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martes, 24 de marzo de 2015

PATRICIA FEA




Los niños suelen ponerse apodos entre sus compañeros de escuela. Dedican mucho tiempo a inventarlos usando metáforas, palabras similares al nombre de la víctima y todo lo que su imaginación les permita. Algunos son en verdad ingeniosos, casi dignos de elogiar, pero lo que ellos no saben es que no necesitan romperse las cabecitas para ser efectivos; los sobrenombres más simples son los más demoledores. Para herir el orgullo del otro, no hay nada como describir sus defectos de un modo claro y espontáneo, diciendo lo primero que te nazca del rincón más oscuro del alma.

Con Patricia no se esforzaron demasiado; en una ocasión alguien la llamó “Fea” y el alias se le pegó por años, reemplazando al cariñoso “Pato” o “Patito”.

Vista de afuera, una ronda de niños puede resultar un espectáculo encantador; siempre que no haya alguien en el interior recibiendo insultos a coro. Cada vez que a Patricia le tocaba estar en el centro, las risas agudas torturaban sus oídos a la vez que los dedos índices equidistantes se convertían en millones. Luego de un tiempo relativo inestimable, la circunferencia de guasones comenzaba a revolucionar para encerrarla en una esfera perfecta.

“¡Fea!”, así de simple. “¡Fea!”, hasta el punto de olvidar su nombre. “¡Fea!”, hasta desear que la tierra la absorbiera. “¡Fea!”, hasta rezarle a un ente maternal, mudo y ciego, para que la proteja del mundo acogiéndola en sus brazos de árbol. “¡Fea!”, hasta que el llanto silencioso estallara en un grito devastador.

Los años pasaron y el cesto de Patricia se llenó de envases de cosméticos que no lograron más que dejarle marcas de alergia sobre la piel. Al final, se dirigió a la única persona que creyó que podría ayudarla:

– Yo no elegí este cuerpo – dijo Patricia –. Si yo pudiera rediseñar mi rostro y mi físico, el mundo entero me amaría. Pero nací fea y siempre lo fui. No es que cuando de verdad lo necesito puedo volverme linda, no es así. Los feos somos feos toda la vida, a todas horas y de lunes a lunes; no tenemos vacaciones ni feriados. Hay días en que no es tan importante el aspecto, pero a veces nos sentimos atraídos por alguien y queremos gustarle también; entonces nuestra apariencia nos ataca como una tormenta de espejos rotos. Cuando nos invitan a una fiesta, cosa poco frecuente, nos gusta ir arreglados; pero todos se visten bien en esas ocasiones, aumentando aún más nuestra desventaja. Ya sea que se trate del primer día de escuela o de una entrevista laboral, el temor a ser mirados con desdén nunca desaparece. Es en esos momentos cuando más nos entristece nuestra fealdad. Los lindos tienen vidas tan fáciles y divertidas…

– Tranquila, Patricia – dijo el cirujano –. No es necesario que lo expliques, te entiendo y tienes todo el derecho a no aceptar el modo en que Dios te hizo. Yo me haré cargo, yo seré un mejor dios.

Luego de unos pocos días y de haber cobrado mucho dinero, el médico la dejó envuelta como una momia ensangrentada. Al sacarse las vendas, el espejo la sorprendió; se había convertido en una persona diferente.

Ahora Patricia es bella y el mundo entero la respeta; no solo por su atractivo, sino también por ser la inventora de los apodos más dolorosos.


domingo, 22 de marzo de 2015

CUENTOS CLÁSICOS LADO B







LA OTRA


… y a la fea durmiente, nadie la despertó.




PINOCHA


Una noche como todas, luego de haber sido maltratada por su padrastro Gepetto, la pequeña Pinocha le rezó a la luna:

– Si estás ahí, hada madrina, conviérteme en una muñeca de madera; para dejar de sufrir.


jueves, 19 de marzo de 2015

MORELLA




Salió de un cuento de Poe. Se acarició a sí misma con mis piernas y se fue a dormir a su sillón. No se suponía que fuera suyo; ella tiene una cama, pero jamás la usa. Sé lo que estás pensando: “Un enorme sillón para una gatita”, yo pensé lo mismo, ¿pero qué otra opción tengo? Me resulta imposible decirle que no.

