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miércoles, 30 de noviembre de 2016

UNA HISTORIA DE AMOR Y ODIO






Márquez y Carazza se odiaban con el alma. Desde niños fueron acérrimos rivales, parecía que el universo entero hubiese conspirado para ello.

Agua y aceite, blanco y negro, crepúsculo y amanecer; la oposición en cada una de sus opiniones en seguida era llevada a niveles críticos:

“¿Por qué no te mueres, adefesio? El mundo será un mejor lugar cuando ya no estés en él”

“¡Cállate, esperpento! Voy a enviarte al mismísimo infierno”

En cuestión de segundos terminaban con el rostro y los nudillos ensangrentados.

Su enemistad estaba escrita en el libro del destino, pero aquel enorme tomo tiene muchas páginas en blanco, y Nyarlathotep es quien las llena mientras lanza los dados. Al parecer, aquella vez el demonio estaba más socarrón que de costumbre, y escribió la peor maldición que podrían haber imaginado.

Márquez tuvo un hijo: Jerónimo, quien estudió en la Facultad de ciencias exactas con Roxana, hija de Carazza.

Romeo y Julieta, Amanda y José Luis, Markov y Elena; la atracción entre ambos alcanzó la fuerza irresistible que solo logran las parejas de leyenda:

“Dime algo lindo, lo más lindo que se te ocurra, y lograrás hacerme sonreír”

“No se me ocurre nada más lindo que tu sonrisa”

En cuestión de segundos terminaban besándose como si el mundo a su alrededor se estuviera derrumbando.

Márquez y Carazza se seguían odiando con el alma, pero por primera vez desde que eran niños estuvieron de acuerdo en algo: Sus hijos no debían estar juntos.

Hicieron hasta lo imposible por separar a los jóvenes. Márquez le ofreció dinero a Roxana para que dejara a su hijo, mientras que Carazza la amenazó con sacarla de su testamento. Carazza le pagó a unos golpeadores para que molieran a golpes a Jerónimo, mientras que Márquez, al verlo lastimado, lo echó de su casa en lugar de llevarlo al hospital. La pareja casi se convenció de abandonar su amor:

“Murámonos juntos, porque vivir sin ti no es vivir”

“No será tan grave; morir habiéndote conocido, no es morir”

Segundos más tarde volcaron el veneno y huyeron juntos para nunca más volver.

Cambiaron sus nombres, y se casaron en la pequeña iglesia de un pueblo olvidado. Años más tarde tuvieron un hijo al que llamaron Valentín.

El niño tenía cabello negro y ojos claros, y desde pequeño se destacó en todas las materias de la escuela. Año tras año, ceremonia tras ceremonia, Valentín era el abanderado a causa de sus excelentes calificaciones.

Tan buen alumno era, que nadie lo creyó culpable cuando uno de sus compañeros cayó por una ventana del colegio con él como único testigo.








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14 comentarios:

  1. Una historia de amor a pesar de sus padres, con un final inesperado. Un abrazo

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    1. Gracias por el comentario, María!
      Otro abrazo para ti :)

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  2. "Las apariencias engañan", "los genes son los genes"...
    Un final inesperado unido a una historia de odio y amor esperada.

    Ya te extrañaba Federico. ¡saludos!

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    1. Estoy trabajando en unos relatos más largos. Pronto publicaré alguno.

      También extrañaba tus visitas, Tere!

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  3. ¡Hola Fede! Me alegro que por fin ya empieces a actualizar este espacio y en cuanto a esta curiosa y malévola historia, pues la interpreto de esta forma:

    Un odio enquistado por ese caprichoso demonio (Nyarlathotep) que se ensañó en su maldición y justo en el extremo opuesto de esta misma realidad, floreció un amor eterno en los descendientes del odio... Lo que demuestra que del amor al odio hay un paso, como dice el refrán popular. Luego la maldición se encargó de volver a desequilibrar la balanza, demostrando que las apariencias engañan y la maldad también es hereditaria.
    Una trama muy simbólica y con buen argumento para despertar nuestro interés.

    Un beso.

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    1. Así es, Estrella; el relato habla sobre esa dualidad. Muy buena tu lectura.

      Gracias por las palabras. Pronto volveré a actualizar mi espacio.

      Beso.

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  4. La verdad que viendo el final de la historia no era tan mala idea que la pareja se hubiera separado, :O Los genes guardaban el odio que se tenían las dos familias y de ellos salió un niño que sin duda hay que temer.

    Muy bueno Federico, ;)
    Estoy con Estrella se han echado de menos tus entradas.

    Saludos!

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    1. Así es, Irene.
      Estoy terminando un cuento que publicaré por capítulos, pronto llenare el blog de entradas nuevas :)

      Muchas gracias por el comentario!

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  5. Amor y odio, los opuestos que se sienten con la misma intensidad, la diferencia solo estriba entre lo sano y lo insano, lo puro y lo mancillado, lo edificante y lo nefasto.

    Muy bien lograda la trama de tu relato Federico para mostrarnos que ambos sentimientos tienen la fuerza poderosa de atraer el bien y el mal. El odio exagerado de una generación, engendró el amor desmedido de otra generación y esta fue capaz de engendrar una tremenda mezcla de amor y odio, un niño de cabellos negros y ojos claros, el día y la noche, la luz y la oscuridad, lo negro y lo blanco, la semilla de la dualidad que todos llevamos dentro. A veces somos ese buen estudiante y otras veces somos ese asesino.

    Bravo Federico acabas de mostrarnos el punto de partida de la perdición del hombre. Abrazos claroscuros y feliz regreso

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    1. Es cierto, Harolina; los opuestos son necesarios, además. No podrían existir uno sin el otro.

      Muchas gracias por las palabras, amiga!

      Abrazos.

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  6. Herencia es herencia, y se aprecia aunque esté maldita.

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    1. No se puede negar los genes.
      Gracias por el comentario, Fernanda!

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  7. Dos hombres que se odian tienen descendientes que se aman, y el fruto de tales dualidades desemboca en pura maldad. Nyarlathotep a jugado a los dados y el resultado ha sido ese como podría haber sido otro... ¿O no?.
    Un enigmático microrrelato de gran narración.
    ¡Abrazo, Amigo de las Letras!

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    1. Muchas gracias por el comentario, Amigo de las Letras!
      Un fuerte abrazo, Edgar.

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