EL NIÑO DE LA BURBUJA





La primera vez que lo vi yo aún era una niña. Su madre era amiga de la mía y un día me llevó con ella a conocerlo: 

–Él tiene tu edad, Lucille –dijo mi madre mientras manejaba. 

–¿Y por qué nunca vino a casa? 

–Porque… es especial. 

Yo iba en el asiento de atrás, quise entonces verla en el espejo, pero ella bajó la mirada. Luego de eso no volvió a hablar en todo el viaje. 

La casa era grande, con un parque cuidado y rodeado de árboles. Entramos, pero él no estaba allí, de hecho, aquel no parecía ser un hogar donde viviese un niño. Los muebles eran antiguos y todo estaba lleno de adornos. Mi casa no era así; siempre estuvo llena de juguetes tirados por todas partes. 

La mujer nos sirvió te. Era viuda, y se la notaba muy contenta de tenernos allí. En un momento incluso comencé a sospechar que hubiese mentido que tenía un hijo, pero entonces me invitó a conocerlo: 

–¿Quieres conocer a Christian? –dijo al fin– Sube por las escaleras. Está arriba, en su habitación. 

El día estaba soleado, y con aquel enorme parque mi madre me habría sacado de los pelos de no haber salido a disfrutar del aire libre. Pronto supe que él no salía al aire libre como la mayoría de nosotros, porque él no era como la mayoría de nosotros. 

Al ingresar al dormitorio me topé con una tela plástica transparente, como esas que usan en los hospitales; la habitación entera parecía una burbuja. 

Christian estaba sentado en medio, y entonces nuestras miradas se cruzaron. 

–Hola –dijo–. Me llamo Christian. 

Lo dijo en un tono de lo más corriente, como si no nos separara una tela plástica, como si yo no estuviera presenciando uno de los momentos más extraños de mi vida. 

Jamás conocí a alguien como él. Christian era calvo, y tenía la piel muy blanca. Sus ojos se veían pequeños, como si la luz lo dañara. 

–Soy Lucille –dije. Y entonces me regaló una hermosa sonrisa. 

Comencé a ver todo lo que tenía en la habitación: su computadora, sus estantes repletos de libros…, pero enseguida me interrumpió. 

–¿Te gustan los juegos de mesa? Los tengo todos. 

En unos estantes cerca de mí había unas cien cajas de juegos. Del otro lado del plástico, otras cien cajas idénticas parecen estar ubicadas a modo de espejo. 

Jugamos durante horas, y él ganó todas las partidas. Era un excelente jugador, en especial en el ajedrez. 

–Juegas muy bien –dije. 

–Gracias. No tengo mucho que hacer aquí más que leer y aprender cosas nuevas. 

–¿Por qué estás aquí? 

Me explicó entonces que tenía una extraña condición que no le permitía salir y tener contacto con otras personas. 

Pasé todo el día con aquel niño, y al llegar la hora de irnos deseaba quedarme. 

No le pregunté nada más sobre su enfermedad, no por evitar incomodarlo sino porque estaba tan entretenida que llegué a olvidar incluso que estábamos separados por un plástico. Luego leí acerca del síndrome de los niños burbuja, una condición genética que afecta el sistema inmunológico. Quienes la padecen son vulnerables a todo tipo de infecciones por lo que, mientras reciben tratamiento, deben permanecer aislados sin poder vivir en un entorno normal. Claro que no vi a otros que también fuesen calvos como él, y entendí que estaría en un estado avanzado, un caso extremo quizás. 

Me habría gustado encontrarme con él otra vez, pero una semana después mi padre obtuvo un ascenso en la empresa en que trabajaba y debimos mudarnos a otra ciudad, por lo que no volví a ver a Christian. 

Los años pasaron y me convertí en una adolescente, olvidando por completo a mi amigo y a su enfermedad, pero un día nos mudamos con mi familia otra vez a nuestro viejo pueblo. 

En la escuela me sentí una extraña, hasta que un día me invitaron a una fiesta. Era en la casa de Erika, la chica más popular del colegio. 

Nunca me sentí cómoda en esas reuniones, soy de las que prefieren los grupos reducidos; no más de dos o tres personas. 

Recuerdo a Erika sujetándome del brazo, obligándome a bailar y presentándome muchachos. Poco a poco, los vasos de alcohol que me convidaba ayudaron a que me soltase. 