Me encanta su pelo, que no es negro ni es gris; es de algún color oscuro y misterioso, como los miedos de Maupassant.

Mientras estoy escribiendo esto, ella juega con un escarabajo. Para mí, es adorable; pero para él, sus garras son las de un demonio de Lovecraft. Cada vez que el desdichado artrópodo intenta escapar, ella le da un zarpazo. Cada vez que el invertebrado logra darse la vuelta, Morella le propicia un jab de izquierda. Si así lo deseara podría matarlo con facilidad, pero ella prefiere continuar con el proceso infinito.

Sigo mirándolos desde el escritorio, escribiendo en mi ordenador. No hay mucho que mirar aquí, no tengo una fotografía ni un souvenir; hace tiempo que me deshice de ellos, no tiene sentido recordar personas que ya me olvidaron. Solo tengo un reloj, que ahora marca las tres en punto. ¿Las tres de la mañana o las tres de la tarde? Imposible determinarlo, no he abierto la persiana en semanas.

Observo los papeles desbordar del cajón superior del escritorio, papeles que me he prometido ordenar pero nunca lo hago; son inútiles de todos modos. En el cajón inferior, en cambio, los viejos papeles sí cumplen una función: están ahí para cubrir el arma que guardo en el fondo.

La víctima ya tiene dos patas destrozadas y su abdomen comienza a desprenderse del tórax. Morella sigue en su mundo, pues el mundo es suyo. Ella continúa jugando como Kafka mientras el escarabajo ofrece cada vez menos resistencia.

Y así nos miramos, él y yo, y poco a poco comenzamos a sentir que lo único que podrá liberarlo… es la muerte.



viernes, 13 de marzo de 2015

PESCA NOCTURNA EN EL LAGO TIHUAPEC




El lago Tihuapec siempre fue el lugar más concurrido del pueblo durante el día. Gente de todas partes se acercaba a pescar, a reír entre los árboles y a disfrutar de su largo muelle de madera; de esos a los que da ganas de atravesar corriendo para tirarse de bomba en el agua. Sin embargo, apenas comenzaba a oscurecer, las personas se retiraban en silencio como si un toque de queda les prohibiera permanecer al aire libre. Pero todo cambió cuando Mike llegó al pueblo.


