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domingo, 12 de noviembre de 2017

N. N.




El bar estaba lleno. No tan lleno como en sus inicios, cuando el Blues vivía sus años de gloria, pero aun así era una buena noche. La banda que tocaría aquella vez era nada menos que Los Calamares, y tenían muchos seguidores.

Un hombre joven se acercó a la barra y apoyó toda su tristeza sobre ella:

– Un whisky F&7, por favor.

El cantinero estaba limpiando las copas y, con un gesto de empatía que aprendió luego de décadas sirviendo bebidas y oídos, inició una conversación:

– Tenemos etiqueta negra. Te ayudará a sentirte mejor, sea lo que sea que te ande preocupando.

– Estoy atravesando un mal momento en mi vida; problemas con el trabajo, con mi novia, y ni siquiera tuve suerte con la banda de esta noche.

El anciano puso un vaso con hielo sobre la barra y lo llenó con whisky:

– ¿A qué te refieres con la banda?, ¿no te gustan Los Calamares?

– Los oí una vez hace unos años y no me parecieron nada buenos. Alguien me dijo que hoy tocarían Los Empedernidos, es una de mis bandas de Blues favoritas, pero creo que me equivoqué de día.

– Los Calamares no tienen la fama ni la experiencia de Los Empedernidos, pero son muy talentosos. Al principio tuvieron mucho éxito, pero luego el baterista original dejó la banda y no volvieron a ser como antes. En estos últimos tiempos han vuelto a ser un grupo excelente, en especial desde que se unió el famoso saxofonista de Camerún: Nakini Nusampa.

– No lo conozco – dijo el cliente, y luego bebió un sorbo de alcohol.

La bebida ingresó por su garganta y tuvo la sensación de que él mismo era quien ingresaba por su garganta viajando a través de su propio cuerpo, convertido en un fuego que atraviesa una cañería revestida de un material no inflamable, como si el mismo whisky laminara las paredes de su faringe para así evitar quemarlo.

– ¿No has oído hablar de Nakini Nusampa?, ¿de verdad?, ¿“El gran N.N.”? Es uno de los mejores saxofonistas del mundo.

El cliente negó con la cabeza.

– Supongo que conoces a Ben Sincire – continuó el cantinero.

– El saxofonista rubio…, sí; ese que tenía enamoradas a todas las mujeres.

– Sí, a ese me refiero. Pues N.N. es el verdadero Sincire.

– ¿A qué se refiere?

El cantinero sonrió.

– Te contaré la historia de N.N., y si llamo tu atención, te quedarás a escuchar a Los Calamares y me dejarás una buena propina.

El cliente tomó otro trago de whisky y aceptó la propuesta:

– De acuerdo – dijo –, es un trato.

El anciano apoyó el brazo en la barra y comenzó a contar la historia…


Hace mucho tiempo, cuando yo aún era joven, a pocas calles de este sitio estaba ubicada la hoy desaparecida compañía disquera “Superstyle Records”. Muchos de las bandas que tocaban aquí, hartos de contar monedas, se acercaban a probar suerte cada vez que había audiciones.

La disquera estaba buscando una nueva estrella, e hicieron una audición a la que asistieron doce muchachos blancos y Nakini Nusampa.

Todos hicieron silencio cuando lo vieron ingresar con su viejo estuche, vestido con prendas que no eran más que harapos a los ojos de los demás jóvenes.

Uno a uno fueron subiendo al escenario, cada uno con su instrumento musical, mientras los ejecutivos evaluaban cada detalle, imaginando si tenían o no potencial para salir en las tapas de las revistas.

Ninguno era un buen artista, y los directores de la empresa se la pasaron echándose miradas de disconformidad ante cada prueba. Los once primeros pasaron y al final recibieron la idéntica respuesta de que los volverían a llamar, pero con un tono tan frío que evidenciaba la falsedad de aquella promesa.

Solo quedaban dos músicos por oírse: Ben Sincire y nuestro hermano N.N.

Ben tomó su saxofón y lo tocó del mejor modo que pudo, con el carisma que siempre lo caracterizó. Tenía una mirada compradora, de esa que tienen los artistas experimentados que ya no temen al escenario, y sus cabellos dorados disimulaban su falta de ritmo y los sonidos desafinados que chillaba su instrumento.

