CRIATURAS DE LA "A" A LA "Z"





Alegre y llena de sueños, Florencia se dirigió a su nuevo trabajo.

–Buenos días, mi nombre es Florencia. Soy la nueva encargada de parametrizar las divergencias; me asignaron el cubículo del fondo, el F7.

Todos quedaron encantados con ella; la muchacha era una brisa de colores en medio de los grises muebles metálicos y el blanco del papel.

El primer día no tuvo complicaciones; Florencia era rápida con sus tareas, y enseguida se quedó sin divergencias por parametrizar. Trabajaba con ganas, pues a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no veía a su cubículo como un lugar frío, sino como una tabula rasa de posibilidades ilimitadas.

Apenas pudo comenzó a acomodar su lugar de trabajo; imaginó portarretratos de sus afectos sobre el escritorio, una lámpara, un lapicero haciendo juego…, y al recorrer con la vista los paneles vacíos, los vio como potenciales collages de fotografías y poemas. Ese mismo día, a la hora del almuerzo, comenzó a dibujar un paisaje diametralmente opuesto al entorno de oficina para iniciar el montaje en un panel de su cubículo.

Al regresar continuó con la limpieza, dejando para el final el viejo archivero metálico que había junto a la puerta.

En sus cajones no halló nada fuera de lo normal, solo algunos papeles obsoletos y folios vacíos; el único problema fue que no logró abrir la gaveta inferior.

Por la tarde fue hasta el dispensador del agua y allí se cruzó con el muchacho del cubículo G1. Florencia le hizo algunas preguntas laborales, pero el joven no pudo ayudarla demasiado. Fue entonces cuando se le ocurrió preguntar por la persona que ocupaba su puesto antes que ella:

–¿Conociste a la persona que trabajaba en el cubículo F7 antes de que yo llegara?

–No –dijo el muchacho–. Cuando empecé a trabajar aquí, tu cubículo estaba vacío.

El joven hizo una pausa en la que bebió un vaso de agua entero mientras esquivaba la mirada de Florencia. Luego puso fin a la conversación sin darle la oportunidad de que le hiciera más preguntas:

–Bueno…, en cinco minutos me retiro. Te deseo mucha suerte.

Florencia tuvo la sensación de que el joven no tenía ganas de hablar del cubículo F7, pero también era cierto que estaba llegando la hora en que se terminaba su jornada laboral.


El horario de entrada y de salida de Florencia era dos horas más tarde que el resto de sus compañeros de sector; ese tiempo era para que no quedaran divergencias por parametrizar a la mañana siguiente. Por ese motivo, ella y el conserje se quedarían solos en el edificio una vez que todos los demás trabajadores se hubiesen retirado. 

Por la tarde continuó dibujando el paisaje que había empezado en su almuerzo. Al terminarlo lo colocó encima del escritorio con unas tachuelas; le quedó muy bien, ella adoraba el arte y la naturaleza.

A Florencia le llegó la hora de retirarse y apagó entonces la luz del cubículo; dejando el piso entero a oscuras. Sus pasos hacían eco en el largo pasillo hasta que un ruido metálico la hizo detenerse. Asustada, regresó a su lugar de trabajo y volvió a prender la luz, pero no encontró nada extraño. Observó a su alrededor hasta que sus ojos se posaron sobre el viejo archivero, lo sacudió un poco y sintió que el sonido era el igual al que había escuchado hacía un instante. Intentó una vez más abrir la gaveta inferior pero tampoco tuvo éxito. Se retiró entonces atravesando los fríos corredores mientras se abrazaba a su cartera.

Tras su primer día de trabajo se quedó despierta hasta tarde imaginando cómo embellecería su oficina; estaba dispuesta a convertirla en su segundo hogar. A la mañana siguiente, antes de partir, tomó un libro de arte conceptualista-romántico para leer durante esas largas horas en las que no tendría ninguna divergencia por parametrizar.

En su segundo día, Florencia había terminado las tareas mucho antes del mediodía, y en el tiempo libre leyó casi la mitad del libro que había llevado. Tuvo incluso tiempo para intentar abrir la última gaveta del viejo archivero metálico; aunque tampoco lo logró esa vez. Por la tarde fue al dispensador de agua y allí se encontró con la señora del C8:

–Discúlpeme –dijo Florencia–, ¿conoció usted a la persona que trabajaba en el cubículo F7 antes de que yo llegara?

–No –dijo la señora–, fue antes de que yo ingresara; hace más de diez años. El cubículo estuvo vacío porque antes eran los de ventas los encargados de parametrizar las divergencias.

Florencia tuvo el presentimiento de que la señora del C8 le estaba ocultando información. Un instante después la mujer se despidió:

–Ya casi es mi hora de partir. Que termines bien tu día.

Todos los de su sector se retiraron como siempre, y Florencia se quedó sola entre las sombras. Luego de terminar las tareas de la tarde, aún debía cumplir una hora de su jornada, por lo que se sentó a leer el libro de arte conceptualista-romántico que había llevado. De repente un ruido la obligó a detenerse:

–¿Quién anda ahí? –preguntó; pero no obtuvo respuestas.

Minutos más tarde los ruidos se repitieron, y al darse la vuelta vio que provenían del viejo archivero metálico. El mueble temblaba y saltaba en su sitio.

La gaveta inferior del archivero comenzó a abrirse a la vez que lo hacían los ojos de Florencia. Algo verdoso se asomó y la joven se puso de pie de un salto. Pronto comenzaron a salir unos grotescos tentáculos que emanaban un profundo hedor marino, y la muchacha se dio la vuelta y sentó en su escritorio; habría huido, pero la criatura estaba entre ella y la salida.

Con un rápido movimiento, el monstruo sujetó uno de los tobillos de Florencia. Sus grotescos tentáculos de aquel engendro eran más gruesos que las piernas de la joven.

