apoyé mi pie en el cuello para aplacar sus sollozos.

Oí que otros policías que se acercaban; eran los dos cretinos que se rieron de mí cuando me llevaron en la patrulla. Rodé en el suelo y me escondí en otra habitación. Ellos siguieron de largo para ir al lugar en donde yacían los restos de sus cuatro compañeros, entonces me acerqué en silencio y los golpeé a unísono al costado de sus cuellos. Pude oír como quebré las cervicales de uno, pero el otro seguía vivo. Era el último que quedaba en la pequeña comisaría de Cirque Valley, y quise disfrutar el momento.

Lo sujeté de la cabeza y, poco a poco, la giré unos grados por encima del límite permitido por la anatomía humana. Entonces sí fui el último en reír.


VIII


No tuve complicaciones para matar a los policías y escapar de aquel lugar, aunque en la sala de interrogatorios sucedió un momento clave. Pudo haber sido difícil deshacerme de los dos primeros policías, pero conté con un comodín bajo la manga. Eso que les mostré cuando me pidieron que hablase me dio unos segundos de ventaja. Esa distracción fue imprescindible en mi fuga.

Ellos jamás se habrían mutilado en pos de seguir sus sueños; pero yo sí lo hice. Antes emitía ruidos molestos al respirar debido a que, por la desviación de mis dientes, me mordía la lengua llenándola de heridas. Pero encontré la solución.

Al abrir la boca los impacté, no por algo que vieron sino por algo que no vieron. Sucede que algunos no entienden de sacrificios, pero yo sí. Por eso lo hice todo para convertime en el mimo perfecto, incluso... cortarme la lengua.

Mucha gente se disfraza de mimo; lo mío no es un disfraz.








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jueves, 5 de febrero de 2015

EL HOMBRE DEL TRAJE ROJO




Sábado de dos por uno. El lugar estaba lleno.

– Y vos… – dijo Amanda –, ¿qué estás esperando para sacarme a bailar?

José Luis sonrió; adoraba esas provocaciones de su novia.

– Vení para acá – dijo a la vez que la acercaba sujetándola de la cintura.

Su boca quedó a centímetros de la de ella, luego la tomó de la mano y la llevó al centro de la pista de baile.

Gente en la barra, gente en las mesas y gente bailando; no había un rincón vacío en todo el salón. En la pista muchas parejas bailaban de manera magistral, pero ninguna se destacaba tanto como José Luis y Amanda. Ellos no eran impecables en sus movimientos, les faltaba eso que algunos exquisitos llaman “técnica”. La pareja cometía errores, era cierto, pero vivían como nadie cada nota que allí se escuchaba.

Ambos se fundieron en uno mientras la música fluía por sus cuerpos. La manera de sujetar que tenía José Luis era masculina pero gentil, sujetaba a Amanda con fuerza, mas con una delicadeza incapaz de lastimarla. De un leve tirón llevó su mano hacia su pecho a la vez que le marcaba un giro con la otra en su espalda. Amanda se dejaba llevar con facilidad, sus largas piernas cubiertas en medias de red negras se estiraban formando una línea desde la punta de sus dedos hasta sus rebeldes cabellos. Se miraron de nuevo a los ojos y ella dobló las rodillas en una aguerrida batalla con los acordes de la guitarra. José Luis dio entonces un paso al frente, atrapándola entre sus piernas. Luego, bajando la mano desde la cintura hasta su muslo, la inclinó sobre la última nota musical.

José Luis aprovechó la pausa para encender un cigarrillo que luego le pasó a Amanda; el baile había sido intenso para ambos.

Al momento en que estaba comenzando una nueva pieza, un viento frío recorrió el lugar. Todos los presentes miraron hacia el mismo rincón; allí estaba parado, como si siempre hubiese estado en ese lugar, un hombre de traje rojo.

