LA BATERÍA DE ROGER BLATT





El bar estaba lleno. No tan lleno como en sus inicios, cuando el blues vivía sus años de gloria, pero aun así era una buena noche. La banda que tocaría aquella vez era nada menos que Los Calamares, y tenían muchos seguidores.

Un hombre joven se aproximó a la barra; era blanco, uno de los pocos que visitaban el lugar.

El cantinero, un anciano que había trabajado en el bar desde sus inicios, lo saludó mientras limpiaba una copa:

– ¿Qué se le ofrece, amigo?

– Buenas – dijo el joven blanco –. ¿Me daría una carta?, ¿o qué me recomienda tomar?

– Es tu primera vez aquí, ¿verdad? Pues si tu bolsillo lo puede pagar y tu garganta lo puede soportar, tengo whisky F&7 de etiqueta negra; nada mejor para disfrutar de un buen blues.

– Sírvame un vaso entonces – dijo el joven.

El cantinero llenó un vaso con hielo y luego echó el famoso whisky.

El cliente revolvió el vaso para enfriarlo y probó un trago. Segundos después comenzó a abrir los ojos poco a poco hasta que gritó eufórico:

– ¡Esto sí que es bueno! Ideal para escuchar a Los Calamares.

– ¿Los conoces?

– Por supuesto. Bueno…, no en persona. Mi tío me hizo escuchar un disco cuando era niño y ayer por casualidad vi un anuncio en la calle que decía que tocarían aquí esta noche. Quedé fascinado desde la primera vez que los oí, sobre todo con el baterista.

– Ah, sí; el joven Sean.

– No, no – dijo el cliente mientras fruncía el ceño –. El baterista se llama Blatt, Roger Blatt.

– ¡Amigo!, vaya que estás desinformado. Blatt dejó Los Calamares hace más de diez años.

El joven suspiró con tristeza al enterarse de aquella noticia:

– ¡No lo puedo creer! Era el que más me gustaba de la banda. ¿Y ahora qué hago? La verdad, me sacó las ganas de quedarme.

– No digas eso – dijo el cantinero – Te gustará Sean.

– ¿Sí?, ¿se parece en algo a Roger Blatt?

– En absoluto; Sean apenas tiene formación musical; pero no te preocupes, porque usa la vieja batería de Roger Blatt.

El joven comenzó a reír:

– ¿Y eso qué tiene que ver? Es como si a mí me dieran el saxo de Ben Sincire. No por eso voy a tocar como él.

– En primer lugar, en este bar no apreciamos a Ben Sincire; en otro momento puedo decirte el motivo. En segundo lugar, la batería de Roger Blatt no es un instrumento como cualquier otro. Te contaré una historia y, si logro convencerte, te quedarás a escuchar a la banda y me dejarás una buena propina.

El cliente volvió a reír:

– De acuerdo – dijo –, es un trato.

El cantinero apoyó el brazo en la barra y comenzó a contar la historia…


Hace mucho tiempo, cuando yo aún era joven, comencé a trabajar en este bar fascinado por su lujo y buen ambiente. No se veía como ahora, claro, las cerámicas del piso estaban brillantes y todas las luces funcionaban llenando el sitio de colores. Las sillas eran todas iguales y las mesas estaban barnizadas para que las gotas de bebida resbalasen en lugar de dejar perennes manchas oscuras.

Una noche iba a tocar una de las mejores bandas de blues de aquella época: Los Empedernidos.

Llegaron temprano para beber y fumar un rato. Se sentaron justo allí: en la mesa redonda del centro.

El gordo Buck, baterista de la banda, ordenó una doble porción de costillas de cerdo con salsa barbacoa extra. Pidió además una botella de whisky F&7; para bajar la comida.

Al terminar el plato quedó inmóvil en su silla con los ojos bien abiertos y sudando profusamente. Los otros músicos le preguntaron qué le ocurría, y el gordo Buck se llevó la mano al pecho apretándose en el corazón.

“¡El gordo Buck está teniendo un infarto! ¡El gordo Buck está teniendo un infarto!” Todos en el bar gritaban mientras él seguía sin responder.

De pronto comenzó a toser hasta largar un trozo de carne que se le había atorado en la garganta.

Debió recostarse un poco porque le quedó doliendo el pecho, pero no fue algo de gravedad.

Tras el incidente estaba claro que esa noche no iba a poder tocar con el resto de la banda, por lo que los músicos preguntaron al público si había alguien que quisiera reemplazarlo; y este es el preciso instante en el que aparece Roger Blatt en esta historia.

