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viernes, 24 de marzo de 2017

MUCHACHA ENCHUFABLE




La saqué de la caja y puse a cargar la batería. Poco después abrió los ojos; unos ojos brillantes y amarillos.

Virgen. Pura. Solo para mí.

Condicioné su cuerpo de curvas metálicas. La recorrí con los dedos, temblando de deseo ante su cromo inalterable.

Llené su memoria con la música y libros que más me gustaban. Llené su memoria con mis secretos. Llené su memoria con mis mentiras.

Muchacha enchufable… Ella me dio todo cuando me cansé de dar. Ella me aceptó tal y como era cuando no acepté esta realidad.

Le enseñé a odiar a mis enemigos hasta que fuimos nosotros contra el mundo; hasta que no hubo mundo fuera de nosotros.

La convertí en mi prostituta y en mi princesa, hasta que comencé a sentir que todo era demasiado fácil. Éramos de naturalezas distintas, y yo necesitaba tener una relación más pareja.

Un día encontré la solución; la compañía que me la vendió había sacado una actualización que permitía una transformación completa, y enseguida encargué las nuevas piezas.

Saqué todo de la caja y puse a cargar la batería. Luego cerré los ojos y me conecté.

Muchacho enchufable… Volví a abrir los ojos; unos ojos brillantes y amarillos.







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martes, 14 de marzo de 2017

HUMANOID





No importa la edad, sino la experiencia.
No somos presencia, somos energía.
No buscamos hechos carnales, sino intelectuales.
No somos personas, somos usuarios, no somos nadie.


EPISODIO I
ÚLTIMAS PALABRAS


Escribiré mis últimas palabras antes de perder las pocas facultades mentales que me quedan. No sé para qué lo hago; fueron tantas las cosas que quise en mi vida y que no obtuve, que ahora ya no sé ni lo que quiero.

Podrá parecer que escribí esto de corrido, pero al hacerlo sufriré de múltiples lagunas en las que no recordaré lo que estaba diciendo. Cuando eso me sucede debo leer desde un principio para retomar la idea, y la labor me cuesta diez veces lo que a una persona sana.

Mi nombre es Leonard. He olvidado mi apellido, a mi familia y a mis amigos. En mi mente, o disco rígido (como diría el malvado Dr. Juntz), solo tengo guardadas imágenes con rostros borrosos, sin rasgos de ningún tipo, y veo a los videos pixelados y sin sonido.

Muchos agradecieron a este maldito invento, pero yo fui de los que siempre sospecharon que este dispositivo terminaría llevando a la destrucción de la raza humana como la conocemos. Hablé con otros que pensaban lo mismo y comenzamos a organizarnos. Sabíamos que se trataba de una guerra que no podíamos ganar, pero el hecho de poder pelear por algo significa de algún modo que no todo está perdido.

Ya no recuerdo en dónde nos reuníamos ni con qué frecuencia; es más, ni siquiera recuerdo cuántos miembros llegamos a ser, pero sé que logramos descubrir varias señales de conspiración; señales que también he olvidado.

Hubo una época en la que pensamos en extraernos el dispositivo. Lo intentamos con uno de nuestros compañeros, pero luego de la cirugía quedó cuadripléjico y falleció pocos días después.

Una vez fuimos a buscar al Dr Juntz; creo que nuestra intención era secuestrarlo. Sin embargo, cuando lo vimos salir de su edificio, no lo reconocimos; en un instante nos habíamos olvidado de su apariencia. Nos miramos sin saber qué hacer mientras él subía a su automóvil sonriendo. No sé cómo sucedió, pero mis compañeros y yo nos vimos afectados a la vez por la misma laguna mental.

De pocas cosas estoy seguro, y esta es una de ellas: sé que él nos descubrió, y sé que fue él quien nos instaló este virus progresivo que destruye nuestros pensamientos.


EPISODIO II
EL AMADO DOCTOR JUNTZ


– Cuando era niño le pregunté a mi madre qué era el amor – dijo el Dr. Juntz.

El famoso Dr. Julius Von Juntz estaba sentado en un sillón redondo ubicado en medio del plató. Hablaba en forma relajada, contrastando con la imagen frívola que todos tenían de él. El periodista a su derecha estaba anonadado, y miró al público en un intento por entender la situación. El científico se tomó unos segundos para limpiar sus lentes antes de continuar con el discurso:

– Ella me dio un beso en la mejilla y dijo: "El amor es un sentimiento muy profundo, Julius; es querer que el otro esté bien y nos hace capaces de cualquier cosa. Es un poco egoísta; es abrazar con fuerza a una persona con miedo a dejarla ir. Amor es lo que yo siento por ti".

Todos en el canal quedaron en silencio; todos, incluso quienes lo miraban desde sus casas, sintieron una repentina empatía por el erudito. De pronto su rostro esbozó una nostálgica sonrisa que puso una lágrima en los ojos de más de una madre emocionada.

– Discúlpeme, Dr Juntz – dijo el periodista –; es muy tierna la historia que nos acaba de contar, pero no logro entender a qué apunta. Le pregunté acerca de la invención del dispositivo CID.

El científico se acomodó en el sillón poniendo una pierna sobre la otra; satisfecho con el modo en que se iba desarrollando la entrevista.

– Lo que mi madre hizo no fue otra cosa que codificar la concepción que tenemos del amor. Fue una definición imprecisa, y hasta cometió el error de definirla utilizando la palabra "querer", que es casi un sinónimo; pero el punto es que el concepto es definible y respondió a mi pregunta.

La historia de la madre del Dr. Juntz era tan falsa como la manzana que golpeó a Isaac Newton en la cabeza, pero a veces las anécdotas simplifican la explicación de un descubrimiento científico, haciéndolo más fácil de entender para el común de la gente. Aquel hombre delgado, de traje impecable y cabellos aplastados contra la cabeza, debió inventarla para poder hablar de su dispositivo y hacerlo ver un poco más “humano”.

– El cerebro es como un disco rígido – continuó el Dr. Juntz –, pero está codificado en un modo diferente al de los ordenadores. El hombre es complejo, pero no es infinito. La superficie de nuestros cerebros es finita y, por lo tanto, todo lo que pensamos puede ser expresado con proposiciones de un número n de palabras. Eso es lo que hice; durante siete años codifiqué todos los sentimientos y pensamientos humanos de modo que una computadora los pueda entender. Luego diseñé la red sensorial interna que expresa a los impulsos neuronales en código binario y los envía al dispositivo CID ubicado en la apófisis mastoides.

En la audiencia, al igual que en las calles, una de cada diez personas ya tenía instalado el dispositivo CID. Se trataba de un pequeño aparato que se instalaba en el hueso temporal, detrás de la oreja. Tenía conexión satelital a internet, un puerto USB y una luz azul que titilaba cuando se estaba utilizando. Al principio, las personas que lo tenían se lo cubrían con el cabello, pero cuando su uso se hizo masivo comenzaron a mostrarlo con orgullo. En pocos años, la humanidad no habría podido imaginar la vida sin aquel dispositivo.


EPISODIO III
NO ES EXTRAÑO


– David Rogers, pasa al frente – dijo la profesora.

El muchacho se levantó con toda la parsimonia del mundo. Miró hacia atrás y les sonrió a sus compañeros como quien está a punto de obtener un diez sin esfuerzo.

– A ver, David…, ¿has leído El extraño?

David Rogers cerró los ojos un instante y la luz azul junto a su oreja comenzó a titilar:

– Es un relato de Howard Phillips Lovecraft, ¿verdad?

– Así es – dijo la profesroa –. Les pedí que lo leyeran la semana pasada.

David Rogers volvió a cerrar los ojos y la luz de su dispositivo titiló de nuevo.

– Listo. Ya lo leí.

Sus compañeros rieron ante su soberbia sonrisa.

– ¿Qué opinas del cuento?

– Fue escrito en 1921 y publicado en abril de 1926 en la revista Weird Tales.

– Te pedí tu opinión, David.

– Me gusta mucho la parte: “No puedo siquiera decir a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás”.

– ¿Y por qué te gusta ese párrafo?

– Porque tiene muchos… muchas descripciones.

– ¿Cómo se les dice a esas palabras?

David Rogers volvió a cerrar los ojos y la luz de su dispositivo titiló de nuevo, pero la profesora lo interrumpió.

– Se llaman “adjetivos”, David. Además, dijiste esa frase de memoria. No…, en realidad ni siquiera la aprendiste de memoria; la dijiste gracias al dispositivo CID.

– Se equivoca, profesora; la dije gracias a mi sistema operativo Humanoid 9 que tiene instalado mi dispositivo CID; el último que salió a la venta. Los anteriores no permiten hacer eso con tanta velocidad. ¿Usted cuál tiene?

Sus compañeros volvieron a reír ante su soberbia sonrisa.

– Tengo el Humanoid 5. Estoy bien con este, no necesito otro por el momento. Estoy segura de que ni siquiera sabes utilizar todas las aplicaciones que tienes. Lee ahora la biografía de Lovecraft y lee de nuevo el cuento; presta atención al final esta vez.

David Rogers volvió a cerrar los ojos y la luz de su dispositivo titiló de nuevo.

