ENTREVISTA CON EL DEMONIO








Dios y el Diablo. Dos caras de una misma moneda. Durante siglos nos hemos preguntado si en verdad existen. Creo que nos hemos estado haciendo la pregunta equivocada. Ellos existen, la pregunta es qué entendemos por Dios y el Diablo. 

Dicen que Dios es pura bondad, ¿acaso el ser humano no tiene bondad? Hay gente que hace a un lado sus intereses para luchar por un ideal, personas que donan un órgano sin dudarlo, y hasta hay quienes dan su vida por salvar a alguien a quien aman. 

En el lado opuesto está el Diablo: pura maldad; así lo describen. El ser humano es capaz de brindar una infinita cantidad de amor, pero también puede albergar una infinita cantidad de odio. La maldad también habita entre nosotros, en los que matan, en los que violan. Hay quienes gozan mientras ven como otro se desangra ante sus ojos, y quienes disfrutan de torturar al que nació con otro color de piel, con otra nacionalidad, o tiene una opinión diferente. 

Dios y el Diablo existen, están aquí mismo, en la tierra. Ellos aguardan en nuestro interior expectantes durante años, hasta que llega el momento en que por fin los dejamos salir. 

No, no soy teólogo. Tampoco espero convencer a nadie de compartir mis opiniones. Soy un periodista que solo desea contar un suceso real. 


Cuando ingresé a la facultad de periodismo tenía una meta fija, contaba con un sueño: contar historias con una ética infranqueable y a la vez con entusiasmo. Deseaba contar historias de impacto, esas en las que la gente no entiende cómo es que nos arriesgamos tanto para captar cada detalle. Siempre quise hacer una nota sobre un médico trabajando en un campo de guerra, o una entrevista sin reservas a un narcotraficante, pero jamás pude conseguir un trabajo de ese estilo. Mi carrera se truncó cuando empecé a trabajar en El Deportivo Ilustrado, revista en la que permanecí por trece años. Fue un tiempo perdido realizando notas sobre fútbol y baloncesto en las que ni siquiera aparecía mi nombre. 

Un día decidí renunciar a aquel empleo y volver a luchar por mi sueño de juventud. Las cosas no salieron como habría deseado, y en lugar de obtener lo que creí sería el mejor trabajo de mi vida, hoy me encuentro adicto a la bebida y contemplando el suicidio. 

La tragedia comenzó aquella mañana en que desperté más tarde que de costumbre. Mi esposa Adriana y mi hija Giselle estaban terminando de desayunar cuando bajé las escaleras: 

–Intenté despertarte varias veces –dijo Adriana–. Tu café ya debe estar frío. 

Pude ver la insatisfacción en su mirada. No era por el café en realidad, sino porque yo llevaba varios meses desempleado, y verme levantándome sin apuros la impacientaba más aún. 

–Todavía está caliente –dije tras beber un trago. 

Era mentira; el café ya estaba a temperatura ambiente. 

–Mira –dijo ella, y me entregó una carta que había llegado esa mañana. 

Era la factura de electricidad, y tenía un aumento considerable respecto de la anterior. 

Adriana se dio la vuelta y aproveché para tomar una tostada de la mesa; a veces me daba vergüenza que me viera comer. Poco después intenté calmarla, pero todo resultó para peor: 

–Hace unos días dejé mi currículum a un tipo que prometió conseguirme algo –dije–. Estoy esperando a que me llame. Si no tengo suerte esta vez, iré a ver si me devuelven mi viejo empleo. 

–¡Todos los días dices lo mismo! 

–Sabes bien que odio ese lugar –dije–. No quiero pasar otros trece años haciendo notas aburridas para esa estúpida revista. 

Adriana apoyó sus manos sobre la mesa y me miró fijamente a los ojos: 

–Pues mientras buscas algo mejor haz lo que sea; yo tampoco adoro mi trabajo. 

Adriana tomó su cartera y fue a llevar a Giselle al colegio sin siquiera saludarme: 

–Chau, papi –dijo mi hija mientras mi esposa la llevaba apurada tomándola del brazo. 

Me quedé solo en la casa, en ropa interior, tomando un café frío con la mañana perdida. 

Fui a sentarme frente al televisor y comencé a alternar entre los canales de noticias intentando ver algo que me distrajera un poco. El equipo de baloncesto del Sportivo Saccheri había pasado a la segunda ronda del torneo local, la temperatura de verano acababa de superar un récord de hacía veinte años, una actriz no se había dado cuenta de que su vestido estaba rasgado durante una entrega de premios…; las mismas noticias de siempre. 

