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domingo, 25 de enero de 2015

CRIATURAS DE LA "A" A LA "Z"




Alegre y llena de sueños, Florencia se dirigió a su nuevo trabajo.

– Buenos días, mi nombre es Florencia. Soy la nueva encargada de parametrizar las divergencias; me asignaron el cubículo del fondo, el F7.

Todos quedaron encantados con ella; la muchacha era una brisa de colores en medio de los grises muebles metálicos y el blanco del papel.

Ella no veía a su cubículo como un lugar frío, sino como una tabula rasa de posibilidades ilimitadas. Imaginó una lámpara en el amplio escritorio junto con un lapicero haciendo juego, y al recorrer con la vista los paneles vacíos, los vio como potenciales collages de fotografías y poemas.

Junto a la salida del cubículo había un viejo archivero metálico. Al limpiarlo no halló nada fuera de lo normal, solo algunos clips, folios y papeles obsoletos; el único problema fue la gaveta inferior, que parecía estar trabada y no encontró forma de abrirla.

El primer día no tuvo complicaciones; Florencia era rápida con sus tareas, y enseguida se quedó sin divergencias por parametrizar. Se mantuvo entonces entretenida realizando el dibujo de un paisaje; un producto de su imaginación totalmente opuesto al entorno de oficina.

Por la tarde fue hasta el dispensador del agua y allí se cruzó con el muchacho del cubículo G1.

– Discúlpame – dijo Florencia –, ¿conociste a la persona que trabajaba en el cubículo F7 antes de que yo llegara?

– No – dijo él –, cuando empecé a trabajar aquí, tu cubículo estaba vacío.

El muchacho hizo una pausa en la que bebió un vaso de agua entero mientras esquivaba la mirada de Florencia. Luego puso fin a la conversación sin darle la oportunidad a ella para que le hiciera más preguntas:

– Bueno… en cinco minutos me retiro, te deseo mucha suerte en tu primer día.

Parecía que el joven no tenía ganas de hablar del cubículo F7, pero también era cierto que estaba llegando la hora en que se terminaba su jornada laboral.

El horario de entrada y de salida de Florencia era dos horas más tarde que el resto de sus compañeros de sector; ese tiempo era para que no quedaran divergencias por parametrizar antes de la mañana siguiente. Por ese motivo, ella y el viejo conserje se quedarían solos en el edificio una vez que todos los demás trabajadores se hubiesen retirado.

Por la tarde, luego de finalizar con su trabajo, continuó dibujando el paisaje que había empezado por la mañana. Al terminarlo lo colocó encima del escritorio con unas tachuelas; le quedó muy bien, ella adoraba el arte y la naturaleza.

A Florencia le llegó la hora de retirarse y apagó entonces la luz del cubículo; dejando el piso entero casi a oscuras. Sus pasos hacían ecos en el largo pasillo hasta un ruido metálico la hizo detenerse. Asustada, regresó a su lugar de trabajo y volvió a prender la luz, pero no encontró nada extraño. Observó a su alrededor hasta que sus ojos se posaron sobre el viejo archivero, lo sacudió un poco y sintió que el sonido era el igual al que había escuchado hacía un instante. Intentó una vez más abrir la gaveta inferior pero tampoco tuvo éxito. Se retiró entonces atravesando los fríos corredores mientras se abrazaba a su cartera.

Tras su primer día de trabajo se quedó despierta hasta tarde imaginando cómo embellecería su oficina; estaba dispuesta a convertirla en su segundo hogar. A la mañana siguiente, antes de partir, tomó un libro de arte conceptualista-romántico para leer durante esas largas horas en las que no tendría ninguna divergencia por parametrizar.

En su segundo día, Florencia había terminado las tareas mucho antes del mediodía, y en el tiempo libre leyó casi la mitad del libro que había llevado. Tuvo incluso tiempo para intentar abrir la última gaveta del viejo archivero metálico; aunque tampoco lo logró esa vez.