– El párrafo dice: “Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo”. Respecto a Lovecraft, nació en los Estados Unidos, en Providence, el 20 de agosto de 1890, y falleció el 15 de marzo de 1937. Estudió en…

– No es lo que te pregunté, Rogers. Quería saber tu opinión respecto a ese cuento. Podrías haber hablado de que no forma parte de la mitología que Lovecraft inventó, y que se trata de una obra de la que muchos opinan es autobiográfica. Podrías haber dicho que se asemeja a las obras de Edgar Allan Poe, otro autor que hemos estudiado este año; pudiste haber hecho cualquier apreciación personal, pero no hiciste nada de eso.

Rogers reprobó la lección, pero no se preocupó. Volvió a su asiento a mirar videos en el interior de su mente, sonriendo como quien acaba de obtener un diez sin esfuerzo.

Meses después, terminó el ciclo lectivo y David Rogers egresó. Los demás docentes no eran tan exigentes como la profesora de literatura, e incluso ella no tenía mucho que objetarle a quien tenía instalados los programas más avanzados.


EPISODIO IV
EN MODO AVIÓN


– Deberías probarlo – dijo Erika –. Puedes ver todo lo que el otro ve, y oír todo lo que el otro oye.

Leonard no podía instalar el nuevo programa. Su sistema operativo era Humanoid 8, y el software requería del Humanoid 10 o superior.

– No tienes idea de lo que te pierdes – continuó Erika –. Ayer lo probamos con David; es impresionante.

“Otra vez lo está nombrando a ese imbécil”, pensó Leonard mientras su expresión evidenciaba sus celos.

– No le doy tanta importancia al dispositivo como tú y David – dijo Leonard –; solo lo uso cuando es necesario.

Leonard siempre ponía alguna excusa; decía que no tenía tiempo o que no estaba tan interesado en los nuevos programas, pero la verdad era que él no provenía de una familia adinerada como la de Erika y la de David Rogers, y su sueldo apenas le alcanzaba para pagar sus necesidades básicas.

Al igual que Leonard, mucha gente sufría las consecuencias de no actualizar su sistema operativo. Una versión más avanzada representaba montones de aplicaciones nuevas, un aumento en la velocidad de descarga y hasta la posibilidad de utilizar un mayor número de programas a la vez. Así, los que no podían adquirir la última versión del Humanoid quedaban expulsados del mundo moderno, como un robot obsoleto que se oxida en un callejón.

La diferencia generacional de su sistema operativo respecto al de Erika afectaba mucho en la relación. Su novia lo trataba como a un analfabeto, y poco a poco comenzó a alejarse de él. Llegó un punto en el que Leonard comenzó incluso a sospechar que ella lo estaba engañando.

Esa noche Erika iría a dormir a la casa de Leonard a tener un encuentro especial, o al menos así lo creía él. Leonard miró decenas de videos para aprender a preparar una deliciosa cena. Los veía de a tres al mismo tiempo; un sistema operativo superior le habría permitido ver un mayor número en forma simultánea, pero debió conformarse con lo que su Humanoid 8 le permitía hacer. Para acompañar el plato compró un buen vino tinto sin alcohol; la venta de bebidas alcohólicas estaba prohibida desde hacía décadas.

La mesa estaba puesta como la de un restaurant de lujo, pero Erika ni siquiera se percató de las velas y el mantel.

– Te ves muy linda – dijo Leonard en medio de la cena.

– Gracias. Ayer me aumenté el tamaño de busto.

– Sí, se nota.

Siguieron cenando en silencio durante unos minutos.

– Volviste a ser rubia.

– ¡Sí! Fue gracioso. La última vez que me viste lo tenía de color rosa, ¿verdad? Bueno, esta mañana me lo teñí de rubio, pero no me gustó, entonces me lo teñí de colorado, pero fue peor. Un rato después me lo volví a teñir de rubio, pero más claro, y esa vez sí me gustó.

Solo Leonard podía estar al tanto del color de cabello de Erika; ella era como la mayoría de las jóvenes, y se cambiaba el color y el peinado no menos de tres veces por semana.

Luego de cenar, él se acercó para besarla, pero Erika no pareció entusiasmarse ante su tacto. El joven no perdió las esperanzas e insistió como insiste la gente enamorada, y minutos más tarde fueron a la cama.

Ella se acostó boca arriba, esperando que todo terminase lo antes posible. Se quedó callada e inmóvil, como en modo avión. Leonard comenzaba a sentirse como un necrófilo cuando de repente ella lo sujetó de los hombros y se puso encima de él.

El muchacho no podía creer lo que estaba sucediendo, su novia tenía tanta pasión como las primeras veces que estuvieron juntos. Ella lo besaba, lo mordía, y se movía encima de él jadeando; era más de lo que él habría esperado.

El muchacho estaba hipnotizado por los nuevos senos de su amada y por el modo en que sus rizos dorados rebotaban sobre ellos. De pronto alzó la vista, y vio que los ojos de Erika estaban en blanco y que la luz azul de su dispositivo CID estaba titilando.

– ¿Qué estás haciendo? – preguntó Leonard – ¿Acaso estás hablando con alguien más?

Los ojos de Erika volvieron a mirarlo y su gesto lo dijo todo.


EPISODIO V
TODO ES CODIFICABLE


Al igual que Heráclito, Khayyam y Nietzsche, al igual que el ajedrez tiene al caballo, todo sistema tiene a alguien que no se resigna a aceptarlo. Unos años después de que el Dr. Julius Von Juntz inventó el dispositivo, surgió un artista cuyas esculturas no podían codificarse, obras que no estaban al alcance de las máquinas y que solo un humano podría entender. Ese artista era Kravchenko.

Las obras del gran Kravchenko deleitaban a sus seguidores y desarbolaban las mentes simples de sus detractores. Era arte en estado puro. Conceptualismo-romántico lo llamaban los primeros, y arte-basura los segundos. Sea como fuere, Kravchenko no dejaba indiferente a nadie; era un oasis de esperanza en un mundo gobernado por la regular obediencia.

El escultor de vanguardia dijo un día: “No todo es codificable, Dr. Juntz”. Luego habló de evocaciones de un aroma, de besos de reconciliación y de bromas entres amigos, y cuando anunció su siguiente exposición, desafió al científico a que pusiera sus nuevas obras en código binario.

Más de la mitad de la población mundial ya tenía instalado el dispositivo CID en la base del cráneo, pero Kravchenko se reusaba a instalárselo y decía que aquellos que lo tenían eran unos “patéticos transeúntes infrahumanos que vendieron su alma”. A pesar de su opinión, todos deseaban ver su trabajo.

La noche de la exposición en la Galería Nacional de Arte, el lugar se llenó de gente. Los visitantes contemplaron las obras del artista mientras intentaban explicar lo que sentían, pero no lograban expresarlo con palabras. Llamó la atención Héroes y marionetas, una escultura de un títere que escapa de unos hilos que lo sujetan para aferrarse a otros de una mano del mismo titiritero. Otra muy concurrida fue una enorme obra de una persona en una balsa de hueso, que navegaba por las venas de su amante en busca de su corazón.

– Nadie podría codificar mis obras – dijo Kravchenko en una conferencia –, son demasiado surrealistas, demasiado abstractas. Su lógica supera a aquella de los ordenadores, pues es la lógica de los sueños.

Kravchenko tenía razón, ni siquiera el Dr. Julius Von Juntz logró codificarlas. La gente comenzó a preguntarse entonces qué otras cosas no podían codificarse además de las obras de aquel artista. Pensaron que tal vez algunos sentimientos e ideas pudieron haber quedado fuera de sus mentes cuando éstas fueron codificadas por la red sensorial interna. La pregunta no duró mucho tiempo, pues el Dr. Juntz hizo que se prohibieran las exposiciones de Kravchenko culpándolo de corromper a la juventud. La justicia lo condenó entonces a pasar cinco años en prisión. Una vez detenido, el artista fue obligado a instalarse el dispositivo CID en su apófisis mastoides.

Así fue como todo, incluso el arte, volvió a ser codificable.


EPISODIO VI
TREINTA KILOGRAMOS


David Rogers estaba sentado en su sillón, tenía los ojos cerrados y su hogar estaba en absoluto silencio. No se había movido en más de veinticuatro horas; no necesitaba hacerlo, todos sus electrodomésticos eran comandados en forma inalámbrica.

En cuestión de segundos acomodaba la temperatura, la música y la luz ambiental. Incluso se alimentaba dando las órdenes desde el interior de su cerebro; ni siquiera necesitaba hablar.

Aquella noche estaba mirando diez programas a la vez, todo gracias a que tenía instalado el sistema operativo más moderno de su época: el Humanoid 16. Era un mundo de comodidad, un mundo al que muchos se habían acostumbrado; sobre todo David Rogers, quien a la temprana edad de treinta años padecía de una obesidad mórbida que no le permitía realizar ninguna tarea sin ayuda.

Alguien en su condición debía hacerse controlar con regularidad, y el médico le había dado la orden de colocarse un reloj monitor que midiera sus signos vitales de manera continua. Mientras el aparato atado a su abultado brazo derecho recolectaba los datos, le iba enviando correos electrónicos indicándole si su salud estaba mejorando o empeorando. Las notificaciones lo despertaban a veces, ya que se quedaba dormido con frecuencia; aunque David había alcanzado un estado en el que no había mucha diferencia entre el sueño y la vigilia.

“Su colesterol sigue siendo demasiado alto, señor Rogers”

David abrió los ojos. No le hizo caso a la información recibida y, con un pensamiento, dio la orden de inyectarse medio kilogramo de carne licuada directamente al estómago. Todo su cuerpo tembló cuando ingresó el alimento, y su grasa abdominal continuó vibrando durante varios segundos.