Aquel muchacho nacido en el Bronx cuyos solos de batería te trajeron a este bar, estaba allí para escuchar a su banda favorita, y la idea de tocar junto a Los Empedernidos sería su sueño hecho realidad.

– Yo puedo reemplazarlo – dijo Roger Blatt.

Los Empedernidos no lo conocían, y le pidieron que tocara un poco para poder oírlo.

– ¡Claro que sí! – dijo él – voy a mi casa y regreso; vivo a dos cuadras de aquí.

Salió entonces corriendo y unos amigos que estaban con él lo acompañaron. Mientras, Los Empedernidos se miraron entre sí sorprendidos de la velocidad con la que el muchacho abandonó el bar.

Diez minutos más tarde regresaron con una batería.

– ¿Qué hacen? – preguntó uno de Los Empedernidos – ¡En el escenario hay una batería nueva!

Entonces Roger Blatt dijo que él jamás tocaba sin su batería.

Los Empedernidos se miraron entre sí de nuevo, pero permitieron que Roger utilizara su propio instrumento.

El joven comenzó a tocar y parecía que lo hacía con ocho brazos a la vez, su velocidad superaba a los tamborileros del circo de los hermanos Sierpinski, y al público le resultó imposible mantenerse inmóvil ante ese ritmo hipnótico. Todos en el bar movían sus pies sentados en sus asientos, intentando seguir la música como si el suelo estuviera cargado de corriente eléctrica. No dejaba tambor sin sonar, no había pausas entre los redobles, parecía una máquina encendida que cada vez funcionaba más aprisa.

Esa noche Roger Blatt tocó tan bien como el gordo Buck; o más perfecto aún, si me permites la expresión.

En poco tiempo se hizo famoso, y Los Calamares vendieron miles de discos, siempre tocando con su vieja batería.

Lamentablemente Roger abandonó la música y años después apareció muerto en su hogar por causas que hasta el día de hoy son desconocidas.

Los Calamares le buscaron reemplazo, pero ningún baterista lograba convencerlos. El único que duró un tiempo y que era más o menos bueno fue el hermano del cantante, pero falleció ahogado por su propio vómito.

Un día conocieron a Sean, quien no era merecedor siquiera de llevar los palillos del gran Roger Blatt, pero al menos era abstemio.

La banda estaba pasando por su peor momento cuando la madre de Roger Blatt los llamó para obsequiarles la batería de su hijo fallecido, diciendo que, además de ocuparle mucho espacio en la sala, le ocasionaba una extraña sensación cada vez que la miraba; como si un viento frío le pasara por al lado.

Habían pasado años desde la última vez que Roger Blatt tocó con Los Calamares, pero aún sentían que vivían bajo su sombra. Pensaron entonces que utilizar su batería sería un modo de traerlo de regreso, y así fue…

El nuevo baterista sorprendió a los otros miembros de la banda, fue casi como si su viejo miembro hubiera reencarnado. Sean mismo dijo haber tenido una sensación mágica desde el momento que se sentó en el banquillo de aquel instrumento, y desde entonces jamás toca otra batería que no sea la de Roger Blatt.


– Imagino que esa batería debe ser una de las mejores del mercado – dijo el cliente.

– Para nada – dijo el cantinero –. La batería de Roger Blatt es de la peor calidad. Además, tiene borrada la marca desde hace mucho, y nadie sabe ni en dónde la compró. Pero tiene algo que no te he contado aún.

El cliente abrió los ojos, deseoso de escuchar el resto de la historia...


Cuando era un niño, Roger Blatt practicaba durante horas con su batería. Soñaba con ser un gran músico, aunque su viejo instrumento era de mala calidad y no le era de mucha ayuda. Pero lo peor de todo era que unos vecinos lo molestaban constantemente.

En el edificio vivían tres muchachos blancos a los que no les agradaba el blues. Una tarde llamaron a su puerta para decirle que no hiciera ruido:

– ¡Oye, negro! – le dijeron –. No me dejas ni pensar con esa música vudú.

El pequeño Roger Blatt pidió perdón atemorizado. Vivía solo con su madre, quien estaba trabajando, y no quería problemas con esos vecinos que parecían ser parte de una banda, aunque no precisamente musical.

Al día siguiente cubrió las paredes de su habitación con colchones viejos, aislándola para que no se escucharan los golpes de su instrumento. Pero los muchachos blancos regresaron con sus insultos:

– ¿Qué te dije, negro? No quiero oír tus sonidos tribales. Llévate tu música de gorila de nuevo a la selva.

