UNA MUERTE PARA SABRINA




Escrito junto a Axl Joke




PRIMERA TESTIGO: NATALIE


–¡Ratas! –dijo Natalie– ¡Una montaña de ratas! Sucias…, asquerosas… Aparecieron de repente y corrieron todas juntas hacia mí. Al darme la vuelta vi que venían de todas partes. ¡Me tenían rodeada! Entonces tropecé y se me subieron encima. Una de ellas chilló sobre mi rostro. Pude ver sus dientes largos y amarillos. Grité y me moví intentando deshacerme de ellas, pero varias estaban prendidas de mis piernas, y algunas comenzaron a morder las puntas de mis zapatos.

La joven hizo una pausa mientras cerraba los ojos. Tenía el rostro embarrado en maquillaje de tanto llorar.

–Perdón –continuó Natalie–. Jamás había sentido tanto miedo en mi vida. Solo recuerdo que al lograr ponerme de pie, salí corriendo de allí. Una vez en la calle busqué a las chicas, pero no pudimos encontrar a Sabrina.


Natalie fue la primera interrogada de las tres testigos que estuvieron la noche del viernes en la fábrica abandonada. Junto con sus amigas, se había metido allí a modo de aventura. Algo sucedió que hizo que huyeran del lugar. Ellas estaban bien, pero la cuarta muchacha llevaba desaparecida más de cuarenta y ocho horas.

El caso estaba a cargo del experimentado detective Francisco Romero y el joven oficial Zurita. Natalie seguía temblando por lo que había vivido, y la habitación no la ayudaba en aquel momento de tensión. Las paredes eran grises y vacías, a excepción de una en la que había una pequeña puerta y un vidrio de visión unilateral. La iluminación dependía solo de una vieja lámpara que apuntaba directo al rostro de la joven. En el medio del lugar había una mesa metálica atornillada al suelo, y las manos de la Natalie temblaban sobre ella.

–¿Podrían darme un pañuelo? –dijo la testigo.

Zurita le ofreció un pañuelo que tenía varias manchas de origen dudoso, y enseguida ella hizo un gesto de repulsión:

–¡No! Quiero un pañuelo limpio. ¿Pueden pasarme mi cartera, por favor?

El detective suspiró. Luego hizo una señal hacia el espejo de la pared indicando que trajeran la cartera de la joven, y un oficial la llevó a la sala de interrogación.

–¿Está seguro de darle sus cosas, jefe? –preguntó Zurita.

–¿Qué puede tener una chica como ella en su cartera? –dijo el detective alzando una ceja–, ¿una ametralladora? ¿O acaso temes que nos asesine con un peine?

Natalie abrió su cartera y sacó de allí unos pañuelos descartables.

Romero jamás se preocupaba por seguir el protocolo. Él hacía las cosas a su modo, algo a lo que sus superiores ya estaban acostumbrados. En el departamento toleraban sus métodos que, aunque no siempre eran legales, lograban resolver crímenes que nadie más habría podido. Había sido asignado a aquel caso en el que nada parecía tener sentido, y esos eran precisamente los de su especialidad.

–Voy a necesitar ver tus zapatos para confirmar que hayan sido mordidos –dijo el detective.

–Pero…, los tiré a la basura cuando llegué a mi casa.

–Tendremos que revisar tu basura entonces; son parte de la evidencia.

–¿Usted cree que las ratas pudieron devorar a Sabrina? –dijo Natalie –Yo no vi nada más. Perdí por completo el control y corrí hasta estar afuera.

–No hallamos rastros de sangre en el lugar, debió ocurrirle otra cosa. Hiciste bien en huir y ponerte a salvo. A veces el miedo no nos permite pensar. A mí me pasa lo mismo cuando veo una araña. Te parecerá gracioso que un hombre grande como yo les tenga miedo, pero es verdad.

Ambos oficiales se retiraron de la sala dejando sola a la joven. Enseguida Romero ordenó que revisaran la basura en la casa de Natalie en busca de sus zapatos. La muchacha seguía apoyando sus temblorosas manos sobre la mesa metálica. Recorrió la habitación con la mirada y luego bajó la vista; no había mucho que mirar allí.