Ella intentó soltarse, pero la fuerza hercúlea de la criatura apenas le permitía moverse:

–¡Suéltame! ¡Ayúdenme, por favor!

Ante la desesperación, Florencia le lanzó a la bestia medio sándwich que le había sobrado del almuerzo:

–¡Toma! Comételo y déjame en paz.


El monstruo desarmó el sándwich en el aire con un golpe; no era eso lo que buscaba. Tiró entonces más fuerte del tobillo de la muchacha, quien debió sujetarse del escritorio para no ser devorada.

Florencia buscó sin éxito algo para defenderse, y terminó por lanzarle el libro de arte que había llevado. La bestia abrió una enorme boca llena de colmillos amarillentos, y devoró el tomo al instante. Luego de comer, liberó a la joven y se metió de nuevo en su gaveta.

Florencia salió corriendo de allí sin intenciones de regresar.

Por la noche no pensó en otra cosa más que en la criatura del viejo archivero metálico; pero no tenía muchas opciones; necesitaba el dinero y, de haber contado lo ocurrido, nadie se lo habría creído.

Durante el poco tiempo que durmió solo tuvo pesadillas, pero al día siguiente se le ocurrió un modo de sobrellevar la convivencia con la bestia del archivero metálico:

“No comiste el sándwich pero devoraste el libro… ningún problema; si lo que quieres es papel, te llevaré papel”.

Tomó varias revistas y diarios que tenía en su casa para llevarlos al trabajo. Al ingresar pidió una resma de papel; dijo que las necesitaba para parametrizar las divergencias, pero en realidad serían el alimento del monstruo de su cubículo.

La mañana fue tranquila, como siempre. Terminó su trabajo en minutos y luego escribió para matar las horas. Escribió varios poemas y hasta una canción, luego los pinchó con unas tachuelas sobre un panel de su cubículo junto con el paisaje que había dibujado en su primer día; el cubículo se estaba convirtiendo en un sitio muy acogedor.

Por la tarde se acercó al dispensador de agua; allí estaban la señora del C8 y el muchacho del G1.

–Hola –dijo Florencia– ¿No saben nada sobre la persona que trabajaba antes en mi cubículo? Cualquier información me podría servir.

Sus dos compañeros se miraron por unos segundos hasta que la señora del C8 decidió contarle la verdad:

–Era un hombre llamado Carlos. Nadie sabe qué ocurrió con él; fue hace muchos años, y las versiones se multiplican a medida que pasa el tiempo. Muchos dicen que un día dejó de venir sin siquiera dar aviso, y hay quienes creen que se suicidó.

–El conserje me ha dicho que desapareció entre sus papeles –dijo el joven del G1–, como si un monstruo lo hubiese devorado.

–¡Ese es un viejo loco! –dijo la señora–. No le hagas caso.

Como era costumbre, llegó la hora de que todos los empleados del sector se retirasen y Florencia se quedaría sola de nuevo; no se quedó sola en realidad, sino con su singular compañero de cubículo.

Por la tarde el monstruo surgió otra vez de la gaveta, mas en esa oportunidad Florencia estaba preparada. Le lanzó la enorme resma de papel que había pedido, pero él no la devoró, sino que la desparramó de un golpe. Le lanzó entonces las revistas y diarios viejos que había llevado, pero tampoco tuvo éxito; la criatura continuaba saliendo del archivero de manera inexorable.

–¿Qué es lo que deseas? ¡Te estoy alimentando!

La bestia rugió hambrienta y sus tentáculos continuaron extendiéndose por el lugar. De repente, tres viscosas extremidades se acercaron al rostro de la aterrada joven.


Florencia se sentó en su escritorio y se apoyó contra el panel del cubículo a esperar lo inevitable, cerró los ojos y entonces los tres tentáculos se lanzaron hacia ella. Sorprendiéndola, en el instante final el monstruo no la tocó; las horrendas extremidades la esquivaron adhiriéndose a los papeles puestos con tachuelas sobre el panel. La criatura se llevó los poemas a la boca y los devoró. Mientras lo hacía, otros tres tentáculos se acercaron a Florencia, pero de nuevo fueron en busca de los papeles que tenía detrás.

La criatura se llevó a la boca el último poema, junto con la ilustración del paisaje que ella había dibujado y el papel con la canción que había escrito. Los devoró de inmediato, luego se adentró en el mueble y cerró la gaveta.


*


Los años pasaron y Florencia se acostumbró al monstruo, quien jamás perdió el apetito. Libros, ilustraciones, poemas y canciones; todas las cosas que hacían feliz a la muchacha se convirtieron en la dieta diaria de la criatura del viejo archivero metálico. Con el tiempo, la criatura acabó por devorar todos los sueños de la joven.

Esta historia sucedió hace muchos años; en la actualidad son los de ventas los que se encargan de parametrizar las divergencias, por lo que el cubículo F7 volvió a quedar vacío. Las versiones de lo que ocurrió con Florencia se multiplican a medida que pasa el tiempo. Muchos dicen que un día dejó de ir sin siquiera dar aviso, y hay quienes creen que se suicidó. El conserje insiste en que la joven desapareció entre sus papeles, como si un monstruo la hubiese devorado; pero claro…, nadie le cree a ese viejo loco.


BORIS






Pronto dejarás de temer a los payasos.



En un antiguo y olvidado teatro, se realizó hace mucho tiempo la audición más prometedora del mundo de la mímica. La prueba se ejecutó a puertas cerradas, con tan solo un juez y un artista.

La audición fue juzgada por nada menos que Boris Zhanitsyn, el mimo más famoso de ese entonces. Los años le habían borrado la sonrisa y ya le había llegado la hora de retirarse, por lo que estaba en búsqueda de un sucesor. De aprobarse el acto, el joven haría la gira que Boris no pudo terminar por recomendación del médico. El objetivo de la gira no solo sería rendir homenaje a su trayectoria, sino también lanzar a la fama a una nueva estrella.

