DIAMANTE NEGRO




Día de cobro. Raquel fue al cajero automático llena de miedos. Estaba obsesionada con la tasa delictiva, y retirar su salario se había convertido en un problema. Siempre iba a sacar dinero antes de que el sol se pusiera, pero aun a plena luz del día, odiaba los segundos que le tomaba regresar al automóvil. 

Miraba a un lado y al otro mientras acercaba la tarjeta a la lectora, y apenas la máquina le entregó los billetes, los guardó con recelo en la cartera. Miró otra vez a su alrededor, desconfiando de todos los transeúntes que a sus ojos comenzaban a verse como criaturas infrahumanas dispuestas a matar por míseras monedas. 

Avanzó a paso doble hacia su vehículo, y justo cuando estaba abriendo la puerta, le sacaron algo de la cartera. 

Raquel quedó atónita; la había asaltado alguien más rápido que la vista. Pero no había nadie corriendo hacia la derecha ni un motoquero yendo hacia la izquierda; el peligro había llegado del cielo. 

Alcanzó a ver entonces un pájaro negro que se alejaba por los aires, llevando en sus garras nada menos que su billetera. Raquel gritó, pero ya no había nada por hacer. 

La mujer no supo reconocer el tipo de ave en ese momento, pero se trataba de un cuervo. No era un cuervo corriente, por supuesto, era uno especialmente entrenado para robar. 




En una pequeña cabaña en las afueras de la ciudad, estaba esperando un hombre delgado de nariz prominente; era Samuel, el entrenador. 

Durante años, Samuel había adiestrado animales para circos y programas de televisión. No era muy bueno con los mamíferos, su especialidad eran las aves. Palomas, canarios, águilas y grullas; era el mejor en lo que hacía, y solía decir que, si es de plumas, podría enseñarle algunos trucos hasta a una almohada. 

Su habilidad era muy específica y las ofertas de trabajo escaseaban, por lo que un día decidió tomar otros derroteros. 

Todo comenzó con Edgar Allan Poe. Samuel entrenó un cuervo para un cortometraje, pero cuando ya estaba listo para filmarse, cancelaron la producción. No solo no le pagaron, sino que cuando fue a preguntar qué harían con el ave, el productor le contestó con una serie de improperios para luego cerrarle la puerta en la nariz. 

Samuel se quedó entonces con el cuervo, sobre todo porque con él había establecido un vínculo como con ningún otro. Aquel pájaro de ébano tenía una inteligencia privilegiada, y su capacidad de aprendizaje parecía no conocer de límites. 

Boris –así se llamaba el cuervo–, había nacido para el crimen. Era algo pequeño, pero sus garras y pico tenían fuerza más que suficiente para cargar anillos, collares y hasta relojes pulsera. 

Boris podía ingresar por tragaluces y ventanas sin dificultades, aunque por lo general sobrevolaba una plaza pública hasta que algo llamaba su atención, siendo las carteras sin cerrar su blanco predilecto. 

Cuando comenzó a robar, fueron muchas las veces en que el ave llegaba a la cabaña con un trozo de vidrio o un envoltorio de papel metalizado. Con el tiempo aprendió a distinguir qué cosas deseaba su dueño, hasta que se volvió un especialista diferenciando los objetos valiosos de las baratijas. 

–¿Qué trajiste hoy, Boris? –preguntó Samuel. 

El cuervo dejó caer una alianza de oro sobre la mesa; se la había robado a un señor luego de que éste la guardase en el bolsillo de su saco intentando hacerse pasar por soltero. 

Boris y su dueño llevaban varios meses haciendo de las suyas, y en la ciudad ya se había comenzado a hablar sobre un pájaro ladrón. 

Las personas contaban las cosas que habían visto junto con otras que no vieron pero que, en medio de tanta exageración, parecían ser ciertas. Un vendedor ambulante dijo que el cuervo le robó todos los lentes originales dejándole las imitaciones. Una anciana puso la excusa de que le habían llevado el monedero, para así volver a pedir fiado en la carnicería. Y no faltó el niño diciendo que un pájaro le había robado la tarea cuando estaba de camino a la escuela. Boris se estaba convirtiendo en una verdadera leyenda urbana. 

Las habilidades del cuervo iban en aumento, al igual que lo hacía la ambición de Samuel: 

–Oye, Boris…; hay una joyería a la que le tengo ganas. No será fácil, pero encontraré el modo de hacerte ingresar. 

El cuervo contestó con un graznido. 