Por la tarde fue al dispensador de agua y allí se encontró con la señora del C8:

– Discúlpeme – dijo Florencia –, ¿conoció usted a la persona que trabajaba en el cubículo F7 antes de que yo llegara?

– No – dijo la señora –, fue antes de que yo ingresara, hace más de diez años. El cubículo estuvo vacío porque antes eran los de ventas los encargados de parametrizar las divergencias. Solo sé que antes de eso lo ocupaba un hombre llamado Sergio.

Florencia tuvo el presentimiento de que la señora del C8 sabía más acerca del asunto pero no se lo quería decir. Un instante después se despidió:

– Ya casi es mi hora de partir. Que termines bien tu día.

Todos los de su sector se retiraron como siempre y Florencia se quedó sola entre las sombras. Luego de terminar las tareas de la tarde, aún debía cumplir una hora de su jornada, por lo que se sentó a leer el libro de arte conceptualista-romántico que había llevado. De repente un ruido la obligó a detenerse:

– ¿Quién anda ahí? – preguntó; pero no obtuvo respuestas.

Minutos más tarde los ruidos se repitieron y al darse la vuelta vio que provenían del viejo archivero metálico. El mueble temblaba y saltaba en su sitio.

La gaveta inferior del archivero comenzó a abrirse a la vez que lo hacían los ojos de Florencia. Algo verdoso se asomó y la joven se puso de pie de un salto. Pronto comenzaron a salir unos grotescos tentáculos que emanaban un profundo hedor marino y la muchacha se sentó en su escritorio; habría huido, pero la criatura estaba entre ella y la salida.

Con un rápido movimiento, el monstruo sujetó uno de los tobillos de Florencia; sus grotescos tentáculos eran más gruesos que las piernas de la joven. Ella intentó soltarse pero la fuerza hercúlea de la criatura apenas le permitía moverse.

– ¡Suéltame, por favor!, ¿qué es lo que deseas?

Ante la desesperación, le lanzó a la bestia medio sándwich que le había sobrado del almuerzo:

– ¡Toma! Comételo y déjame en paz.

El monstruo desarmó el sándwich en el aire con un golpe; no era eso lo que buscaba. Tiró más fuerte del tobillo de la muchacha quien debió sujetarse del escritorio para no ser devorada. Florencia buscó sin éxito algo para defenderse, y terminó por lanzarle el libro de arte que había llevado. La bestia abrió una enorme boca llena de colmillos amarillentos y lo devoró al instante. Luego liberó a la joven y se metió de nuevo en su gaveta.

Florencia salió corriendo de allí sin intenciones de regresar.

Por la noche no pensó en otra cosa más que en la criatura del viejo archivero metálico; pero no tenía muchas opciones; necesitaba el dinero y además, de haber contado lo ocurrido, nadie se lo habría creído.

Durante el poco tiempo que durmió solo tuvo pesadillas, pero al día siguiente se le ocurrió un modo de sobrellevar la convivencia con la bestia del archivero metálico:

“No comiste el sándwich pero devoraste el libro… ningún problema; si lo que quieres es papel, te llevaré papel”.

Tomó varias revistas y diarios que tenía en su casa para llevarlos al trabajo. Al ingresar pidió una resma de papel; dijo que las necesitaba para parametrizar las divergencias, pero en realidad serían el alimento del monstruo de su cubículo.

La mañana fue tranquila, como siempre. Terminó su trabajo en pocos minutos y luego escribió para matar las horas. Escribió varios poemas y hasta una canción, luego los pinchó con unas tachuelas al panel de su cubículo junto con el paisaje que había dibujado en su primer día; el cubículo se estaba convirtiendo en un sitio muy acogedor.

Por la tarde se acercó al dispensador de agua; allí estaban la señora del C8 y el muchacho del G1.

– Hola – dijo Florencia – ¿No saben qué ocurrió con Sergio, el hombre que trabajaba en mi cubículo?

