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domingo, 20 de marzo de 2016

EL QUE NO RESPIRA





Soy el que observa, el que no respira. Recorro la casa que una vez fue mía. Por alguna razón permanezco aquí, desde que un psicópata robó mi vida. Quedé atrapado, sin un futuro ni un pasado, con un puñal clavado a sangre fría.

No sé cuántos años pasaron; me es imposible descifrarlo. Ya no me alimento, mas no siento hambre; ya no duermo, mas no estoy cansado. Es como si el tiempo, para mí, estuviese congelado.

A veces me gustaría hablar con la gente, gritarles, hacerme presente. En ocasiones notan algo, como si un viento frío les pasara por al lado. Es que hay un puente, lo sé, un sexto sentido; pero eso dura un instante y luego es como si nada hubiese sucedido.

Te veo ingresar a la habitación, que una vez fue mía. Desconozco si es de noche o es de día. Asumo que es tarde, pues te acuestas en tu cama, ubicada en el mismo espacio en el que yo dormía.

Me acostaré a tu lado, no notarás mi presencia, pues peso lo que una sombra en una esquina. Te albergaré entre mis brazos, que te rodearán sin fuerza, como si fuesen dos mangas vacías.

Estarás durmiendo, estaré despierto, contemplándote con ojos bien abiertos. Oiré tu respiración y sentiré tus latidos, imaginando que también me quedo dormido. Y esperaré a que mañana, si tengo suerte, sea yo quien amanezca vivo.

Soy el que observa, el que no respira.






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lunes, 14 de marzo de 2016

EL CORCEL NEGRO, SEGUNDA PARTE



Para leer la primera parte, haz click aquí:
EL CORCEL NEGRO, PRIMERA PARTE





"Cuando bordeamos un abismo
y la noche es tenebrosa,
el jinete sabio suelta las riendas
y se entrega al instinto del caballo"
Armando Palacios Valdés



No se trataba de una lluvia cualquiera; había algo en el aire que nos causó una mala sensación a todos los miembros de la familia. Hasta mi tío Carlos dejó el té y las galletas para asomarse a la ventana; fue la primera vez que lo vi dejar un plato lleno desde que perdió su trabajo y vino a vivir con nosotros.

Las nubes se acumularon y oscurecieron el cielo y la tierra. De repente surgió un haz de luz y alguien descendió del firmamento; se trataba de un jinete y su caballo blanco.

De otro punto del cielo surgió un segundo haz y apareció un nuevo caballero. Su corcel era rojo; del color de la sangre.

Un tercer rayo de luz dio lugar a un jinete sobre un caballo bayo. Aquel sujeto estaba cubierto por una túnica negra, y llevaba una enorme guadaña.

Yo estaba sorprendido, pero a la vez sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Entonces sucedió: un cuarto haz dio aviso de su llegada. El último jinete montaba el hermoso corcel negro que se había extraviado y llegado a nuestro campo unos días atrás.

Los cuatro avanzaron a la vez hacia la tierra, galopando en el aire. El individuo del caballo blanco se puso delante de sus compañeros y su armadura plateada nos encandiló. Luego sacó de su espalda un arco dorado y comenzó a lanzar flechas hacia diferentes lugares. Una de ellas se dirigió al techo de nuestro hogar, y enseguida se prendió fuego y la casa se llenó de humo, obligándonos a salir corriendo de allí.

Afuera estábamos aún más desprotegidos, pero no encontramos sitio en donde refugiarnos debido a que todas nuestras edificaciones estaban en llamas: el garaje, el galpón, el gallinero… Lo mismo sucedía con las casas de nuestros vecinos, que humeaban a lo lejos ahuyentando a sus habitantes.

El sujeto del caballo rojo voló hacia nosotros como una ráfaga, sosteniendo en alto una espada. Al llegar al ras de la tierra le cortó la cabeza a mi tío Carlos, y su cuerpo cayó muerto junto a mí. Mis hermanos y yo gritamos y lloramos, y antes de que el caballero de la espada regresara fuimos todos corriendo a escondernos entre los árboles.