–¿De verdad lo asustan las arañas, jefe? –dijo el joven Zurita con una leve sonrisa que parecía una carcajada a punto de estallar.

–Así es. No soporto ni hablar de ellas. En la escuela me hicieron recitar un poema estúpido sobre arañas: Si subiera por tus dedos pronto me descubrirías, sería imposible no causarte un cosquilleo…

–¡Ah, sí! …te desharías de mí con un golpe certero, un instintivo puntapié al viento…

–Ese mismo. Le dije a la maestra que odiaba a las arañas y ella me dijo que hay que aprender a enfrentar los miedos. Maldita vieja loca. Me da escalofríos ese poema.

Zurita movió sus dedos como patas sobre el rostro de Romero:

Me descubrirías, tal vez, recorriendo tu espalda, trepando por sitios fuera de tu alcance…

–¿Qué parte de “Me da escalofríos” no entendiste?

–Perdón, jefe. Es que me gusta ese poema.

Romero encendió un cigarrillo y enseguida Zurita apuntó al cartel de prohibición:

–Señor, aquí no se puede…

El viejo detective volvió a alzar la ceja; ese gesto bastaba para que el joven Zurita se guardase para sí los comentarios sin sentido.

Era momento de interrogar a la segunda testigo: Clara, quien estaba sentada esperando en la oficina de al lado. El detective Romero le pidió a Zurita que la hiciera pasar a la sala en diez minutos, y aprovechó el tiempo libre para subir a su despacho a beber un vaso de coñac.

Al regresar vio a la segunda muchacha sentada en la sala de interrogación. Cuando iba a ingresar, Zurita lo interrumpió:

– Hay algo muy extraño, jefe. Esta testigo dijo no haber visto ni una sola rata.




SEGUNDA TESTIGO: CLARA


Romero ingresó a la sala de interrogación y acomodó la lámpara sobre el rostro de Clara. Ella estaba más arreglada que la muchacha anterior. Clara era de esas jóvenes glamorosas que se mantenían impecables en toda situación, de esas que la humedad no les arruina el peinado y que ningún día del mes parece tener efecto sobre ellas.

Ante la misma pregunta del detective, su respuesta fue completamente diferente a la que había dado Natalie:

–No pude ver nada –dijo Clara–. Solo recuerdo los gritos de mis amigas y unos ruidos de golpes que parecían venir de todas partes.

–¿No viste las ratas? –preguntó el detective Romero.

–No. Yo llevaba una linterna con la que estábamos explorando la fábrica, pero de pronto se apagó y todas comenzamos a gritar. Entré en pánico y salí corriendo de allí, ni siquiera sé cómo llegué a mi casa.

–¿Qué estaban haciendo en la fábrica? –preguntó el detective.

–Fue idea de Amanda el pasar la noche allí. Había leído sobre algo que ocurrió en ese lugar hace muchos años: un asesinato. Le dije de ir al lugar durante el día, pero ella insistió en ir a la noche.

–¿Qué asesinato? –el detective hizo la pregunta mientras miraba al espejo de la sala de interrogación. Al otro lado, el joven Zurita abrió ampliamente los ojos.

–Un muchacho al que mataron allí. Pero eso pasó hace como cincuenta años.

Romero se retiró de la sala, necesitaba tiempo para pensar y, sobre todo, tiempo para beber otro vaso de coñac. Subió entonces las escaleras hasta su despacho y enseguida Zurita subió detrás.

Mientras su jefe se servía el trago, el oficial Zurita tomó asiento. El joven miraba al piso con tal concentración que parecía dispuesto a ver el centro de la Tierra.

Romero se sentó detrás de su escritorio y bebió su vaso de golpe, arrugando la frente, no por el sabor de coñac, al cual se había acostumbrado hacía mucho tiempo, sino por la pena que le causaban casos como éste.