Sus dos compañeros se miraron por unos segundos hasta que la señora del C8 decidió contarle la verdad:

– Nadie sabe qué ocurrió con él; fue hace muchos años y las versiones se multiplican a medida que pasa el tiempo. Muchos dicen que un día dejó de venir sin siquiera dar aviso, y hay quienes creen que se suicidó.

– El conserje me ha dicho que desapareció entre sus papeles – dijo el joven del G1 –, como si un monstruo lo hubiese devorado.

– ¡Ese es un viejo loco! – dijo la señora – No le hagas caso.

Como era costumbre, llegó la hora de que todos los empleados del sector se retirasen y Florencia se quedó de nuevo sola; no se quedó sola en realidad, sino con su singular compañero de cubículo.

Por la tarde el monstruo surgió otra vez de la gaveta, mas en esa oportunidad Florencia estaba preparada. Le lanzó la enorme resma de papel que había pedido, pero él no la devoró, sino que la desparramó de un golpe. Le lanzó entonces las revistas y diarios viejos que había llevado, pero tampoco tuvo éxito; la criatura continuaba saliendo del archivero de manera inexorable.

– ¿Qué es lo que deseas? ¡Te estoy alimentando!

La bestia rugió hambrienta y sus tentáculos continuaron expandiéndose por el lugar. De repente, tres viscosas extremidades se acercaron al rostro de la aterrada joven.

Florencia se sentó en su escritorio y se apoyó contra el panel del cubículo a esperar lo inevitable, cerró los ojos y entonces los tres tentáculos se lanzaron hacia ella. Sorprendiéndola, en el instante final el monstruo no la tocó; las horrendas extremidades la esquivaron adhiriéndose a los papeles puestos con tachuelas en el panel. La criatura se llevó los poemas a la boca y los devoró. Mientras lo hacía, otros tres tentáculos se acercaron a Florencia, pero de nuevo fueron en busca de los papeles que estaban detrás de ella.

La criatura se llevó a la boca el último poema, la ilustración del paisaje que ella había dibujado y el papel con la canción que había escrito. Los devoró de inmediato, luego se adentró en el mueble y cerró la gaveta.

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Los años pasaron y Florencia se acostumbró al monstruo, quien jamás perdió el apetito. Libros, ilustraciones, poemas y canciones; todas las cosas que hacían feliz a la muchacha se convirtieron en la dieta diaria de la criatura del viejo archivero metálico. Con el tiempo, la criatura acabó por devorar todos los sueños de la joven.

Esta historia sucedió hace muchos años; en la actualidad son los de ventas los que se encargan de parametrizar las divergencias, por lo que el cubículo F7 volvió a quedar vacío. Las versiones de lo que ocurrió con Florencia se multiplican a medida que pasa el tiempo. Muchos dicen que un día dejó de ir sin siquiera dar aviso, y hay quienes creen que se suicidó. El conserje insiste en que la joven desapareció entre sus papeles, como si un monstruo la hubiese devorado; pero claro..., nadie le cree a ese viejo loco.



martes, 20 de enero de 2015

BORIS




Pronto dejarás de temer a los payasos.


En un antiguo y olvidado teatro, se realizó hace mucho tiempo la audición más prometedora del mundo de la mímica. La prueba se ejecutó a puertas cerradas, con tan solo un juez y un artista.

La audición fue juzgada por nada menos que Boris Zhanitsyn, el mimo más famoso de ese entonces. Los años le habían borrado la sonrisa y ya le había llegado la hora de retirarse, por lo que estaba en búsqueda de un sucesor. De aprobarse el acto, el joven haría la gira que Boris no pudo terminar por recomendación del médico. El objetivo de la gira no solo sería rendir homenaje a su trayectoria, sino también lanzar a la fama a una nueva estrella.

El viejo Boris había visitado ese teatro cientos de veces, pero aquella fue la primera que no asistió vestido de mimo; esa tarde portaba una boina azul, una camisa amarilla floreada y unos pantalones celestes de gabardina.

