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miércoles, 27 de mayo de 2015

LOS MANANTIALES DE MIMYA




Dicen que casi todos los sueños se olvidan; que tan solo nos ayudan a asentar nuestras ideas. Dicen, donde acaba la vigilia se confunden las fronteras, y la mente se libera asociando cosas nuevas.

Quien descubre estar durmiendo cambia todo lo que quiere, y el sueño o pesadilla se detiene. Porque no es fácil seguir, despertamos sin remedio, al notar que la onírica se pierde. Eso dicen, pero yo lo he vivido; he logrado mantenerme dormido, he viajado a otros mundos más allá de los desiertos, volando a la velocidad del pensamiento.

Llegué allí, donde el cosmos se repliega sobre sí: a Los Manantiales de Mimya. Por sus aguas cristalinas fluye el saber eterno; mas beberlas puede enviar a la locura, no nacimos para tal conocimiento.

Dicen. Muchas cosas dicen. Pero nadie dijo que allí, en Los Manantiales de Mimya, un ser de luz iba a robar mi identidad. Me dejó sin cuerpo, esperando eternamente hasta el fin del universo; si se puede hablar del tiempo en el mundo de los sueños.

Otro como yo llegó a las aguas a beber. Cuando se distrajo lo golpeé, para tomar su camino antes que él. Unos dicen que obré mal; si se puede hablar de moral en el mundo de los sueños.

Desperté junto a una mujer. Muy bella, por cierto. Y al mirar en el espejo no me vi, lo vi a él. Me deshice del gato, me deshice del perro, pues se dice saben cosas que los hombres no las ven. Me quedé con su vida, y con sus hijos también.

A veces lo recuerdo, a quien andaba en este cuerpo, a quien dejé en las aguas del saber eterno. Me pregunto si está vivo, me pregunto si está muerto; si se puede hablar de muertos en el mundo de los sueños.








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lunes, 25 de mayo de 2015

TITANIO





– Sí – dijo Amanda –, soy de titanio. Tantas veces me han hecho daño los hombres que ahora soy indestructible. Sé que algún día vos también me vas a disparar, pero no te tengo miedo.

– Yo nunca te voy a disparar – dijo Lucas.

– No importa si lo hacés, porque no podrás dañarme.

– Pero yo no quiero hacerte daño, Amanda.

– Hagamos una cosa, Lucas; disparame, quiero que lo hagas y veas que soy a prueba de balas.

La mano de Lucas temblaba por los nervios. Poco a poco levantó el arma y apuntó directamente al corazón de Amanda. Puso su dedo en el gatillo, pero se detuvo:

– No quiero hacerlo. No me obligues, por favor.

– Disparame – dijo ella – ¡Vamos!, ¡soy de titanio!, ¡soy de titanio!

Amanda cerró los ojos y, con una placentera sonrisa, disfrutó de la luz solar en el rostro. Lucas disparó, pero la bala rebotó y le pegó a él justo en el corazón. Cuando Amanda abrió los ojos, Lucas yacía muerto a sus pies.


martes, 19 de mayo de 2015

IMPURO




Lo vi balancearse en la oscuridad mientras me acercaba por su espalda; esa espalda asimétrica de huesos sobresalientes.

Esperaba que un buen golpe con el hacha abriera su cráneo; ese cráneo calvo y deforme que reflejaba la escasa luz del lugar.

Me faltaban pocos pasos para llegar, y él seguía balanceándose con los brazos a cada lado; esos brazos desproporcionados con los que mató a mi marido.

En ese momento pisé por accidente uno de sus juguetes, y el balanceo se detuvo.

– ¿Madre?

Solté el hacha y corrí hacia él.

– ¡Aquí estoy, hijo! – dije llorando mientras lo abrazaba con fuerza.


viernes, 15 de mayo de 2015

LA FÁBRICA DE SUEÑOS




El mundo se dividió en dos. Antoine miraba a su alrededor mientras viajaba en tren hacia el trabajo. La diferencia entre los pasajeros que se habían hecho el tratamiento y los que no, era evidente. En el atestado vagón las personas tenían ya sea unas enormes sonrisas, o unas caras largas y depresivas; iguales a la suya.

“Dibújese una sonrisa. Deshágase de sus deseos imposibles. Disfrute de su vida al máximo convirtiéndola en su nuevo sueño”

Por todas partes se leía aquella publicidad; la Fábrica de sueños era un éxito.

