INFECTO



Hay algo malo en mí; algo malo en mi interior. Es un problema que tengo en la sangre; que está viciada, corrupta, infecta de enfermedades que no tienen cura. Nací con esta afección que poco a poco me está consumiendo, convirtiéndome en un horrible ser de piel y hueso.

No quiero tratarme, prefiero morir y acabar para siempre con este dolor que arrastro y así no se siga propagando. Deseo alejarme del mundo mientras recorro el inevitable camino hacia la muerte, rendido a la espera del día en que mi estirpe maldita arda por fin en el infierno.

Por las noches despierto sudado, a los gritos. Son gritos causados por pesadillas tan horrendas, que muchos quedarían atrapados en ellas para jamás volver al mundo de la vigilia.

Tengo un sueño recurrente desde hace un tiempo. En él me encuentro en una playa mirando hacia el mar, con los pies descalzos. La marea crece y me cubre los tobillos. De pronto el cielo se nubla y la espuma se torna cobriza. Intento entonces salir, pero la arena me retiene. El agua se convierte en sangre y yo sigo apresado, inmóvil, mientras comienzan a aparecer restos humanos en el agua. Veo globos oculares que salen a flote, manos, vísceras, y hasta cráneos que las olas traen consigo para chocar contra mis piernas.

Luego de aquello ya no logro dormir de nuevo, y paso las horas en un estado de estupor mirando cómo las luces nocturnas forman imágenes paganas en el techo de mi habitación, riéndose de mí, recordándome que al día siguiente me veré peor que de costumbre.

Sufro antes de mirarme en el espejo. Me paro frente a él manteniendo los ojos cerrados, apretando los párpados con fuerza. Luego, cuando me animo a observar la patética figura que reflejo, mi aspecto vuelve a sorprenderme.

Mi tez se vuelve más pálida día a día, y ya casi está transparente. Mis ojos, grandes y líquidos, reflejan toda la luz del lugar. Tengo además los labios cada vez más finos, y hasta mi mentón parece estar desapareciendo.

A pesar de mi enfermedad mis esperanzas se mantenían con vida gracias a una mujer; la muchacha más maravillosa que he conocido. Imagino que a la mayoría de los hombres les sucede lo mismo; el único modo de encontrar la salvación que tenemos es conquistando el alma de una mujer buena.

Me enamoré de Katherine como nunca lo había hecho; como nunca creí que se podía amar a alguien. La conocí en la época en que mi aspecto comenzaba a deteriorase y, a decir verdad, me preocupaba más la posibilidad de perderla que mi estado de salud. Incluso llegué a maquillarme para que no notara mi decadencia.

Luego de tres meses saliendo con ella aún no estaba listo para hablarle de mi estado de salud; no quería poner en riesgo nuestra hermosa historia.

El día en que los médicos me dieron los primeros resultados de los análisis, Katherine me invitó a conocer a su familia. Nuestro amor estaba llenándose de flores de todos los colores mientras mi pútrido interior se pintaba de negro.

Los estudios revelaron que mi padecimiento es genético; es mi sangre la que está contaminada.

Me pareció extraño no tener parientes que padecieran de lo mismo, y al hablarle del tema a mi madre confesó que fui adoptado. Me dijo entonces el apellido de mi familia biológica, y me contó que muchos de ellos también habían sufrido de esta horrible afección. Al adoptarme rezó pidiendo que yo no tuviera la enfermedad, pero ésta no solo estaba presente en mí, sino que se desarrollaba en todo su esplendor.

No había caso; estaba condenado. Solo me restaba decírselo a mi amada Katherine. Esa misma noche fui a su casa a cenar junto con ella y su familia.

Estaba hermosa. Llevaba puesto un vestido rojo más escotado que lo que a su padre le habría gustado y más corto de lo que su madre habría preferido. Tenía un brillo en sus pómulos llenos de vida, y su mirada felina me hacía desear saltar por encima de la mesa, atravesando los platos con comida solo para morir besando su carnoso labio inferior.

Dormimos juntos a pesar de que para sus padres no estaba bien visto que su hija, apenas mayor de edad, invitara a un muchacho a pasar la noche, pero ella les había dicho que yo era el indicado y que estaba enamorada de mí. Ni siquiera yo podía creer mi buena suerte.

A medianoche comenzamos a besarnos y ella se quitó la ropa. En mi estado yo ya comenzaba a temer no lograr mantener una erección, pero la belleza de Katherine habría alzado hasta a un cadáver de su tumba.