Un incendio se propagó a nuestro alrededor, nuestras plantaciones ardían y también nuestro ganado. Vi a las vacas corriendo con sus lomos encendidos; no había nada que pudiéramos hacer para salvarlas. Me acerqué a mi padre y lo abracé con fuerza:

– ¿Qué está pasando? – pregunté.

– Es el fin del mundo, hijo – dijo mientras las lágrimas de sus ojos reflejaban el fuego que nos rodeaba.

Todos nos quedamos mirándolo, y él hizo un ademán intentando que nos calmáramos, pero no le salieron las palabras.

En ese momento se escucharon unos fuertes crujidos; eran los árboles que se ennegrecían y caían muertos al suelo. Allí, en un claro, se encontraba el jinete de la guadaña. Bajo la túnica negra que llevaba podía verse su rostro de calavera. Venía avanzando hacia nosotros, despacio, pero en forma indefectible. Mientras se acercaba iba tocando uno a uno los troncos con la punta de su arma, y éstos se secaban al instante.

Comenzamos a correr de nuevo y llegamos al establo, que por suerte se había salvado de las flechas y permanecía en pie.

A pocos metros del lugar yo tropecé. Nadie lo notó excepto Juan, mi hermano mayor, quien entró al establo sin decir palabra. Juan siempre fue un idiota.

Todos ingresaron y mi padre comenzó a cerrar el portón, pero cuando me vio se detuvo. Entonces el ser de la guadaña aterrizó frente a él, obligándolo a terminar de cerrar el portón para proteger al resto de la familia.

Quedé tirado en el suelo, vulnerable, y cuando el caballero de rostro de calavera me vio, vino hacia mí. Su cara no era más que de hueso, pero aun así me pareció verlo sonreír:

– Ha llegado tu hora, muchacho; yo no perdono.

En ese momento el jinete del corcel negro aterrizó a mi lado:

– ¡Alto! – dijo – Él es mío. Él es el niño que robó mi caballo.

– ¡Yo no lo robé! – dije – ¡Yo solo lo estaba cuidando!

Se quitó la capucha y entonces pude volver a ver su cráneo repleto de gusanos que entraban y salían por cada orificio. También estaban allí los enormes ciempiés recorriéndole la frente, devorando restos de piel putrefacta de su cuero cabelludo.

El corcel negro dio unos pasos hacía mí y exhaló con fuerza:

– ¡No lo hagas! – grité – ¡Yo te cuidé!

Creí que sería mi fin, pero entonces el caballo se paró sobre sus patas traseras y tiró al jinete al suelo. No entendí por qué lo hizo hasta que me acercó la cabeza para acariciarme el hombro. Lo sujeté de las riendas y me ayudó a ponerme de pie, y luego subí a él de un salto.

Corrimos dejando a su dueño anterior en el suelo. Luego de alejarme varios metros volteé la cabeza y vi que el ser de la guadaña lo ayudaba a subir a su caballo, y así ambos se retiraron volando de nuestras tierras; el ataque había terminado.


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El hermoso corcel negro se quedó conmigo por siempre. Se ve feliz, sano, soberbio. Nos llevamos muy bien y nadie más que yo lo monta. Él es mío, solo mío.

La vida en mi hogar es diferente ahora. Las tierras comenzaron a secarse; ya nada crece en ellas. Los animales mueren a diario, de hambre, de sed; incluso aunque se los alimente, ellos parecen desear morir de inanición. Las aves han abandonado los árboles y solo quedan unos nidos vacíos que comienzan a desarmarse. Mi familia ha empezado a mirarme como si yo fuese el culpable de aquellos cambios. De todos modos nada de eso me afecta demasiado.

Cada día que pasa estoy más apegado a mi caballo y me siento de maravilla. Lo único que me preocupa es que estoy algo delgado, pues desde hace unas semanas he perdido el apetito.







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jueves, 3 de marzo de 2016

ILUSIONES






Sostienes mis garras con ojos de ilusión, mientras yo solo lastimo tus manos.

Besas con dulzura cada tramo de mi piel: lo normal, y también lo deformado.

Acaricias de memoria mi espalda irregular, esquivando cada herida supurante.

Esperas que cambie y confías en mí mas soy un monstruo, y no puedo amarte.






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