“Sus riñones continúan deteriorándose, señor Rogers”

David volvió a abrir los ojos. No le hizo caso a la nueva información y, con un nuevo pensamiento, dio la orden de inyectarse una crema batida de chocolate. La bebida enseguida pasó a formar parte de su torrente sanguíneo, y un chorro de saliva cayó de su labio mientras sus ojos se ponían en blanco a modo orgásmico.

“Esta semana ha bajado treinta kilogramos, señor Rogers. ¡Felicitaciones!”

Su rostro se transformó con aquella noticia, y una lágrima recorrió su inflada mejilla.

– “Bajado” – dijo con un suspiro –. No es la palabra adecuada.

Ya no pudo volver a dormir, y continuó cambiado de canal en cada uno de los múltiples programas que miraba a la vez en el interior de su cerebro.

De pronto recibió un nuevo correo con los resultados de sus signos vitales actualizados. Eran todas malas noticias a excepción de una. Al final del informe se leía otra vez la felicitación:

“La mayoría de los análisis han dado resultados negativos, pero el mayor cambio de esta semana ha sido el que haya perdido esos treinta kilogramos. Siga así y pronto alcanzará un peso saludable”

Otra lágrima recorrió su inflada mejilla.

– “Perdido” – dijo con un suspiro –. Esa es la palabra adecuada.

David se miró en el espejo que tenía enfrente, y su saturado corazón comenzó a latir con fuerza mientras respiraba con dificultad. De pronto recibió una nueva notificación:

“Su ritmo cardíaco está aumentando, señor Rogers. Si lo desea, un médico puede ir a su hogar en un tiempo estimado de tres minutos”

Los cambios en los signos vitales de Rogers se debieron a que había levantado el brazo izquierdo en un esfuerzo descomunal para sacarse el reloj monitor. Miró el artefacto y lo lanzó al suelo. Pronto recibió otro mensaje:

“Su ritmo cardíaco ha bajado a cero, señor Rogers. En cinco segundos un médico será enviado a su hogar. Si esto es un error, envíe un comunicado”

Apareció entonces un numero grande en el interior de su cerebro que tapó a los diez programas que estaba mirando a la vez:

“5”

“4”

“3”

“2”

Rogers avisó desde el interior de su mente que se trataba de un error, que aún estaba vivo. Dijo que debió sacarse el pulsómetro un momento, pero que se sentía bien.

“Una alegría que se encuentre bien, señor Rogers. Aprovecho este comunicado para felicitarlo de nuevo por haber bajado treinta kilogramos esta semana”

– “Bajado” – dijo con un suspiro –. Odio esa maldita palabra; esa no es la palabra correcta.

Rogers miró de nuevo su reflejo en el espejo que tenía enfrente. No habría podido siquiera decir a qué se parecía, pero se sintió como un compuesto de todo lo que es impuro, indeseado, anormal y detestable. Se vio a sí mismo como una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debió haber ocultado por siempre jamás. Frente a sus ojos llenos de lágrimas estaba cicatrizando el muñón que le había quedado tras la amputación de su pierna izquierda; los médicos no habían podido salvarla, no después de tantos años de inactividad. Luego se miró la pierna derecha; estaba morada y llena de laceraciones, y pensó que no le faltaba mucho para perder otros treinta kilogramos.






jueves, 2 de marzo de 2017

LA CIUDAD QUE PERDIÓ SU NOMBRE




Llovía cada vez con más fuerza y apenas podía mantener los ojos sobre la ruta. Había conducido durante más de diez horas. Calculé que faltaban otras cinco para el siguiente poblado, pero entonces llegué a una ciudad que no conocía.

En la entrada solo se leía “Bienvenidos a”; la parte inferior del cartel estaba corroída por el óxido y era indescifrable. Entré a buscar hospedaje para pasar allí la noche y encontré un lúgubre escenario de calles desérticas; no había luces, no se oían ruidos, y los vehículos estacionados daban la sensación de llevar años descompuestos. De pronto hallé la señal luminosa de un hotel.

En la recepción me atendió una anciana con los ojos blancos; completamente ciega. Busqué a mi alrededor algo que me indicara en dónde me encontraba, pero no pude hallar diarios ni revistas. Estuve a punto de preguntarle a la recepcionista, cuando sonrió mostrando unos escasos dientes, dándome la sensación de que era mejor no decirle que estaba perdido.

Me sorprendieron los precios del hotel, demasiado altos para el mal estado en que se encontraba, y me parecieron aún más altos cuando la anciana dijo unas aclaraciones:

– Debe pagar en efectivo y por adelantado. La casa no se responsabiliza por los objetos perdidos. La caldera se rompió, por lo que no hay agua caliente. El baño está al fondo del pasillo. El agua de aquí no es potable y tampoco vendemos bebidas.

Le di el dinero y fui en busca de mi dormitorio. Subí las escaleras y caminé por un pasillo angosto con mala iluminación. Todo el hotel estaba en silencio; los huéspedes estarían durmiendo, o bien yo era el único allí.

Llegué a mi habitación; era pequeña, y los muebles parecían ser de otro siglo. Al levantar la frazada vi que el colchón estaba lleno de humedad, así que lo volví a cubrir.

A medianoche seguía mirando al techo sin poder dormir. Estaba empapado en sudor, y sentía una toxicidad en el aire que me dificultaba la respiración. En un momento las manchas en el techo y las paredes comenzaron a dibujar hórridas figuras, que giraron en una espiral hipnótica formaron rostros suplicantes. Luego todo convergió en la roseta del centro, y una explosión me hizo sentir que me había quedado dormido con los ojos abiertos.

El techo de la habitación se convirtió en cielo. Todo a mi alrededor fue cielo y tierra, y la tierra estaba vacía. Me convertí en molécula y caí en un caldo primitivo. Había perdido mis sentidos, ni siquiera me sentía respirar. Me acoplé a otras moléculas y entonces sí comencé a sentir.

Me dividí y ya no estuve solo. Continuamos dividiéndonos, llenando ríos; nos complejizamos, llenando mares.

Fui planta, fui animal. Comencé a reptar por la costa mientras mis aletas se transformaban en garras, y continué caminando hasta volverme mamífero y ave.

Descubrí el fuego y entonces fui hombre. Al principio no quise pensar que yo mismo me había creado y me proclamé hijo de un ser divino. Mirando atrás vi que estaba hecho de los mismos materiales que los demás seres vivos, y que respirábamos un mismo aire. Las plantas fueron conscientes de ellos mucho antes, y sus raíces crecieron y sus ramas florecieron, formando incontables conexiones. Me sentí parte de aquella conciencia colectiva y de pronto las palmas de mis manos se volvieron permeables.

Con solo estrechar la mano de otras personas pude intercambiar líquidos y alimentos. Luego intercambiamos sentimientos e, incluso, material genético.

Junto con todos los seres de la Tierra nos convertimos en un único ser viviente, que contempló al Sol y creyó estar solo durante siglos. Un día supo que otros planetas también estaban vivos, y se comunicó con ellos mediante redes fuera de los sentidos humanos. Las redes se intensificaron hasta hacerse continuas, hasta que todos los planetas de la galaxia se fusionaron.

Lo mismo sucedió con las demás galaxias, y esas criaturas galácticas se comunicaron entre ellas, creando planetas, apagando estrellas. Luego se acercaron unas a otras hasta formar una criatura gigantesca, que cubrió los confines del cosmos.

Ser y universo fueron uno; Dios había nacido.

El techo volvió cerrarse sobre mí y me di cuenta de que ya había amanecido. Bajé a la recepción y no vi a la anciana ciega, en su lugar había una mujer joven. Muy bella, por cierto.

Al salir a la vereda me encontré con un día soleado. Las calles estaban repletas de gente, sobre todo de niños. Continué mi viaje y decidí no buscar jamás el sitio en un mapa pues tengo la sensación de que jamás lo encontraré.

Quizás aquello fue un sueño, o lo fue el viaje entero. Quizás llevo años soñado que no estoy muerto. Prefiero creer que me quedé despierto en aquel hotel, y vi a Dios nacer, la noche que visité la ciudad que perdió su nombre.






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viernes, 17 de febrero de 2017

EN LA PIEL DE EVA





Te contaré la historia de mi suicidio. Pero no te sientas mal por ello; mi vida no tenía sentido. Todo lo que hacía lo hacía por mi hermana, y fue por ella que debí morir.

Eva y yo éramos mellizos, y a pesar de ser de distinto sexo parecíamos idénticos. Sucede que yo nací con físico pequeño, y mis manos y mis pies siempre fueron femeninos. La gente me confundía con ella cuando hablaba por teléfono, y hasta las niñas me llamaban amanerado.

Jamás me preocupó ser rechazado por las mujeres, pues nunca me interesaron; mi relación con Eva era todo lo que necesitaba. A veces creo que, en el vientre materno, una parte de mi corazón creció dentro de ella.

Nuestros padres fallecieron en un accidente automovilístico cuando éramos niños, y fuimos entonces a vivir con nuestra tía Marta. Ella era profesora de piano y una amante del teatro, y nos envió a Eva y a mí a estudiar danza, actuación y canto.

En la escuela me sentaba junto a mi hermana, y pasábamos el día como si no existiera nadie más en el mundo. En realidad, ella intentaba hacer amistades, pero yo no toleraba que otros se interpusieran en nuestra relación; deseaba que Eva y yo fuésemos uno.