Los hombres de traje se miraban queriendo formular alguna idea, pero aún no se les ocurría un modo de solucionar la falta de talento del apuesto Ben.

Llegó entonces el turno de Nakini, y éste sacó su saxo con total humildad, sabiendo que estaba fuera de lugar ante tanto muchacho rico.

Enseguida puso fin a una guerra de razas y clases sociales; sus notas eran perfectas. Movía las manos a una velocidad que solo aquellos que llevan el Blues en la sangre pueden alcanzar, y sus mejillas se inflaban para estallar en unas notas que llenaban el auditorio. Toco Sweet Sixteen, lo hizo de manera impecable, pero además le puso arreglos propios a la canción; ráfagas de notas que llenaban cada hueco haciendo que los oyentes se movieran en sus asientos hipnotizados por la melodía.

Nakini agradeció la oportunidad y bajó las escaleras, y desde allí, un asistente lo dirigió hasta una pequeña habitación.

Encontró a Ben en una silla, y a pesar del contraste entre sus tonos de piel, sus miradas ansiosas parecían hermanas, y las manos les temblaban a unísono por los nervios.

Minutos más tarde hicieron pasar a Nakini para hacerle una propuesta:

– Nakini, tienes talento y llevas la música en las venas – dijo el presidente de Superstyle Records –. ¿Te gustaría grabar unos discos?

El joven firmó sin dudarlo. En unos meses grabó cientos de canciones por una paga baja, pero que al menos le permitía vivir sin carencias.

Luego de un tiempo comenzaron a oirse sus notas por la radio, pero nadie mencionaba que era él quien tocaba el saxo; el músico aclamado era Ben Sincire, a quien le habían ofrecido un contrato por mucho más dinero y en donde decía que él haría creer a todos que era quien tocaba esas melodías con su saxo.

Ben se convirtió en una estrella y se mantuvo en la cima durante más de diez años, mientras que el contrato de N.N. terminó, quedando sin un centavo, ahogado bajo las sombras que proyectaban las placas de las cantidades de copias vendidas.


– ¡Cuánta injusticia! – dijo el cliente –. Y lo peor es que he oído varios casos similares. Te has ganado la propina. Por supuesto que me quedaré a escuchar a N.N. y a Los Calamares; quiero verificar que es quien en realidad tocó los temas que se adjudicaban a Ben Sincire. Me alegra además que Superstyle Records haya cerrado, aunque seguramente los empresarios deben haber abierto otras disqueras similares o peores.

– Espera – dijo el cantinero –; aún no he terminado.

El cliente abrió los ojos, deseoso de escuchar el resto de la historia…


Nakini Nusampa no volvió a grabar ninguna canción para una empresa, pero continuó tocando en su casa muchísimas horas al día para luego salir por la noche a recorrer las calles del Bronx en busca de limosnas.

Algunos se acercaron a él para pedirle que tocara en algún bar, e incluso Skinny, el guitarrista de Los Empedernidos, lo oyó tocar en el tren y le ofreció que se uniera una noche a su banda, pero N.N. rechazó la oferta. Había decidido apartarse hasta convertirse en el mejor, y solo pensaba en alcanzar un estilo único antes de regresar al escenario.

Y así fue, logró entonces unos sonidos que jamás habrían sido tocados por otro saxofonista.

La compañía Superstyle Records continuaba en la búsqueda de nueva estrella para alimentarse de su sangre, drenarla gota a gota hasta que no le quede nada, y Nakini decidió asistir a otra audición.

Había pasado mucho tiempo, y los dueños de la empresa no lo reconocieron. Además, se puso un sombrero fedora para cubrirse el rostro y mantener su anonimato.

Comenzó a tocar y otra vez eligió la canción Sweet Sixteen. Lo hizo mejor que en la primera audición en la disquera; más perfecto aún, si me permites la expresión.

Los hombres de traje comenzaron a mirarse entre sí, con la sensación de estar en medio de un déjà vu. Pero en ese momento lo olvidaron cuando Nakini alcanzó una nota altísima, que culminó con el estallido de un reflector.

Quedaron todos sorprendidos, pero a nadie se le ocurrió asociar el sonido del saxo con aquel incidente, considerándolo una casualidad, y N.N. continuó tocando.