El viejo Boris había visitado ese teatro cientos de veces, pero aquella fue la primera que no asistió vestido de mimo; esa tarde portaba una boina azul, una camisa amarilla floreada y unos pantalones celestes de gabardina.

Desde el primer instante en que el joven mimo subió al escenario, sorprendió al anciano. El traje se ajustaba a cada músculo de forma escultural, y su rostro mostraba una absoluta falta de emoción hacia todo aquello que lo rodeaba. El joven le recordó a él mismo, antes de que el paso del tiempo acabase con su tersa piel de porcelana y lo convirtiera en un arrugado vejestorio de manos temblorosas.

La rutina del joven fue impecable. Cada movimiento fue ejecutado con una elegancia que Boris jamás había visto fuera del espejo; parecía ser en verdad su sucesor. Ante cada ejecución, el anciano aplaudía con entusiasmo; lo hacía sin chocar las manos, por supuesto, no quería contaminar la audición con ruidos innecesarios. El joven tampoco podía creer lo que estaba viviendo, estaba sorprendiendo a su máximo ídolo, a aquel que lo había inspirado a dedicarse a la mímica.

Al finalizar la actuación, Boris se llevó los meñiques a la boca con un gesto de silbidos; pero, como buen mimo, no soplaba en realidad. El joven hizo una reverencia ante su modelo a seguir y, sonriente, lo saludó con un pañuelo que tenía en el bolsillo.

Mientras bajaba las escaleras, iba limpiándose el rostro para sacarse el maquillaje de mimo. El joven y el anciano se miraron el uno al otro en una escena de futuro y pasado, de vida y de muerte. La mutua contemplación duró diez minutos de absoluto silencio y sin que ninguno hiciera el menor movimiento.

El muchacho estaba esperando la materialización de los aplausos en un acuerdo oral que lo sacaría de su miseria, pero Boris lo sorprendió bajando el pulgar de su temblorosa mano y negándole la aprobación, moviendo la cabeza de un lado a otro.

El joven perdió la compostura y se acercó al anciano con intenciones de asesinarlo, pero a pesar de su avanzada edad, Boris fue más rápido.

El experimentado artista sujetó al muchacho del brazo para luego lanzarlo al suelo. El movimiento fue tan eficaz que el muchacho tembló de miedo, su rostro se había vuelto pálido, casi tanto como cuando estaba maquillado. Boris aún no estaba satisfecho, y comenzó a ahorcar al joven, clavando sus huesudos dedos hasta que su rostro volvió a mostrar una absoluta falta de emoción hacia todo aquello que lo rodeaba.

Al llegar a su hogar, el anciano se cambió la vestimenta por un traje en blanco y negro; no estaba cómodo con la camisa floreada y los pantalones celestes. Una vez vestido con el atuendo que lo había hecho famoso, Boris se dirigió a su invaluable tocador francés.

El anciano se miró en el espejo, suspirando por el fracaso de aquella audición en la que había depositado todas sus esperanzas. Una lágrima negra corrió por su mejilla, y entonces abrió uno de los tantos cajones del antiguo tocador en busca de un pañuelo. Volvió a mirar su arrugado reflejo mientras humedecía el pañuelo. Con la delicadeza que lo caracterizaba, Boris se removió el maquillaje humano hasta dejar otra vez expuesta su natural piel de mimo.


FIN







EL ARTISTA






La primera pincelada le tomó un día de preparación; quería que la obra fuese perfecta. No conforme con el trazo, destruyó el lienzo a la mitad y empezó desde el principio.

Aislado en su prisión de mediocridad y botellas vacías, insultaba a sus pinturas incompletas; pero la inspiración ignoraba sus lamentos.

Diez años después, se encontró con su sombra en un blanco desolador; tomó entonces su arma y se voló los sesos.

Jamás imaginó que su sangre sobre el paño sería la creación que lo impulsaría a la fama.





EL SECRETO DE ISABEL








Desde que era pequeña, Isabel siempre se sintió incompleta. Nunca tuvo una mejor amiga o alguien con quien compartir sus sentimientos más secretos. Ella era reservada, y lo fue más aún tras la muerte de sus padres. De todas maneras, Isabel nunca tuvo mucho que ocultar; desde niña siempre fue pura bondad, excepto en sus pesadillas.



Una vez que alcanzó la edad adulta, comenzó a tener sueños en los que se veía a sí misma cometiendo actos que jamás habría realizado en la vigilia: insultaba a quienes la miraban, golpeaba a los que le hablaban, y se comportaba de manera provocativa con desconocidos.



“Isabel… Isabel…, a mí me puedes contar tus secretos, Isabel”

Esa noche despertó con un profundo escalofrío. Aquella voz había sonado muy parecida a la suya, solo que se escuchó como un malévolo suspiro.

No fue esa la primera vez que soñaba con esa voz, pero nunca antes el mensaje había sido tan claro.

En el trabajo, la joven estuvo toda la mañana recordando aquel sueño.

–¡Isabel! –la interrumpió su jefe– ¡Aquí falta dinero!

No era cierto; juntos hicieron las cuentas de las ventas del día y los números eran los correctos.

–Sí, falta dinero –insistió su jefe–; vendiste cuatro pantalones al precio viejo, te dije que aumentaras sus precios en un diez por ciento.

No era cierto; él había olvidado darle esa orden.

–Estoy harto de perdonarte por este tipo de cosas, Isabel. Esta vez lo descontaré de tu paga.

Tampoco era cierto, él jamás le había perdonado nada.

A pesar del maltrato verbal y psicológico que le propiciaba su jefe a diario, ella lo apreciaba. Su alma pura no conocía de odios ni venganzas; la joven se sentía agradecida por su trabajo y lo hacía con gusto.

“Isabel… Isabel…, solo tienes que pedírmelo y me encargaré de él, Isabel”

Aquella noche despertó empapada en sudor. Fue al baño a refrescarse y se miró al espejo, pero entonces su reflejo le sonrió con malicia:

–Vuelve a dormir, Isabel –dijo su reflejo–. Yo me haré cargo.