Por las tardes, nuestra tía nos hacía cantar mientras ella tocaba el piano. En dichas ocasiones, Eva era la artista principal, dejándome a mí la parte de los coros. El talento de mi hermana también fue celebrado desde el principio en la academia, donde protagonizó varias obras mientras yo solo obtenía algunos papeles secundarios. Nadie me dijo el motivo de que yo no fuese elegido para interpretar roles más importantes, pero asumí que fue mi falta de virilidad.

Así, fui forzado a caminar por el sendero oscuro de la vida; amando a mi hermana, pero odiando a una sociedad que no me veía, opacado por la luz de su estrellato.

Pronto decidí abandonar la actuación y dedicarme de lleno a ser el asistente personal de mi hermana. A todos lados donde ella iba, yo la acompañaba. Íbamos juntos a cada clase que tomaba, a la peluquería y hasta a la depiladora. Mientras Eva hacía sus cosas, yo admiraba su gracia, observándola desde un rincón, silencioso como un mimo.

Nuestra relación se intensificó más aún cuando la tía Marta falleció. Era el único familiar cercano que teníamos, y nos quedamos, a los diecinueve años, viviendo solos en su departamento. Por suerte Eva tenía bastante trabajo como actriz en obras de teatro, lo que nos permitió llevar una vida moderada, pero sin carencias.

Muchos comenzaron a considerarla una estrella del teatro independiente; y yo tuve el privilegio de verla desde atrás del telón. Desde allí pude ver sus encantos como nadie lo hizo, desde allí aprendí los diálogos de todos los personajes que interpretó, moviendo los labios a la par de los suyos.

Me hice cargo de su ropa, de la comida y de todos sus caprichos, pero mi tarea más importante era alejarla de las distracciones, es decir: de los hombres. La labor fue imposible; a mi hermana la deseaban todos los jóvenes de la academia, y un día comenzó a salir con un bailarín clásico llamado Víctor.

Eva admiraba sus brazos musculosos y el ancho de sus hombros, y por cada virtud que ella nombraba, yo le encontraba mil defectos. Llegó un punto en el que mi desprecio hacia él fue demasiado obvio y mis críticas perdieron sentido para ella. Mientras tanto, la sonrisa soberbia de Víctor me decía las cosas que haría con mi hermana, cosas que yo no quería ni imaginar.

Debí entonces idear un plan para deshacerme de él antes de que el amorío se volviera serio. Compré un lápiz labial rojo merlot –un color que mi hermana no se atrevía a usar a pesar de mis consejos –, y me pinté con él varias veces para que se viera usado. Cuando fui a limpiarme, vi mi reflejo y comencé a mover los labios haciendo diferentes gestos, quedando aún más convencido de que aquel sería el color ideal para los labios de Eva. Por la tarde, durante una clase de danza a la que asistía Víctor, fui al vestidor a tomar las llaves de su auto y puse el labial bajo el asiento del acompañante; la escena del crimen estaba lista.

– Eva, mi amor – le dije esa noche –; debo decirte algo terrible.

Mi hermana me miró con sus hermosos ojos bien abiertos:

– Acabo de ver a Víctor besándose con otra – le dije.

– ¿De verdad? ¿Con quién?

– No pude ver quién era ella; estaban en su auto. Es una lástima; justo cuando empezaba a agradarme… Podrías revisar en los asientos; los hombres no suelen ser buenos ocultando sus infidelidades.

Al día siguiente, sin decirle nada a Víctor, Eva revisó su automóvil. Más tarde llegó llorando al departamento y me contó que lo había dejado.

Su teléfono se oía sonar una y otra vez en la cartera hasta que por fin atendió, pero yo se lo saqué de la mano:

– No lo atiendas, Eva – dije mientras cortaba la comunicación –. Ve a acostarte; yo te prepararé un té. Háblale mañana, cuando estés más tranquila.

Al día siguiente Víctor la esperó sobre las escaleras de la entrada de la academia:

– ¡Te juro que no sé de dónde salió ese lápiz labial! – dijo él –. Tal vez sea de mi hermana o de mi prima; a lo mejor estuvo allí por años.

Me puse entre medio de él y de Eva para hablarles con voz calmada:

– Está por empezar la clase. Hablen a la salida.

Eva subió las escaleras y yo me retrasé un poco para decirle algo a Víctor en el oído:

– Si vuelves a acercarte a mi hermana te romperé la cara, ¿me oíste, bailarín maricón?

Con mi voz afeminada, aquel insulto le causaría gracia o lo haría darme una golpiza. Ocurrió lo segundo; tal y como yo quería. Terminé en el hospital y mi hermana no volvió a hablar con él.

Las heridas no fueron de gravedad, y pronto me recuperé, pero lo más importante fue que, tras aquel incidente, Eva y yo volvimos a ser uno.

Mi hermana se volvió más bella y mejor artista, y yo continué acompañándola a todas partes. No importaba cuántos la admirasen, yo seguía teniendo mi sitio preferencial al costado del escenario. Todo fue maravilloso hasta que unos meses después volvió a sucumbir a los placeres carnales, aquella vez por culpa de un actor llamado Rodrigo.

– Me encanta – dijo Eva un día –. Jamás conocí a otro hombre como él. Creo que estoy enamorada.

Intenté decir algo, pero había perdido la voz. Esas palabras me habían retorcido las entrañas, y el sufrimiento se acumuló en mi pecho hasta formar un nudo de dolor que me apretó la garganta, permitiéndome tan solo brotar lágrimas de odio.

Busqué defectos en Rodrigo, pero parecía ser perfecto. Su sonrisa compradora, sus ojos de niño bueno…; ya casi podía verme acompañando a mi hermana al altar llevando los anillos en el saco. Intenté no ponerme en su contra, pero llegó un momento en el que no pude soportarlo y le dije que su novio no me agradaba:

– Rodrigo no es como Víctor – dijo ella –. Es tierno y romántico. Creo que estás celoso. De hecho, hay algo de lo que hablé con él y que tú debes saber. Me dijo que es extraño el modo en que me sobreproteges y creo que tiene razón. Quizás debamos alejarnos un poco.

No pude creer lo que estaba oyendo. Yo la cuidaba más que a mí mismo, y aquello que él consideraba sobreprotección era una muestra del amor que yo sentía por ella. Ningún hombre la amaría como yo, no había nadie con quien pudiera forjar el vínculo que teníamos. Nuestra unión era tan fuerte que daba la sensación de que, en el vientre materno, una parte de mi corazón había crecido dentro de ella.

Las horas que pasaba sin mi hermana se hacían eternas. Nada era gracioso sin su risa, e incluso el aire sin su aroma me parecía tóxico. No podía seguir viviendo sin ella a mi lado todo el tiempo, pero tampoco podía acercarme demasiado y amenazar su independencia. Eva y su novio me habían condenado a transitar una línea muy estrecha en la que no me sentía nada cómodo, y no tuve otra opción más que deshacerme del sujeto.

Comencé a estudiar sus movimientos, y supe que los jueves tomaba una clase de canto en la que era el único hombre; entonces ideé un nuevo plan.

Compré una peluca de cabello lacio color castaño claro, igual al cabello de Eva, y tomé uno de sus vestidos y un par de zapatos. En la academia le escribí una nota a Rodrigo que decía que lo esperaría en el escenario para cumplir una fantasía sexual, y la pegué en la puerta del vestidor de caballeros. Mi hermana y yo teníamos la misma letra, y mi imitación de su firma habría sido un desafío para el mejor perito calígrafo.

Esperé a Rodrigo en el puente de los reflectores, arriba del escenario del anfiteatro. Me oculté entre las sombras, aunque a la luz tampoco le habría sido fácil reconocerme. Esperé a que él apareciera y entonces lo llamé:

– Rodrigo, mi amor. Estoy aquí arriba.

– ¿Qué haces ahí arriba? – preguntó él –. Es peligroso.

– No seas tonto – dije –. Ven, tengo algo para ti.

Para aumentar su deseo dejé caer uno de los zapatos como una damisela en apuros. Rodrigo lo tomó y subió las escaleras de más de cinco metros de altura. Yo me había asegurado de ponerme frente a un tramo en el que no había baranda, y le pedí que se acercara a mí. Me alcanzó el zapato y, al tomarlo, lo volví a dejar caer. Él miró hacia abajo y yo aproveché la distracción para empujarlo.

Rodrigo cayó al escenario de espaldas, rompiéndose la columna para morir creyendo que su novia lo había asesinado.

A la mañana siguiente vimos la noticia por televisión, y ejecuté tan bien el papel de muchachito horrorizado que Eva y yo terminamos abrazados, llorando como si ambos hubiésemos sufrido la tragedia por igual.

Mi hermana va no volvió a ser la misma tras la muerte de Rodrigo; había perdido la alegría que la caracterizaba y ya casi no salía de su habitación. Lo bueno fue que me facilitó la tarea de alejarla de las distracciones, aunque a veces insistía en hacer algunas cosas por sí sola.

Una noche salió con una amiga –o al menos eso fue lo que me dijo–, y volvió muy tarde al departamento. Había llovido y, por no seguir mi consejo de llevar un paraguas, regresó empapada y temblando de frío. A la mañana siguiente despertó con un fuerte resfriado:

– Me siento mal – dijo desde la cama –; hoy no podré actuar.