Miró a Zurita, quien continuaba concentrado como quien está a punto de enunciar una revelación divina. De pronto sus miradas se cruzaron:

–Jefe…, estaba pensando…, tal vez no eran ratas, eran gatos, porque en la oscuridad todos los gatos son pardos... O eran ratas pardas...

Romero alzó la ceja silenciando al joven en el acto. Ni siquiera quiso contrariarlo; en ese momento los pensamientos en su cabeza tenían el mismo o menor sentido que el comentario de Zurita.




TERCERA TESTIGO: AMANDA


Alguien golpeó la puerta; habían encontrado los zapatos que Natalie tiró a la basura.

El oficial entregó una bolsa que había sido cerrada con sumo cuidado para no contaminar la muestra. Romero la abrió y dejó caer los zapatos con torpeza sobre el escritorio de su despacho. Enseguida notó que las puntas tenían varias marcas de pequeñas mordeduras.

–Lleva a la tercera muchacha a la sala de interrogación –ordenó a Zurita.

Solo faltaba interrogar a Amanda, la última de las tres amigas de Sabrina que estuvieron con ella aquella noche. Minutos después el detective bajó las escaleras:

–Soy el detective Francisco Romero. Estuve hablando con tus amigas y algunas cosas no cierran. ¿Qué ocurrió la noche del viernes?

Amanda estaba despeinada y un poco desarreglada, aunque no estaba así a causa de lo ocurrido, ella siempre se veía de ese modo.

–Estábamos las cuatro juntas, en medio de lo que parecía haber sido una oficina de la fábrica. Estábamos sentadas en el suelo y de pronto todas salimos corriendo. Natalie dijo que vio unas ratas, pero yo no las vi.

–”Unas ratas” no, ¡una montaña de ratas! –interrumpió el detective.

–Bueno, yo no vi ninguna. Salí corriendo apenas vi entrar a un hombre.

–¿Un hombre? ¿Qué hombre?

–Mi tío.

–¿Cómo que tu tío?

–Sí. Era el novio de mi tía en realidad. Clara dice que no lo vio porque en ese momento justo se le apagó la linterna, pero yo lo vi. Salí corriendo apenas apareció. No lo veía desde hacía más de diez años, pero estoy segura de que lo vi. Mi tía lo echó de su casa cuando supo lo que me hizo, y no volvimos a saber nada de él.

Romero se retiró de la sala de interrogación dejando sola a la joven. En su rostro se notaba que con cada testigo obtenía más preguntas que respuestas. Zurita, por el contrario, estaba satisfecho, como si todo el caso estuviera resuelto:

–El tío degenerado volvió y no la pudo atrapar, entonces se llevó a Sabrina.

El detective se pasó la mano por la cara:

–Tú debes ser una especie de genio, ¿verdad? –dijo el detective –¡Es imposible que haya sido su tío! Dice que no lo vio en más de diez años. Pudo tratarse de cualquier hombre en ese momento, ella creyó que era su tío porque estaba asustada. De todas maneras, quiero que localices a ese sujeto para tranquilizar a la joven y así poder seguir avanzando en el caso.

Romero ingresó de nuevo a la sala para seguir interrogando a la testigo:

–¿Por qué fueron a esa fábrica?

–Nos pareció divertido… –dijo Amanda–; con el asunto de ese asesinato que ocurrió hace cincuenta años.

–¿Cuál asesinato?

Amanda le contó lo poco que sabía sobre un antiguo caso ocurrido en ese mismo lugar. El pueblo lo había olvidado, pero la joven había encontrado un viejo artículo del diario local mientras estudiaba sobre la historia de la ciudad y le fue imposible resistirse a ese suceso que ya se había convertido en mito.

Zurita golpeó la puerta para llamar a Romero:

–¿Qué?

–Ya averigüé lo que me preguntó, jefe.

–Pues dímelo.

–El tío de Amanda…, el señor que apareció esa noche…, falleció hace tres años de un paro cardiaco.




