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jueves, 24 de septiembre de 2015

EL DESCUBRIMIENTO DEL DR FRINGS





Karl Frings no era un científico cualquiera. Karl Frings lo sabía todo. Física cuántica, agujeros de gusano, viajes en el tiempo…; era una eminencia que transitaba los límites de la ciencia.

Karl Frings no era un hombre cualquiera. Karl Frings no sabía nada. Mujeres, relaciones humanas, amistades…, era un sociópata que transitaba los límites de la demencia.

En un amplio laboratorio trabajaba junto con dos compañeras: Sandra y Valery. Allí no les faltaba nada, la universidad se encargaba de brindarles todo lo que necesitaban: Acelerador de protones, microscopios digitales de gran aumento, y hasta un parametrizador de divergencias de última generación. En dos esquinas opuestas se encontraban dos enormes máquinas iguales unidas por un tubo semitransparente a nivel del suelo; se trataba del Transportador de luz, un aparato que llevaba pequeños objetos de una esquina a la otra a grandes velocidades. El objetivo de Karl y su equipo era lograr los viajes a la velocidad de la luz o incluso superiores.

No todo era ciencia exacta en el laboratorio del Doctor Frings; durante años él estuvo enamorado de su compañera Sandra. Escondido tras sus lentes de gran aumento, miraba su busto creyendo que ella no lo notaba. Ella lo miraba sonriente, con aprecio, pero él sentía que una pelirroja tan sensual como lo era ella jamás se fijaría en un pequeño hombrecito como lo era él.

Nunca la invito a salir; un rechazo habría acabado con su autoestima. Su vida amorosa estaba decreciendo en una gráfica similar a la curvatura de su espalda, tenía blancos y escasos cabellos, y sus frágiles manos temblaban como si tuviera el doble de edad.

Valery era rubia ceniza, usaba anteojos al igual que Karl y no era llamativa. Él pensó que un romance con ella habría sido más accesible, pero no quería perder su oportunidad con Sandra, si bien sus chances con ella parecían ser una cuestión a expresar con notación científica.

A pesar de sus grises sueños rotos, Karl era muy trabajador en el laboratorio, y junto con sus dos compañeras había logrado grandes avances en el transporte de materia a grandes velocidades.

Estaba tan inmerso en la ciencia que a veces no se iba a su casa a dormir y seguía haciendo experimentos durante toda la noche. A la mañana siguiente, Sandra y Valery le llevaban el desayuno, y él lo comía de mala gana, solo para no seguir bajando de peso.

Esas noches en las que se quedaba despierto avanzaba en su trabajo, pero también usaba el tiempo para un proyecto personal; algo sobre lo que no le había contado a nadie, ni siquiera a Sandra y a Valery. Karl había inventado una máquina del tiempo.

Su aparato no servía para llevar personas a otras épocas; quien lo utilizaba se quedaba en el mismo sitio y tiempo tras accionarlo, pero el mundo a su alrededor sí cambiaba. El invento consistía en un pequeño artefacto que cabía en la palma de una mano, y que tenía tan solo un botón. Pronunciando en voz alta alguna decisión llevada a cabo en el pasado, el botón borraba el suceso del mismo modo en que el botón de deshacer actúa sobre un ordenador. Así, todo un conjunto de consecuencias también eran borradas de inmediato, y el sujeto se veía en una situación alternativa a la que él había experimentado.

Karl comenzó probando su invento con cosas simples. Un día tiró el vaso de café golpeándolo con el codo, entonces, con un: “No debí apoyar el café al borde del escritorio” el vaso se ubicó en medio del escritorio lejos de sus torpes extremidades. El botón lo había cambiado todo, el café no estaba derramado en el suelo ni en su delantal blanco; estaba listo para ser bebido en el pequeño vaso térmico. Karl lo probó y estaba como a él le gustaba, caliente y dulce; con siete cucharadas de azúcar.