De repente vi algo que captó mi atención. Hablaban sobre un macabro suceso en Santa Fe. Un hombre había sido hallado asesinado en su departamento, a pocas cuadras de mi casa. 

Un oficial de la policía explicó que encontraron a la víctima colgada en la pared, de cabeza, y que lo habían degollado vivo. Lo más extraño era que el suelo estaba limpio; como si los asesinos hubiesen llevado la sangre para un uso que nadie se atrevería a imaginar. 

Luego de entrevistar al policía, el periodista hizo preguntas a los vecinos del occiso, y una señora mayor dijo algo que me estremeció: 

“Son los miembros de una secta; se llevan la sangre de un inocente para sus rituales. No es la primera vez que veo algo así. Cuando era niña, en mi pueblo vivían unos indios adoradores del Wingakaw, y estas cosas pasaban todo el tiempo”. 

No sé si fue el tono de la señora, el gesto del periodista o si fue el mismísimo Wingakaw quien me estaba llamando usando ese incidente como medio. Solo sé que no pude olvidar esa noticia en todo el día. 


Por la tarde fui a la librería de mi amigo Luciano, era el único sitio donde podría relajarme y olvidarme del mundo durante unas horas. 

Desde que abrió su librería, el lugar pareció estar detenido en el tiempo. Allí no encontrarías ni un best seller de la última década, pero sus estantes atestados de libros polvorientos siempre me dieron la sensación de esconder un Grimorio de Herodes o un tomo original del Necronomicón. 

El lugar estaba como siempre: sin clientes, sucio y lleno de libros apilados cuyas hojas se estaban deshaciendo. Una luz tenue dotaba al sitio de color sepia, dificultando más aún la inspección de los viejos ejemplares. 

Luciano y yo fuimos compañeros de escuela, pero cualquiera creería que él es más joven. No es que esté en mejor estado físico que yo, no es así, pero todo en su aspecto hace creer que se trata de una ex estrella de rock. Remeras negras con letras ilegibles, largos cabellos indómitos, pulseras en exceso y pantalones con más agujeros que tela son parte de un aspecto descuidado al detalle, que completa con un collar con una pequeña calavera metálica. 

Aquel día no fue la excepción. Luciano estaba sentado escuchando Iron Maiden, y aún se sentía un olor dulce por la marihuana que solía fumar en el fondo de la tienda. 

–Luciano..., ¿todo bien? 

–¡Amigo! –dijo mientras me estrechaba la mano. 

Luego subió el volumen de la música: 

–¡Escucha! ¡Escucha! –dijo mientras señalaba con el dedo índice hacia arriba. 

Se trataba de la canción “El número de la bestia”. Yo apenas la tolero, pero pude reconocerla gracias a la cantidad de veces que intentó volverme fan de la banda. 

Luego se levantó la manga de la remera para mostrarme un nuevo tatuaje. Era una estrella pentagonal invertida con un carnero encima de ella. No soy especialista en tatuajes, pero su calidad me sorprendió. 

Pasaron horas hasta que alguien ingresó al lugar, no para comprar, sino para vender una caja llena de libros. 

Era una señora algo mayor. Dijo que los libros pertenecieron a su padre, que había fallecido hacía unas semanas. 

Mi amigo bajó el volumen de la música y fue sacando los tomos uno tras otro, sin que ninguno de ellos lo entusiasmara en lo más mínimo, pero de pronto hubo uno que captó toda su atención. 

Noté su intento por disimular que había hallado allí a una pequeña joya: 

–Bueno… –dijo–. Se los compro. Aunque no valen mucho. 

Luego volvió a guardarlos en la caja sin siquiera haberlos visto a todos. 

Tras acordar un precio, Luciano le preguntó si tenía más libros para vender. 

–Tengo algunos más, sí. Aunque algunos están muy viejos. 

–Tráigalos. No importa que tan viejos sean. Tráigalos a todos que seguramente se los voy a comprar. 

Cuando se retiró la señora, mi amigo volvió a sacar los libros de la caja hasta encontrar aquel tomo: 

–¡El Tacet Larvis! –dijo como quien ya no soporta contener el entusiasmo–. No es una edición completa, por supuesto, muchas de sus páginas están perdidas desde hace siglos. Aun así, sigue siendo un hallazgo impresionante. 

Luciano volvió a subir el volumen de la música para celebrar la compra. 