Las luces parpadearon durante unos segundos mientras su reflejo mantenía la sonrisa, y entonces despertó. Se trataba de uno de esos casos en donde alguien sueña que está soñando. Estaba agitada, había sido una escena muy real.

Isabel sujetó su hombro, que le dolía intensamente. Con sus dedos sintió algo bajo su piel, pensó que se trataba de un problema muscular, nada que un buen masajista no pudiera solucionar, y pronto volvió a quedarse dormida hasta la mañana siguiente.

La joven estuvo durante horas recordando aquel sueño y el dolor en su hombro, aunque éste ya se había ido.

–¡Mira como ha quedado esta camisa! –la interrumpió una obesa cliente–. Me dijiste que no se achicaría al lavarla.

Aquello era falso, ella se lo había aclarado; sucede que la señora no era consciente de su reciente aumento de peso y había pedido un talle más pequeño que el suyo; al lavar la prenda, ésta se encogió aún más y ya no había manera de que entrara en ella.

Su jefe había salido e Isabel era la única en la tienda. Intentó calmar a la cliente, pero no logró imponerse con su delicada voz. Luego de resistir los gritos de la señora durante diez minutos, accedió a devolverle su dinero y a aceptar la camisa de vuelta.

Un rato después, su jefe regresó.

–¡Isabel! –le gritó–. Sabes muy bien que no aceptamos devoluciones una vez lavadas las prendas. Además, pudiste haberle dado crédito en la tienda en lugar de regresarle su dinero.

Completamente falso; más de una vez él le había devuelto su dinero a un cliente insatisfecho para no poner en riesgo la reputación del negocio.

–Estoy harto de perdonarte por este tipo de cosas, Isabel. Esta vez lo descontaré de tu paga.

Isabel no tenía a nadie con quien hablar de sus problemas laborales. Era soltera y no tenía amigas, y en su familia solo quedaba viva Zulema, su abuela materna.

“Isabel… Isabel…, pregúntale a tu abuela, Isabel”

Esa noche volvió a despertarse agitada; aquel sueño había sido mucho más realista que los anteriores. Se vio caminando de la mano con una joven exactamente igual a ella, con vestidos rosados cubiertos de moños; pero al mirarla vio que su compañera era pura maldad.

El domingo fue sin falta a almorzar a la casa de su abuela Zulema, debía contarle de sus sueños recurrentes y ver si efectivamente ella tendría una respuesta para darle.

–Últimamente en mis sueños aparece una mujer igual a mí, solo que llena de maldad. La otra noche me pidió que te preguntara a ti acerca del asunto; fue muy extraño.

La anciana la escuchaba mientras bebía una taza de té. Tenía ochenta años, pero conservaba la elegancia de siempre. Se tomó todo el tiempo del mundo para terminar la infusión antes de responder.

–A veces sucede que alguien escucha cierta información y luego la olvida, para luego recordarla en los sueños. Debiste haber escuchado hace mucho tiempo algo acerca de mi hermana y ahora lo estás recordando, te lo contaré nuevamente…

Isabel abrió sus cálidos ojos como si estuviese a punto de escuchar el secreto más grande de su familia; y lo era.

–Tuve una hermana gemela, fuimos siamesas.

La anciana desnudó su hombro izquierdo mostrando a su nieta una enorme cicatriz.

–Siempre me cubro, ¡oh, vanidad! Cuando eras una niña por un descuido viste mi cicatriz y me preguntaste qué me había ocurrido. Yo te mentí, te dije que me había lastimado andando en bicicleta.

Isabel observó que el lugar de la cicatriz de su abuela era exactamente el mismo en el que ella sintió ese profundo dolor, pero prefirió no decirle nada y dejar que terminara de contar la historia.

–Al separarnos, a mí me quedó esta horrible cicatriz. Hoy en día la cirugía ha evolucionado y podría corregirse, aunque de todas maneras en aquella época la ropa era mucho más discreta, por lo que me era fácil disimularla. Mi hermana no tuvo la misma suerte, ella nació con su rostro unido a mi hombro y, cuando nos separaron al nacer, le quedó el lado derecho de la cara deformado.

–¿Y ella vive aún? –preguntó Isabel.

–No, falleció poco después de nacer. Ahora ya sabes la verdad. Quizás escuchaste el rumor y es por eso que tuviste esas pesadillas como recuerdo de aquello que oíste.

Isabel sintió que había más secretos, pero no se animó a seguir preguntando.

Por la noche las pesadillas regresaron. Soñó que algo crecía junto a su cuello y, al tocarse, una mano salía de allí. La sujetó y entonces una mujer entera surgió de su hombro:

“Isabel… Isabel…, yo me haré cargo, Isabel. Tú duerme tranquila”

En el sueño se dirigía al trabajo y allí asesinaba a su jefe con una navaja. Lo hacía como suele suceder en los sueños: de un modo inevitable y sin poder controlar su propio cuerpo.

En medio de la noche despertó y el hombro le dolía otra vez. Se tocó y sintió algo, algo bajo la piel.

Aquella mañana pidió turno con el médico para hacerse revisar. Las pesadillas continuaron durante la semana y el dolor en su hombro seguía, pero el día en que fue al médico no tenía nada junto a su cuello.

–Le juro, doctor, hasta ayer estaba allí. Era algo incrustado bajo mi piel. Estoy muy asustada.

El médico sonrió amablemente:

–No tienes nada, es probable que sea todo producto del estrés. De todos modos te haré unos análisis para quedarnos tranquilos.

Los estudios no encontraron ninguna anomalía, pero Isabel no se quedó tranquila.

Por la noche los dolores regresaron junto con aquello que sobresalía en su hombro; era como si se escondiera durante el alba para aparecer al crepúsculo. Isabel pensó que lo mejor sería ahondar más en el asunto de la hermana de su abuela, por lo que volvió a visitarla ese fin de semana.