Una mañana Sandra le dijo que necesitaba un cambio de apariencia, que sus lentes estaban fuera de toda moda. Al día siguiente fue a comprar unos nuevos, unos modernos, de esos que usan las personas felices. Cuando apareció con ellos en el laboratorio, Sandra y Valery comenzaron a reír sin parar, y Karl se arrepintió de haber hecho la compra.

– No debí comprar estos estúpidos lentes – dijo mientras apretaba el botón, y sus viejos anteojos regresaron a su rostro a la vez que sus compañeras de trabajo lo saludaban sin siquiera levantar la mirada.

No importaba qué hiciera, si se arrepentía podía solucionar el error en un instante. Karl entonces pensó lo obvio: invitar a salir a Sandra.

Por supuesto que cuando el poco elegante Doctor Frings, tartamudo y de gestos nerviosos, invitó a Sandra, ésta rechazó su oferta. No fue una tragedia para él como lo habría sido de tener que convivir con esa vergüenza; Karl deshizo su invitación con su invento y fue como si nada hubiera sucedido. No fue como esas veces que alguna mujer le había dicho que hiciera de cuenta que nada sucedió tras su declaración; aquella vez fue cierto.

Días después comenzó a sacar a Sandra de su sistema a la vez que miraba a Valery con otros ojos. La joven neurótica tenía aspecto de ratón de biblioteca, pero bajo sus mechones descoloridos y un cúmulo de acné, podía detectarse unos delicados rasgos. Karl la invitó a salir un día y ella dijo que sí.

Pronto nació un bello noviazgo. No era precisamente el romance más apasionado de la historia, pero se apreciaban y se hacían compañía. Leían juntos, intercambiaban libros, compraban libros juntos y, de vez en cuando, lanzaban sus lecturas al suelo para fundirse en un choque de labios y lentes. Él seguía pensando en Sandra a veces, pero su invento lo había ayudado a dejar de perder el tiempo en sueños absurdos y enfocarse en lo que Dios le daba, si bien Dios no era más que una expresión para él, puesto que era un ateo acérrimo.

Una tarde, luego de revisar unos cálculos, Sandra se dio cuenta de un error que fue arrastrado durante mucho tiempo, y entonces supo que habían estado trabajando en vano durante más de un mes por seguir un camino equivocado. El decano de la universidad, un hombre enorme y de rostro adusto, mandó a llamar a Karl por esta equivocación.

– ¿Así que estuvieron trabajando en vano durante un mes? – preguntó el decano.

– Decidí no parametrizar las divergencias para ahorrar tiempo – dijo Karl –. Ahora veo que eso fue un error.

Los gritos del decano hicieron que Karl saliera de la oficina aún más encorvado que de costumbre, pero pronto su espina se enderezó. Karl sacó su invento del bolsillo y solucionó su mala decisión:

– Debí parametrizar las divergencias – dijo a la vez que apretaba el botón.

Un instante después regresó a la oficina del decano y éste lo saludó con una enorme sonrisa:

– ¿Cómo anda el científico estrella de la universidad? – preguntó el decano.

– ¿Quién?

– ¡Tú! – dijo el decano –. Llegarás lejos, Karl; eres un genio.

El ahora apodado “científico estrella de la universidad” regresó corriendo a su laboratorio para ver lo que estaba ocurriendo, si bien correr no era más que una expresión para él. Cuando llegó vio a Sandra y a Valery transportando materia de una punta a la otra del lugar mientras en la pantalla se leía la velocidad de 149.896.229 metros por segundo; habían alcanzado transportar materia a la mitad de la velocidad de la luz. Probaron con un vaso de café, con un sándwich de salame, y hasta con los lentes de Karl. La máquina funcionaba; nadie había conseguido velocidades similares a aquella.

Ese fin de semana se hizo una fiesta previa a la presentación oficial del invento. En el salón principal todo era lujo y sabiduría. Las paredes de molduras de madera estaban enceradas para homenajear al gran científico. Cercanas al techo colgaban hileras de globos de colores formando cadenas de ADN; la comida era de formas geométricas y, en medio del lugar, una estatua de hielo de Isaac Newton se derretía ante las luces del arcoíris sintético que atravesaba el lugar.