Samuel fue entonces al lugar a elegir el artículo más valioso y a mirar a la gente entrar y salir. El local tenía una puerta que daba ingreso a un pequeño hall, y luego una segunda puerta más pesada que la primera. El entrenador pensó entonces que la mejor manera de llevar a cabo el robo sería sosteniendo él mismo ambas puertas para así hacer ingresar a su compañero. 

Para el entrenamiento, recreó el sitio en su propio hogar. Con unas cajas de cartón armó los mostradores de la forma más fiel posible, y puso varios maniquíes para representar a los empleados y a los posibles clientes, que serían obstáculos en el vuelo de Boris. Por último, ubicó unos caramelos color esmeralda en el lugar exacto donde estaban los mejores aros de la tienda. 

Ese día Samuel se puso un traje que había comprado hacía pocos meses. Le quedaba un poco holgado, pero era el mejor que tenía, y necesitaba aparentar ser alguien de alto poder adquisitivo. Se afeitó en forma meticulosa, peinó lo mejor que pudo sus indómitos cabellos, y fue a la joyería con paso firme. Una vez allí pidió ver los aros. Dijo que eran para su esposa, a quien quería dar un obsequio tras diez años de matrimonio. Las pocas relaciones amorosas que solía tener Samuel no duraban más que semanas, pero el empleado de la tienda pareció creer la historia. 

Pidió ver los aros más valiosos, uno tras otro, e hizo preguntas de todo tipo sobre la procedencia de cada objeto. Manoseó cada pieza procurando desordenar lo más posible todo lo que estaba apoyado sobre el mostrador. Luego de asegurarse de que hubiera decenas de aros a la vista, se dirigió hacia la puerta: 

–Espéreme un momento, por favor –dijo mientras se alejaba. 

Abrió la primera puerta y luego abrió la segunda sin dejar de sostener la anterior, y Boris, que había estado esperando posado en un árbol, enseguida voló hacia adentro al ver a su entrenador. 

El cuervo esquivó sin problemas las cabezas de los clientes y pronto llegó al mostrador donde aún estaban los aros expuestos sobre el vidrio. 

Samuel, fingiendo sorpresa, se quedó parado sosteniendo ambas puertas, mientras su socio tomaba los aros para luego desaparecer de la vista de todos. 

El plan se había ejecutado perfectamente a excepción de un no tan pequeño detalle: el empleado de la tienda se dio cuenta de que Samuel era cómplice del cuervo, y al realizar la denuncia le describió su aspecto al dibujante de la policía. Pronto el retrato apareció en las noticias junto con el titular: “El Encantador de pájaros ha sido descubierto”. 




Samuel y Boris debieron esconderse durante algunos meses mientras vivían de lo obtenido en la venta de los aros. 

A medida que se le acababa el dinero, el entrenador pensaba más y más en dar un nuevo golpe, hasta que una tarde mirando televisión, supo cuál sería su próximo y último robo. 

Un desfile de modas se llevaría a cabo en la ciudad en dos semanas. Además de ropa de los más famosos diseñadores, las modelos llevarían invaluables piezas de una joyería mundialmente conocida. Entre las gemas que formarían parte de la exposición estaría nada menos que “El Ojo negro”, un diamante oval color azabache de más de dos centímetros de largo. Su belleza opacaría a todos los demás, era una pieza que parecía tener un universo en penumbras en su interior. 

El Ojo negro valía una fortuna. Había sido tallado por el lapidario italiano Niccolò Rivalti, quien intentó alcanzar la perfección con aquella piedra. Le dedicó cientos de horas de trabajo, más que a cualquier otra gema, pero cuando estaba terminando de pulirla, notó un pequeño rayón. No entendía cómo había aquello sucedido; él era muy cuidadoso, en especial con la que sería su obra maestra. 

Corregir aquella marca habría arruinado la simetría milimétrica lograda, y no pudiendo tolerar la tragedia, el joyero se suicidó. 

Varios han asegurado que, si se mueve lentamente el Ojo negro, se puede ver una leve policromía que provoca un efecto de abrir y cerrar. Ese sería el último pestañeo de Niccolò Rivalti, que se reflejó y grabó en la joya la noche en que se desangraba a su lado. 

Siendo la última pieza en la que trabajó el famoso tallador, y sobre todo cargando con esas y otras muchas leyendas, el valor de la gema se elevó por los aires. 

–Mira, Boris –dijo Samuel apuntando al televisor–. Se parece a tus ojos. 