Se trataba de la traducción al español, y contenía los tres primeros capítulos del original, escrita por Marcus Solnium hace más de cuatrocientos años. 

–Conozco un sujeto extraño que seguramente querrá comprarlo –continuó mi amigo –. Está metido en una secta de adoradores del Wingakaw. 

Era la segunda vez que oía aquel nombre ese día. Entonces lo sentí como un llamado, y luego de un instante le dije mi idea a Luciano: 

–Quizás podría hacer una investigación sobre el Wingakaw… 

–¿Harás qué?, ¿estás loco? 

–Conozco muchos periodistas independientes que realizaron investigaciones para luego venderlas a un diario, una revista, o directamente a una editorial de libros. Yo podría escribir uno sobre esas sectas. 

Luciano quedó boquiabierto. Luego apagó la música y se separó del respaldo de su silla para hablarme en secreto como si hubiese más personas en la tienda que nosotros dos: 

–Mira…, sabes bien que a mí me fascinan los libros de magia y de leyendas, pero el Wingakaw es algo con lo que no se bromea. Es por eso que hay muy poco escrito sobre sus adoradores. 

–Eso es algo bueno –le dije–. Yo podría ser el primero en escribir un libro entero sobre ellos. 

Luciano hizo otra pausa, más larga que la anterior. Luego se puso de pie y fue hasta la puerta. Se aseguró que nadie estuviera cerca, mirando a ambos lados, luego puso el cerrojo y dio vuelta el cartel indicando a los pasantes que el sitio estaba cerrado. Volvió entonces a hablar como si se tratara de un secreto del gobierno: 

–El Wingakaw es el dios del bosque. Sus seguidores dicen que es el protector de la naturaleza. Es un ser superior a los hombres y por lo tanto no podemos comprender su manera de actuar. Él no se preocupa por los humanos, nos mata y nos deja vivir del mismo modo en que nosotros matamos o dejamos vivir a una hormiga. Los nativos kiokees lo adoraban. Hoy en día hay pocos fanáticos de él, pues fueron muy perseguidos por la iglesia durante siglos. Esos sujetos no querrán que les hagas un reportaje. Se dice que hacen orgías mientras sacrifican animales. Lo único que me da más miedo que el Wingakaw son aquellos que le rinden culto. 

–Mi idea no es la de ir como periodista –dije–, sino como un adorador más. Me mezclaré entre ellos para ganar su confianza hasta llegar a ver uno de sus rituales en vivo. 

Luciano insistió que no lo hiciera y hoy sé que debí hacerle caso, pero luego de un rato aceptó seguir contándome todo lo que sabía respecto a aquella abominable deidad y sus fanáticos. Al final le pedí que aún no llamase al sujeto para venderle el libro así me daba tiempo para poder leerlo. 

Me quedé allí con mi amigo hasta tarde, y por la noche bebimos unos tragos de un whisky que por poco queman mi garganta. La verdad es que yo no tenía nada mejor que hacer, y terminé quedándome hasta pasada la medianoche. 

Llegué a mi casa a la una de la mañana. Adriana y Giselle estaban dormidas, y decidí sentarme en un sillón del living a leer el esotérico Tacet Larvis. 

Era un ejemplar de unas doscientas páginas con muchas ilustraciones, por lo que no me tomaría más que unas pocas horas leerlo todo. No sería apropiado decir que las imágenes decorasen al libro; al contrario, lo volvían desagradable. Se trataba de gráficos deformados de estilo medieval, que parecían pintados por un niño. 

Fui pasando las páginas y vi que nombraba sitios, personas y demonios que yo apenas conocía: Astaroth, Azazel…, el Wingakaw. 

Comencé entonces desde la primera página y no comprendí ni la mitad de lo que leía. Tenía párrafos largos y sobrecargados de palabras rebuscadas, y tras unos minutos empecé a sentirme mareado. 

Las páginas comenzaron a moverse ante mis ojos, y las letras se mezclaron con las ilustraciones. De pronto caí en un letargo en el que tuve el sueño más vívido que experimenté jamás. 

Al abrir los ojos estaba fuera de mi casa; fuera de mi cuerpo. Viajé lejos de allí, y enseguida abandoné mi ciudad. Atravesé selvas, ríos y mares. Viajé a otros mundos, más allá de los desiertos, volando a la velocidad del pensamiento. 