CUARTO TESTIGO: CUATRO PAREDES


Por lo general, cuando tres testigos tienen versiones diferentes sobre un mismo hecho, es porque al menos dos de ellos están mintiendo. Romero, sin embargo, tenía el presentimiento de que las matemáticas no eran tan sencillas en esa oportunidad. Decidió entonces averiguar más sobre lo ocurrido la primera vez que alguien había desaparecido en esa fábrica; estaba convencido de que allí estaba la clave.

Fue a la biblioteca municipal y pidió las notas de diarios de cinco décadas atrás. Estuvo horas pasando las páginas en el monitor, rodeado por aquellas enormes bibliotecas de madera desteñida atestadas de libros viejos.

Ya era tarde, y en el lugar solo lo acompañaba un alcohólico que iba a dormir allí las noches en que no hallaba un mejor lugar. De pronto el detective encontró lo que buscaba:

“Joven desaparece en fábrica de juguetes abandonada sin dejar rastros”.

Se trataba de cuatro amigos que había ido al sitio luego de que lo cerraran, y jamás se volvió a saber sobre uno de ellos.

Romero tenía una pista: un desaparecido más en el mismo lugar. Tenía tres nuevos testigos a quienes preguntar qué ocurrió en la vieja fábrica; si es que seguían vivos tras medio siglo.

Al buscar en la base de datos de la policía, vio que dos de ellos habían fallecido, pero aún quedaba uno con vida. Se trataba de Gabriel, un hombre septuagenario. ¿Podría aportar algún dato útil tras tanto tiempo? Los años transcurridos no eran el único problema, Gabriel había pasado todo ese tiempo en el Instituto Psiquiátrico Dra. Banach.

El detective condujo durante horas hasta llegar al sitio. Rodeado de una enorme arboleda encontró el edificio. El lugar era gigantesco y desolador, con paredes de un gris opaco, como si se tratara de una fortaleza en lugar de un hospital; como si lo importante allí no fuese curar a los enfermos sino evitar que escaparan.

Caminó por el interminable pasillo junto a una de las enfermeras:

–Le deseo suerte –dijo la mujer–, es uno de nuestros pacientes más silenciosos, y lo poco que dice carece de sentido.

A Romero le abrieron la habitación y vio a un anciano de espaldas. En unos días cumpliría los setenta años, pero después de medio siglo en aquel sitio, parecía haber sobrepasado los cien.

–Buen día, soy el detective Francisco Romero. Vengo a preguntarle sobre lo ocurrido en la fábrica hace cincuenta años.

El individuo se balanceaba en su silla hacia atrás y hacia adelante. Continuó haciéndolo sin contestar durante varios segundos, hasta que el detective perdió la paciencia:

–¿Me oyó lo que dije o está demasiado loco para contestar?

–Lo oí perfectamente, detective –dijo sin darse la vuelta.

Luego giró hacia Romero y éste pudo verlo; tenía el rostro arrugado, un rostro que intentaba cubrir con escasos cabellos que se habían vuelto blancos con el correr de los inviernos. Sus ojos padecían de cataratas; cincuenta años de encierro en aquel infierno sin ventanas lo habían vuelto completamente ciego.

–Entonces –insistió Romero –¿Recuerda algo de aquel día?

–¿Se refiere al día en que murió mi mejor amigo? ¿Al último día de mi vida en que estuve en libertad? Creo recordarlo, sí.

A Romero no le gustaba el sarcasmo a menos que fuese él quien lo emplease, y ya había perdido la poca paciencia que tenía en un principio:

–Pues comience a hablar y tal vez pueda sacarlo de aquí –dijo el detective.

–¡Eso nunca! –dijo Gabriel–. Aquí estoy bien. Verá, detective; sufro de agorafobia, aunque antes era al revés.

–¿Sufre de qué?