Desde el primer instante en que el joven mimo subió al escenario, sorprendió al anciano. El traje se ajustaba a cada músculo de forma escultural, y su rostro mostraba una absoluta falta de emoción hacia todo aquello que lo rodeaba. El joven le recordó a él mismo, antes de que el paso del tiempo acabase con su tersa piel de porcelana y lo convirtiera en un arrugado vejestorio de manos temblorosas.

La rutina del joven fue impecable. Cada movimiento fue ejecutado con una elegancia que Boris jamás había visto fuera del espejo; parecía ser en verdad su sucesor. Ante cada ejecución, el anciano aplaudía con entusiasmo; lo hacía sin chocar las manos, por supuesto, no quería contaminar la audición con ruidos innecesarios. El joven tampoco podía creer lo que estaba viviendo, estaba sorprendiendo a su máximo ídolo, a aquel que lo había inspirado a dedicarse a la mímica.

Al finalizar la actuación, Boris se llevó los meñiques a la boca con un gesto de silbidos; pero, como buen mimo, no soplaba en realidad. El joven hizo una reverencia ante su modelo a seguir y, sonriente, lo saludó con un pañuelo que tenía en el bolsillo.

Mientras bajaba las escaleras, iba limpiándose el rostro para sacarse el maquillaje de mimo. El joven y el anciano se miraron el uno al otro en una escena de futuro y pasado, de vida y de muerte. La mutua contemplación duró diez minutos de absoluto silencio y sin que ninguno hiciera el menor movimiento.

El muchacho estaba esperando la materialización de los aplausos en un acuerdo oral que lo sacaría de su miseria, pero Boris lo sorprendió bajando el pulgar de su temblorosa mano y negándole la aprobación, moviendo la cabeza de un lado a otro.

El joven perdió la compostura y se acercó al anciano con intenciones de asesinarlo, pero a pesar de su avanzada edad, Boris fue más rápido.

El experimentado artista sujetó al muchacho del brazo para luego lanzarlo al suelo. El movimiento fue tan eficaz que el muchacho tembló de miedo, su rostro se había vuelto pálido, casi tanto como cuando estaba maquillado. Boris aún no estaba satisfecho, y comenzó a ahorcar al joven, clavando sus huesudos dedos hasta que su rostro volvió a mostrar una absoluta falta de emoción hacia todo aquello que lo rodeaba.

Al llegar a su hogar, el anciano se cambió la vestimenta por un traje en blanco y negro; no estaba cómodo con la camisa floreada y los pantalones celestes. Una vez vestido con el atuendo que lo había hecho famoso, Boris se dirigió a su invaluable tocador francés.

El anciano se miró en el espejo, suspirando por el fracaso de aquella audición en la que había depositado todas sus esperanzas. Una lágrima negra corrió por su mejilla, y entonces abrió uno de los tantos cajones del antiguo tocador en busca de un pañuelo. Volvió a mirar su arrugado reflejo mientras humedecía el pañuelo. Con la delicadeza que lo caracterizaba, Boris se removió el maquillaje humano hasta dejar otra vez expuesta su natural piel de mimo.


FIN






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jueves, 15 de enero de 2015

PARA SIEMPRE




Relájate, te noto tensa.

Pensar que alguna vez me dijiste que no… Me gustó ese juego. Me gustó perseguirte como a un animal y hacerte mía para siempre.

Hoy solo deseo contemplarte; podría pasar horas frente a ti mientras mis labios, que fantasean con los tuyos, se reflejan en el vidrio de tus ojos.

¿Qué ocurre?, ¿quieres decirme algo? No hace falta, puedo oír tus pensamientos. Me tomó tiempo, pero logré aprender tus horarios y movimientos; hoy te conozco tanto como a mí mismo.

Tranquila, o también me pondré nervioso; y no queremos eso. Me inquieta pensar en la posibilidad de perderte, en no peinar tu cabello, en no volver a vestirte y desvestirte a mi gusto.

No me mires así, ya estás provocando que me den comezones en todo el cuerpo. ¿Recuerdas lo que sucedió el otro día? No quiero volver a romperte los brazos; tienes suerte de que hoy esté calmado.