El individuo medía un metro noventa de altura, era delgado y de espalda ancha, su postura era erguida, pero inclinaba la cabeza hacia adelante con aspecto malevo. Un sombrero de ala corta lo cubría de las luces que pestañaban disparándole todo tipo de colores. Poco a poco levantó la mirada, parecía ser un hombre de unos cuarenta años, pero su rostro era de esos que se ven en las viejas fotografías en blanco y negro.

Su traje era de un rojo intenso, de un planchado tajante que terminaban en unos zapatos que brillaban como si tuvieran luz propia. El individuo recorrió el salón con la mirada, controlando la posición de cada una de las personas que permanecían inmóviles.

El baile se reinició, pero todo había cambiado. El hombre del traje rojo se ajustó la corbata y comenzó a caminar mientras sus zapatos crujían al ritmo de la música; o quizás fue la música la que comenzó a sonar al ritmo de sus pasos. Se acercó a José Luis y éste abrazó a Amanda con fuerza.

– No te preocupés – le dijo –, solo te iba a pedir un cigarro.

– Sí, por supuesto – dijo José Luis –; deme un segundo.

Buscó el paquete en su bolsillo con una mano temblorosa pero el hombre lo interrumpió:

– No busqués más, pibe. Dame ese; el que estás fumando.

José Luis se lo pasó de inmediato, como si quisiera sacárselo de encima. El hombre del traje rojo le dio una profunda pitada al cigarrillo consumiéndolo mientras sus pupilas se encendían. Luego abrió la boca, pero jamás largó el humo.

– Muchas gracias, pibe.

Se acomodó el sombrero en señal de despedida y se alejó de la pareja mientras exhalaban relajados.

En la barra había varios hombres y mujeres. Todos estaban atentos a su presencia y, quienes no lo miraban, lo hacían porque no podían tolerar su imagen durante mucho tiempo. Las trece mujeres que estaban allí comenzaron a pararse derechas, a mostrar sus virtudes intentando verse sanas y voluptuosas.

En medio de todas se encontraba Inés. No era la más ni la menos atractiva de aquel grupo, no era la mejor ni la peor arreglada. Era Inés.

El hombre del traje rojo la tomó de la mano y la llevó al medio de la pista de baile.

Al tomarla de ambas manos, éstas se pusieron de un color morado oscuro, casi negro. Había sufrido una rápida necrosis ante su tacto.
Él la movió hacia su izquierda y se escuchó un fuerte crujido. Muchos creyeron que se había roto el taco del zapato de Inés, pero había sido su tobillo. Luego la zarandeó hacia un lado y hacia el otro como si nada hubiese sucedido. La detuvo alejándola de su cuerpo para que todos pudieran ver las vertebras de la joven dispuestas en un horrendo zigzag. La acercó otra vez hacia él, pero su columna se quedó en el lugar, salpicando sangre por toda la pista.

Para el gran final, dio un giro mientras la tomaba de la cintura y luego la recostó sobre su mano, tirando su cabeza hacia atrás a la vez que un silencio absoluto cubría el salón. Todos los allí presentes se quedaron viendo el rostro de Inés. Su cabeza colgaba inerte, su mandíbula dislocada estaba inclinada hacia un lado y, en lugar de ojos, tenía dos cuencas vacías de profundidad insondable.

El hombre del traje rojo soltó a su compañera de baile y el cuerpo disecado de la muchacha cayó provocando una nube de polvo. Se acomodó de nuevo el sombrero para que las sombras cubrieran su rostro, y se retiró ante un público de corazones paralizados.

Nadie habló del asunto, tampoco había mucho que decir. Lo que había sucedido aquella noche era inevitable; no se le puede negar un baile una vez que él te elige.

La velada se reanudó luego de unos minutos, pero el miedo seguía presente. ¿Volvería esa misma noche o estaban a salvo? Era algo imposible de saber. Nadie conoce su agenda ni entiende su modo de elegir, pero hay algo que es seguro: el hombre del traje rojo es un caballero, y jamás sacaría a bailar a una mujer que ya estuviera bailando.