Su aspecto era terrible y, gracias al vínculo que nos unía, supe que tenía fiebre sin necesidad de apoyarle la mano en la frente.

– Eva, mi amor; te ves muy mal. Pero no puedes faltar a la obra de esta noche; te prepararé un té y esperemos que más tarde te sientas mejor.

– Que vaya mi reemplazo – dijo ella –. De todos modos, no me interesa esa obra.

No podía permitir que faltara, era inaceptable que privara al mundo de su belleza y de su talento.

– ¡Esto pasa porque anoche saliste! – le dije –. No deberías salir antes de una función, y además fuiste sin paraguas a pesar de que estaba a punto de llover. Te estás volviendo muy irresponsable.

– ¡Déjame en paz! – dijo ella –. Eres peor que la tía Marta. Pareces una vieja amargada. Llama y di que no iré; no es para tomárselo tan en serio.

Pero era en serio. Muchos actores habrían dado cualquier cosa por tener un papel tan importante como el suyo; sobre todo yo.

Tomé el teléfono para avisar de su ausencia, pero corté apenas me atendieron; se me había ocurrido una idea mejor. Yo sabía de memoria todos los diálogos del personaje, y nadie en el mundo podría haber sido un mejor reemplazo para mi hermana.

Por la tarde, mientras ella dormía, busqué el traje para interpretar el rol más importante de mi vida. Ya me había disfrazado de Eva cuando asesiné a Rodrigo, pero aquella sería la primera vez me pondría de verdad bajo su piel.

Fui al living a sentarme frente al viejo tocador francés que mi hermana heredó de la tía Marta. Fue maravilloso mirarme en aquel espejo de frente, y no como una parte del decorado mientras la observaba maquillarse.

Me puse un sostén rellenándolo con dos pañuelos, imitando el delicado busto de Eva. Luego me puse su ropa interior, pues ella usaría unas calzas ajustadas para el rol de esa velada, y no podía arriesgarme a que se notaran costuras extrañas de un bóxer.

Se lo que estás pensando: “¿Cómo hizo para que no se le notaran los genitales?” Sucede que mis órganos sexuales no se desarrollaron mucho cuando alcancé la pubertad. Pero no te sientas mal; jamás tuve intenciones de hacer uso de ellos.

Me maquillé como si lo hubiese hecho cientos de veces, y aproveché para pintarme con el lápiz labial rojo merlot que mi hermana nunca usaba. Al final, escogí el calzado. Sus zapatos tenían un aroma que me hizo detenerme a olerlos antes de usarlos. Me los puse despacio, deslizando los dedos en su interior para sentirme acariciado por el cuero.

Mi actuación fue impecable, no solo en el escenario sino también fuera de él, y nadie tuvo la más mínima sospecha.

A la mañana siguiente mi hermana me despertó; la rabia que sentía le dio fuerzas para levantarse aun con fiebre:

– Me acaban de llamar para felicitarme por la actuación de ayer. Revisé mi ropa y me di cuenta de que estuviste tocando mis cosas. Te hiciste pasar por mí, ¿verdad? ¡Eres un enfermo! ¡Necesitas ayuda profesional!

El escenario de cartón en el que yo vivía se derrumbó. Las sombras bajo los pies de Eva se disiparon, dejándome a merced de la luz de mi habitación que me quemaba las retinas.

– Es cierto – dije –, todo lo que dijiste es cierto.

Me levanté y fui a la cocina mientras mi hermana continuaba gritando. Una vez allí, abrí el cajón de los cubiertos:

– Te amo, Eva; pero para ti no soy más que un monstruo social que vive bajo tu estrellato. Está claro que, para que brilles, yo debo morir.

Tomé un cuchillo del cajón y mi hermana corrió hacia mí:

– ¡No lo hagas! – gritó, pero el cuchillo no era para clavármelo a mí, sino a ella, y cuando me sujetó del brazo la apuñalé con todas mis fuerzas.

Cayó al suelo con la hoja enterrada en el estómago, haciendo un lastimoso esfuerzo por respirar. Entonces me agaché para sostenerla y mirarla por última vez mientras le brotaba sangre de la boca:

– Eva, mi amor; por favor no te sientas mal. Te amo más que a mí mismo; créeme que esta es la única solución. Vivirás por siempre bajo mi piel; te prometo que seré una mejor Eva.

Intentó decir algo, pero había perdido la voz. Vi entonces cómo sus hermosos ojos se apagaban mientras yo le acariciaba el cabello:

– Sabes, Eva; a veces creo que, en el vientre materno, una parte de tu corazón creció dentro de mí.

A partir de ese momento dejé de interpretar a mi antiguo yo. Nadie extrañó a ese muchachito introvertido y dependiente de su hermana, y a los pocos que preguntaron por él les dije que se había ido a vivir a otra ciudad. Con el tiempo fue como si él jamás hubiese existido.

Hoy Eva no necesita del cuidado de nadie y no se distrae con los hombres; la gente dice que está actuando mejor que nunca, y trabaja en obras cada vez más importantes. Todo es perfecto desde que Eva no tiene un hermano, todo es maravilloso desde que Eva y yo somos uno. 






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miércoles, 1 de febrero de 2017

EL CIRCO DE LOS HERMANOS SIERPINSKI II


Escrito junto a Axl Joke.




I - LA OSCURIDAD NO GUARDA LAS APARIENCIAS


Desde que el circo de los hermanos Sierpinski llegó a la ciudad, cambiaron muchas cosas. Su estadía en el Parc du Prince marcó una era en la historia del pueblo y, al retirarse, dejó un enorme vacío entre la gente.

Parecía un circo normal; si se puede decir eso de un circo. Su presencia causó el revuelo natural que provocaba ese tipo de acontecimientos en la ciudad, y gran parte de la población disfrutó de una fenomenal primera función llena de actuaciones ejecutadas a la perfección salvo el incidente del acto final, donde el trapecista Farkas perdió la vida.

Al día siguiente las calles se llenaron de niños que jugaban al circo e imitaban lo que habían presenciado. Una niña le arrancó un trozo a su paleta con los dientes del mismo modo en que la misteriosa mujer serpiente le arrancó la cabeza a una rata. Un joven aullaba mientras las naranjas se le caían al suelo en un malabarismo fracasado, haciendo reír a todos los que habían visto al niño lobo. En las calles no se hablaba de otra cosa que no fuese el circo, y quienes todavía no lo habían visitado no tardaron en enterarse de los pormenores del espectáculo.

Las personas contaban las cosas que habían visto junto con otras que no vieron pero que, en medio de tanta exageración, parecían ser ciertas. Todos hablaban sin parar del espectáculo excepto cuando pasaban cerca del circo. Al momento de caminar frente al colorido lugar, los transeúntes boquiabiertos ralentaban el paso y estiraban los cuellos con la esperanza de ver algún adelanto de los actos venideros. Las enormes carpas parecían capaces de almacenar mil misterios, y la cantidad de carteles mostraban decenas de espectáculos. Había demasiados indicios que evidenciaban majestuosidad, y como dicta el viejo refrán circense: “Si hay huellas de elefante a tu alrededor, es porque cerca debe haber un elefante”.

De repente, por el camino hacia la entrada, apareció un hombre alto y delgado, vestido con un traje blanco con rayas rojas; era nada menos que el presentador. A su alrededor, los globos y banderines no parecían tan llamativos; el extraño sujeto era un auténtico imán para las miradas. Las personas que pasaban por allí dejaron de avanzar y hasta dejaron de respirar cuando vieron al anunciante listo para hablar de la nueva función:

Pasen a ver, pasen a ver.
El circo de los hermanos Sierpinski llegó a la ciudad.

Déjense seducir por Frida, la contorsionista.
No existe hombre en el mundo que a sus curvas se resista.

Pasen a ver, pasen a ver.
Vean a nuestro elefante, a nuestros tigres y leones.
El motociclista Gunner va a acelerar sus corazones.

Pasen a ver, pasen a ver.
El circo de los hermanos Sierpinski llegó a la ciudad.


El excéntrico sujeto movía su galera mientras le mostraba al público su amarillenta sonrisa de dientes largos. Luego se dio la vuelta con los brazos en alto y, con una perfecta sincronización, los artistas aparecieron caminando de un lugar a otro, trabajando para tener listos los actos de aquella velada. Por allí se vio al hombre de los pies gigantes, a un grupo de enanos vestidos como arlequines, y hasta a un anciano cargando una jaula llena de pájaros.

Todos se preparaban con entusiasmo, todos excepto el payaso Bongo, cuyos ojos mostraban la tristeza de mil despedidas; como si estuviera a la orilla de un mar de lágrimas. El payaso y el presentador cruzaron miradas, y los recuerdos atracaron en la mente de Bongo con total claridad.

Habían pasado treinta años desde la noche en que se conocieron, pero para el presentador fue como si no hubiese transcurrido un solo día; tenía el mismo aspecto. Bongo, en cambio, no era el mismo. Los grandes sueños que había tenido de pequeño se apagaron en los silencios entre espectáculos. Con los años pasó de ser un joven muy especial a convertirse en un payaso común y corriente; si se puede decir eso de un payaso.

Bongo no se llamaba así de pequeño, tenía un nombre común como los otros chicos, pero éste se ahogó para siempre en la garganta de su madre, quien lo buscó sin descanso y sin éxito.