Se hizo tarde, y todos comenzaron a irse. Al final me quedé con Erika, su novio y un amigo de él. Creo que yo le gustaba, pero no era de mi tipo. 

Fuimos a un depósito de herramientas que tenía en el fondo, y nos quedamos despiertos a la luz de una linterna relatándonos leyendas urbanas. En un momento el novio de Erika contó una historia de terror: 

–Hace mucho tiempo, cerca de aquí, vivía una familia con mucho dinero. Luego de que sus padres fallecieran, dos hermanos heredaron toda la fortuna. Comenzaron a vender poco a poco todas las propiedades, pero aún conservaban las más valiosa: una enorme estancia con una mansión en medio. Un día los dos discutieron por su venta hasta que uno cayó al suelo y se golpeó la cabeza contra una mesa, muriendo al instante. El otro tenía problemas de alcohol y apuestas, y sabía que, si decía que aquello había sido un accidente, nadie le habría creído, por lo que decidió guardar el secreto. Lo enterró en un lugar apartado de la casa, y mientras lo hacía, notó que un cuervo lo estaba observando desde un árbol. Intentó echarlo, pero el pájaro no se fue, y entre el apuro y el cansancio, se le cayó el reloj, que terminó enterrado junto con su hermano. No era un reloj cualquiera; era enchapado en oro con sus iniciales grabadas, igual a otro que tenía su hermano muerto. A partir de ese día el cuervo lo siguió a todas partes, acechándolo, incluso entrando en su dormitorio por las noches hasta el punto de volverlo loco. Poco después el hombre consiguió un comprador para la mansión y, como nadie pudo ubicar a su hermano, lo dieron por desaparecido y logró vender la propiedad. Pero al momento de firmar las escrituras, el ave entró en la oficina por la ventana y dejó caer algo sobre la mesa, algo que salpicó todo de tierra y sangre; el cuervo había desenterrado su reloj y el de su hermano asesinado, revelando su secreto. 

Contaron entonces más cuentos; de asesinos, monstruos, héroes y villanos. Yo no conocía muchas historias de terror, pero ante su insistencia solo se me ocurrió hablarles acerca de Christian. 

–Él vive a pocas cuadras de aquí –dije–. Su nombre es Christian. Tiene nuestra edad, pero no asiste a la escuela como nosotros porque él no es como nosotros. Tiene una extraña enfermedad genética que afecta su sistema inmunológico y, para no contagiarse, evita todo contacto con la gente. Nunca sale de su habitación, que es como una burbuja de plástico que lo aísla del mundo. Es calvo y transparente. Es la persona más aterradora que he conocido. 

Mentí, traicioné a Christian no solo diciendo que era aterrador, sino que omití detalles más importantes para mí que su enfermedad; como su simpatía, o el hecho de que tenía cientos de juegos de mesa y que era un gran jugador de ajedrez, pero sobre todo omití la hermosa sonrisa que tenía. Decidí describirlo así, como un monstruo; del mismo modo en que se cuentan las historias de terror, porque las personas necesitamos a los monstruos, los necesitamos para compararnos con su infamia y así poder reconocer lo perfectos y felices que somos. 

Al día siguiente Erika me llamó por teléfono; ella y los muchachos querían conocer a Christian. Habían quedado fascinados por la historia que les conté y no aceptarían un no por respuesta. 

Pocos días después supe que la madre de Christian iría a mi casa; sola, por supuesto, porque él seguía bajo tratamiento médico y aún vivía en su burbuja. 

Al verla le pregunté cómo estaba su hijo: 

–Christian está muy bien, querida. Siempre te recuerda. Deberías visitarlo alguna vez. Este fin de semana iremos al cine con tu mamá, puedes ir a hacerle compañía si lo deseas. 

Enseguida llamé a Erika para contarle lo que me dijo la señora. Ese sábado fui a la casa de Christian y su madre me dio las llaves dejándome sola con él: 

–Jueguen y pásenla lindo. Nos vemos en un rato. 

Ahora sé que debí haber hecho eso, pero en ese momento continué con el estúpido plan y llamé a los muchachos para que fueran también. 

Mientras esperaba tuve miedo subir las escaleras sola, no por Christian en sí, sino por la falsa historia que inventé en la que lo hice quedar como un monstruo frente a los demás, así que esperé a que Erika llegara. 