Segundos después llenó sus mejillas de aire y produjo una escala que, en su cúspide, rompió los vidrios de los cuadros conmemorativos de las bandas más famosas que habían sido descubiertas por la compañía.

Aquello era más que una coincidencia, y los empresarios aplaudieron al músico, sabiendo en el fondo que, por su estilo y raza, aquello sería todo lo que se llevaría de sus manos.

El camerunés separó el saxo de sus labios, giro la cabeza de un lado al otro haciendo tronar los huesos de su cuello, y luego tomó aire hasta llenarse los pulmones.

Todos los observaron, ansiosos por lo que parecía ser un final inolvidable.

Sweet Sixteen sonó mejor que nunca, y al final el músico apuntó con su instrumento al cielo para tocar una última nota; la última nota que se escucharía en aquel auditorio.

Silencio. Silencio absoluto. Un silencio que se apoderó de los corazones de los dueños de la compañía disquera provocándoles un vacío en sus pechos.

N.N. guardó con suma paciencia el saxo en su viejo estuche y caminó hacia las escaleras del escenario. Antes de bajar se dirigió a los empresarios para manifestar sus emociones. Habló varios minutos, pero a los ojos de los hombres de traje el músico no hacía otra cosa más que mover los labios sin emitir sonido alguno. Sintieron entonces un escalofrío, como aquel que siente una persona a la que le vierten líquido en el cuello.

La sensación no era vana, pues sus oídos estaban supurando, y unas perversas líneas de sangre les caía para perderse bajo los cuellos de sus camisas. Nakini no solo había hecho estallar el reflector y los vidrios de los cuadros, también logró destruir para siempre los tímpanos de los dirigentes de Superstyle Records.


El cliente quedó boquiabierto ante el final de la historia. Estuvo a punto de decir algo, pero en ese momento todos miraron hacia la puerta de entrada; Los Calamares habían llegado.

El último músico en ingresar al bar fue Nakini. Traía consigo el viejo estuche de su saxo y vestía prendas que no eran más que harapos a los ojos de la mayoría de los clientes.

La banda subió al escenario y comenzaron a tocar Sweet Sixteen. La gente los ovacionó, en especial cuando Nakini inició su solo de saxofón. Tocó de manera impecable, poniéndole arreglos propios a la canción; ráfagas de notas que llenaban cada hueco haciendo que los oyentes se movieran en sus asientos hipnotizados por la melodía.

En cliente no tuvo dudas de que aquel era el mismo músico que había tocado las canciones que aún se escuchaban por la radio, pero que siempre habían sido adjudicadas a alguien más.

– Espero que no planee hacernos lo que les hizo a los empresarios de Superstyle Records – dijo el cliente.

El cantinero sonrió:

– Disfruta de la música tranquilo, amigo. La que te conté no es más que una de las tantas historias que he oído en este sitio. Una leyenda quizás; una leyenda del Blues.

El hombre de la barra puso entonces otro vaso con hielo, y lo llenó con whisky F&7, de etiqueta negra.




FIN



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12 comentarios:

  1. Una estupenda leyenda sobre el blues. Tal vez N.N. también haya visitado aquel cruce de caminos en Missisipi antes de unirse a Los Calamares.
    La venganza de N.N. me ha parecido estupenda, les hizo morder el polvo con el mismo instrumento con el que habían abusado de él.

    Saludos estridentes!

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    1. Muchas gracias por el comentario, César!
      Si bien no menciono nada acerca de cómo pudo N.N. haber logrado tal virtuosismo, también pensé en aquella posibilidad.

      Abrazo de calamar!

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  2. Me encantó, una historia maravillosa, (me faltó el whisky, pero con un café, también disfruté leerlo)

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    1. Me alegra que te haya gustado la historia, Raquelita.
      Sí, con un café también se la puede disfrutar. De hecho es lo que suelo tomar mientras escribo.
      Saludos!

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  3. Que genio el cantinero!, quise recordar su historia anterior "Leyendas del blues", y volvió a encantarme. Felicito al cantinero por su estilo, perdón, felicito al escritor por lograr esto tan especial!

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    1. Ese cantinero conoce un montón de leyendas. O tal vez las inventa, la verdad no lo sé; yo solo lo inventé a él y él me cuenta sus historias.