Pensar que alguna vez me dijiste que no…, pero todo valió la pena, en especial las costosas clases de taxidermia.


domingo, 11 de enero de 2015

EL ARTISTA




La primera pincelada le tomó un día de preparación; quería que la obra fuese perfecta. No conforme con el trazo, destruyó el lienzo a la mitad y empezó desde el principio.

Aislado en su prisión de mediocridad y botellas vacías, insultaba a sus pinturas incompletas; pero la inspiración ignoraba sus lamentos.

Diez años después, se encontró con su sombra en un blanco desolador; tomó entonces su arma y se voló los sesos.

Jamás imaginó que su sangre sobre el paño sería la creación que lo impulsaría a la fama.


viernes, 9 de enero de 2015

EL SECRETO DE ISABEL




Desde que era pequeña, Isabel siempre se sintió incompleta. Nunca tuvo una mejor amiga, alguien con quien compartir secretos y a quien revelar sus sentimientos. Ella era reservada, y lo fue más aún tras la muerte de sus padres. De todas maneras, Isabel nunca tuvo mucho que ocultar; desde niña siempre fue pura bondad, excepto en sus pesadillas.

Una vez que alcanzó la edad adulta, comenzó a tener sueños en los que se veía a sí misma cometiendo actos que jamás habría realizado en la vigilia: insultaba a quienes la miraban, golpeaba a los que le hablaban, y se comportaba de manera provocativa con desconocidos.

“Isabel… Isabel… a mí me puedes contar tus secretos, Isabel”

Esa noche despertó con un profundo escalofrío. Aquella voz había sonado muy parecida a la suya, solo que se escuchó como un malévolo suspiro.

No fue esa la primera vez que soñaba con esa voz, pero nunca antes el mensaje había sido tan claro.

En el trabajo, la joven estuvo toda la mañana recordando aquel sueño.

– ¡Isabel! – la interrumpió su jefe – ¡Aquí falta dinero!

No era cierto; juntos hicieron las cuentas de las ventas del día y los números eran los correctos.

– Sí, falta dinero – insistió su jefe –; vendiste cuatro pantalones al precio viejo, te dije que aumentaras sus precios en un diez por ciento.

No era cierto; él se había olvidado de darle esa orden.

– Estoy harto de perdonarte por este tipo de cosas, Isabel. Esta vez lo descontaré de tu paga.

Tampoco era cierto, él jamás le había perdonado nada.

A pesar del maltrato verbal y psicológico que le propiciaba su jefe a diario, ella lo apreciaba; su alma pura no conocía de odios ni de venganzas, la joven se sentía agradecida por su trabajo y lo hacía con gusto.

“Isabel… Isabel… solo tienes que pedírmelo y yo me encargaré de él, Isabel”

Aquella noche despertó empapada en sudor. Fue al baño a refrescarse y se miró al espejo, pero entonces su reflejo le sonrió con malicia:

– Vuelve a dormir, Isabel – dijo su reflejo – yo me haré cargo.

Las luces parpadearon durante unos segundos mientras su reflejo mantenía la sonrisa, y entonces despertó. Se trataba de uno de esos casos en donde alguien sueña que está soñando. Estaba agitada, había sido una escena muy real.

Isabel sujetó su hombro, su cuello le dolía intensamente. Con sus dedos sintió algo bajo su piel, pensó que se trataba de algo muscular, nada que un buen masajista no pudiera solucionar, y pronto volvió a quedarse dormida hasta la mañana siguiente.
La joven estuvo durante horas recordando aquel sueño y el dolor en su cuello, aunque éste ya se había ido.

– ¡Mira como ha quedado esta camisa! – la interrumpió una obesa cliente – Me dijiste que no se achicaría al lavarla.

Aquello era falso, ella se lo había aclarado; sucede que la señora no era consciente de su reciente aumento de peso y se había llevado un talle más pequeño que el suyo; al lavar la prenda, ésta se encogió aún más y ya no había manera de que entrara en ella.