Se puso encima de mí, haciendo que mi corazón se acelerara en un instante. Creí que iba a perecer por asfixia, ahogado entre sus senos, lo que habría sido una maravillosa manera de morir. Luego comenzó a moverse con una fuerza admirable. Sus muslos saltaban sobre mi pelvis al punto de provocarme dolores en los genitales; pero era un dolor agradable, porque mientras lo hacía, yo me perdía en sus ojos en blanco y en sus gemidos que eran como el canto de una sirena. Hicimos todo lo que habíamos hecho en otras noches y hasta algunas cosas nuevas. Pasamos juntos dos horas admirables que no olvidaré mientras viva. Incluso rompimos la cama, literalmente. Bueno, al menos se aflojó una de las patas.

A la mañana siguiente la luz del sol me acarició el rostro y desperté de buen humor por primera vez en mucho tiempo. Miré entonces a mi alrededor, pero no pude encontrar a mi amada.

Me vestí, tomé el pantalón que estaba sobre la mesa, y entonces vi los resultados de unos estudios médicos. Hoy me pregunto si habría sido mejor contener la curiosidad.

En ese momento Katherine ingresó a la habitación:

–Por fin despertaste –dijo–. Iba a preguntarte si querías café.

No pude emitir sonido. Solo la miré boquiabierto mientras sostenía la carta, que temblaba en mi mano.

–Perdóname por haberla leído –dije al fin.

–No te preocupes –dijo ella–. De todas maneras, tenía pensado contarte todo. Tengo una enfermedad que no tiene cura, pero me he estado cuidando y siguiendo un tratamiento; por el momento parece que los síntomas no están avanzando. No es contagiosa; es algo genético.

La carta con los análisis cayó al suelo. No podía moverme, estaba petrificado frente a Katherine mientras ella continuaba hablando:

–Mis padres no padecen de lo mismo. Verás, fui adoptada. El apellido de mi familia biológica es…

No la dejé terminar. Salí corriendo mientras ese nombre maldito se vaporeaba detrás de mí.

Corrí las diez cuadras hasta mi casa e ingresé con el corazón a punto de partirme el pecho.

Subí las escaleras mientras mi débil sistema respiratorio solo producía sibilancias, y al cruzar el espejo del pasillo me vi peor que nunca.

Mis ojos estaban irritados, y noté que mi frente estaba descamada. Me toqué el cabello y un mechón quedó pegado a mi mano, junto con sudor y una extraña oleosidad.

Entonces vi a mi madre en su habitación y le pedí que me contara más sobre mis orígenes. Cuando terminó de decirme lo que sabía, lo entendí todo.

En mi familia biológica había algo maldito; una enfermedad que se había transmitido por generaciones. Se trataba de un gen recesivo, como en la mayoría de esos padecimientos, pero la endogamia había mantenido e intensificado la afección.

Me dieron en adopción para evitar que yo siguiera en ese ambiente plagado de pecado, en esa casa donde la vida mata a la vida, donde la decadencia humana adicta a monstruosas orgías iba a infectarme sin remedio.

Mi madre biológica no solo quiso salvarme a mí, sino también a mi hermana melliza, dándonos en adopción a familias distintas con la esperanza de que jamás nos conociéramos, porque sabía que el incesto estaba en nuestro interior, porque no éramos más que una abominación en potencia. Pero Katherine y yo logramos lo impensado.

No fue casualidad, fue una fuerza como ninguna otra la que nos atrajo, y solo bastó con una mirada para que nos enamoráramos perdidamente. ¿Quién habría imaginado que éramos mellizos?; cuando nos dijimos nuestras fechas de cumpleaños creímos que se trataba de una prueba más de que estábamos hechos el uno para el otro.

En los dos estaba presente la misma enfermedad, pero Katherine había comenzado a tratarla desde los primeros síntomas, por lo que aún lucía saludable. Pero yo no quiero curarme.

Prefiero dejar que mi afección termine de consumirme. Quiero dejar de cargar con esta sangre viciada, corrupta, infecta de enfermedades que no tienen cura. Quiero acabar para siempre con este dolor que arrastro y así no se siga propagando. Deseo alejarme del mundo mientras recorro el inevitable camino hacia la muerte, rendido a la espera del día en que mi estirpe maldita arda por fin en el infierno.