Roger volvió a pensar qué hacer para no ser escuchado, y cubrió con trozos de goma espuma todos los huecos que habían quedado en las paredes de su habitación. Al final, puso unas alfombras a los bombos para hacer menos ruido.

Era imposible que alguien lo escuchara ensayar desde afuera, aun así, los muchachos blancos regresaron, pero esa vez las agresiones no fueron solo verbales.

Apenas se asomó a la puerta ellos entraron y lo empujaron tirándolo al suelo. Mientras dos de ellos lo golpeaban, el otro fue a su habitación y pateó la batería, doblando varios fierros mientras reía a carcajadas.

Por fin se retiraron, dejando a Roger con el rostro ensangrentado. Tras ponerse de pie fue a ver su batería sin siquiera lavarse las heridas, y comenzó a reparar su querido instrumento mientras sus lágrimas y gotas de sangre caían sobre él.

Supo entonces que no tendría más remedio que ensayar en otro sitio, y consiguió un trabajo en un mercado para reparar su batería y alquilar un galpón en las afueras de la ciudad.

El lugar estaba lejos de su hogar, pero una noche los tres muchachos aparecieron con sus motocicletas mientras él ensayaba solo, y le dieron una golpiza peor que la primera:

“¡Enfrenta tu destino, negro!”

“¡No pidas misericordia, que te perdone tu dios!”

El pobre Roger intentaba cubrirse en el suelo mientras los muchachos lo insultaban y pisoteaban.

Luego de dejarlo inconsciente, comenzaron a revolear las partes del instrumento recién reparado y a cortar los parches de todos los tambores con una navaja. Antes de retirarse, uno de los muchachos apoyó el bombo en el suelo, se bajó los pantalones y… bueno, mejor dejo esa parte a tu imaginación.

Roger Blatt lloró durante días hasta que pidió ayuda divina. Su madre le había dado una formación católica, pero harto de rezar para que las cosas le salieran cada vez peor, se dirigió a otro tipo de deidad. Al parecer, algún demonio execrable oyó sus plegarias, probablemente el mismísimo Astaroth.

Roger no pidió nada específico, solo deseaba que esos muchachos blancos no volvieran a molestarlo y que su batería aún pueda ser restaurda. Astaroth, el gran duque del infierno, resolvió sus dos problemas…

Unos días después, los tres muchachos blancos aparecieron asesinados. Fueron encontrados despellejados en el departamento de uno de ellos. La policía quiso culpar a unos indios kiokees que vivían cerca de allí, pero la verdad era que no había ningún tipo de evidencia; nadie había forzado la cerradura ni las ventanas, y lo que es más extraño: ni siquiera se encontró una huella digital.

Ese mismo día, cuando Roger Blatt fue a buscar la batería al galpón con idea de rescatar alguna parte sana y tirar el resto a la basura, la encontró como nueva. Los fierros no estaban doblados, los parches habían sido reemplazados, y aquello que el muchacho blanco dejó en el bombo tras bajarse los pantalones… bueno, sí, aún estaba allí, pero Roger Blatt lo limpió contento de haber recuperado su batería.

Notó que los parches de los tambores eran de un material con el que jamás había tocado, y al probarla supo que aquella batería tenía algo diferente.

Fue como si los parches atrajeran a los palillos cual imanes, haciéndolo tocar en los momentos exactos, como si la batería hiciera todo el trabajo y él fuese solo un títere manejado por hilos invisibles.

Desde entonces jamás dejaba que alguien tocara su batería, y él tampoco utilizó una que no fuese la suya.

Roger Blatt se convirtió en uno de los mejores músicos de todos los tiempos. Y cualquiera que toque con su batería lo hará diez veces mejor que con cualquier otra.


– Me quedaré a escuchar a Los Calamares – dijo el cliente, y luego pagó su bebida dejando una buena propina –. ¿Está seguro de que traerán la batería de Roger Blatt?

– Lo harán – dijo el cantinero –… te lo aseguro.

– Debo admitir que, siendo uno de los pocos blancos aquí, me da escalofríos imaginar de qué material son los parches de esos tambores.

El cantinero sonrió:

– Disfruta de la música tranquilo, amigo. La que te conté no es más que una de las tantas historias que he oído en este sitio. Una leyenda quizás; una leyenda del blues.

En ese momento llegaron Los Calamares y cargaban, como siempre, la vieja batería de Roger Blatt.

– Otro whisky, por favor – pidió el cliente.

El anciano de la barra puso entonces otro vaso con hielo, y lo llenó con whisky F&7 de etiqueta negra.




FIN