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  4. Hola Federico:

    Un relato lleno de música y venganza, creo que son dos temas que siempre van de la mano, N.N. Logró hacer lo que a muchos nos gustaría pero nuestra naturaleza no nos lo permite, pues a veces es complicado lastimar a otras personas, pero creo que todos al igual que N.N. si tuviéramos oportunidad de vengarnos de algo que no haya hecho alguien lo haríamos, aunque dudo que realmente haya satisfacción al lastimar a un semejante, independientemente del mal que haya hecho.

    Sin embargo parece que a N.N. si le ayudó mucho y pudo unirse a una banda para que las personas puedan escuchar su excelente música, aunque esperando como dijo el cliente, no se le ocurra intentar dañar a los espectadores. ;-), así que mejor iré al bar de enfrente.
    ¡saludos!

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    1. No creo que N.N. vuelva a hacer lo que les hizo a los empresarios de la disquera. Es más, creo que no es más que una leyenda.
      Me quedaré en el bar a escucharlo. Aunque si veo que un reflector estalla en medio de uno de sus solos de saxofón, iré corriendo al bar de enfrente yo también.

      Muchas gracias por el comentario, Tere!
      Saludos.

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  5. Me ha atrapado la historia, igual que al cliente.
    También me has hecho recordar la analogía de este mundillo musical con otros del mundo artístico, como el literario, por poner un ejemplo. Mundos donde la calidad es lo de menos, porque ante todo se impone el egoismo y la codicia, de ahí que aquella canción de Golpes Bajos: "Malos tiempos para la lírica", también tenga bastante sentido en el trasfondo de este relato.

    Impecable la construcción de la trama y un tema de actualidad que jamás pasará de moda, por desgracia, naturalmente.

    Un abrazote amigo Fede.

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    1. Me alegro de haberte atrapado con la historia, Estrella. Tal vez termines asistiendo al bar una noche.

      Muchísimas gracias por el comentario, amiga. Muy bellas palabras.

      Así es, el egoísmo, la codicia y la discriminación, por desgracia, siguen de moda.

      ¡Un fuerte abrazo!

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  6. Federico me ha gustado esta nueva leyenda del blues, el cantinero sigue siendo tan entretenido como antes y el whisky F&7 el favorito del bar.

    Por cierto me ha encantado esa figura literaria que usas para describir el primer trago que bebe el joven, "la bebida ingresó por su garganta y tuvo la sensación de que él mismo era quien ingresaba por su garganta viajando a través de su propio cuerpo", te ha quedado genial.

    Siempre digo que los talentos son para desarrollarlos y ponerlos al servicio de los demás, me parece que N N lo consiguió, y supongo que los empresarios que lo forzaron a superarse, tocando su nota mas alta, simplemente sembraron y recogieron luego su cosecha, o sea su merecido. N N tan solo les demostró que era único.
    La escena de la sordera de estos, viendo el movimiento de sus labios y la sangre chorreando sus camisas, te quedo bien lograda, se percibe genial amigo. Y las repeticiones de frases determinantes, que a veces sueles usar, le dan un tono austero e intrigante al relato.

    Federico, me senté en el bar, tomé un par de tragos de tu whisky F&7 y noté que el joven de la barra al tomarse el whisky F&7 etiqueta negra, envejeció de pronto y se puso unos lentes oscuros de vidrio redondo..., así que como comprenderás abandoné el bar de prisa y a lo lejos seguía escuchando mi instrumento favorito el saxofón.

    Mis saludos van para el cantinero y un abrazo para ti.

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    1. La descripción del primer trago que bebe el joven fue basado en algo que sentí hace poco con una bebida de muy buena calidad que tomé, y el whisky F&7 de etiqueta negra debe ser aún mejor del que yo tomé esa vez.

      Me había quedado pensando en si el joven tendrá alguna relación con el anciano de los lentes oscuros, será mejor que también me mantenga alejado de él entonces.

      Creo que si nos sentamos en una mesa del bar, pedimos una botella de ese whisky que recomienda el cantinero y no molestamos a nadie, podríamos disfrutar de la buena música que Los Empedernidos, Los Calamares y Koby tienen para ofrecernos.

      Muchas gracias por pasarte por mi bar y dejar tu comentario, Harolina.

      Abrazo, amiga!

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