De pronto vi una luz en medio de un campo, se trataba de una antigua taberna. Ingresé, y en el centro del lugar estaba Astaroth en una de las mesas. Aquel demonio grotesco estaba sentado acompañado por dos mujeres, una a cada lado. Tenían rostros deformes y cuerpos voluptuosos, y ambas lo acariciaban con lascivia. Astaroth estaba jugando a los dados, y entonces tomó un par de ellos con su garra desproporcionada y los lanzó sobre la mesa. “Siete” me dijo, “Perdiste”. 

El suelo bajo mis pies se derrumbó, y caí en un infierno resquebrajado con lava ardiente debajo. Era un escenario desolador, lleno de almas arrastrándose suplicantes, prisioneras de sus deseos y obsesiones. Un ser se paró frente a mí, se trataba de Azazel. Era un demonio de piel blanca, cabello negro y lacio, cuernos, y unas enormes alas retráctiles. Tenía nariz aguileña y unos ojos amarillos que parecían leerme el alma. Fue tan fuerte la sensación de tenerlo frente a mí, que debí apartar la vista por un momento. Volví a mirarlo y me di cuenta de que aquel demonio no era más que mi reflejo en un espejo. Estiré la mano, y al tocarlo con las puntas de mis dedos el espejo se rompió, y aparecí en una llanura que se extendía en todas las direcciones. 

De la tierra surgieron unos individuos enmascarados que danzaron a mi alrededor, haciendo movimientos similares a los de un mimo. Sus máscaras eran todas iguales, de color rojo vivo, a excepción de una que tenía una enorme sonrisa pintada. Los sujetos se quitaron las máscaras mostrándome que no tenían rostros, pero el de la sonrisa pintada aún la llevaba puesta y continuaba bailando. Al sacarse la máscara lo pude ver: era el Wingakaw: una enorme bestia con partes de múltiples animales. Abrió sus fauces engulléndome, y en ese instante desperté. 

Al regresar del trance vi el libro sobre mis muslos, estaba abierto exactamente en la última página.

*


Lancé el ejemplar al suelo y subí las escaleras hasta mi habitación como preso de un embrujo. Allí estaba Adriana durmiendo. La observé, observé su rostro, su cuello…, todo su cuerpo; jamás la había deseado tanto. Mi pulso se aceleró, y al respirar sentía cómo se me inflaba el pecho. 

Se trataba de mi esposa; la madre de mi hija. Pero nada de eso me importaba. No deseaba hacerle el amor, estaba en búsqueda de algo más brutal. 

Nuestra vida sexual se había aplacado con los años, y más de una vez conversamos sobre el hecho de que haber formado una familia nos dificultaba vernos como objetos de deseo. Pero estoy seguro de que Adriana tampoco habría querido que yo la mirase como lo hice aquella noche. 

No me importaba quién era; es más, tampoco habría hecho diferencia si ella se hubiera negado. Me acerqué a la cama y quité la sábana. Vi sus piernas desnudas y bien torneadas, y mis latidos se intensificaron más aún. 

Me puse sobre ella y me acerqué a su oído: 

–Te voy a coger. 

Adriana despertó y frunció el ceño. Intentó decir algo, pero enseguida apreté sus senos. Tenía puesta una vieja remera que había sido mía, y se la saqué para poder besar y morder su piel. 

La penetré con fuerza, cada vez más rápido, mientras respiraba y sudaba sobre ella: 

–¡Ay, no puedo más! –dijo Adriana más de una vez. 

Pero aquella frase, mezcla de cansancio y éxtasis, me ponía más caliente. 

No veía nada concreto a mi alrededor, solo había sombras y figuras dibujadas por las luces de la calle. Los jadeos de Adriana sonaban cada vez con mayor intensidad, los sentí envolverme junto con las imágenes que comenzaban a tomar formas monstruosas, mientras yo seguía penetrándola sin descanso. Terminamos tarde, y apenas dormimos para despertarnos a las siete de la mañana. 

Adriana se levantó cansada, pero yo me sentía renovado. 

Durante el desayuno la noté con un mejor humor que los días anteriores: 

–Viniste con muchas energías anoche –dijo– ¿Pasó algo en particular? 

–Sí…, tendré una entrevista para un trabajo este viernes. Luego te cuento bien. 

Jamás le había mentido a mi esposa, sin contar las ocasiones como cuando le dije que el café no estaba frío o cuando me preguntó si había recuperado su forma tras haber tenido a nuestra hija. Sin embargo, aquella vez sentí la necesidad de hacerlo, solo deseaba sacármela de encima para poder hacer mi investigación en paz. Incluso la odié un poco en el momento en que me hizo esa pregunta. 

