LA MORSA




Tengo una pesadilla recurrente. Sueño que estoy en mi cama y un ser me despierta. Es una criatura con rasgos humanos y también animales, con facciones similares a las de una morsa. Tiene una piel grisácea con pliegos, y dos colmillos como sables que podrían abrirme el abdomen sin esfuerzo. Me mira fijo con ojos redondos, y me sacude con sus garras mientras gruñe y deja caer saliva sobre mi rostro. 

Todo comenzó una mañana próxima a Navidad. Mi madre quería armar el árbol conmigo, y fui al altillo en busca de las guirnaldas y las luces. Yo tenía quince años, pero siendo hijo único no pude negarme a armar el árbol con ella al igual que cuando era niño. Además, me lo pidió con el triste tono con que hablaba siempre, con esa mirada vacía que la caracterizaba a ella y a mi padre, como si ambos arrastraran una tristeza tan grande que acabó por matarles el alma. 

Busqué entre cajas que estaban sin tocarse desde hacía décadas, hasta que por fin di con una que tenía escrito “Adornos navideños”. 

Encima tenía una caja sin etiquetar, y al ponerla a un costado vi que algo cayó de ella. Era una fotografía. 

Allí estaba mi madre abrazada a mi abuelo. La vi sonriente; me sorprendió verla así. 

Continué mirando la imagen y vi que con su mano se tocaba el vientre. En la fotografía ella estaba embarazada, y mi abuelo la abrazaba tan sonriente como ella. 

No conocí a mi abuelo, falleció antes de que yo naciera, pero en la casa teníamos varias fotos de él. Guardé la fotografía en la caja y bajé los adornos. 

Mientras armábamos el árbol con mi madre me surgió una duda; uno de esos pensamientos que permanecen en estado latente, como si nuestra mente se mantuviera trabajando en silencio hasta tener una idea concreta que sacar a luz. 

–¿Cuándo falleció el abuelo? –pregunté a mi madre. 

–Fue antes de que tu nacieras –dijo ella. 

–¿Cuánto tiempo antes? 

–Dos años… ¿Por qué? 

Hice una pausa. 

–Por nada –dije al fin. 




Es noche tuve de nuevo la pesadilla; más vívida que la mayoría de las veces. La criatura me sacudía con fuerza, sujetándome de los hombros con sus garras desproporcionadas. Desperté y enseguida vino a mi mente aquella fotografía. 

Era imposible que yo estuviera en el vientre de mi madre con el abuelo vivo. Tampoco podría haberse equivocado al decirme que falleció dos años antes de mi nacimiento, ya que en una ocasión como esa un año lo cambia todo; ella recordaría que él la vio estando embarazada, recordaría todo lo que hablaron sobre su primer nieto. ¿Acaso mi abuelo seguía con vida? Pensé en la posibilidad de que estuviera preso, y me lo hubieran ocultado, y hasta se me ocurrió que hubiera abandonando a la familia, y que por ese motivo todos decían que había muerto; muerto para ellos, para mitigar el dolor. 

Subí a ver en la caja, a ver qué más encontraba. Había muchos papeles viejos, pero no hallé nada más sobre mi abuelo, no encontré un documento, un certificado de defunción…, ni siquiera una carta de despedida. 

De pronto vi algo que llevó el misterio por nuevos senderos: el folleto de un orfanato. 

Volví a mi dormitorio más insomne que antes. «Mi madre perdió un hijo», pensé, «…y yo soy adoptado». 

Esa mañana fui el primero en la cocina. 

Cuando mis padres bajaron para desayunar hablé sin rodeos: 

–¡Hay algo que me están ocultando! –dije mientras apoyaba a la fotografía con fuerza sobre la mesa. 

Les conté sobre lo que había encontrado y la discrepancia cronológica de aquella imagen. 

–El abuelo falleció dos años antes de que tú nacieras –dijo al fin mi padre–. El que lleva tu madre en su vientre no eres tú. En esa fotografía está embarazada de tu hermano. Tuviste un hermano mayor que falleció. Ahora que sabes la verdad, no volvamos a mencionar el asunto. 




Mi padre terminó la conversación de ese modo y yo mantuve el folleto del orfanato en mi bolsillo. 

Luego de desayunar tomé mi bicicleta, pero en lugar de ir al colegio, me dirigí a ese lugar. 