–De agorafobia; miedo a los espacios abiertos. Antes de llegar a este sitio yo tenía una leve claustrofobia; es decir, miedo al encierro. Verá, a veces, el enfrentarnos a nuestros peores miedos y vencerlos, da lugar a otros completamente nuevos. Esa noche en que mis amigos y yo fuimos a la fábrica abandonada, el techo se nos cayó encima. Habíamos subido a una de las torres, y recuerdo que las paredes comenzaron a moverse hacia mí. El sitio se estaba haciendo cada vez más pequeño y comencé a sentirme sofocado. Intenté huir de ese lugar pero la única salida era la puerta que daba a las escaleras. Quise abrirla pero estaba trabada, y mientras las paredes continuaban apresándome. Entonces el techo comenzó a desplomarse. En ese momento golpeé la puerta con el hombro y logré romper la cerradura, entonces mis amigos y yo escapamos. Todos salimos de allí excepto Dylan, a quien jamás volvimos a ver.

–¿Y qué ocurrió con tus otros dos amigos?

–Uno murió unos días después en una avenida. Al parecer cruzó con un semáforo en rojo y quedó paralizado en el medio mientras los vehículos intentaba esquivarlo, hasta que un camión no lo logró. El otro, poco después, fue a incendiar la fábrica para que jamás se volviera a poner en marcha. La policía lo atrapó, y días después se prendió fuego en la celda. Yo soy el único testigo que permanece con vida porque me mantuve a salvo entre estas cuatro paredes. Irónico, ¿verdad? Podría decirse incluso que tuve un final feliz.

–¿Qué estaban haciendo en esa fábrica?

–Era viernes a la noche, éramos jóvenes, solo buscábamos divertirnos. ¿Ha pensado alguna vez que no somos más que muertos haciendo cosas de vivos, y al tomar conciencia de ello, morimos?

–Mi trabajo no es tan filosófico.

–Hay cosas que es mejor no perturbar, que es mejor dejarlas en el olvido. Podría usted seguir investigando y descubrirlo todo, pero le recomiendo dejar las cosas como están, detective. Además, ¿no se le ocurrió pensar por qué nadie se atrevió a reabrir el caso en cincuenta años?

–Porque yo no había nacido –dijo Romero, y luego salió de la habitación.




ÚLTIMO TESTIGO: LAS PAREDES RECUERDAN


Lejos de arrojar luz sobre el caso, la entrevista con Gabriel tornó todo más oscuro. Romero entendió que, de tratarse de la misma situación de hacía cincuenta años, a las demás chicas tampoco les quedaba mucho tiempo. Así que decidió ir junto con el oficial Zurita a la vieja fábrica abandonada.

El lugar estaba destruido. Las paredes estaban negras tras el incendio, y los escombros dificultaban el paso. Era el sitio perfecto para echar a volar de la imaginación y despertar los miedos más profundos.

–¿Qué buscamos aquí, jefe? ¿Cree que haya algo útil después de tanto tiempo? Deberíamos volver a leer los expedientes del caso a ver si omitimos algo.

–Puede que seas muy joven para entenderlo, pero no podemos fiarnos de un expediente. Verás, interpretamos lo desconocido comparando y midiendo con lo que ya conocemos. Esta es la razón más grande de que el universo lejos del alcance de nuestro conocimiento siga siendo tan rico y vasto.

–Jefe… –comenzó Zurita como quien tiene un bypass que conecta sus orejas despidiendo en tiempo real la información entrante–. Estaba pensando… ¿podría suceder que este asesino ataque una vez cada cincuenta años? Si es así podríamos tenderle una emboscada –Zurita hizo una pausa para acomodar sus ideas–. Claro que para entonces yo estaré retirado y usted... estará muerto...

En la oscuridad, el joven oficial no podía ver el gesto que empezaba a crecer en el rostro del detective. Justo cuando Romero iba a decir algo, encontraron la escalera que dirigía a lo alto de la torre en donde había ocurrido el incidente medio siglo atrás:

–Es aquí –dijo Romero–; ésta tiene que ser la torre de la que me habló Gabriel. Debemos subir y resolver el primer crimen si queremos resolver el segundo.

Zurita miró hacia arriba y enseguida le bajó la presión. La escalera caracol parecía una hélice infinita, una espiral oxidada que se retorcía y que podía venirse abajo en cualquier momento. Debió apoyar la mano en la pared para así evitar desmayarse:

–Lo siento, jefe. No podré subir. Le temo a las alturas, y esta escalera se ve muy peligrosa.