–Debes contarme la verdad, abuela; sé que hay algo más, algo que no me has dicho.

La anciana la escuchaba mientras bebía una taza de té. Se tomó todo el tiempo del mundo para terminar la infusión antes de responder.

–De acuerdo, lo haré, te contaré todo.

Isabel abrió sus cálidos ojos como si estuviese a punto de escuchar el secreto más grande de su familia; y lo era.

–Mi hermana murió, pero no hasta muchos años después de haber nacido. Fue conmigo al colegio, ¿te la imaginas junto a mí, tan glamorosa? Los niños se reían de ella…, espera, te mostraré su fotografía.

La anciana sacó de su enorme billetera una fotografía destruida por las décadas, era de color sepia, y en ella podía verse a dos niñas vestidas iguales, con vestidos claros cubiertos de moños. Una de ellas era preciosa: su abuela. La otra también lo habría sido si no fuera porque la mitad derecha su rostro estaba afectado por una enorme cicatriz. De todas maneras, la mitad izquierda no era más agradable, ya que cargaba con un odio producido por las risas de sus compañeros de escuela.

–Un día, mi hermana cobró venganza. Mató a tres de nuestros compañeros con una navaja. La internaron en el Instituto Psiquiátrico Dra. Banach. A pesar de todo, seguía siendo parte de nuestra familia, e íbamos a visitarla todos los  fines de semana. Un día nos avisaron que había fallecido por una reacción a su tratamiento con pastillas.

Isabel sintió que su abuela le había contado todo lo que sabía, pero por la noche tuvo un sueño que le indicó que la historia era aún más compleja.

“Isabel… Isabel…, no me encierres. No estoy muerta, Isabel… ¡y tampoco lo está tu tía!”

La joven despertó de un sobresalto. Esa mañana llamó a su jefe:

–Hoy no iré a trabajar, estoy enferma.

Lo dijo sin titubear y sin más explicaciones; fue como si otra persona se hubiese puesto en su lugar para realizar esa llamada. Finalmente usó su día libre para ir al Instituto Psiquiátrico Dra. Banach, en donde habían internado a su tía abuela. Quedaba a más de doscientos kilómetros de su casa y tuvo que conducir durante horas para llegar allí.

Muchas familias escondían sus vergüenzas en la época en que su abuela era joven. Cabía entonces la posibilidad de que sus padres hubiesen engañado a todos con la muerte de su hija, e incluso a su hermana también le hubieran ocultado la verdad para que de ese modo ella siguiera adelante, pretendiendo que nunca tuvo una gemela asesina. No importaba realmente si su abuela fue la que mintió o si fueron los padres de ésta, lo único que ella estaba haciendo era seguir las pistas de sus sueños recurrentes.

Rodeado de una enorme arboleda, encontró el edificio. El lugar era gigantesco y desolador, las paredes eran de un gris opaco, como si se tratara de una fortaleza en lugar de un hospital; como si lo importante allí no fuese curar a los enfermos, sino evitar que escaparan.

–Según el registro, tu tía no ha tenido visitas en más de sesenta años –dijo la enfermera–. Estará encantada de conocerte, sobre todo cuando se entere de que te llamas Isabel, al igual que ella.

La joven oyó una risa en su oído izquierdo. Al voltear la cabeza, vio que una señora reía alocadamente mientras la llevaban atada en una camilla.

–Te acompañaré –dijo la enfermera–, este no es lugar para que una bella muchacha como tú ande caminando sola.

Isabel se veía aún más pequeña e indefensa que de costumbre al caminar junto a la imponente enfermera. Así era la mayoría de los enfermeros en aquella institución, debían serlo para controlar a ciertos pacientes difíciles.

Caminaron por un corredor de más de cien metros de largo. Al llegar al final, subieron por las escaleras hasta el tercer piso, debido a que el ascensor estaba descompuesto. Su tía se encontraba en el sector de los pacientes que jamás salían del pabellón.

–Aquí es, habitación F7 –dijo la enfermera–. No te preocupes, ya no es peligrosa.

Era cierto, su tía llevaba muy mal sus ochenta años, y estaba sentada en una silla de ruedas, completamente encorvada. Cuando la joven se acercó, la anciana levantó uno de sus delgados brazos en señal de silencio:

–No son necesarias las presentaciones –dijo la anciana–; puedo reconocer a mi propia sangre.

Se dio la vuelta y la joven Isabel pudo reconocer a su abuela bajo esa piel pálida, de tono grisáceo. Por supuesto que no parecían hermanas gemelas, aquella anciana había sido muy maltratada por las fuertes medicaciones, tratamientos extremos y décadas sin luz solar. La anciana tenía el rostro arrugado y podía verse el latir de las venas de su calva, pero lo más notable en su aspecto era esa enorme cicatriz en el lado derecho de su rostro, que deformaba cada una de sus facciones. En la oscuridad de su habitación, su aspecto ya no importaba, pero aún podía sentirse el peso de una vida de odio y vergüenza.

–Soy la gemela de Zulema –dijo la anciana–, dicen que eso se salta una generación. No sé si sucederá siempre, pero me alegro de que así haya sido esta vez. No puedo explicar el dolor que me invade desde que me han separado de mi hermana, me siento incompleta sin ella a mi lado. Pero la visita de dos niñas tan bonitas como ustedes compensará muchos años de soledad.

La joven Isabel abrió por completo sus cálidos ojos y salió corriendo del lugar sin siquiera responder a su tía ni despedirse de la enfermera que esperaba en el corredor junto a la puerta.

Regresó a su casa manejando a toda velocidad, estaba cansada, pero era como en esos sueños en donde uno se ve a sí mismo y no puede controlar su propio cuerpo.