Mientras viajaba, la idea de que yo fuese adoptado iba cobrando cada vez más fuerza. Un embarazo perdido pudo ser motivo para que mis padres fuesen a buscar un niño allí; quizás, luego del aborto, mi madre fue incapaz de quedar encinta de nuevo. 

Conduje durante dos horas hasta que, rodeado de una enorme arboleda, encontré el edificio con un viejo cartel en que se leía: “Mensajeros del Padre Solís”. 

El lugar era gigantesco y desolador, las paredes eran de un gris opaco, como si se tratara de una fortaleza en lugar de un orfanato; como si lo importante allí no fuese dar hogar a niños desamparados, sino evitar que escaparan. 

Ingresé y caminé por un corredor de más de cien metros de largo. Las paredes eran tan altas que bien podrían haber hecho tres pisos allí en lugar de uno. El lugar estaba mal iluminado, y junto con la pintura que se caía a pedazos, la oscuridad y la humedad parecían dotar al lugar de vida propia. Las risas de los niños se perdían a lo lejos. Risas o llantos; imposible determinarlo. Finalmente llegué a una oficina donde descubriría la siguiente pista del secreto que ocultaban mis padres. 

Tras un antiguo escritorio de madera estaba sentada una anciana de anteojos, era la madre superiora, directora del lugar. A su lado, una monja que la acompañaba no hizo más que temblar durante todo el tiempo que permanecí allí. 

Le dije mi apellido y la anciana no hizo gesto alguno, pero la mujer más joven movió extrañamente la boca, fue un rictus nervioso que no pudo evitar al oír mi nombre. 

– Tú no eres adoptado –dijo la directora–. Soy tan vieja como las paredes de este edificio y tu nombre no me resulta conocido. En tu lugar olvidaría todo el asunto. 

Salí del lugar derrotado, sin saber cómo seguir con la investigación. Pero entonces alguien me tocó el hombro. 

Al darme la vuelta vi que se trataba de la monja que estuvo en silencio junto a la madre superiora: 

–Si quiere descubrir la verdad, deberá ver a los Sierpinski –dijo–. Cuando la directora no tiene respuestas es porque lo ocurrido tiene que ver con ellos. A veces venía él, otras veces venía ella. Hace años que no se los ve por este orfanato y, a decir verdad, espero que nunca regresen. 

La mujer temblaba, no sé si lo hacía por los nervios de la situación o si tenía una especie de problema neurológico: 

–¿Dónde puedo ubicarlos? –le pregunté. 

–¿Ubicarlos? Acabo de decirle que fueron los Sierpinski; los famosos hermanos Sierpinski. ¿No los conoce acaso? Los del circo, joven; los del circo. 




Jamás había oído el nombre de ese circo, y no sabía cómo iba a hacer para encontrarlo, pero tuve suerte de que la monja estuviera al tanto de su paradero: 

–Lo último que escuché fue que estaban en Santa Fe –dijo–. Ojalá tenga suerte y aún sigan allí. Los circos viajan de una ciudad a otra sin descanso. 

–Iré mañana mismo –le dije–. Muchas gracias por todo. 

–No me lo agradezca, joven. Solo espero que usted se anime a hacer lo que yo no hice, y así logre desenmascarar a ese circo maldito. 

La ciudad de Santa Fe está ubicada a cuatrocientos kilómetros de donde vivo. Considerando que los circos viajan incluso por diferentes países, me consideré afortunado de tenerlos a unas horas de viaje. 

Ese sábado dije a mis padres que iría a lo de un compañero de escuela y que me quedaría a dormir allí. Así pude viajar en tren a Santa Fe. 

Intenté dormir durante el trayecto, pero una y otra vez me despertaba la misma pesadilla. Soñaba que estaba en mi cama y el ser de siempre estaba frente a mí. Ese ser que no era una persona, sino una especie de morsa. Con una piel grisácea con pliegos, y dos colmillos como sables que podrían matarme sin esfuerzo. Me miraba fijo con ojos redondos, sujetándome con sus garras mientras dejaba caer saliva sobre mi rostro. 

Luego de varias horas de viaje llegué a mi destino. Desde la estación se veía la enorme tienda principal del circo. Caminé hasta el lugar y vi el predio repleto de globos y guirnaldas, que adornaban el camino desde la calle hasta la entrada principal; decenas de sogas cruzadas sujetaban banderines de cada una de las diferentes funciones: las gemelas araña, la niña cíclope, el hombre más gordo del mundo…; todo era exuberante en aquel lugar, nada se hacía a medias en el circo de los hermanos Sierpinski. 

