LA MUJER QUE HABLABA CON FANTASMAS








La primera vez que la vi creí que era una persona normal. Yo estaba regresando a mi casa y atravesé el parque frente al edificio. Allí estaba ella, sentada en uno de los bancos.

Muchas personas me han dicho que no caminara sola por ese parque por las noches, que a muchas mujeres les han sucedido cosas terribles allí. Pero el lugar ahora está bien iluminado y, al vivir enfrente, no tengo otra opción.

Al pasar junto a ella, habló:

–¿Disculpe? –pregunté mientras instintivamente sujetaba con fuerza mi cartera.

Pero ella no me estaba hablando a mí. Se dirigía hacia un costado, como si hubiese estado sentada junto a alguien más.

No había nadie con ella. Y la mujer continuaba conversando mientras yo me alejaba.

La noche siguiente bajé con Homero al parque; Homero es mi perro. A él le gusta caminar por todo el lugar, oliendo cada árbol, cada arbusto.

Homero tiró de la correa con fuerza, quería guiarme hacia algo, o alguien.

Entonces la vi otra vez. La mujer estaba parada; sola, como la vez anterior. La vi mirando hacia uno de los árboles, y la reconocí porque llevaba el mismo atuendo, de esos que usaría una loca que tiene decenas de gatos en su casa.

Entonces comenzó a hablar hacia el árbol como quien tiene una conversación de los más normal con una persona.

Homero comenzó a ladrarle, y yo debí sujetarlo con fuerza para que no se me escapara.

Las luces parpadearon, y en un momento se apagaron y nos quedamos iluminados únicamente por la luz de la luna.

La mujer se dio la vuelta, sus ojos estaban desorbitados, y me dio la sensación de que un ser sobrenatural la hubiera poseído. Le grité a Homero y nos fuimos rápidamente de ahí.

No regresé a ese lugar en mucho tiempo, y a partir de entonces paseo a Homero en otro parque que está a tres cuadras.

Pasó el tiempo, y una tarde iba caminando con mi amiga Emma y pasamos por el lugar en donde vi a la mujer. Yo ya casi había olvidado lo ocurrido, pero al ver desde lejos el banco en que vi a la mujer la primera vez, sujeté a Emma del brazo:

–¡Es ella! dije–. Es la persona de la que te conté: La mujer que habla con fantasmas.

Emma me miró y miró hacia el banco. Luego volvió a mirarme:

–¿En dónde?

–Allí, sentada en el banco.

–No hay nadie en el banco –dijo Emma.