Era una noche como todas en el viejo bar. El cantinero, un anciano calvo con una cicatriz que le atravesaba un ojo, le pasaba un trapo sucio a una copa fingiendo que la estaba limpiando. Contrario a lo que podría sugerir a primera vista, era un buen empleado, ya que la única manera de soportar su rostro era con varios tragos encima.
Ya era tarde y solo quedaba un cliente: un borracho que dormía con la cara apoyada sobre la barra. En ese momento ingresó nada menos que Mike; y si esta historia fuese una de esas en las que hay un héroe, ese sería Mike.
Al ingresar, hizo notar su corpulencia en cada paso. . Llevaba el cabello enmarañado, barba de una semana, una camisa a cuadros con varios botones faltantes y unas botas llenas de barro. Cargaba con un pequeño bolso en el cual cabía todo su mundo, incluyendo una caña de pescar que parecía haber sido diseñada por un niño. El anciano lo observó de la cabeza a los pies con su único ojo sano
– Buenas noches, caballero – dijo el cantinero – ¿En qué puedo servirle?
– Buenas… Una jarra de cerveza.
– Supongo que anda buscando hospedaje. Puedo ofrecerle una habitación muy económica.
– Eso no será necesario – dijo Mike –. Me iré a dormir junto al lago para despertar antes de que amanezca.
El borracho que estaba con la cara apoyada sobre la barra se levantó, observó a cada uno de los dos hombres y luego se retiró en silencio.
– Nadie va al lago Tihuapec por las noches – dijo el cantinero – ¿No conoce usted la historia de la niña?
– ¿Acaso está prohibido pescar de noche? – preguntó Mike.
– No está prohibido, pero nadie se atreve a ir. Le explico…, hace mucho tiempo, cuando el pueblo era joven y yo ya era viejo, desapareció una niña. Dicen que fue a jugar a la orilla con una grulla de origami.
– ¿Una qué de qué? – preguntó Mike.
– Una grulla de origami…, una pajarita de papel. Espere que le muestro.
El tabernero tomó una hoja y comenzó a plegarla hasta realizar una figura de una grulla.
– Así, ¿ve? La cuestión es que la niña desapareció. Los padres y los vecinos la buscaron, pero fue inútil. A la mañana siguiente la corriente trajo la grulla hasta la orilla, sin embargo el cadáver de la niña jamás fue encontrado. Se cree que la grulla de papel se alejó hacia el centro del lago y ella se ahogó al intentar atraparla. Poco después, aquellas personas que iban solas al lago por las noches, también comenzaron a desaparecer sin dejar rastro. Hace décadas que nadie se acerca a ese lugar una vez que cae el sol.
Mike bebió de un trago la cerveza que quedaba en el jarro, puso un billete sobre la mesa y tomó de nuevo el bolso y la caña de pescar:
– Agradezco su consejo, pero yo no soy una niña. Además sé nadar muy bien.
– Se lo ruego, no se acerque al lago, señor. Le recomiendo alquilar una habitación. Puedo hacerle un buen descuento.
Mike se acomodó el bolso en el hombro:
– No se preocupe, viejo. Nos vemos mañana. Ya verá, le traeré un pescado más grande que su cabeza.
El cantinero se inclinó sobre la barra:
– Tome – le dijo –, llévese la grulla. Dicen que traen buena suerte.
El empleado metió la pajarita de papel en el bolsillo de la camisa de Mike y éste se retiró del bar.
“¡Qué viejo ignorante!, ¡creer una historia como aquella! ¿Acaso era tan tonta esa niña? Morir ahogada por una grulla…, por una estúpida grulla de papel…”
Diciendo éstas y otras frases similares pero más vulgares, el hombre de la camisa a cuadros llegó al lago Tihuapec.
En la orilla se sacó las botas y acomodó su caña de pescar con la esperanza de atrapar algo durante la noche. Fue inútil, sus ronquidos espantaron a todo ser viviente.
Dos horas más tarde despertó de un sobresalto, el viento soplaba fuerte y el agua lo empapó hasta la cintura.
– ¡Maldita sea! ¿Por qué ese viejo no me previno de esto en lugar de andar contando cuentos sobre niñas y pajaritos?
El fornido hombre se estaba poniendo de pie cuando algo lo sujetó del tobillo; era un pequeño brazo. No tenía piel y casi no tenía carne; sin embargo, la mano de dedos putrefactos se le clavó con fuerza.
Mike gritó e intentó soltarse, pero cayó de nuevo al suelo. Fue entonces cuando el cadáver de una niña salió del agua. Su rostro era una calavera llena de sanguijuelas, y traía una ropa raída cubierta por algas. La niña se acercó a Mike, quien quedo inmóvil en el lodo respirando en forma entrecortada. El miedo no le permitió hacer nada cuando ella le apoyó la mano en el pecho, como si quisiera arrancarle el corazón.
La criatura del lago no tenía intenciones de matarlo, sino que lo sujetó de la camisa y tiró de ella rompiéndole el bolsillo, liberando a la grulla de papel que tenía allí. La niña tomó la figura de origami y se hundió de nuevo en el lago para descansar en paz por siempre.
El corpulento individuo quedó temblando y sollozando durante un largo rato, en completo estado de shock. De repente la caña de pescar que parecía haber sido diseñada por un niño comenzó a moverse…
La entrada del viejo bar fue eclipsada por una figura; era Mike, había regresado. El cantinero quedó estupefacto al verlo con vida. Estaba embarrado y con la camisa rota, peor trazado que la primera vez que lo vio. Sin decir palabra, Mike apoyó un enorme pescado sobre la barra y se retiró para nunca regresar.