Las pesadillas de esa noche fueron más vívidas que nunca:

“Isabel… Isabel…, ponme un nombre, Isabel”

La joven despertó y corrió hasta el baño. Observó su hombro en el espejo y notó que aquello estaba más desarrollado que nunca. Se tocó con la punta de sus dedos y pudo sentirla; era su hermana gemela no desarrollada, era la persona que invadía sus pensamientos.

Isabel sujetó aquel pequeño bulto y lo separó lo más que pudo de su hombro mientras tomaba una tijera del botiquín con la otra mano. En un instante clavó la tijera y, con un agudo grito de dolor, cortó un gran trozo de piel y carne, separándose de su gemela. La sangre no paraba de brotar de su herida y pronto se desmayó.

Las luces del baño parpadearon. No se trataba de un desperfecto eléctrico, era el cerebro de Isabel el que se desconectaba y se reconectaba de manera interrumpida.

Minutos después, recuperó la consciencia. Al mirar su reflejo, ya no vio la cálida mirada de siempre; su rostro había cambiado, y ya no se sentía incompleta.



FIN






A CORAZÓN ABIERTO






Augusto se estaba marchando cuando algo golpeó su espalda, al dar la vuelta vio un rastro de sangre que terminaba en los brazos de Amanda:

–Quisiera creer que esta vez es la definitiva –dijo ella–, pero esta historia no tiene fin.

Amanda le imploraba por ese golpe final, pero Augusto seguía estirando la situación.

–Me tenés entre la pena y la gloria, Augusto. Andate de una vez y hagamos de cuenta que algún día te olvidaré.

Amanda encendió un cigarrillo mientras Augusto seguía parado en la puerta. El cigarrillo se consumió al instante y el fuego llegó hasta su interior, obligándola a quitarse toda la ropa. Desnuda, se clavó los dedos en el centro de su pecho desgarrando su piel; luego, exhalando un profundo grito de desesperación, comenzó a separarse las costillas hasta abrir por completo su caja torácica. Augusto pudo ver las vísceras de su amada, aquellas vísceras que él había dañado durante tantos años. Allí había una faringe anudada, un estómago ulcerado y hasta un hígado infectado.

–Acá tenés mi corazón, está bombeando para vos.

Él se acercó y vio que allí tenía unos diez cuchillos clavados. Augusto tomó uno de los cuchillos y se lo sacó sin saber que ya formaba parte de su cuerpo, por lo que Amanda comenzó a desangrarse frente a él.

La habitación comenzó a inundarse de fluido vital pero Augusto seguía enmudecido ante la situación. Transcurrieron varios segundos y, cuando sus zapatos se tiñeron de rojo, pronunció la frase más elocuente que se le pudo ocurrir:

–No sé qué decir… mejor hablemos en otro momento.

Amanda volvió a cerrar su pecho como lo hacía siempre y encendió otro cigarrillo.





CAZADORES DE DESTINOS



Editado con la colaboración de C. G. Demian.



Sábado 16: Fiesta de egresados


–¡Una cerveza para mí y otra para mi amigo que ayer terminó el colegio con un noventa y ocho en química! –gritó “el Gordo” Eric al empleado de la barra.

Lo decía con orgullo mientras abrazaba a su amigo Víctor, quien el miércoles había obtenido la calificación más alta en el examen de toda la región. A la mañana siguiente ya tenía ofertas de tres universidades de ciencias, para estudiar con una beca completa.

–Yo invito, Einstein –dijo Eric.

–Einstein era físico, yo obtuve noventa y ocho en química –lo corrigió Víctor.

–¿Lo ves? Eres todo un cerebro.

Eric era ignorante, pero era de lo más gracioso. Víctor se rió de su amigo y lo sujetó por el cuello, y así se fueron juntos, y se pusieron a bailar con las cervezas en la mano.

Treinta minutos más tarde ambos estaban ya borrachos.

–¿Te cuento un secreto? –dijo Víctor mientras se sostenía del hombro de su amigo–, rompí las cartas.

El joven se echó una carcajada ante la mirada incrédula de Eric.

–Las cartas de las universidades… ¡Las rompí! Quiero estudiar arte, quiero ser como Escher, o como Magritte. ¡Quiero ser un artista de vanguardia como Kravchenko!

–¿Como quién? –preguntó estupefacto.

Eric no recordaba aquellos nombres, mucho menos con la cantidad de alcohol que llevaba encima.

–Enviaré mi currículum a la universidad de arte, es ahí a dónde quiero ir –dijo Víctor.

–¿Pero estás loco? No te aceptarán. El gobierno no permite esas cosas.

Era cierto lo que Eric decía, era muy difícil que aceptasen a alguien en la universidad de arte, había solo una en toda la región.

–Obtuve ochenta y seis en mi examen de artística, fui el mejor de la clase.

–Es verdad, pero no te aceptarán solo por eso. Además, si ya te enviaron las ofertas para estudiar ciencia, deberías elegir una de esas facultades.

–No discutiré contigo, Gordo. ¿Sabes por qué? ¡Porque ahora quiero seguir bailando!

Víctor saltó al medio de la pista y empezó a moverse como un loco. En su último examen de danza y música había obtenido dieciséis puntos, pero eso a él no le importaba. Víctor comenzó a bailar del único modo en que sabía hacerlo: moviendo ambos brazos juntos, hacia un lado y hacia el otro, a la vez que realizaba un ridículo movimiento pélvico a destiempo con la música y con el resto de su cuerpo. Su amigo Eric se reía de él, pero con veintitrés puntos en el mismo examen, él no lo hacía mucho mejor.

Un remolino de colores rodeó a Víctor, varias amigas lo saludaron felicitándolo, pero él seguía perdido en la melodía y en sus sueños de artista.

Entremedio de esos rostros que se confundían y de esos movimientos a toda velocidad, hubo algo al otro lado del salón que se mantuvo estático.