Al principio hubo resistencia, no todos deseaban que le borrasen sus sentimientos, preferían aferrarse a la nostalgia y a los logros más efímeros. Con el tiempo, hasta los más escépticos notaron que aquellos que se sometían al tratamiento vivían más felices, mientras ellos seguían suspirando en los rincones por sus objetivos inconclusos.

– El sábado me haré la intervención – dijo Pierre en la oficina.

– No lo hagas – dijo Antoine.

– Ya lo he decidido. El lunes regresaré como un hombre renovado.

– ¿Qué sucederá con tus aviones? – preguntó Jacqueline.

La vista de Pierre se perdió en el vacío:

– Antes de irme, pasaré todo el día mirándolos; disfrutándolos por última vez.

De joven, Pierre reprobó el examen de admisión para convertirse en piloto, y lo más cerca que pudo estar de realizar ese sueño fue armando y coleccionando aviones a escala. Una noche en la Fábrica de sueños bastó para que le borraran el interés por sus pequeñas réplicas. Cientos de modelos de plástico y otros tantos de madera terminaron en grandes bolsas negras directo a la basura. Ya no significaban nada para él, le habían inyectado un nuevo deseo: ser un empleado administrativo en una enorme empresa sin rostro. Ese sueño era mucho más fácil de cumplirse, de hecho ya lo había alcanzado, pues desde hacía doce años trabajaba en un pequeño cubículo como uno de los encargados de parametrizar las divergencias. Todos decían que parametrizar las divergencias era el trabajo más aburrido que pudiera existir, pero para Pierre esa tarea se convirtió en el objeto de su felicidad.

Ese lunes, cuando regresó a la oficina, era evidente que se había hecho el tratamiento. Apareció con una sonrisa que sus compañeros lo creían incapaz de gesticular. Muchos más quedaron entonces convencidos de la efectividad de la Fábrica de sueños, sin embargo Antoine seguía reticente a someterse al tratamiento; él no veía más que sonrisas vacías en los rostros de los que habían pasado por allí, y estaba convencido de que había algo faltante en sus miradas.

Antoine también parametrizaba divergencias en la empresa. Trabajaba en el pequeño cubículo F7, junto al de Pierre y al de Jacqueline, y sabía que era cuestión de tiempo para que ella también deseara visitar la empresa de la que todos hablaban.

– No lo hagas – le dijo –, observa a los que lo hicieron. Cuando uno sonríe de verdad, se le nota también en los ojos, no solo en la boca.

Ella se quedaba pensando, pero cada día estaba más convencida.

Antoine estuvo enamorado en secreto de Jacqueline durante años, amaba su pasión por el cine y la poesía. No podía quitarle la vista de encima cada vez que apoyaba su rodilla en el escritorio para sacar los cuadernos que tenía en la repisa. Un pie de puntillas en el suelo mientras la otra pierna se abría hacia un lado mostrando unas exquisitas medias de red. Él la contemplaba cautivado mientras a su alrededor, decenas de cajoneras metálicas estallaban cubriendo la oficina de papeles.

Los cuadernos estaban repletos de poemas que ella misma escribía en los momentos libres y, aunque cada rima era peor que la anterior, las mostraba orgullosa a sus compañeros de trabajo. Pero él se desenamoró de ella luego de que se sometiera al tratamiento que ofrecía la Fábrica de sueños.

– Debes intentarlo tú también, Antoine. Al fin logro cumplir mis sueños.

Él seguía convencido de que aquella fábrica no era más que una pesadilla. Ver la repisa vacía de Jacqueline le provocaba dolores en el pecho; extrañaba a esos cuadernos coloridos y a la mirada cargada de ilusión que ella ponía cuando los leía en voz alta.

Una noche, Antoine decidió visitar el lugar culpable de que su mejor amigo y el amor de su vida no fuesen los de antes. Ingresó diciendo que se iba a someter al tratamiento; una vez allí, se dirigió a la oficina central escondiéndose de las cámaras mientras atravesaba los largos pasillos.

– ¡Alto! – dijo un guardia –. Esta es una zona restringida.

– Vengo a que me borren los sueños y a que me hagan desear ser guardia de seguridad – dijo Antoine – ¿Le parece una buena idea?

El guardia sonrió con ojos vacíos, entonces Antoine aprovechó la distracción para golpearlo en el rostro dejándolo inconsciente.