Su jefe había salido y ella era la única en la tienda. Intentó calmar a la cliente, pero no logró imponerse con su delicada voz. Luego de resistir los gritos de la señora durante diez minutos, accedió a devolverle su dinero y a aceptar la camisa de vuelta.

Un rato después, su jefe regresó.

– ¡Isabel! – le gritó – Sabes muy bien que no aceptamos devoluciones una vez lavadas las prendas. Además, pudiste haberle dado crédito en la tienda en lugar de regresarle su dinero.

Completamente falso; más de una vez él le había devuelto su dinero a un cliente insatisfecho para no poner en riesgo la reputación del negocio.

– Estoy harto de perdonarte por este tipo de cosas, Isabel. Esta vez lo descontaré de tu paga.

También falso; jamás le había perdonado nada.

Isabel no tenía a nadie con quien hablar de sus problemas laborales. Era soltera y no tenía amigas, y en su familia solo quedaba viva Zulema, su abuela materna.

“Isabel… Isabel… pregúntale a tu abuela, Isabel”

Esa noche despertó agitada; aquel sueño había sido mucho más realista que los anteriores. Se vio caminando de la mano con una joven exactamente igual a ella, con vestidos rosados cubiertos de moños; pero al mirarla vio que su compañera era pura maldad.

El domingo fue sin falta a almorzar a la casa de su abuela Zulema, debía contarle de sus sueños recurrentes y ver si efectivamente ella tendría una respuesta para darle.

– Últimamente en mis sueños aparece una mujer igual a mí, solo que llena de maldad. La otra noche me pidió que te preguntara a ti acerca del asunto; fue muy extraño.

La anciana la escuchaba mientras bebía una taza de té. Tenía ochenta años, pero conservaba la elegancia de siempre. Se tomó todo el tiempo del mundo para terminar la infusión antes de responder.

– A veces sucede que alguien escucha cierta información y luego la olvida, solo para luego recordarla en los sueños. Debiste haber escuchado hace mucho tiempo algo acerca de mi hermana y ahora lo estás recordando, te lo contaré nuevamente.

Isabel abrió sus cálidos ojos como si estuviese a punto de escuchar el secreto más grande de su familia; y lo era.

– Tuve una hermana gemela, fuimos siamesas.

La anciana desnudó su hombro izquierdo mostrando a su nieta una enorme cicatriz.

– Siempre me cubro, ¡oh, vanidad! Cuando eras una niña, por un descuido viste mi cicatriz, y me preguntaste qué me había ocurrido. Yo te mentí, te dije que me había lastimado andando en bicicleta.

Isabel observó que el lugar de la cicatriz de su abuela era exactamente el mismo en el que ella sintió ese profundo dolor, pero prefirió no decirle nada y dejar que terminara de contar su historia.

– Al separarnos, a mí me quedó esta horrible cicatriz. Hoy en día la cirugía ha evolucionado y podría corregirse fácilmente, aunque de todas maneras en aquella época la ropa era mucho más discreta, por lo que me era fácil disimularla. Mi hermana no tuvo la misma suerte, ella nació con su rostro unido a mi hombro y cuando nos separaron al nacer, le quedó el lado derecho de la cara completamente deformado.

– ¿Y ella vive aún? – preguntó Isabel.

– No – dijo seriamente –, falleció poco después de nacer. Ahora ya sabes la verdad. Quizás escuchaste el rumor y es por eso que tuviste esas pesadillas, como un recuerdo de aquello que oíste.

Isabel sintió que había más secretos, pero no se animó a seguir preguntando.

Por la noche las pesadillas regresaron, y fueron mucho más realistas esa vez. Soñó que algo crecía junto a su cuello y al tocarse, una mano salía de allí. La sujetó y entonces una mujer entera surgió de su hombro:

“Isabel… Isabel… yo me haré cargo, Isabel. Tú duerme tranquila”

En el sueño se dirigía al trabajo y allí asesinaba a su jefe con una navaja. Lo hacía como suele suceder en los sueños: de un modo inevitable, sin poder controlar su propio cuerpo.