Víctor no alcanzó a reconocer al sujeto que lo observaba, ya que apenas podía ver el rostro de Eric, que estaba a sólo dos metros de él. De pronto el extraño comenzó a imitarlo, moviendo los brazos juntos hacia un lado y hacia el otro, del mismo modo en que él lo hacía. Víctor entonces se detuvo y su imitador también.

–Oye, Gordo… ¿conoces a ese?

El giro de cabeza de Eric fue demasiado brusco para el estado de su estómago. Cuando notó que el Gordo comenzó a hacer arcadas, lo empujó hacia el costado y éste terminó vomitando en medio de la pista, mitad en el suelo y mitad sobre una desdichada muchacha.

La textura del vómito le recordó a los cereales que desayunaban sus padres a diario, y ese recuerdo terminó por darle más asco que el propio vómito. Luego buscó con su mirada al extraño sujeto al otro lado del salón pero no lo pudo encontrar.

A Eric lo fueron a buscar dos hombres enormes, y lo echaron del lugar. Víctor los siguió un poco rezagado, para acompañar a su amigo.

A la mañana siguiente no recordaba gran cosa de lo ocurrido. Pero sí se acordaba con claridad al misterioso sujeto que imitaba sus pasos de baile.


Domingo 17: La exposición de Kravchenko


Víctor estuvo con una fuerte resaca durante toda la mañana, pero aquello no le hizo olvidar la cita que tendría por la noche en la galería nacional de arte. Hacía meses que había adquirido su entrada para asistir a la exposición del artista más vanguardista del momento: Kravchenko.

Las obras del gran artista deleitaban a sus seguidores, de igual manera que desarbolaban las mentes simples de sus detractores. Era arte en estado puro, conceptualismo-romántico, lo llamaban los primeros, y arte-basura los segundos. Sea como fuere, Kravchenko no dejaba indiferente a nadie; era un oasis de esperanza en un mundo gobernado por la regular obediencia. Al menos así lo veía Víctor.

–¿Irás a la exposición del ruso ese? – preguntó su padre durante el desayuno.

El arte de Kravchenko reflejaban lo mismo que Víctor llevaba en su interior: una lucha constante entre sus sueños y sus obligaciones, entre una vida arriesgada y una rutina. Pero su padre no lo comprendía.

–No es ruso, es lituano –respondió Víctor.

Su padre rió mientras se servía otro plato de cereales.

–¿Lo ves? Eres todo un cerebro. No desperdicies tu vida, hijo. No pierdas el tiempo con sueños locos que no te llevarán a ningún lado, debes seguir tu destino.

“Tú sigue comiendo tus horribles cereales y déjame a mí disfrutar de la buena vida”, pensó el joven. Luego se sirvió otra porción de tocino y se dirigió a la casa de su amiga Sofía, quien iría con él a la exposición.

Sofía se hizo fanática de Kravchenko por Víctor, o más bien fingía serlo para agradarle más a su amigo.

El joven recordó las palabras de su padre mientras contemplaba una de las esculturas de Kravchenko que más le gustaban: Y nadie más. Un hombre que se hundía en arenas movedizas y era rescatado por otro exactamente igual a él. Sucede que hay momentos en la vida en donde el único que puede salvarte eres tú mismo; o al menos así es como Víctor interpretaba aquella obra.

Kravchenko mostraba un mundo en un instante y Víctor adoraba eso de él. El muchacho estaba perdido entre aquellas desgarradoras esculturas y apenas prestaba atención a Sofía, que le había acompañado y que parecía sentir cosas por él.

Otra obra que observó con fascinación fue Sueños de un hombre normal, en donde se veía un payaso arriba de una bicicleta, cayendo por un precipicio.

–Mira, Sofía –dijo Víctor–. Esta escultura retrata la idea de que para perseguir ciertos objetivos se debe dejar todo atrás; aunque también se la puede interpretar de otras maneras.

El joven continuó hablando de la obra todavía durante varios minutos. Sofía soportaba su perorata por tratarse de él, aunque hacía tiempo que había perdido el hilo de la conversación. Sofía estaba embelesada con los rizos negros de Víctor, que caían desordenados por su frente, dándole un aspecto salvaje, que correspondía en cierta forma con su personalidad inconformista. Pero de pronto algo lo interrumpió:

–¿Lo viste? –preguntó Víctor–. Ese hombre nos estaba observando y cuando me di cuenta se dio la vuelta.

El fisgón se había escondido detrás de una columna. Los dos amigos fueron a buscarlo, pero entonces comenzó a correr.

–¡Oye! ¡Tú! –gritó Víctor–. Te conozco, te vi anoche en la fiesta, dime qué es lo que quieres o déjame en paz.

El misterioso sujeto no contestó y siguió corriendo.

Víctor regresó a su casa malhumorado y, al ingresar, el teléfono sonó junto a él:

“Número privado”

–Es la quinta vez que suena y no aparece el número –dijo su madre–; además, siempre que atiendo el teléfono se corta.

–Hola –atendió Víctor.

Nadie contestó.

–¡Hola! –insistió.

Del otro lado se escuchaba una respiración cada vez más fuerte. Víctor colgó el teléfono ofuscado.

Dos minutos más tarde, el teléfono volvió a sonar.

–¡Eres tú, lo sé! –gritó– ¡Deja de perseguirme!

Fue entonces cuando del otro lado, alguien imitó su voz y tono a la perfección:

–¡Eres tú, lo sé! –gritó alguien– ¡Deja de perseguirme!

Víctor cortó la comunicación, sus ojos estaban ampliamente abiertos y su tez se puso pálida.

–¿Qué ocurre, hijo?

En ese momento vio a alguien asomado a la ventana observándolo desde el jardín. Se trataba de un hombre con una máscara de arlequín blanca, con un rombo rojo en un ojo y uno negro en el otro. El joven salió corriendo pero ya no quedaban rastros del invasor.