Siguió su camino hacia la oficina en la que se almacenaban los pequeños sueños sintéticos que se inyectaban a los pacientes. No había nadie allí en ese momento, por lo que se dispuso a romper los ordenadores con sus propias manos y pies.

La alarma comenzó a sonar y las luces blancas se apagaron dando lugar a unas rojas, y de pronto apareció un científico de anteojos:

– ¿Qué cree que está haciendo? – le gritó.

– Lo que ustedes hacen aquí es una abominación, solo reparten falsas alegrías – dijo Antoine –. Este es mi sueño: destruir este lugar para que la gente vuelva a soñar a lo grande. ¿Qué importa si alguien no logra sus objetivos?, ilusionarse y desilusionarse son partes de la vida. Podrán detenerme, pero vendrán otros como yo; ya lo verán.

Cuatro guardias ingresaron y lo sujetaron mientras él seguía golpeando los ordenadores.

Antoine destruyó muchos sueños sintéticos que estaban allí almacenados, y debieron pasar varios meses para que los expertos pudieran sustituirlos. Sin embargo, hubo unos pocos archivos que no fueron destruidos. Y entre los que se salvaron estaba nada menos que el sueño de ser el encargado de parametrizar las divergencias en una enorme empresa sin rostro.

A la mañana siguiente Antoine regresó a su trabajo. Pierre y Jacqueline aplaudieron contentos cuando lo vieron saludar a todos con una sonrisa renovada.