–¡Qué bueno, papi! –dijo Giselle con una sonrisa. 

Intenté sonreírle, pero no pude, y enseguida di un sorbo a mi café para cubrirme el rostro. 

Ese día regresé a la tienda de mi amigo, llevando el libro para que se lo pudiera vender al sujeto de la secta. 

–Ese tipo está loco –dijo Luciano mientras buscaba el número de teléfono–, y tiene unos ojos saltones que me dan escalofríos. 

Luego de encontrar el número lo llamó: 

–Hola, soy Luciano –dijo mi amigo al teléfono–; el de la librería de la calle 7. Ayer me vendieron una caja llena de libros viejos y no me vas a creer, pero entre ellos tenía una edición del Tacet Larvis. No sé si te interesa, puedo vendértelo por... 

Luciano guardó silencio; el sujeto había cortado la conversación. 

–¿Qué te dijo? 

–Dijo que viene para acá. 


Se me ocurrió que lo mejor sería que yo le vendiese el libro al individuo, diciéndole que Luciano debió retirarse por alguna emergencia. Mi amigo no estaba de acuerdo con el plan, pero yo insistí. 

Me senté en la silla junto al mostrador y Luciano se escondió tras una biblioteca. Minutos más tarde un hombre ingresó a la librería y con solo verlo supe que se trataba de él. Era un hombre delgado y calvo, y tenía unos ojos saltones; como los de un pescado. 

–Se encuentra Luciano –dijo. 

El sujeto era tan parco que hasta cuando hacía una pregunta la decía sin entonarla como interrogación. 

–Luciano no se encuentra –dije–, tuvo una emergencia familiar y se acaba de retirar; hoy lo cubriré yo. Dígame, ¿en qué lo puedo ayudar? 

–Dejó un libro para mí. 

–¿Un libro? –dije girando la cabeza, mostrándole que aquel lugar estaba lleno de libros. 

El individuo miró la puerta de salida, mientras yo no le sacaba los ojos de encima. Vi su piel pálida, transparente, con sus venas rojas y azules decorando su cráneo como un mapa. No tenía ni un solo cabello, ni en la cabeza ni en las cejas. Luego de un instante volvió a dirigirse a mí: 

–Me llamó hace media hora. 

–¡Ah, sí!, ¿es este el libro? 

Saqué el Tacet Larvis, que estaba bajo del mostrador. y el hombre abrió aún más sus enormes ojos de pescado. Al sujetar el ejemplar le temblaron las manos. 

–Es interesante –le dije–, lo leí hace mucho tiempo. Lástima que tenga poca información sobre el Wingakaw… 

El individuo hizo un gesto con los labios cuando nombré al demonio. 

–Lo sé –dijo–. Igual me interesa. 

–¿Conoces al Wingakaw? 

–Sí. 

–¿De verdad lo conoces? Por esta zona no es muy conocido. 

El hombre hizo otro gesto con la boca que pareció una sonrisa. Intenté entonces seguirle el tema esperando que me diera alguna información: 

–Si te interesa esta clase de libros y el Wingakaw, puedo conseguirte más información de la que te imaginas. 

El sujeto alzó la vista del libro: 

–Tú. Me hablarás a mí sobre el Wingakaw. 

Entendí que me estaba haciendo aquella pregunta con ironía, por lo que seguí provocándolo. 

–Si prefieres leer el libro en la tranquilidad de tu casa, me parece bien –le dije–. Pero si algún día te animas a algo más, me avisas. 

El hombre me miraba y luego volvía a mirar el libro. A pesar de su aspecto impasible, no podía ocultar sus ganas de decirme que era yo quien no tenía idea de quién era el Wingakaw en comparación con todo lo que él sabía. Decidí continuar incitándolo: 

–Antes de mudarme a Santa Fe solía reunirme con varios conocedores del tema –le dije–. Pero aquí no conozco gente que desee reunirse para hablar de esos asuntos. 

Por fin el hombre decidió abrir la boca para decir algo, pero luego se arrepintió: 

– ¿Qué? –pregunté–. Dime. Si sabes algo que valga la pena, puedo hacerte un buen descuento en el libro. 

Luciano parecía gritar sin emitir sonidos desde su escondite, mientras se agarraba la cabeza. 

–No te conozco –dijo el hombre. 

–Podría regalarte el libro… 

–Tienes un bolígrafo –preguntó. 