La primera vez que el joven Bongo asistió al circo de los hermanos Sierpinski, quedó fascinado. Comenzó a ir todas las noches por sí solo. Iba sin decirle nada a sus padres; quienes lo acusaron de haber perdido un tornillo. El niño no dejaba de pensar en los artistas que veía: la niña cíclope, el hombre más gordo del mundo, la mujer barbuda...

Un día, luego del espectáculo, el pequeño Bongo esperó a que todos se hubiesen retirado para quedarse a escondidas con la intención de ver algún espectáculo en preparación, un fenómeno nuevo, o quizás descubrir un secreto bien guardado del circo.

Estuvo horas oculto tras la jaula del elefante hasta que se hizo de noche, entonces salió de su escondite y comenzó a recorrer el lugar.

En un momento, unos ruidos pastosos lo hicieron asomarse a una pequeña carpa. Corrió la lona con cuidado y miró una escena iluminada por una vela. La tenue luz fue suficiente para ver una amarillenta sonrisa de dientes largos. Se trataba del hombre del traje a rayas quien, con una cuchara en la mano, alimentaba a otro sujeto.

– Come.

El presentador le estaba acercando un enorme bocado de comida al señor al que apodaban “el más gordo del mundo”. El obeso individuo estaba atado a un sillón, ahogándose, con el rostro y el pecho llenos de comida y vómito.

El pequeño Bongo tomó aire horrorizado, alertando al presentador. El niño intentó huir, pero el hombre lo alcanzó sin esfuerzo, gracias a sus largas piernas.

Bongo fue esclavizado, debiendo desempeñar las peores tareas hasta el día de su muerte.Podría decirse que cumplió su sueño de asistir al circo todos los días, pero debió ahogar a sus otros planes en un mar de lágrimas.




II – FRIDA, LA CONTORSIONISTA


Aquella tarde parecía que todo el pueblo hubiese asistido al circo. La gente avanzaba en filas desordenadas chocando entre sí, a pesar de que los boletos estaban numerados. El presentador volvió a mostrarse frente al público con su traje blanco de rayas rojas y comenzó a hacer malabares con un sombrero de los mismos colores que el traje. Con un rápido movimiento se colocó el sombrero y luego elevó con el pie un bastón con una bola en la punta, atrapándolo en el aire un instante después. Mientras apuntaba al público con el bastón, comenzó a recitar lo que el circo tenía preparado para aquella velada:

Pasen a ver, pasen a ver.
El circo de los hermanos Sierpinski llegó a la ciudad.

De la India llegó Rajesh, el ilusionista.
Sus manos los sorprenderán, pues son más ágiles que la vista.

Pasen a ver, pasen a ver.
Vean al domador Krull y a sus majestuosos leones.
Tenemos enanos, tenemos bufones, y los tenemos por montones.

Pasen a ver, pasen a ver.
El circo de los hermanos Sierpinski llegó a la ciudad.

Una vez en la carpa todos se sentaron expectantes. La gente tenía la sensación de haber estado esperando ese momento toda una vida. Las gradas estaban llenas; llenas de verdad. No había un solo asiento vacío; se había vendido hasta la última entrada.

Las luces se apagaron y de pronto se escuchó un ritmo de tambor. Era un ritmo frenético, como un corazón con taquicardia, y al público le fue imposible no dejarse seducir por él y moverse en el asiento. Fue como si una corriente eléctrica les subiera desde las plantas de los pies para ascender por los tobillos, doblar en las rodillas y seguir subiendo hasta enloquecer los muslos. Pronto los cuerpos enteros estaban embriagados de música y hasta los hombros se integraron a la fiesta.

Otro tamborilero se unió al primero, luego otro y otro más. En ese momento encendieron unos reflectores que iluminaron el centro del escenario, y el público pudo ver que los músicos eran cuatro diminutos enanos vestidos con trajes a cuadros hechos de lentejuelas. Mientras tocaban, sus sombreros de arlequín se movían, haciendo sonar al unísono a las campanillas brillantes que colgaban de las puntas. Poco después un enano trompetista llegó para unirse a la orquesta. Tocó una melodía potente que indicaba que algo impresionante estaba a punto de ocurrir, y el público estaba cada vez más inquieto.

Un sexto enano llegó caminando despacio; trayendo consigo una enorme tuba. Era aún más pequeño que los otros cinco, y el sombrero le quedaba grande y le tapaba la vista, por lo que al llegar chocó con uno de sus compañeros. El otro enano lo ayudó a ubicarse en el medio de la orquesta, mientras los demás le abrían espacio. El pequeño tomó aire y llenó sus mejillas hasta que parecieron dos enormes tomates a punto de estallar. Luego apoyó los labios sobre el instrumento musical y tocó una sola nota, una bien grave, que puso fin a la melodía.

Damas y caballeros…

Se oyó de repente. 

Los espectadores buscaban con la mirada al ser que pronunciaba estas palabras, pero el sonido parecía provenir de todas direcciones. 

Niños y enanos...

El presentador del circo llegó caminando con su traje a rayas y una enorme galera haciendo juego. Traía en su mano el bastón, y lo hacía girar mientras le regalaba al público una amarillenta sonrisa de dientes largos.

Bienvenidos a una nueva función del circo de los hermanos Sierpinski.

Hoy verán sensualidad y un montón de acrobacias.
Tenemos payasos graciosos y payasos sin gracia.

Conocerán a Carl, un elefante especial.
Y los enanos músicos traen un show sin igual.

Verán fuegos artificiales como no ha habido antes,
al hombre de diez cabezas y al hombre de pies gigantes.

Y por si eso fuese poco por lo mucho que han pagado,
hoy tenemos para ustedes un final inesperado.

Y ahora les presento a Frida, la contorsionista.

El enano de la trompeta y el de la tuba se retiraron, mientras los cuatro pequeños tamborileros seguían tocando. Aquella vez su melodía fue diferente, no fue rápida, al contrario, era un ritmo lento y seductor.

Dos mujeres vestidas con mallas aparecieron y comenzaron a bailar haciendo uso de su flexibilidad, luego dejaron un lugar en el medio del escenario, que se iluminó a la espera de la artista principal. Los hombres comenzaron a sonreír en forma estúpida, y los codazos en las costillas propiciados por sus esposas recorrieron las gradas. Todos estaban ansiosos como pubertos por ver a Frida contorsionarse ante los reflectores.

Los golpes de tambor se hicieron más potentes y Frida apareció en escena.

¿Vientre firme y muslos magros? En absoluto; Frida padecía de una obesidad mórbida como pocas veces se ha visto.

La corpulenta mujer tenía un torso esférico tan perfecto, que el mismísimo Pitágoras habría caído rendido a sus pies.

Sonrió, y sus pómulos colorados también se volvieron dos esferas perfectas. Luego se abrió de piernas, y se abrió de piernas y se abrió de piernas...; Frida quedó sentada en el suelo mientras se sostenía de los tobillos elevándolos del suelo, mofándose de todos los libros de anatomía humana. Un instante después se paró y juntó las manos. Se sujetó la muñeca derecha y la hizo girar, y la hizo girar y girar un poco más. Imposible contar cuántas vueltas dio, pero la grasa de su brazo había tomado la forma de un tirabuzón. Al soltarlo comenzó a revolucionar hasta que regresó a su estado normal; si se puede decir eso del estado de su brazo.

La libido de los hombres se estrelló contra el suelo; el supuesto espectáculo erótico se había convertido en un show diametralmente opuesto a lo que la mayoría consideraría excitante.

Pronto el número de Frida se volvió, si se puede decir, menos erótico aún, cuando los tamborileros aumentaron la velocidad de la música. La mujer comenzó a mover sus pequeñas manos, y sus brazos empezaron a acortarse. Segundos después, los brazos quedaron colgando inertes; habían perdido su sustento óseo. Sus piernas también se acortaron, y pronto la artista quedó sentada en el suelo mientras los muslos y pantorrillas yacían desparramados a su alrededor. Frida, para sorpresa y repulsión de todos, había logrado disociar los huesos y músculos de su adiposa piel. Luego la artista comenzó a hacer una serie de gestos grotescos estirando su rostro como una máscara, hasta que de pronto su cráneo desapareció hundiéndose en el interior de su cuerpo.

El presentador apareció de nuevo, y su voz fue lo único que se escuchó ante un público que observaba en absoluto silencio:

Damas y caballeros, un aplauso para Frida.

La contorsionista se retiró rodando, llevando a su obeso cuerpo desde el interior, como un roedor que hace girar una rueda metálica. Quedaron todos boquiabiertos, con poco estómago restante para un siguiente acto.




III - LOS ELEFANTES NO TIENEN LLAVES


Era una motocicleta tan magnífica que tendría una ubicación especial en la colección del más excéntrico, se trataba de una Axl Jokerson personalizada, de asiento de cuero, cuchillas a los costados y cuernos de toro sobre el manubrio.

El sol, mientras se ocultaba, iba iluminando cada uno de sus detalles en cromo. Un último destello se reflejó en el tanque de combustible color ónix, destacando la calcomanía casi infantil de una calavera atravesada por un rayo.

El hombre de los pies gigantes no sabía conducirla, por supuesto, encenderla pateando el pedal le habría resultado imposible. Aun así, la observaba hipnotizado, como quien mira un objeto que representa la libertad misma.

En ese momento llegó Gunner; un hombre barbudo de enormes brazos llenos de tatuajes, vestido con pantalón y chaleco de cuero; desabrochado, por supuesto, para que su pectoral peludo y sus numerosos collares estuviesen a la vista.