En medio de la fiesta Valery se dirigió al baño:

– Enseguida regreso. Voy a orinar.

Valery era muy directa cuando daba información.

Sandra se acercó a Karl un instante después y lo sacó a bailar.

– Vamos, Karl; solo un baile, estamos de fiesta.

El “científico estrella de la universidad” se convirtió en una marioneta cuando la pelirroja le tomó la mano.

Sandra no podía despegar la mirada de los ridículos movimientos de su compañero de laboratorio. Mientras que ella se movía de forma tan sensual como siempre, él parecía una masa de plasma flotando en el vacío.

Valery le clavó los ojos verdes en sus lentes de aumento y la música pareció detenerse. El corazón del Doctor Frings había descubierto los viajes en el tiempo; había vivido un instante que duraría por siempre; un momento en el que los dos se transportaron a otra galaxia.

– Te amo, Karl – dijo ella. Y luego salió corriendo.

Él la siguió hasta el pasillo donde ella, con lágrimas en los ojos, le dio un beso que lo transportó a algún punto entre la galaxia de Andrómeda y la nebulosa de Orión.

– Pero…, creí que yo no te gustaba – dijo Karl.

– Jamás me invitaste a salir.

– ¿Acaso me habrías dicho que sí?

– Sí – dijo Sandra –. Bueno…, tal vez no en forma inmediata, me habrías tomado por sorpresa, pero luego de pensarlo bien seguramente habría aceptado.

Karl entonces pensó lo obvio.

Tras accionar su invento para cambiar el pasado, Sandra ya no estaba a su lado, y él regreso al salón donde se estaba celebrando el avance del Transportador de luz. Al abrir la puerta pero no encontró a nadie allí. No había globos en forma de ADN, ni comida en forma geométrica, tampoco vio la estatua de hielo de Newton atravesada por un arco iris. Karl fue entonces al laboratorio y vio que la puerta estaba cerrada con cintas que indicaban que algo terrible había sucedido allí. Se dirigió entonces a la oficina del decano y éste lo saludó fríamente:

– ¿Cómo sigues, Karl?

Karl había dejado de ser el “científico estrella de la universidad” para volver a convertirse en Karl.

– Estoy algo confundido.

– Te entiendo. Espero que el homenaje a tus dos compañeras sirva para que todos nos sintamos un poco mejor.

Salió entonces a recorrer los pasillos de la universidad intentando saber qué había sucedido. De pronto encontró un afiche que decía:
“Viernes 18, homenaje a las doctoras Sandra Shiffmann y a Valery Berg en reconocimiento a su invaluable trabajo. Las extrañaremos por siempre”.

Mientras miraba atónito el cartel notó que dos jóvenes murmuraban detrás de él:

– ¿Y a ustedes que les sucedes? ¿Les parece gracioso acaso?

– No, Doctor Frings – dijo uno de los muchachos –. Nosotros también lamentamos lo sucedido.

– ¿Y qué fue lo que sucedió?

– Me refiero a la muerte de sus compañeras; fue un accidente terrible. No se preocupe sobre lo que se dice sobre sus mujeres, nosotros no pensamos mal de usted.

– ¿Y qué es lo que se dice? – preguntó Karl.

– No lo tome a mal, Doctor Frings; yo lo admiro mucho – dijo el joven –, usted es un gran hombre de ciencia. Tal vez sea cierto que ellas se pelearon por estar enamoradas de usted, muchas lo están en la universidad, pero nadie tiene la culpa de que Sandra y Valery hayan roto el tubo del Transportador de luz y que eso les haya provocado la muerte.

Tras sus lentes, los ojos de Karl se llenaron de lágrimas.

Karl tuvo entonces la mayor revelación de su vida. Se sacó las gafas para secar sus ojos y, mientras miraba hacia arriba, habló con un nudo en la garganta:

– No debí inventar este maldito aparato.

Luego de apretar el botón, Karl volvió a trabajar junto con Sandra y Valery, y jamás volvió a ser un hombre como cualquiera.