El sujeto anotó una dirección en un papel: 

–Este viernes a las once de la noche. Ve solo. 

–¿Puedo llevar a mi amigo Luciano? 

Luciano se señaló el pecho y negó con la cabeza con mucha insistencia. 

–No. Ve solo. Tu amigo es un farsante. 

–Claro –dije–; él no es como nosotros. Los verdaderos conocedores del tema no necesitamos mostrarlo a los demás. La cuestión es aparentar ser un ciudadano común y corriente, no poseer señas particulares que pudieran ser de ayuda para distinguirnos. 

–Exacto –dijo el hombre, e hizo un nuevo gesto similar a una sonrisa mostrando unos filosos dientes amarillos. 


Tenía dos días hasta la noche del viernes, por lo que decidí aprovecharlos para continuar aprendiendo sobre el Wingakaw leyendo artículos en internet. 

Lo encontré representado como un ser bestial con múltiples extremidades. De su cuerpo esquelético salían brazos, garras, pinzas…, y hasta poseía algunos miembros desconocidos en este mundo. Lo vi dibujado con cabeza de cabra, de alce y de ciervo. 

Leí que es un demonio de las Américas, que era la deidad que faltaba a los principales demonios, como Astaroth y Azazel, sobre los que escribieron los pueblos semitas. 

Algunos textos sostienen que Astaroth es el demonio de los placeres terrenales y es quien viene a establecer pactos con el hombre, mientras que Azazel casi no sale del inframundo, y son muy pocos los que han estado frente a él. 

El Wingakaw, por otro lado, es la personificación de la naturaleza, una personificación monstruosa pero bella según sus devotos. Los indios kiokees sostenían que es el dios de la fertilidad, y hasta hay quienes dicen que es el espíritu de la tierra misma. Dicen. Muchas cosas dicen. Yo solo esperaba leer algo que me sirviera para no quedar como un ignaro el día en que conociera a aquellos adoradores. 

Ese viernes por la noche fui al encuentro con el extraño sujeto. Luego me dijo que su nombre era Nemesio, aunque entendí que aquel no era más que un apodo. 

Nemesio me estaba esperando en una calle oscura, en el interior de un automóvil pequeño y viejo. No sé de qué marca era, pero creo que era un auto ruso. 

Junto a él estaba sentado un hombre mayor que parecía tener sangre de nativo americano; kiokee tal vez. 

Quise sentarme en el asiento trasero, pero Nemesio abrió la puerta de adelante: 

–No –dijo–. Siéntate con nosotros. 

El kiokee se corrió hacia el medio y yo pude subir al vehículo. 

Saludé, pero aquel hombre desconocido no dijo una palabra, ni en ese momento ni en todo el recorrido. 

Íbamos apretados, pero ellos no parecían estar incómodos. En un momento sentí un olor desagradable y al voltearme vi que en el asiento de atrás había un carnero muerto. 

No pude evitar hacer un gesto de repugnancia, pero entonces el kiokee me miró y preferí guardar silencio. Abrí un poco la ventanilla y respiré por ahí. 

Creí que no podría tolerar el hedor, pero pronto tomamos la ruta, y con la velocidad y las ventanillas bajas el animal muerto no se olía tanto. 

Por fin llegamos a un lugar en medio de la nada. Descendimos del vehículo y caminamos por el medio de un denso bosque hasta llegar a un claro. En el sitio habían puesto una tarima de madera, donde cinco hombres con túnicas negras dirigían a los que íbamos llegando. 

“¡Oh, gran espíritu! No soy más que uno de tus hijos, soy pequeño y débil, soy carne y hueso, soy carne y hueso”. 



Los cinco hombres de la tarima repitieron el cántico hasta que todos los que estábamos en el suelo nos fuimos acomodando; éramos unos cien aproximadamente. 

En el escenario había una fogata, y las chispas y humos que de allí salían dibujaban imágenes paganas en el aire. 

Observé a los adoradores. Muchos de ellos se cubrían con gorras y capuchas, pero ni las sombras lograban ocultar sus grotescos rostros. 

Pude ver bien a uno de los hombres que cantaba a mi izquierda; tenía la mirada perdida, y de su boca caía saliva mientras repetía el verso. Una mujer intentaba sin éxito cubrirse con el cabello; tenía medio rostro quemado, y se notaba que había perdido la vista en uno de los ojos. En ese momento busqué a Nemesio, quien en aquel escenario comencé a sentirlo casi como un viejo amigo. 