– Oye, adefesio  dijo Gunner –; ¿qué haces con mi motocicleta?

– So-solo la est-t-taba mi-mirando, señor  dijo el hombre de los pies gigantes.

– Est-t-t-t-t-t-t-taba mirando  lo imitó Gunner.

El motociclista le dio un empujón que lanzó de boca al suelo al hombre de los pies gigantes, dejando claro que no era el hombre de las manos gigantes.

– ¿No sabes acaso que este es mi bebé? Vuelve a acercarte y te cortaré tus horrendos pies.

Gunner se proponía animar a su compañero caído a levantarse pateándole las costillas con la técnica sutil de un futbolista cobrando un penal, cuando apareció el payaso Bongo cargando dos grandes cubetas con agua:

– Aquí está el agua, señor.

– ¿Para qué me traes el agua, esperpento? Te dije que le pusieras agua al elefante y trajeras aceite para mi motocicleta.

Bongo hizo una pausa; al payaso más tonto del circo le costaba mucho trabajo darse cuenta de las cosas. Luego sus ojos, que cargaban la tristeza de mil despedidas, llegaron por fin a la orilla de un mar de lágrimas mientras el rostro de Gunner se volvía más agresivo que de costumbre:

– ¿Qué has hecho, payaso? – gritó el motociclista – ¿Le diste de beber aceite al elefante?, ¿estás loco o qué te pasa? 

Bongo dejó caer los baldes y corrió hacia donde estaba el proboscídeo, mientras Gunner y el hombre de los pies gigantes lo seguían.

Llegaron tarde, el enorme animal había bebido el aceite y cayó al suelo dolorido a causa de la intoxicación.

– ¿Cómo puedes cometer semejante estupidez, esperpento?, ¿acaso te falta un tornillo?

Gunner se acercó al elefante y le dio un puntapié en la oreja para ver si reaccionaba, pero éste apenas emitió un lastimero gemido. El motociclista miró de nuevo a Bongo y continuó con los improperios, uno menos reproducible que otro; sin embargo, “Te falta un tornillo” fue el que más le dolió. Mientras tanto, el hombre de los pies gigantes se quedó parado en silencio –como de costumbre–, contento de no ser él quien recibía los insultos. Suena irónico, pero el hombre de los pies gigantes era pisoteado por todos.

– Solucionen esto, par de imbéciles. Vayan a hablar con el hombre de diez cabezas. Díganle que habrá que adelantar su acto.

Gunner se retiró y, al pasar junto a Bongo, lo chocó con el hombro tirándolo al suelo, justo donde el elefante había dejado algo más que unas huellas.

En aquel momento estaban los payasos haciendo un interludio humorístico antes de la entrada del elefante Carl. Luego sería el turno de la función del hombre de diez cabezas.

“Esperpento” (también conocido como Bongo) se quedó limpiando su traje mientras “Adefesio” (también conocido como el hombre de los pies gigantes) iba al tráiler del hombre de diez cabezas para decirle que su momento frente al público se había adelantado.

El tráiler del hombre de diez cabezas estaba vacío, allí no había ni una de sus cabezas. El hombre de los pies gigantes no tuvo otra opción que hablar con los hermanos Sierpinski, así que corrió a buscarlos tan rápido como sus deformados pies se lo permitieron.

El payaso Bongo aún estaba limpiando su traje cuando Gunner regresó a su lado:

– Oye, esperpento; necesitaré tu ayuda para montar la jaula.

Parte de su acto era realizado dentro de una enorme jaula esférica fijada a una estructura que le servía de base.

– Sí, señor – dijo Bongo.

Luego, Gunner tomó al payaso del moño y le acercó la cara a la suya:

– Pero no cometas otra de tus estupideces, esperpento. Otro error y te mataré.




IV - LOS MUERTOS NO CUMPLEN CON SUS AMENAZAS


El hombre de los pies gigantes llamó a la puerta del tráiler de los dueños del circo, y éstos tardaron mucho en atenderlo. Suena irónico, pero el hombre de los pies gigantes jamás pisó fuerte en el circo de los hermanos Sierpinski.

– ¿Qué quieres, adefesio?  Dijo, al fin, la voz de Lara Sierpinski desde el otro lado de la puerta.

– El elef-f-f-fante… Bo-Bo-Bongo, señor... se-señora… - el hombre de los pies gigantes hablaba a tropezones, sin embargo, su condición de tartamudo le permitía pronunciar con claridad las frases que usaba a menudo; siendo el caso de su temeroso “sí, señor”, su lastimero “perdone, señor”, o su resignado “lo que usted ordene”.

Lara siguió insultándolo:

– Habla bien, subnormal, que no se te entiende.

– No s-sé do-dónde está el homb-b-bre de di-diez ca-cabezas. P-pronto de-debemos hacer nu-nuestro a-acto.

– Querrás decir “su acto”; él es la cabeza del show, tú no eres más que un triste ayudante.

– Sí… sí, perdón.

– El hombre de diez cabezas no podrá actuar hoy. Sus cabezas no pudieron ponerse de acuerdo en todo el día.

– E-entonces… ¿de-debo hacer e-el acto so-solo?

– Haz lo que quieras, adefesio.

El hombre de los pies gigantes se quedó un rato inmóvil, tratando de conciliar la idea de que iba a tener el escenario para él solo. En ese momento se oyeron los gemidos que hacía Lara mientras seguía teniendo sexo con el hombre de diez cabezas. Claro que el hombre de los pies gigantes jamás se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo; solo alguien como él podría ver tantas huellas de elefante a su alrededor sin sospechar que allí había un elefante.

La ausencia del artista de las diez cabezas fue el pie para que “Adefesio” hiciera el acto que tanto le gustaba, pero que debió abandonar al ser opacado por artistas de mayor renombre. Estaba tan contento por saber que sería la estrella del próximo número que le dieron ganas de saltar, pero apenas pudo despegar sus pesados pies del suelo.

Los payasos terminaron su número y llegó el momento del espectáculo del hombre de diez cabezas, pero al ver que solo estaba su ayudante, el presentador ni se molestó en anunciarlo; prefirió dejar que el público pensara que la actuación de los comediantes no había concluido.

El hombre de los pies gigantes tuvo entonces la oportunidad para brillar y volver a ganarse su lugar como estrella del circo. De nuevo usaba su viejo traje para lo que fue diseñado: para actuar, y no para limpiar después del acto de alguno de sus compañeros. Lamentó no haber sido presentado ante su público esa noche, pero igual se dispuso a dejar su huella bien marcada.

El público relajaba sus ejercitados diafragmas después del show de los payasos, cuando fueron sorprendidos por un número aún más absurdo. Suena irónico, pero el acto del hombre de los pies gigantes era pararse de manos.

Las carcajadas no cesaron hasta que intervino el presentador.

Damas y caballeros,
niños y adefesios,
hagan silencio, por favor.

Mientras se retiraba y el público lograba dominarse, unos payasos encendían las antorchas para el siguiente acto.

Él es un maestro de las acrobacias,
un genio de la pirueta.
Su madre lo dio a luz...
en una motocicleta.
No sabe lo que es el miedo,
y le hace bullying a la muerte...
¡Él es Gunner, el motociclista!

De pronto estallaron los fuegos artificiales, y chispas de todos colores rodearon el escenario. Luego, con un fondo de heavy metal, se oyó el poderoso ruido de un motor y Gunner apareció en el escenario.

El acróbata aceleró el motor hasta provocar dolor en los tímpanos de la gente.

Estaba vestido de cuero negro: chaleco, pantalón, botas y guantes. La gente intentó aplaudir, pero el ruido de la motocicleta los obligaba a cubrirse los oídos. Gunner miró al público con soberbia y levantó la mano, pero su saludo consistió en mostrarles a todos el dedo medio.

El motociclista se dirigió a uno de los extremos del lugar y aceleró; de pronto levantó su pesada moto para andar solo con la rueda trasera. Muchos hacen ese truco, pero pocos con una moto Axl Jokerson de más de doscientos kilogramos.

Volvió a apoyar ambas ruedas y sacó una pequeña botella de whisky del bolsillo de su chaleco para vaciarla en segundos, luego la lanzó contra una de las antorchas causando una explosión. Les mostró su enorme brazo lleno de tatuajes a la gente y se bajó de la motocicleta para una exhibición de su hercúlea fuerza. Emitió un grito de aliento alcohólico y levantó al vehículo por encima de sus hombros. Pocos hacen ese truco, menos aún con una Axl Jokerson de más de doscientos kilogramos.

Las luces se apagaron y los reflectores iluminaron solo la jaula esférica que había armado unas horas antes.

El volumen de la música heavy aumentó mientras Gunner ingresaba a la jaula. Una vez adentro, comenzó a dar vueltas. La jaula vibraba provocando un ruido metálico que aceleró los corazones de todo el público. Giraba cada vez a mayor altura, hasta que logró hacerlo en forma vertical, dibujando una circunferencia de humo.

De pronto, cuando estaba en el punto más alto de la jaula, se soltó de la moto. Fue un salto hacia abajo, un caer hacia arriba. Entonces, en la base de la esfera, Gunner y la motocicleta se encontraron de nuevo en perfecta sincronía. El artista cayó sentado, y aceleró para seguir dando vueltas, cada vez a mayor velocidad.

Mientras el motociclista giraba, algo lo estaba imitando: el único tornillo que sostenía la jaula a la base. El tornillo se estaba desenroscando poco a poco; sucede que debieron haber sido cinco tornillos, pero Bongo no había puesto los otros cuatro.