Durante muchos años nadie se atrevió a pescar de noche en el lago Tihuapec; pero todo cambió cuando Mike llegó al pueblo. Hoy son muchos los que se animan a ir a todas horas, incluso están los que se quedan a dormir en sus orillas, y nadie volvió a desaparecer. Las versiones de lo que ocurrió aquella noche se multiplican a medida que pasa el tiempo, pero hay algo en lo que todos coinciden: para ser protegido por el legendario Mike, no hay que olvidarse de llevar en el bolsillo una pequeña grulla de papel.


domingo, 8 de marzo de 2015

EL VUELO DE UN DRAGÓN




La muerte de un monarca suele causar revueltas catastróficas, sobre todo cuando el príncipe no es considerado apto para el trono.

Augustus era un niño sin carácter a los ojos de los miembros de la corte. Su amor por la poesía y la música no le serviría en épocas de guerra.

– Eres Augustus III – dijo su madre –, heredero al trono. Debes aprender a comportarte como tal.

– Este no es más que un reinado de odio y destrucción – dijo el joven.

– Así es; provienes de un largo linaje de conquistadores.

Augustus suspiró desanimado.

– Tu abuelo, por ejemplo – continuó la madre –, nos liberó de los dragones. Cuando yo era pequeña ellos surcaban los cielos. Sus enormes sombras recorrían el reino entero, como si el sol se apagara de repente. Ellos odiaban a los hombres; cada vez que los atacábamos, incineraban nuestros hogares. Los dragones eran territoriales y amantes del oro, y devoraban a todo aquel que intentara robárselo. Pero tu abuelo los exterminó, y él mismo fue quien mató al último de esos reptiles con la lanza real.

Augustus volvió a suspirar.

– ¿Qué dices de todo eso, hijo?

– Que entregaría mi corona a cambio de ver volar a un dragón.


viernes, 6 de marzo de 2015

HÉROES Y MARIONETAS




“Toma…, libérate”

El títere oyó una voz, aunque no estaba seguro de que esas fuesen las palabras. Sus oídos no eran reales, sino unas semiesferas pegadas a su cabeza de madera, y no eran de confiar.
Su mundo era una infinita cantidad de colores difusos, pues sus ojos no eran más que círculos pintados y no funcionaban muy bien.
En medio de las tinieblas que lo rodeaban, vio una luz. Entrecerró los párpados y le pareció ver un objeto metálico. Tomó la pieza y supo entonces que se trataba de una tijera. Quedó atónito, nadie lo había ayudado jamás, nadie le había hablado desde tiempos inmemoriales. Él ya no tenía recuerdos de la época previa al momento en que lo sujetaron con hilos de nylon transparente. Él no recordaba haber actuado alguna vez a voluntad.
Supo que no sería fácil cortar los hilos uno por uno, pues sus manos tenían unas hendiduras que simulaban dedos reales, pero eran falsos y carecían de precisión. Además, cada vez que cortase un hilo una parte de su cuerpo caería como plomo dificultándole cada vez más la tarea.

“Gira…, enrédate”

Le pareció una buena idea, si es que sus oídos simulados habían escuchado bien. Comenzó a girar sobre su eje y los hilos se enredaron en un punto; ese sería el lugar en donde debería hacer el corte.
Dejando su vida en un esfuerzo levantó las pesadas tijeras sobre su cabeza. Apuntó justo por debajo del nudo que se había formado, y cortó los hilos.
Era libre, libre al fin. Ya no tenía nada que sujetara su cabeza, diciéndole a dónde mirar y a dónde no mirar. Nadie manejaba sus brazos y sus piernas, haciéndolo caminar de esa forma tan ridícula que tienen los títeres. Un mundo nuevo se había abierto para él.
Sin embargo, cuando intentó ponerse de pie, le fue imposible. Sus piernas estaban acostumbradas a ser guiadas, y carecían de la fuerza necesaria para moverse por sí solas. Quiso ayudarse con los brazos, pero éstos también eran inútiles; tanto tiempo dedicados a realizar ademanes sin sujetar nada los convirtieron en miembros atrofiados incapaces de soportar siquiera su propio peso. La marioneta había perdido toda su fuerza física al quedar separado de la mano que lo sostenía. Arrodillado y con sus inertes brazos colgando a cada lado, solo pudo sollozar.

