Dicen que cuando la humanidad se extinga, el mundo no será un cementerio, sino un útero verde. Los animales se sacudirán nuestro yugo. Las raíces romperán el pavimento y los edificios quedarán como esqueletos, conquistados por la hiedra en un abrazo eterno.
Dicen que sin humanos, la Tierra no será un desierto, sino una cuna vegetal. Todo lo que fuimos quedará enterrado. El olvido transitará los caminos. No habrá ruido de motores, solo la elegancia salvaje de un planeta que amanece con hondos latidos.
Cuando quede un sobreviviente, será una criatura desnuda de memoria, perdida en una selva sin fronteras. Intentará hablar, pero su voz será un suspiro. Y al querer tallar la última piedra, no recordará el lenguaje, no recordará los signos. La roca caerá de su mano, devuelta al río.
Cuando el último de nosotros muera, no habrá quién lo lamente, porque ya no existirá la muerte. La vida se nutrirá de nuestros huesos. Los relojes se apagarán en ciudades sin nombre, ciudades sin tiempo. Y el mundo aliviado volverá a respirar, como si nunca hubiéramos existido.

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