Una mujer mayor empezó a gritar con los brazos abiertos. Su mirada en blanco mostraba un enajenamiento que solo una entrega total podría lograr. 

Todos parecían corrompidos por aquella maldad a la que adoraban, y hasta sus rasgos humanos se desdibujaban en aquel bosque siniestro. Seres sin almas, almas en pena, pérdida del ser.

Cuando dejó de llegar gente a la reunión, uno de los sujetos con las túnicas ordenó silencio alzando las manos, y luego mostró una bolsa de cuero con un animal dentro que se movía con desesperación. Metió su mano y tomó a un gato. A pesar de los esfuerzos por soltarse que hacía el pobre felino, el individuo se mostraba indiferente a los rasguños y mordidas. Luego sacó un cuchillo y le abrió el abdomen sin pérdida de tiempo. 

Había oído de rituales en donde matan gallinas y conejos, pero ver como mataban a un gato me pareció más cruel. 

Otro de los encapuchados tomó la palabra: 

–Sean bienvenidos, hermanos de sangre. Daremos inicio a este encuentro con una purificación. 

A cada uno de los cinco encapuchados se le entregó un fierro para marcar ganado y lo apoyaron sobre el fuego. Poco después los cien adoradores se corrieron liberando un pasillo hacia la tarima. 

Imaginé lo doloroso que sería para las cinco personas que pasarían a ser marcadas por esos hierros al rojo, pero por el momento solo un hombre joven pasó caminando entre nosotros. 

Al subir, se quitó la camisa quedando con el torso desnudo. El muchacho no tendría mucho más de veinte años. Entonces los cinco encapuchados tomaron los fierros y lo apoyaron a la vez sobre su espalda. Soltó entonces un alarido mientras el metal derretía su pellejo, y un olor a carne chamuscada penetró mis fosas nasales haciéndome lagrimear. 

El joven se desmayó a causa del intenso dolor y entonces se lo llevaron arrastrándolo. 

Al recibir la invitación me imaginé llegando a un sótano donde vería unos pocos sujetos recreándose con juegos de rol, pero se ve que aquellos adoradores no hacían nada a medias. 

–¿Era un traidor? –pregunté a Nemesio. 

–Es uno de los seguidores más fieles que conozco –dijo–. Él mismo pidió su purificación. 

Quienes dan testimonio de lo que ocurre en esos rituales suelen quedar traumados psicológicamente, por lo que no se puede afirmar la certeza de sus relatos, y debo admitir que no puedo asegurar qué cosas que creí haber vivido sucedieron en realidad, solo intentaré contar la noche como la recuerdo, junto con lo que sentí en aquellos momentos. 

Pensé entonces que muchos allí tendrían sus lomos marcados, y pensé que en algún momento podrían pedirme que yo también hiciera un sacrificio para mostrar mi devoción. 

Tuve miedo, y deseé haber llevado un arma conmigo; aunque no me habría servido de mucho frente a tanto individuo inconmovible y en un lugar tan alejado de la ciudad. La única opción que tenía era seguir con todos los sentidos alerta, pero fingiendo que aquella reunión era normal para mí. 

Una persona llegó caminando. Llevaba el rostro cubierto por un cráneo de búfalo. Sus cuernos eran masivos, pero a pesar de ellos los llevaba con total naturalidad. 

Todos se arrodillaron al verlo, incluso los cinco encapuchados de la tarima. Yo también me arrodillé. Al mirar a mi alrededor vi que todos tenían los ojos cerrados, a excepción del indio kiokee, que me estaba mirando fijamente. 

El del cráneo de búfalo tenía puesta una capa de cuero, y de pronto la abrió mostrando unos enormes senos. No creo que haya sorprendido a los demás que se tratase de una mujer, pero a mí sí. 

Dejó caer la capa al suelo quedando desnuda por completo, y se quitó el cráneo de búfalo para relucir una larga cabellera negra. 

Uno de los encapuchados encendió una vela negra y le hizo oler el humo a la mujer. En ese momento todos se pusieron de pie, y yo hice lo mismo. 

Poco después ella empezó a mostrar signos de alucinaciones. Movió la cabeza, girando y diciendo palabras incomprensibles, y los cinco encapuchados se acercaron a ella y la besaron. 

Le besaron el cuello, los brazos…, todo el cuerpo. La mujer respiraba cada vez con más fuerza. Luego los hombres se quitaron las túnicas, quedando desnudos también, pero aún conservaban las capuchas. 