“Ven…, acércate”

Alguien lo estaba llamando, tal vez el mismo ser que le entregó la tijera, aunque sus ojos y oídos de títere eran incapaces de asegurarlo.
Se dejó caer hacia la dirección de donde provenía la voz y comenzó a arrastrarse. Su cuerpo, sin huesos ni músculos reales, parecía pesar una tonelada.
Instantes después, algo lo sujetó. Un ser lo levantó de la cabeza, de los pies y de los brazos.
Entrecerró los párpados para contemplar al héroe que lo elevaba de los hilos, y entonces supo que el mismo monstruo que siempre lo sostuvo con la mano derecha, ahora lo sostenía con la izquierda.


lunes, 2 de marzo de 2015

EL LOBO Y CAPERUCITA




A un costado de la ruta esperaba una joven cubierta con una caperuza blanca. No había personas ni edificios, solo un denso bosque a cada lado.
Del horizonte emergió un camión, uno de esos con un acoplado capaz de transportar varios camiones en su interior. Cuando el conductor la vio, pisó los frenos como si estuviese a punto de atropellar a un venado:
– Hola, niña. ¿Hacia dónde te diriges?
– Voy a la casa de mi abuelita, vive a unos kilómetros al norte.
El hombre se lamía los dientes mientras la desnudaba con la mirada.
– Sube, preciosa. Yo te llevo.
La niña subió y juntos se dirigieron al norte.
El desenfrenado conductor no cesaba de desviar los ojos de la ruta para contemplar a su bella acompañante. Estaba deseando que volteara hacia él, pues la capucha le cubría gran parte del rostro. Su perfil mostraba las delicadas facciones de un ángel; debajo, la pollera a cuadros no tapaba ni la mitad de los muslos, y unas medias de encaje llegaban justo hasta sus rodillas inquietas. El camionero estaba a punto de aullar de excitación.
– ¿Está haciendo calor, verdad? – dijo mientras se desabrochaba dos botones de la camisa; y entonces un pecho peludo saltó a la vista.
– Sí, un poco – dijo ella –; pero pronto anochecerá.
La voz de la niña le sonó tan infantil que lo hizo salivar:
“¿Tendrá dieciséis años?, ¿quince? Tal vez tenga catorce… o trece, ¡por favor que sean trece añitos!”
El hombre se limpió pasándose la mano por su barba tipo candado, pero la saliva continuó brotando como espuma. Pronto no pudo soportar más las ganas de atacarla y detuvo el camión:
– Sácate la caperuza, niña; quiero verte mejor.
La joven abrió la puerta del vehículo y huyó.
– ¡Qué perra tan grande eres!
El conductor tomó un hacha que tenía bajo el asiento y corrió tras ella.
– ¡Detente o te arrepentirás! – un grito inútil; no es de esperar que alguien deje de huir cuando lo están persiguiendo. Sin embargo, esa vez, ella dejó de correr. La niña quedó petrificada y él se detuvo a pocos pasos.
En medio del bosque la oscuridad era casi absoluta. El hombre miró a su alrededor pero solo logró ver las siluetas oscuras de los árboles. De pronto un ruido lo sorprendió; el de un pájaro que salió volando de entre los arbustos. Era grande, un cuervo tal vez. A medida que transcurrían los segundos, apretaba el mango de su hacha cada vez con más fuerza.
– Oye, niña…, regresemos al camión, ¿sí? Es de noche y nos hemos alejado de la ruta. Te prometo que no te haré daño.
La joven continuaba inmóvil. Él se acercó a ella y tiró de la caperuza blanca, entonces ésta se desató quedándosele en la mano. Las nubes dieron lugar a una brillante luna llena cuando la niña volteó hacia él mostrando un rostro que ya no tenía las delicadas facciones de un ángel; se había convertido en algo más.
Ella saltó encima del lujurioso camionero con los colmillos apuntándole directo al cuello. Lo hizo a una velocidad sobrehumana, sin darle oportunidad de usar el hacha.
Tras devorarlo recobró su forma diurna, y entonces tomó de nuevo la caperuza blanca arrancándola de los dedos del cadáver.
– ¡Mira lo que hiciste! – dijo la niña – ¡La ensuciaste con sangre!
Luego de examinar la prenda por un instante, arribó a una solución:
– Siempre me pasa lo mismo con la sangre de los camioneros…, le pediré a mi abuelita que la tiña de rojo.