La fila de gente esperando para ingresar parecía no tener fin, y junto a la entrada vi a un personaje de lo más curioso. Era un hombre alto y delgado, tenía puesto un traje blanco con rayas blancas y un sombrero de copa de los mismos colores; era el presentador. 

–Pasen a ver –dijo–, pasen a ver. El circo de los hermanos Sierpinski llegó a la ciudad. 

Unos enanos abrieron las vallas y la gente se apresuró por pasar, chocándose entre sí mientras el presentador los guiaba con su bastón. 

Quise comprar una entrada, pero ya habían cerrado la ventanilla. Esperé entonces a que todos ingresaran y hablé con el presentador. 

–Ya no hay más lugar, joven –dijo con una amarillenta sonrisa de dientes largos. 

–Por favor, déjeme entrar. Vengo de muy lejos y no puedo esperar hasta mañana. 

–¿Mañana? –dijo mientras le daba brillo a la bola en la punta de su bastón con un pañuelo– Mañana nos iremos de aquí. Nos iremos lejos, muy lejos de aquí. 

No podía creer mi suerte. Había estado tan cerca de ingresar y quizás descubrir qué ocurrió con mi hermano. Decidí entonces esperar a que oscureciera para escabullirme. 




Aguardé en la vereda de enfrente, mirando a la enorme tienda a rayas proyectando luces y sombras como una alegoría en donde la verdad se rehusaba a revelarse. En medio de la velada crucé la calle y salté la valla. 

Me metí entre los grandes carros llenos de animales, recorriendo aquel laberinto de colores. Desde fuera el circo es un espectáculo como ningún otro, pero al otro lado de la valla la cosa cambia. Las tiendas estaban llenas de tierra, y en la oscuridad de la noche, las imágenes de los carteles se ven grotescas y morbosas. 

Caminé despacio, por miedo a que alguien pudiera descubrirme, y cada sonido parecía provenir de las figuras de los carteles que es erigían como gigantes ante mí. Oía murmullos y pasos lejanos, y hasta una bestia soltó un rugido que me heló la sangre. En un momento escuché ruidos provenientes de una jaula y al darme la vuelta lo vi. Fue una de esas situaciones en las que uno no sabe qué es lo que está buscando hasta que lo encuentra. 

Era un vagón, una jaula con ruedas. Estaba tapada por una cortina pesada y en la parte superior se leía: “El Niño Morsa”. 

En ese momento unas personas se acercaron, pero logré correr la cortina un instante para echar un vistazo. 

Allí estaba él, tenía una piel grisácea con pliegos, y dos colmillos como sables que podrían abrirme el abdomen sin esfuerzo. Me miró fijo con ojos redondos, gruñendo, aferrado a los barrotes con sus garras desproporcionadas. 

Me escondí entre las sombras y esperé a que los hombres llevaran el carro mientras el ser que estaba dentro continuaba gruñendo desde el otro lado de la cortina. 

Cuando se fueron yo salí de mi escondite, y corrí mientras escuchaba a lo lejos al presentador del circo: «Mitad humano, mitad animal. Cien por ciento monstruo». 




Aquel ser no me lo dijo, pero sé que me reconoció. Me pidió ayuda con su mirada y yo no se la di. 

Recordé entonces haberlo visto de pequeño, hasta que un día desapareció de mi vida, pues mis padres habían decidido no criarlo más como a un hijo. 

Esa noche no lo ayudé, y sé que no me lo perdonaré mientras viva. Lo dejé en el circo porque fui un cobarde, porque soy un cobarde al igual que mis padres. 

Desde entonces, más que nunca, los veo a ellos seguir con sus vidas vacías, y veo sus miradas sin alma; unos ojos iguales a los míos. Ahora yo también cargo en mi interior ese profundo dolor superior a cualquier vergüenza. 

Frente a mí pasan los días como los de un niño huérfano, que espera a una familia perfecta que nunca llegará. Así, camino con tristeza hasta que cae el sol, momento en que estoy de nuevo en mi cama a punto de que quedarme dormido, sabiendo que tendré otra vez la misma pesadilla.