–Pero… ¿ella quiere que le hagan eso? –le pregunté a Nemesio–, ¿o está demasiado drogada? 

–Estaría mal si así fuera –contestó con lo que interpreté como una pregunta retórica. 

Entonces pude oler el humo de aquella vela que comenzó a llenar el lugar. 

*


Una espesa niebla no me dejaba ver nada con claridad, y solo podía distinguir luces y siluetas amorfas que se movían a mi alrededor. Danzaban, saltaban, y podría jurar que hasta vi volar a algunas de ellas. 

En medio de aquel escenario escuchaba como penetraban a la mujer y ella gemía con cada arremetida. Me quería ir, me sentía sofocado, el aire ingresaba a mis pulmones pero no podía expulsarlo. El indio kiokee me sujetó de los hombros y abrió la boca por primera vez en toda la noche. Hablaba, pero no pude escuchar lo que decía, solo dio un discurso mudo mientras oía unos tambores de fondo. 

Luego de eso recuerdo que Nemesio me estaba abofeteando para sacarme del trance. 

Hicieron un anunció con lo que pareció ser el cuerno de un animal, y vi que a mi lado dos mujeres se quitaron las prendas y fueron desnudas a buscar algo. 

–Te gusta el carnero –dijo o preguntó Nemesio. Y mostró sus colmillos amarillos en una perturbadora sonrisa.


Las mujeres regresaron con el carnero muerto que había llevado Nemesio en su automóvil, pero estaba sin cuero. Uno de los encapuchados se acercó y extrajo de sus ropas un cuchillo de fabricación casera con el que comenzó a cortar al animal. Todos los adoradores metieron la mano en la tierra, por lo que hice lo mismo. Al igual que ellos arranqué un puñado de tierra junto con hierba, y lo acerqué a mi rostro para olerlo. Sentí la humedad, la vida que había allí; mientras las lombrices caían de mi mano. Luego las mujeres caminaron entre nosotros para entregarnos una porción de carnero a cada uno. 

Pusieron en mi mano un trozo sangriento. La sangre chorreaba por mi brazo, y el color de aquella carne cruda me provocó náuseas. Vi como todos a mi alrededor devoraban lo que les habían servido, pero de ningún modo iba a hacerlo yo, por lo que miré a mi alrededor, y cuando el kiokee estaba distraído comiendo su porción, tiré la mía hacia atrás. 

Minutos después las mujeres desnudas regresaron con un cuenco de barro. Metieron en él unas escobillas para luego sacudirlas hacia los demás. Aquel recipiente estaba lleno de sangre. 

Salpicaron a todos con ella. Los encapuchados mostraron sus rostros para ser bendecidos por aquella lluvia escarlata. Salpicaron al kiokee, a Nemesio, y también a mí. 

Yo recibí bastante sangre, y aunque me causó repulsión, supuse que muchos habrían querido estar en mi lugar. 

El ritual había llegado a su fin, y yo regresé del bosque en el pequeño automóvil de Nemesio junto con el indio. Me senté en el asiento de atrás esa vez. Había sangre del carnero, pero yo también estaba sucio, y con todo lo que había visto aquella noche la verdad es que ya no me importaba. Solo quería regresar a mi casa a darme un baño. 


Pronto iba a amanecer. Estaba exhausto, manchado con sangre y barro, pero tenía información como para escribir todo un volumen sobre el Wingakaw y sus fanáticos. 

Creí que Nemesio iba a dejarme en la misma dirección en donde me había recogido, pero me dejó directamente en mi casa a pesar de que no le había dado la dirección. 

Apenas descendí del vehículo, arrancó sin siquiera despedirse. 

Sentí una presión en el pecho y mi cabeza latía con fuerza. Caminé desde la vereda hasta la casa tambaleándome, y al sacar las llaves de mi bolsillo para abrir la puerta vi que ésta ya estaba abierta. Al ingresar vi varios muebles en el suelo y cuadros con los vidrios astillados. Llegué temblando a la sala y allí encontré a Adriana y a Giselle. Estaban colgadas de la pared, una junto a la otra, con la cabeza hacia abajo. 

Caí de rodillas junto a ellas. Mis manos temblaban en el suelo y al alzar la vista vi que las habían degollado. Lloré desconsolado apoyando la cara en el suelo. No podía pensar, pero de algún modo una idea vino a mi cabeza. 

Noté que el suelo estaba limpio, y entendí que los asesinos habían recolectado la sangre de mi esposa y de mi hija, para un uso que nadie se atrevería a imaginar.



FIN