viernes, 8 de mayo de 2015

SALÓN 76




No es fácil conseguir un cargo titular en la Facultad de ciencias exactas; a algunos les toma toda una vida lograrlo.
El antiguo edificio te hace sentir en el Olimpo; unas paredes de gruesos bloques que parecen haber sido elevados por una civilización de otra era, pisos de grandes baldosas de granito, y puertas con gruesos marcos de madera que vencen el paso del tiempo.
Ingresé supliendo a un viejo profesor de matemática que se tomó licencia por un semestre. Fue una gran oportunidad y no quería desperdiciarla, y estuve atento a cualquier otro puesto que pudiera surgir para quedarme a trabajar allí en forma definitiva. Me pusieron a cargo de la cátedra de Ecuaciones diferenciales, y enseñaba dos días por semana. Los martes salía cuando el lugar estaba aún lleno de gente, a las nueve de la noche, pero los viernes terminaba a última hora.
El primer viernes, al finalizar la clase fui a la sala de profesores para dejar allí el temario. Eran más de las once y ya no quedaba nadie; era de esperarse, todo el mundo desea empezar el fin de semana lo antes posible. Sin embargo, cuando volví a salir al pasillo, escuché que en el salón de al lado, el 76, aún había gente. Allí, en medio del silencio de un edificio que dormía como un gigante de piedra, se escuchaba un grupo de estudiantes demandando conocimiento. Me retiré contento de ver tanto entusiasmo por enseñar y aprender.
Al siguiente viernes fui de nuevo el último en retirarse; sin contar a los fanáticos del salón 76, por supuesto. Me acerqué a la enorme puerta con ganas de saber qué era lo que tanto apasionaba a esa gente:
– Cuando veamos variación de parámetros vas a ver que es mucho más fácil – dijo un joven del otro lado.
Supe entonces que se trataba de estudiantes de ecuaciones diferenciales. Pensé que serían mis alumnos, que se quedaban después de hora para aclararse dudas entre ellos.
– Pero yo solo conozco el método de coeficientes indeterminados – dijo otro joven – ¿Por qué no lo explicás a todos, Panucci?
Luego escuché gritos a coro aclamando a aquel estudiante para que los ayudase:
“¡Panucci!, ¡Panucci!, ¡Panucci!...”
Era tarde y me retire. Me fui pensando que lo primero que haría la siguiente clase sería identificar a ese tal Panucci; sin embargo, cuando lo busqué en el listado de mis estudiantes, no lo encontré. Supuse que se trataría de un ex alumno y decidí averiguar los nombres de los otros jóvenes que se reunían a la noche a estudiar matemática.
A la semana siguiente los gritos apasionados volvieron a llenar de vida al salón 76. Me acerqué a la puerta y logré oír una conversación:
– ¿Otra vez, Martina? – dijo un joven – Tenés que cambiar la pendiente. Eso lo vimos en la segunda clase.
Por “cambiar la pendiente” entendí que estarían hablando de un problema de trayectorias ortogonales. Acerqué más el oído y escuché la respuesta de quien sería Martina:
– Es que yo falté ese día, y luego nos quedamos sin profesor.
Esa nueva información me sorprendió; yo era precisamente quien enseñaba Ecuaciones diferenciales y, según tenía entendido, nadie más dictaba allí esa asignatura. Estuve a punto de entrar a preguntarles, pero no saber acerca de una cátedra disponible podría haberme hecho quedar mal frente a ellos.
Días después, cuando busqué en el listado de mis estudiantes, no encontré a ninguna alumna llamada Martina. De todas maneras eso no era lo importante, lo que más me interesaba era la posibilidad de que hubiese un puesto disponible, y fui a hablar con un directivo al respecto:
– No, profesor – dijo él –. No hay ninguna cátedra de matemática sin cubrir. Si surge algo, le avisaré; están todos muy conformes con su trabajo.
Una nueva jornada de viernes llegó a su fin y, mientras guardaba el temario en la sala de profesores, volví a escuchar a los alumnos nocturnos. Fui hasta la pared que daba al salón 76 y apoyé la oreja intentado captar algo a través del grueso muro; entonces escuché un grito con claridad:
– ¿No te das cuenta que es de variables separables, Polaco? – dijo alguien.
Se oyeron unas risas; al parecer ese “Polaco” no entendía ni lo más básico de ecuaciones diferenciales. Fui moviéndome a lo largo de la pared para captar algún otro nombre, y de pronto sin querer tiré algo al suelo; había chocado un cuadro con la mano. Me agaché a levantarlo y vi la foto en blanco y negro de un joven rubio cubierta por un vidrio roto. Me alegré de haber sido el único en la sala y que nadie me viera romper ese cuadro; se trataba de uno de los veintiocho ubicados bajo el viejo cartel de “Víctimas del terrorismo de estado”. Colgué la fotografía en su lugar y leí su nombre: “Rubén Kowalski”. Sonreí por la casualidad de que aquel muchacho fuese tan o más polaco que el que estaba del otro lado de la pared.
Me alejé unos pasos hacia atrás y comencé a leer los nombres de los otros homenajeados, entonces un escalofrío recorrió mi espalda cuando encontré nada menos que a Luis Panucci entre ellos. Con mi corazón retumbando en mi pecho seguí leyendo los nombres, deseaba con todo mi ser que ella no estuviese allí, pero sí estaba; eternizando su belleza en el mural, vi la foto de una hermosa joven llamada Martina B. Gómez.
Salí corriendo de la sala de profesores y me dirigí al aula 76 sin control de mis pensamientos. Cuando abrí la puerta vi a veintiocho espectros sentados en pupitres individuales. Todos giraron sus cabezas a la vez para mirarme con sus cuencas de ojos vacías, y uno de ellos me habló:
– Profesor, lo estábamos esperando. Tenemos muchas consultas que hacerle.
Me di la vuelta para salir corriendo, entonces uno de los fantasmas apareció frente a mí; su cuerpo era de color blanco traslúcido y en su pecho podían verse varias heridas de bala.
– Un gusto conocerlo, profesor. Mi nombre es Rubén Kowalski, pero todos me dicen “Polaco”.
Corrí hasta el final del pasillo y al doblar vi a una joven fantasma con ropas rasgadas y un rostro que sin duda había sido golpeado hasta la muerte:
– Me llamo Martina. Será un placer tenerlo con nosotros.
Grité y huí hasta las escaleras, pero en ese momento algo tocó mi espalda y al voltearme tropecé.
– ¡Profesor! – gritaron los alumnos.
Caí por las escaleras golpeándome con cada uno de los escalones de mármol y perdí el conocimiento. No recuerdo qué más sucedió, pero al día siguiente me asignaron un cargo titular para trabajar todas las noches después de las once.

Cuando me enteré que trabajaría en el salón 76 tuve algo de miedo, pero luego me acostumbré. Hasta hoy sigo allí; junto a Panucci, la estrella de la clase; Kowalski, más conocido como “el Polaco”; y con Martina, que siempre olvida cambiar la pendiente. A veces tengo la sensación de que no avanzan y que todas las clases explico lo mismo, pero son buenos muchachos; además tengo tiempo de sobra, y los veintiocho asisten día tras día con el mismo espíritu de siempre.