Volvió a meterse en la casa. Algo le había resultado familiar en aquel hombre. Tras no poco tiempo dedicado recordar la familiaridad que el intruso le había evocado en algún lugar inaccesible de memoria, dio un salto a la vez que gritaba “¡la máscara!”. Subió las escaleras corriendo en dirección al pequeño desván. Tras tropezar varias veces con los escalones, que iba saltando de tres en tres, entró en la buhardilla. Sabía dónde debía buscar, así que abrió la tapa del viejo baúl que guardaban al fondo, junto a la pequeña claraboya, que proveía a la estancia de la escasa luz que la iluminaba. Tuvo que rebuscar un poco entre los álbumes de fotografías guardadas en el cofre de madera natural, algo corroída ya por el tiempo. Pero no tardó en encontrarlo. Lo cogió y lo acercó a su rostro para observar los pequeños detalles. Estaba en lo cierto, la máscara del baúl era idéntica a la que portaba el desconocido que había visto a través de la ventana.


Lunes 18: Entrega de diplomas


El teléfono sonó toda la mañana, en ocasiones atendían e insultaban al que llamaba; otras, lo dejaban sonar. Llamaron nueve veces, pero a Víctor le pareció como si hubiesen sido cientos.

Se puso la corbata frente al espejo, pero allí solo podía ver reflejado al hombre de la máscara de arlequín.

–Víctor –dijo su madre–, no hay tocino. ¿Por qué no comes un plato de cereales?, te ayudará a sentirte y verte mejor en la ceremonia de hoy.

A Víctor le dieron más náuseas que cuando vio vomitar a Eric en la fiesta del sábado. No es que no le gustara el sabor de los cereales, jamás los había probado, tan solo ver a su padre comiéndolos cada mañana le provocaba rechazo; el mismo rechazo que tenía a una vida rutinaria, llena de obligaciones y fórmulas químicas.

Al llegar al colegio se junto con todos sus compañeros, en el acto había mil y un jóvenes vestidos de toga negra y birrete.

Llegó el turno de Eric Babbard de subir al escenario:

–¿Qué pasó con la borla de su birrete, señor Babbard? –le preguntó un profesor en las escaleras.

Eric la había perdido, no sabía ni dónde.

–Ni me había dado cuenta de que no la tenía –rió Eric.

–¡Suba de una vez! –ordenó el profesor.

Todos aplaudieron cuando Eric alzó los brazos arriba del escenario; era sin dudas el más querido por sus compañeros.

Luego le tocó el turno a Víctor. La celebración fue menor, aunque los profesores compensaron bastante aplaudiendo a quien había sido uno de sus mejores alumnos.

En medio del discurso vio a su acosador sentado entre sus compañeros. Llevaba una toga, un birrete y su sempiterna máscara de arlequín.

Víctor saltó del escenario con determinación. Corrió tras el extraño que lo espiaba desde el sábado. El misterioso enmascarado huyó. Ambos iban a la misma velocidad, podría decirse que estaban sincronizados en aquella trepidante carrera. La distancia entre los corredores permanecía constante, el más pequeño detalle podía decantar el resultado de la persecución.

El hombre de la máscara de arlequín se volvió para comprobar la distancia que le separaba de su rival y entonces tropezó; la suerte se había decantado del lado de Víctor.

Lo alcanzó y le saltó encima, usando sus rodillas para presionar sus omoplatos con fuerza. El arlequín estaba inmovilizado, y sus esfuerzos por liberarse solo le causaban dolor y aumentaron su frustración.

–¿Qué demonios quieres? ¿Por qué no me dejas en paz?

–Intentaba aprender de ti, supieron que tiraste las cartas de las universidades y que no haces más que hablar de arte. No debiste hacerlo, ahora estás sentenciado. Quién sabe lo que será de ti…

–¿Pero de qué estás hablando? ¡Vamos, di!

–Todos tienen uno, en caso de que no quieran seguir su destino. Mejor vete antes de que lleguen…

Víctor le sacó la máscara de arlequín y se echó hacia atrás liberándolo. Tras la máscara había un muchacho que era exactamente igual a él.

Verse a uno mismo llorando frente al espejo es un espectáculo desgarrador, pero no es nada comparado con lo que le sucedió a Víctor en ese momento; su doble lloraba lleno de temor por su propia vida.

–Solo seguía órdenes –continuó el doble de Víctor–, pero ahora no me importa si me matan. No quiero hacerte eso. Si tú haces lo que debes hacer y tienes una vida plena, yo estaré feliz y será como si yo viviera también. Si se enteran de que me has descubierto acabarán también conmigo. Debes irte antes de que lleguen – su voz temblorosa caló en lo más profundo del alma de Víctor.

–¿De quiénes hablas? –preguntó Víctor–, ¿del gobierno?, ¿de dónde has salido?, ¿cómo es que…

En ese preciso momento alguien llegó y le golpeó la cabeza haciendo que perdiera la conciencia.


Martes 19: La inscripción en la universidad


El teléfono sonó, pero esa vez el visor mostraba que el llamante era Eric:

–Hola, señora Adam –dijo el Gordo– ¿Se encuentra Víctor en casa?

–Buenos días, Eric. Salió esta mañana antes de que despertáramos. Dejó una nota diciendo que se iba a anotar en la universidad de ciencias.

Después de colgar el teléfono, la señora se dirigió a la mesa para desayunar con su marido.

–Me alegro de que haya tomado la decisión correcta –dijo el padre de Víctor mientras se atragantaba con un plato de cereales–. Le dije que lo mejor era que estudiara aquello para lo que realmente está dotado, en lugar de aquello que es solo una pasión.

–Sí –dijo algo afligida–, supongo que es lo mejor.

Luego advirtió que junto al suyo había otro plato.

–Querido…, ¿de qué es ese plato sucio que dejó Víctor?

–Por lo que veo, desayunó cereales –dijo el hombre.

–Pero él los odia –dijo ella sin terminar de creer lo que estaba viendo.

–La gente cambia, querida; la gente cambia...





FIN