El último vagón del tren de la línea F7 se sentía diferente. Atestado, como siempre, pero todos los pasajeros permanecían en silencio. Eran garabatos de lo que fueron alguna vez; pintados en siluetas de cartón. Eran seres bidimensionales, porque el resto de sus humanidades ya no viajaba en tren.
Tal vez era yo la que los veía así. O tal vez, ellos me veían de la misma manera; de la misma materia.
Esa noche estaba más cansada que de costumbre. Habían despedido a varios compañeros de trabajo y, quienes permanecimos, debíamos trabajar el doble de horas, pero con la paga de siempre.
Al menos algo me salió bien: no debí viajar de pie. Al ingresar al vagón se desocupó un asiento frente a mí. Un asiento en buen estado, suave y confortable. Pero lo que más disfruté de él fue que era un sillón individual, ideal para una pasajera como yo; una pasajera a la que le gusta mirar todo desde atrás de un cristal.
Sobre el vidrio había un grafiti de color verde fosforescente: “IGGY POP” decía, y destacaba entre todo el vagón, que era de gris metalizado.
Miré por la ventanilla en busca de un símbolo de paz. La noche era clara y el cielo estaba poblado de estrellas. Algunas eran fijas, y titilaban en forma apenas perceptible, otras caían al horizonte, justo donde la ciudad termina.
El tren recorrió los mismos pasajes de cada noche. Se metió entre edificios como murallas, tan altas que se extendían hasta el firmamento oscuro.
La ciudad se ennegreció por un momento, y los edificios parecían estar deshabitados. Solo vi unas pocas ventanas iluminadas por velas; eran familias de luces fantasmales.
Solo pensaba en llegar a mi departamento y desplomarme en la montaña de ropa sucia que cubre mi cama, para luego despertar por la mañana y salir corriendo hacia el trabajo.
El tren llegó a la estación de Santa Fe, y al mirar la hora vi que habíamos llegado más pronto que de costumbre. No era un expreso, pero por algún motivo se había saltado varias estaciones. Continuamos la marcha y me sorprendió la cantidad de edificios en construcción; no había notado eso anteriormente.
Quedaba poca gente en el vagón, ya que muchos descendieron sin que nadie subiera. Parecía un anochecer de un día festivo, pero era un miércoles opresivo, un miércoles en medio del infierno presuroso de una pausa.
El tren recorrió un tramo que no reconocí. Lo recorrió a una velocidad tan alta que no me permitía enfocar la vista en alguna edificación para lograr ubicarme, pero tenía la sensación de que se trataba de un laberinto de edificios que sangraban óxido, apelmazados, unidos como continentes que chocan y se apilan en sus bases.
El grafiti de IGGY POP comenzó a desdibujarse, chorreando hasta el marco inferior separándose en tonos primarios. Amarillo, azul, negro.
De pronto mi muslo izquierdo se hundió unos centímetros en el asiento. No lo había notado antes, pero la cubierta tenía un gran corte, como si alguien le hubiese ocasionado un tajo con una navaja.
En ese momento observé por la ventana los barrios que la sociedad ignora; zonas industriales, lados traseros olvidados por el mundo.
La ciudad ya era desconocida para mí, no podía identificar el lugar donde me encontraba. Los edificios ya no estaban hechos de ladrillos, sino que eran un decorado, una escenografía surrealista de casas encimadas, sobre un suelo hecho con la piel enferma de un dios muerto.
Se oyó entonces una voz por el altoparlante:
«Les habla el conductor. Esta es la última estación. Todos los pasajeros deben descender del vehículo. Yo también me bajo aquí».
La transmisión se cortó y, sin detenerse, las puertas del tren se abrieron.
Afuera todo era viento. Yo me aferré a mi asiento que para esa altura no era otra cosa que un esqueleto de alambre. Los demás pasajeros caminaron hacia las puertas y cayeron uno a uno como figuras de cartón pintado, en lo que parecía ser un agujero negro. Una joven se acercó y giró hacia mí. Estaba vestida de negro, con una campera de cuero. El viento arrugó su rostro. Su cabello, teñido de varios colores, comenzó a aclararse y a desprenderse en corpúsuculos de tonos primarios. Amarillo, azul, negro. La vi envejecer en instantes hasta que su piel se resecó y sus huesos se convirtieron en partículas de las que el viento se alimentó.
El tren continuó acelerando. Sus paredes vibraban mientras los tornillos y tuercas saltaban de sus juntas. No se detuvo en las demás estaciones, porque ya no había estaciones. Miré hacia atrás y lo único que vi fue una nube de polvo ocultando el pasado.
El paisaje a mi alrededor no era otra cosa que un desierto; no había escombros siquiera. En la ventanilla, el grafiti había desaparecido. Raspé con la uña la poca tinta que quedaba en el marco inferior, y la punta de mi dedo se pintó de verde. Por un momento me reflejé en el cristal, y me vi cual garabato de la que fui alguna vez. Estaba sola en aquel vagón, hasta que me convertí en parte de los asientos que se estaban desintegrando, en parte del tren que marchaba sin pausa. Y fui así la última pasajera, recorriendo la cicatriz de una ciudad que se devoró a sí misma.