De pronto la esfera se soltó y comenzó a rodar con el acróbata atrapado en su interior.

El público gritó. No fue un grito por miedo a que algo malo le pudiera suceder al artista, sino un grito de emoción.

La jaula chocó contra unas antorchas y la motocicleta y la ropa de cuero de Gunner se encendieron al instante. La esfera siguió girando hasta chocar contra unos cajones de madera que provocaron que el fuego aumentara.

El acróbata intentó escapar, pero la puerta de la jaula había quedado hacia abajo, y era demasiado pesada para que él la pudiera hacer girar sin ayuda.

Dentro de la esfera todo ardía: la motocicleta, los cajones de madera y Gunner, sobre todo Gunner. El acróbata se había convertido en la estrella más brillante de la velada.

Sus manos se agarraron del metal, y entonces quedaron pegadas a causa de la temperatura que seguía en aumento. Quiso apartar una de ellas, pero su piel, junto con un trozo de su guante derretido, se desprendió.

El rostro del motociclista también comenzó a desprenderse de su cráneo mientras sus gritos se hacían más potentes y agudos.

El público ya no aplaudía; estaban todos estáticos.

En ese momento llegaron los payasos trayendo cubetas con agua. Lograron extinguir el fuego, pero los gritos del artista se habían apagado antes. En la jaula solo quedaba un cadáver calcinado con los huesos expuestos; y entonces sí comenzaron los aplausos.

La muerte de Gunner logró sorprender al público más aún que la de Farkas en la velada anterior.

Las luces se apagaron para que los payasos limpiaran el escenario mientras los enanos comenzaron a tocar un ritmo de tambor selvático. Había llegado el momento del último acto.

Unas luces naranjas, blancas y verdes se encendieron, iluminando a los cinco enanos músicos que tocaban en medio de la arena. Poco después apareció el sexto enano, el más pequeño de la banda; traía consigo una flauta, y comenzó a tocar una melodía de las que se usan para encantar serpientes.

Junto a ellos se iluminó un gran canasto de mimbre, que se abrió para que saliera, meneándose como una cobra, el presentador del circo.




V - LA LUZ TIENDE A CEGARNOS, SIN DEJARNOS VER LO OBVIO


Damas y caballeros,
niños y cadáveres,
hagan silencio, por favor.

Hoy me place el anunciarles
a este último artista.
Algunos lo llaman mago,
otros, ilusionista.

Él vino de muy lejos,
con trucos nuevos y trucos viejos.
Es el amo del misterio, el señor de los hechiceros…
Con ustedes…
¡el gran Rajesh!

Las luces cubrieron por completo el escenario descubriendo la presencia de Rajesh y la súbita ausencia del presentador. Fue como si la oscuridad se hubiera llevado a uno y la luz trajera consigo al otro.

Rajesh estaba vestido con coloridas telas y un enorme turbante. Sus ojos oscuros delineados hacían helar la sangre de quienes lo miraban. El mago miró a uno de los payasos que no se había retirado aún del escenario, y éste cayó al suelo. Cayó muerto, aunque el público rio creyendo que había sido un desmayo fingido.

Para su primer acto Rajesh se quitó el turbante y de allí comenzó a sacar pequeños animales que, con un chasquido de dedos, hacía desaparecer. Primero hizo desaparecer un ___________, luego, antes de que el público pudiese comprender cómo pudo efectuar semejante acto, hizo que una ___________ se esfumara de la vista de todos. Al final, con un rápido movimiento de manos, hizo desaparecer un ___________ entero. 

El público aplaudió, pero pronto Rajesh alzó la mano para detenerlos:

– Para el próximo acto necesitaré una voluntaria – dijo.

Luego clavó la vista en una mujer de cabello negro y lacio que no alzó la mano. Ella habría preferido no aceptar la propuesta, pero la mirada del mago le resultó irresistible.

– ¿Crees en la magia, jovencita?

La mujer ya no era ninguna jovencita, pero la mística que envolvía al mago hacía sentir como un niño a todo aquel que lo mirara.

– Estuve enamorada, pero mi novio me dejó hace unos días y por eso vine sola. Así que mi respuesta es no; ya no creo en la magia.

Todos rieron, todos excepto Rajesh, a quien nadie le conocía la risa.

La mujer se acercó al escenario y el ilusionista miró hacia un costado, en donde había varios payasos ayudantes, y una de las payasas salió corriendo.

Dos payasos le acercaron una caja apoyada sobre una mesa con ruedas, y luego se retiraron temblando de miedo.

La caja era de madera, y estaba pintada con figuras demoníacas de estilo medieval. Allí podían verse a Astaroth, al Wingakaw, a Azazel, y a otros demonios igual de execrables.

– Denle un aplauso a Sabrina – dijo el mago.

El público aplaudió.

– No le dije mi nombre... – dijo la señora –, ¿cómo supo que…?

– ¡Silencio! – dijo Rajesh – Entra en la caja.

Sabrina entró en la caja y el mago la cerró. La mujer sacó la cabeza por un agujero ubicado en un extremo. Luego sacó las piernas por dos orificios más pequeños, ubicados en la cara opuesta del artefacto. El misterioso hombre de la India cerró la tapa y la mujer tragó saliva.

– Tranquila – dijo Rajesh –. No te va a doler; no por mucho tiempo.

Tomó entonces un sable y lo hizo girar en el aire. Luego, sin pérdida de tiempo, lo clavó en el medio de la caja, donde se encontraba el corazón roto de Sabrina.

El sable se clavó hasta la empuñadura, y la dama emitió un grito sordo. Pronto comenzó a largar sangre por la boca y la gente aplaudió con fuerza. El ilusionista tomó otro sable y también lo clavó en la caja, apagando más aún los gritos de la ayudante.

Clavó un tercer sable y luego un cuarto, y la sangre comenzó a gotear de la parte inferior de la caja.

El público no sabía si seguir aplaudiendo o no. Entonces un payaso le alcanzó un largo serrucho al artista y éste lo mostró a las gradas. La hoja de metal brilló para todos, luego, ante los miles de rostros atónitos que no parpadeaban, apoyó los dientes de la sierra sobre una ranura que tenía la caja justo en el medio. Comenzó a serruchar, y el cadáver se movió a causa de unos últimos reflejos que le quedaban.

Cuando terminó de cortar, Rajesh dividió la caja en dos. No lo hizo como lo hacen los ilusionistas (sin mostrar el centro a los espectadores); él dejó que todos vieran los intestinos de Sabrina desparramarse en el suelo.

De pronto una explosión de humo cubrió la escena.

El público gritó al unísono:

– ¡Oooh!

Al momento en que la humareda se disipó, pudo verse a Rajesh junto a la mujer, que estaba de pie y sin un rasguño. El público ovacionó al artista, y Sabrina regresó a su asiento. No era la Sabrina original, por supuesto, se trataba de una payasa que se puso un atuendo similar y usaba una peluca negra. La Sabrina original estaba sirviendo de alimento para los leones.

Rajesh hizo una reverencia mientras el presentador llegaba. El hombre del traje a rayas se paró en medio del escenario y los payasos comenzaron a preparar los materiales para el acto final.

Damas y caballeros,
niños y lectores,
hagan silencio por favor.

Y todos hicieron silencio.

Ha llegado ya la hora del cierre de la velada. 
Lo que han visto hasta el momento, créanme, no ha sido nada.

Esta actuación es en verdad sorprendente:
el poderoso Rajesh está por jugar con sus mentes.

Contemplen el último acto, que es un gran recordatorio
de que la luz tiende a cegarnos, sin dejarnos ver lo obvio.

Rajesh tomó un báculo con ambas manos y lo elevó en posición vertical. El artefacto arcano era de madera tallada y hueso, y parecía tener cientos de años. El mago sujetó con firmeza el cayado y golpeó la base contra el suelo a la vez que pronunciaba el conjuro: “¡Irom suná!”, provocando un destello que dejó inconsciente a toda la audiencia.

Todos tuvieron la sensación de que el destello duró unos pocos segundos, pero en realidad se prolongó durante horas. El público permaneció hipnotizado mientras el ilusionista recitaba un pasaje tras otro de un antiguo libro escrito en sánscrito.

Rajesh hizo una última reverencia y todos aplaudieron mientras poco a poco iban saliendo del trance. Se retiraron asombrados, felices, diciendo que jamás habían visto espectáculo más increíble. Los adultos decían que irían al espectáculo al día siguiente, y los niños saltaban de alegría, soñando con unirse al circo de los hermanos Sierpinski.

Esa noche los padres arroparon a sus hijos mientras les prometían que los volverían a llevar al circo.

A la mañana siguiente, decenas de primogénitos no bajaron a desayunar con sus familias. Al ir en su búsqueda, los padres encontraron las camas vacías y las ventanas abiertas. Las madres salieron a las calles a llamar a sus hijos, pero sus nombres se ahogaron para siempre en sus gargantas.

Todo el pueblo se dirigió al Parc du Prince en busca de señales, pero el lugar estaba vacío. Solo encontraron el césped maltratado por las ruedas de camiones y las pisadas del elefante. El circo de los hermanos Sierpinski ya no estaba allí; las carpas, los carros, las jaulas de los animales…, todo había desaparecido antes del amanecer.

Parecía un circo normal; si se puede decir eso de un circo.







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