En medio de la noche despertó y sintió nuevamente el dolor en su hombro. Se tocó y efectivamente tenía algo allí, algo bajo la piel.
Aquella mañana pidió turno con el médico para hacerse revisar. Las pesadillas continuaron durante la semana y el dolor en su hombro seguía allí, pero el día en que fue al médico, no tenía nada junto a su cuello.

– Le juro, doctor, hasta ayer estaba allí. Era algo incrustado en mi hombro. Estoy muy asustada.

El médico sonrió amablemente:

– No tienes nada, probablemente sea todo producto del estrés. De todos modos te haré unos análisis para quedarnos tranquilos.

Los estudios no encontraron ninguna anomalía, pero Isabel no se quedó tranquila.

Por la noche los dolores regresaron junto con aquello que sobresalía en su hombro; era como si se escondiera durante el día para aparecer cuando oscurecía. Isabel pensó que lo mejor sería ahondar más en el asunto de la hermana de su abuela, por lo que volvió a visitarla ese fin de semana.

– Debes contarme la verdad, abuela; sé que hay algo más, algo que no me has dicho.

La anciana la escuchaba mientras bebía una taza de té. Se tomó todo el tiempo del mundo para terminar la infusión antes de responder.

– De acuerdo, lo haré, te contaré todo lo que sé.

Isabel abrió sus cálidos ojos como si estuviese a punto de escuchar el secreto más grande de su familia; y lo era.

– Mi hermana murió, pero no hasta muchos años después de haber nacido. Fue conmigo al colegio, ¿te la imaginas junto a mí, tan glamorosa? Los niños se reían de ella… espera, te mostraré su fotografía.

La anciana sacó de su enorme billetera una fotografía destruida por las décadas, era de color sepia, y en ella podía verse a dos niñas vestidas exactamente iguales, con vestidos claros cubiertos de moños. Una de ellas era preciosa: su abuela. La otra también lo habría sido si no fuera porque la mitad derecha su rostro estaba afectado por una enorme cicatriz. De todas maneras, la mitad izquierda no era más agradable, ya que cargaba con un odio producido por las risas de sus compañeros de escuela.

– Un día, mi hermana cobró venganza. Mató a tres de nuestros compañeros con una navaja. La internaron en el Instituto Psiquiátrico Dra. Banach. A pesar de todo seguía siendo parte de nuestra familia, e íbamos a visitarla todas las semanas. Un día nos avisaron que había fallecido por una reacción a su tratamiento con pastillas.

Isabel sintió que su abuela le había contado todo lo que sabía, pero por la noche tuvo un sueño que le indicó que la historia era aún más compleja.

“Isabel… Isabel… no me encierres. No estoy muerta, Isabel… ¡y tampoco lo está tu tía!”

La joven se despertó de un sobresalto, como ya era de día, tomó el teléfono y llamó a su jefe.

– Hoy no iré a trabajar, estoy enferma.


Lo dijo sin titubear y sin más explicaciones; fue como si otra persona se hubiese puesto en su lugar para realizar esa llamada. Finalmente usó su día libre para ir al Instituto Psiquiátrico Dra. Banach. Quedaba a más de doscientos kilómetros de su casa y tuvo que conducir durante horas para llegar allí.

Muchas familias escondían sus vergüenzas en la época en que su abuela era joven, claramente cabía la posibilidad de que sus padres hubiesen engañado a todos con la muerte de su hija, e incluso a su hermana también le hubieran ocultado la verdad para que de ese modo ella siguiera adelante, pretendiendo que nunca tuvo una gemela asesina. No importaba realmente si su abuela fue la que mintió o si fueron los padres de ésta, lo único que ella estaba haciendo era seguir las pistas de sus sueños recurrentes.

Rodeado de una enorme arboleda, encontró el edificio. El lugar era gigantesco y desolador, las paredes eran de un gris opaco, como si se tratara de una fortaleza en lugar de un hospital; como si lo importante allí no fuese curar a los enfermos, sino evitar que se escaparan.