Boris contestó con un graznido. Sus ojos negros también parecían contener un universo en penumbras. 

Samuel comenzó ese mismo día a entrenar al cuervo para la hazaña; la última que realizarían juntos. 

El Ojo negro estaba unido a un excepcional collar de titanio y pequeños diamantes, pero su valor era despreciable a comparación de la pieza principal. El entrenador pensó que lo mejor sería que Boris robase únicamente el diamante para que no llevara tanto peso, y calculó que si tiraba de él, se rompería el segundo eslabón que lo sujetaba, por ser el más pequeño. Practicaron varias horas al día con un collar del que colgaba una piedra de tamaño y peso aproximados a los del Ojo negro, colocándolo en el cuello de un maniquí. Boris volaba y atrapaba la pieza desde todos los ángulos, cada vez con mayor velocidad. Finalmente logró hacerlo en forma perfecta. 

El día del desfile llegó. La exposición se realizó en la Galería Nacional de Arte, y el lugar había sido preparado como nunca para la velada. Las columnas jónicas de mármol estaban adornadas con luces doradas y plateadas. Diversos banderines colgaban con los nombres de las marcas y diseñadores más vanguardistas del mundo de la moda. Las alfombras negras fueron lavadas para la ocasión, quedando como nuevas, contrastando más aún con las paredes color marfil. Había pedestales en cada esquina, arreglados con rosas blancas, y no había una lámpara faltante en las arañas de cristal que colgaban de los techos hemisféricos. El jardín central de la galería no era techado, y todas las estrellas habían asistido aquella noche. Pero ese espacio abierto sería como una pista de aterrizaje hecha exclusivamente para Boris. 

Preciosas modelos atravesaron la pasarela, una tras otra. Llevaban puestos vestidos hasta el suelo de todos los colores del arco iris. Tenían además una gran variedad de joyas: pulseras de oro sólido, aros de platino, anillos con esmeraldas; pero la que más aplausos se llevó fue la legendaria gema de Rivalti. 

La elegida para aquella pieza fue una alta modelo de Camerún. Llevaba puesto un vestido rojo escotado, y llevaba sus rizos recogidos para que no cubriesen sus hombros. No llevaba aros ni pulseras; el único accesorio que tenía era aquel collar. En medio de su pecho acentuado por el vestido, la gema negra se llevó todas las miradas. No duró mucho allí, claro; cuando la muchacha estaba en medio de la pasarela, Boris hizo su aparición. 

Llegó en una veloz caída libre que más que parecer la de un cuervo, era propia de un halcón. Con absoluta precisión arrancó la piedra del collar de la modelo sin siquiera lastimarla; rompiendo el segundo eslabón, justo lo que Samuel había calculado. La imagen de Boris no duró más que un parpadeo, pero fue suficiente para que se grabara en las retinas de todos los allí presentes. 

El collar vacío cayó al suelo en cámara lenta, mientras la modela cubría la desnudez de su cuello con las manos. 

Apenas Boris llegó a la cabaña con la joya, su entrenador tomó el teléfono e hizo todos los arreglos necesarios para una nueva vida. Mientras tanto, en la televisión se escuchaba la noticia: 

“Fue como una sombra”, dijo un periodista; “un espíritu manifestándose en el mundo tangible para regresar enseguida a las tinieblas”. 




A la mañana siguiente Samuel no podía dejar de observar el precioso diamante. Era el centro de la mesa, el centro de la pocilga en la que vivían aquellos amigos de lo ajeno. 

En la televisión todos los canales seguían hablando de ellos: 

“El Encantador de pájaros y su cuervo atacan de nuevo” 

“Cría cuervos y te robarán los ojos” 

“Y el cuervo dijo: Nunca más verán este diamante” 

No eran buenas noticias; así como estaban en boca de todos, también estarían en la mira de la policía, pero Samuel tenía todo pensado. Ya había conseguido un comprador: un empresario ruso con quien se encontraría cerca de la estación de trenes. Luego de la venta, iría de allí al aeropuerto. 

Ese día se puso un sobretodo que había comprado hacía muchos años. Era el más viejo que tenía, pues necesitaba aparentar ser alguien de bajo poder adquisitivo. Se había estado dejando crecer la barba, y sus cabellos estaban más largos e indómitos que de costumbre. No armó siquiera una pequeña maleta, solo llevaría consigo el bolso cargado de dinero que obtendría en la transacción. Se puso una boina y antes de irse miró con tristeza a su compañero: 

–Ha llegado el momento de despedirnos, Boris. No puedo llevarte conmigo en el avión, amigo; todos se darían cuenta de que somos los ladrones. No creo que me reconozcan con la barba y el sombrero, pero ¿qué puedo hacer contigo?, ¿disfrazarte de gallina? 