El timbre de la puerta sonó y supe que todo era un error. 

Los muchachos ingresaron riendo como idiotas: 

–No aguanto las ganas de conocer al estúpido niño de la burbuja –dijo el novio de Erika. 

¡Qué equivocado estaba! Christian era mucho más inteligente que ellos tres juntos. 

Los cuatro subimos las escaleras y yo fui la primera en ingresar a la habitación. 

Allí estaba él. Sentado, con un tablero de ajedrez aprendiendo nuevas jugadas. 

–Hola, Christian –dije. 

–Hola, Lucille –dijo él. Lo dijo en un tono casual, como si nuestro encuentro anterior hubiera ocurrido hacía solo unas semanas. 

Sonrió, pero enseguida Erika y sus amigos ingresaron y volvió a ponerse serio. 

–Hola, niño burbuja –dijo uno de los muchachos– ¿Por qué no sales un rato a jugar con nosotros? 

–¿Por qué eres calvo? –preguntó el otro– ¿Por qué eres tan feo? 

– No puedo salir –dijo él–. Tengo una extraña condición que no me permite entrar en contacto con la gente. Es una enfermedad genética que afecta mi sistema inmunológico. 

–No te pregunté la historia de tu vida, esperpento. Sal; nos divertiremos. 

Comenzaron a patear la tela plástica y a buscar el modo de atravesarla: 

– ¡No lo hagan! –dijo Christian– ¡Por favor! 

Fue entonces cuando intenté evitar que continuaran y grité también: 

–¡Ya basta! ¡Es peligroso! ¡Podría ser mortal para él! 

El novio de Erika me apartó y sacó una navaja de su bolsillo. Luego cortó la tela plástica haciendo una abertura por la que ingresaron los tres. Christian los miró sin levantarse de su asiento: 

“¿Qué ocurre, adefesio? ¿Temes que si toso en tu horrible rostro puedas morir?” 

“¿Acaso no sales porque eres demasiado feo para este mundo?” 

Erika se acercó a Christian y le habló en voz baja: 

–Dime, ¿alguna vez tocaste a una mujer? 

–No puedo hacerlo –dijo él–. No puedo tocar a nadie. 

Todos rieron, y Erika movió los senos cerca del rostro de Christian. 

– Tócame, ¡vamos!, solo un momento ¿No te gusto acaso? 

Uno de los muchachos se acercó y lo escupió en la cabeza: 

–Toma, ¡ahí tienes mis bacterias, monstruo! 

Christian sujetó a Erika del brazo y se puso de pie. Ella intentó soltarse, pero no pudo, y enseguida empezó a gritar. Pude ver humo saliendo de su piel, no de la piel de él, sino de la de Erika, y cuando por fin la soltó, tenía una terrible quemadura que derretía su muñeca. 

El novio de Erika quedó perplejo ante la aterradora escena. Christian se puso frente a él y tosió sobre su rostro antes de que el muchacho pudiera hacer algo. El joven dejó caer la navaja y comenzó a gritar. Enseguida se llevó las manos al rostro mientras se le llenaba de ampollas, parecía que le hubiesen arrojado gas mostaza. 

El otro muchacho quiso huir, pero tropezó con la tela plástica y cayó al suelo. Christian se acercó y le metió la mano bajo la camisa. Pronto comenzó a quemarle la espalda. No pude ver el daño que le hacía, pero la camisa se llenó de sangre. 

Me alejé de la habitación, caminando de espaldas, y entonces Christian me saludó regalándome una sonrisa justo antes de que me fuera corriendo. 

El juicio declaró que los muchachos habían ingresado a robar a la casa y que lo ocurrido fue en defensa propia. Los dos jóvenes fallecieron y Erika se cambió de escuela. No volví a hablar con ella, y lo último que supe fue que había perdido el brazo. 

Christian sigue sin salir de su dormitorio, y aunque en mi colegio nadie lo vio en persona, todos hablan de él como si lo conocieran. Lo describen como un muchacho calvo y transparente, de aspecto aterrador. No nombran detalles como su simpatía, o el hecho de que tiene cientos de juegos de mesa y que es un gran jugador de ajedrez. Prefieren describirlo así, como un monstruo; del mismo modo en que se cuentan las historias de terror, porque las personas necesitamos a los monstruos, los necesitamos para compararnos con su infamia y así poder reconocer lo perfectos y felices que somos.