Romero comenzó a reír:

–¿Así que te hiciste el gracioso cuando supiste de mi miedo a las arañas y ahora me dices que le temes a una escalerita? Pues quédate en tierra firme mientras yo hago el trabajo duro.

El detective subió por las escaleras sin dificultad. A pesar de los años y del incendio, el hierro fundido había permanecido firme y seguro.

Mientras subía, iba riendo y recitando el viejo poema:

...preferiría tal vez, subir por tu talón, trepando tu rodilla en un descuido...

Zurita miró de nuevo hacia arriba y lanzó un grito de terror:

–¡Tenga cuidado, jefe!

A sus ojos la escalera se movía de un lado al otro y ya le había generado un vértigo horrible con solo verla desde abajo.

Poco antes de llegar a lo más alto, el detective emitió un grito que desgarró el silencio de la fábrica en desuso en conjunto con el temple del joven oficial; el cual, aterrado, hizo lo propio remedando un eco.

–¿Qué sucede? –Preguntó Zurita, pálido, espectral.

–Me la debías.

Romero llegó a lo alto de la torre carcajeando mientras el joven Zurita devolvía el estómago. Al iluminar con su linterna vio lo que parecía ser el escenario de una cita con seres del más allá, donde tuviera lugar un ritual para contactar a un muerto. El lugar tenía restos de viejas velas, fotos, y hasta un pentagrama dibujado en el suelo con manchas donde presumiblemente hubo materia orgánica. El lugar olía a muerte, y la adrenalina y el miedo se apoderaron de él.

Romero se dio cuenta de que Zurita había exagerado su miedo a la escalera, y que había sido afectado por algo, pues éstas no eran de temer, eran firmes y no medían más que unos cinco metros de altura. A causa de ese miedo de su compañero él ahora estaba solo en ese lugar. Entonces se sintió como un muerto haciendo cosas de vivos.

Una gota de sudor frío recorrió su rostro, y pronto oyó ruidos provenientes de todas partes, sonidos pequeños que se intensificaban poco a pocos. Parecían ser sonidos de pasos muy pequeños, diminutos, que aumentaban en cantidad.

Se dio cuenta entonces de que hay cosas que es mejor no perturbar, que es mejor dejarlas en el olvido, como aquello que lo estaba esperando en aquel sitio. Lo que iba a encontrar allí no era una criatura de carne y hueso, ni tampoco una de esas entidades con cuernos, alas y ojos amarillos como las que ilustran los libros de demonología. Aquello que lo estaba observando desde la oscuridad era precisamente lo que menos deseaba encontrar, era la suma de todos sus miedos, era el miedo mismo el que, tras cincuenta años expectante, había sido al fin despertado de las profundidades para llevarse el cuerpo y el alma de Sabrina. Romero no podía explicar por qué dejó con vida a las otras tres muchachas, pero algo le dijo que no había sido una cuestión del azar. Todo fue deliberado, pues aunque no lo podamos poner en términos racionales, el miedo elige. Elige la fobia que cada uno de nosotros padecerá, y elige el momento en que se nos hará presente, ya sea para traumatizarnos de por vida o para poner fin a ella.

Romero pensó todo eso mientras los sonidos a su alrededor continuaban intensificándose, hasta que ya no pudo pensar más, hasta que su mente y su cuerpo quedaron paralizarlos.

Arañas. Una montaña de arañas. Aparecieron de repente y comenzaron a caminar todas juntas hacia el detective. Al darse la vuelta vio que el lugar estaba lleno de ellas. ¡Lo tenían rodeado! Entonces tropezó y se le subieron encima. Una de ellas caminó hasta su rostro, y pudo ver sus dientes largos y filosos. Gritó y se movió intentando deshacerse de ellas, pero varias estaban prendidas de sus piernas, y algunas comenzaron a clavar sus colmillos en las puntas de sus zapatos.



FIN