Boris contestó con un graznido. Luego tomó el diamante con su pico y miró hacia la ventana. Samuel leyó las intenciones del ave, y enseguida saltó de la silla para cerrarla. 

El cuervo comenzó a volar en círculos con la intención de salir de allí con la gema mientras Samuel corría y gritaba detrás: 

–¿Qué demonios estás haciendo? ¡Ven aquí! ¡En una hora debo entregar la joya al ruso! 

Boris dejaba plumas por todo el lugar mientras Samuel chocaba con los muebles intentando agarrarlo. Finalmente lo atrapó: 

–¡Pájaro estúpido! Dame ese diamante; la policía está tras nuestra pista y pueden aparecer en cualquier momento. 

Boris tragó la gema, lo que heló la sangre y dilató las pupilas de su entrenador: 

–¿Qué has hecho, Boris? ¡El ruso me va a matar! ¡Enviará gente para que me mate por no haber cumplido! 

Samuel sacudía a su compañero con fuerza; estaba dominado por la cólera. De pronto las frágiles cervicales del cuervo sucumbieron en un chasquido. 

–¡Boris! 

Samuel gritó, pero el pájaro no reaccionaba. 

–¡Boris! Por favor, despierta… 

El mejor socio que tuvo en su vida yacía en sus manos temblorosas. El amigo que tantas alegrías le había dado, parecía una marioneta a la que le cortaron los hilos. 

Los ojos negros de Boris se apagaron mientras las lágrimas de Samuel caían y resbalaban sobre sus plumas. 

El hombre estaba desconsolado, y ni siquiera tenía tiempo para lamentarse. Debía llevar el diamante al comprador y no podía entregar el pájaro diciéndole que estaba allí dentro, o correría el riesgo de terminar también con las cervicales rotas. Fue entonces en busca de un cuchillo para cortar a Boris por la mitad. 

Hizo un pequeño corte y metió los dedos revolviendo entre las entrañas del plumífero hasta que sacó por fin el diamante de su interior. Había sangre sobre la mesa, sobre el suelo, y en especial en sus manos, pero allí estaba: el preciado Ojo negro era suyo de nuevo. Lo limpió, y justo al momento en que lo puso en su bolsillo, oyó a los patrulleros rodeando su escondite; había volado demasiado alto. 

Imposible mostrarse inocente en medio de aquella barbarie; no pudo hacer otra cosa que entregarse. 

Mientras lo llevaban detenido pensó que tal vez Boris estaba intentando esconder el objeto en su interior. Tal vez su oído de cuervo, más agudo que el humano, logró escuchar las sirenas cuando aún estaban lejos. O su instinto de cuervo, no subyugado a la razón humana, sabía que lo mejor era ocultar la joya por un tiempo. Quizás simplemente se trataba de uno de esos casos en los que el alumno había superado al maestro. 




Samuel estaba sentado cabizbajo en su celda. El juicio había salido peor de lo que habría imaginado, y lo esperaban muchos años en prisión. Estaba arrepentido de todas las decisiones que había tomado en los últimos tiempos, y se sentía merecedor del castigo. No tantos por los robos como por haber matado a su socio y mejor amigo Boris.

Se llevó las manos al rostro. Comenzaba incluso a contemplar el suicidio. De repente oyó un ruido que provenía de la ventana; lo único que le permitía ver una porción del cielo libre.

Miró entonces hacía arriba y vio que tenía visitas: era un precioso jilguero. Los vivos amarillos en sus alas y el rojo de su rostro iluminaban la oscura celda que no conocía otro color más que el de los grises sueños rotos.

–Hola, amiguito –dijo Samuel esbozando una sonrisa. 

El jilguero camino por el alféizar atravesando los barrotes. 

El recluso se puso de pie y se acercó extendiendo la mano, y el ave se posó con suavidad sobre ella. Lo hizo sin dudarlo, con una confianza pocas veces vistas en un pájaro. 

Samuel tomó unas migas de un trozo de pan duro que tenía a su lado, y lo acercó al pequeño pico del jilguero: 

–Dime, muchacho –dijo Samuel– ¿Conoces la historia de Boris el cuervo?