– Según el registro, tu tía no ha tenido visitas en más de sesenta años – dijo la enfermera –. Estará encantada de conocerte, sobre todo cuando se entere de que te llamas Isabel, al igual que ella.

La joven oyó una risa en su oído izquierdo. Al voltear la cabeza, vio que una señora reía alocadamente mientras la llevaban atada en una camilla.

– Te acompañaré – dijo la enfermera –, este no es lugar para que una bella muchacha como tú ande caminando sola.

Isabel se veía aún más pequeña e indefensa que de costumbre al caminar junto a la imponente enfermera. Así era la mayoría en aquella institución, debían serlo para controlar mejor a ciertos pacientes difíciles.

Caminaron por un corredor de más de cien metros de largo. Al llegar al final, subieron por las escaleras hasta el tercer piso, debido a que el ascensor estaba descompuesto. Su tía se encontraba en el sector de los pacientes que jamás salían del pabellón.

– Aquí es, habitación F7 – dijo la enfermera –. No te preocupes, ya no es peligrosa.

Era cierto, su tía llevaba muy mal sus ochenta años, y estaba sentada en una silla de ruedas, completamente encorvada. Cuando la joven se acercó, la anciana levantó uno de sus delgados brazos en señal de silencio:

– No son necesarias las presentaciones, puedo reconocer a mi propia sangre – dijo mientras su mano temblaba de manera incontrolable.

Se dio la vuelta y la joven Isabel pudo reconocer a su propia abuela bajo esa piel pálida, de  tono grisáceo. Por supuesto que no parecían hermanas gemelas, aquella anciana había sido muy maltratada por las fuertes medicaciones, tratamientos extremos y por décadas sin luz solar. La anciana tenía el rostro completamente arrugado y podía verse el latir de las venas de su calva, pero lo más notable en su aspecto era esa enorme cicatriz en el lado derecho de su rostro, que deformaba cada una de sus facciones. En la oscuridad de su habitación, su aspecto ya no importaba, pero aún podía sentirse el peso de una vida de odio y vergüenza.

– Soy la gemela de Zulema – dijo la anciana –, dicen que eso se salta una generación. No sé si sucederá siempre, pero me alegro de que así haya sido esta vez. No puedo explicar el dolor que me invade desde que me han separado de mi hermana, desde que me encerraron me siento incompleta sin ella a mi lado. Pero la visita de dos niñas tan bonitas como ustedes, compensará muchos años de soledad.

La joven Isabel abrió por completo sus cálidos ojos y salió corriendo del lugar sin siquiera responder a su tía ni despedirse de la enfermera que esperaba en el corredor junto a la puerta.

Regresó a su casa manejando a toda velocidad, estaba cansada, pero era como en esos sueños en donde uno se ve a sí mismo y no puede controlar su propio cuerpo.

Las pesadillas de esa noche fueron más vívidas que nunca:

“Isabel… Isabel… ponme un nombre, Isabel”

La joven despertó y corrió hasta el baño. Observó su hombro en el espejo y notó que aquello estaba más desarrollado que nunca. Se tocó con la punta de sus dedos y pudo sentirla; era su hermana gemela no desarrollada, era la persona que invadía sus pensamientos.

Isabel sujetó aquel pequeño bulto y lo separó lo más que pudo de su hombro mientras tomaba una tijera del botiquín con la otra mano. En un instante la cortó junto con un gran trozo de piel y carne, al fin estaban separadas. La sangre no paraba de brotar de su herida y pronto se desmayó.

Las luces del baño parpadearon. No se trataba de un sueño ni de un desperfecto eléctrico, sino del cerebro de Isabel que se desconectaba y se reconectaba de  manera interrumpida.

Minutos después, recuperó la consciencia. Al mirar su reflejo, ya no vio la cálida mirada de siempre; su rostro había cambiado y ya no se sentía incompleta.



FIN