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viernes, 16 de mayo de 2014

LA GRULLA DE PAPEL




I

Una grulla. Una grulla de papel. Una estúpida grulla de papel. Año y medio en la cuna del origami y esa fue la mejor escultura que me pudiste dar. Primera clase de papiroflexia básica, video de cinco minutos en internet, ejercicio manual para gente que no controla su angustia y su ansiedad.

Siempre admiré mucho a mi hermano, un hombre seguro de sí mismo, exitoso en su trabajo y con las mujeres, una persona elegante y respetada, todo lo que yo no soy. Siendo joven consiguió un trabajo importante en una empresa multinacional y al poco tiempo estaba viajando alrededor del mundo, hasta que un día lo enviaron al extremo diametralmente opuesto del globo en forma definitiva.

De ninguna manera habría sido capaz de decirle que no me gustaba la grulla que me regaló la primera vez que volvió de Japón, la había hecho él y eso bastaba para que se destaque de cualquier otra, y por mucho que me disgustara y por desubicada que se viera, iba a encontrarle un sitio especial en mi hogar.

Para mí representaba algo simple pero profundo, algo gratuito pero invaluable, se trataba de aprender a gozar de las cosas sencillas en los pocos días que estuviésemos juntos mi hermano y yo cada vez que él viniera de visita.

Hallé un lugar para la grulla en mi biblioteca, una de las cinco que poseo. Todas ellas son antiguas y muy extensas, necesarias para almacenar los más de tres mil libros que heredé de mis padres, colección que fui además aumentando con el tiempo. Cada vez que ingresaba en aquella habitación, rodeada de adornos antiguos, valiosas estatuillas, y delicados bustos, mis ojos no podían ver más que a la grulla y el ridículo contraste del papel de revista con el ébano, el bronce y el mármol.

No era cierto que no me gustara, sí me gustaba, y mucho, pero de un modo extraño. No podía mirarla fijamente por mucho tiempo sin imaginar cosas.

Un día accidentalmente se me cayó, la recogí rápidamente y la ubiqué de nuevo en su sitio. Por alguna razón le pedí disculpas por haberla tirado al suelo. No lo dije de la forma en que cualquiera lo hace, como cuando ordinariamente dotamos a un objeto inanimado de cierto antropomorfismo; lo dije de manera totalmente involuntaria, como si en verdad me dirigiera a una persona. Segundos después miré a mi alrededor y sonreí.


II

Un accidente. Un accidente automovilístico. Un estúpido accidente automovilístico. Fue un 15 de abril y solo faltaban días para que alcanzara la mayoría de edad cuando ustedes se fueron sin despedirse.

Mi hermano y yo nos quedamos solos en el departamento de nuestros padres. Mantuve la vivienda casi intacta durante el tiempo que viví solo, salvo por los cambios que realicé luego de que mi hermano me regalase la grulla.

Comencé a interesarme más en ella a medida que pasaba el tiempo. Leí sobre su significado, sobre la paz, la salud, y hasta conocí la historia de Sadako Sasaki. Leí también que para muchos la grulla representa la fidelidad y la felicidad.

Un día sentí que el lugar en que había ubicado a la figura de papel originalmente no era el ideal para ella, no podía apreciarla plenamente allí donde se encontraba, pero me pareció que no sería correcto moverla, como si un poder invisible la sostuviera en su sitio. Preferí entonces reacomodar el resto del ambiente a su alrededor. Moví libros, adornos, sillas, mesas auxiliares, todo en función de la grulla; ella era ahora el foco de atención del salón.

A pesar de los cambios, la grulla se veía insatisfecha. Su ataráxico rostro sin ojos parecía mirarme fijamente, estaba harta de escucharme hablar del día del accidente y de mis tantas penas.

– ¿Qué ocurre? ¿En qué estás pensando? Está bien, lo admito, tal vez no puse en orden mi vida desde aquel día. Tal vez me he vuelto una persona introvertida y pongo al accidente como excusa por mis fracasos cuando en realidad yo soy el único culpable. Al menos soy consciente de ello, lo cual es bueno. Quien conoce sus defectos es menos defectuoso, porque al menos sabe en qué debe mejorar; quien no ve sus propias imperfecciones piensa que no hay nada que corregir y seguirá viviendo su vida de la misma manera por siempre. Mis problemas son circunstanciales, cosas que podré ir solucionando llegado el momento.

La grulla parecía mofarse de mis pensamientos.

– ¿Vos también me ves así, como un fracasado? ¿Eso es todo lo que soy acaso? – le pregunté –, ¿un eremita introvertido viviendo en el pasado?, ¿un infeliz que le echa la culpa a todo el mundo menos a él mismo por aquello en lo que se ha convertido?

No hizo falta que me respondiera en voz alta, su rostro de piedra expresaba claramente un “Sí”.

Harto de su actitud la tomé de sus alas y abrí un cajón del escritorio de mi padre. Tijera corta papel, principio indiscutible de un juego de niños.

Estaba dispuesto a realizar una modificación prohibida del origami y destruir para siempre su frío e inexorable rostro. Pero ella me miraba indiferente, parecía saber que carecía del valor para exterminarla, era innegable que iba a fracasar en mis intentos.

– No tenés poder sobre mí – le dije –, si alguna vez lo tuviste fue porque yo te lo di y de la misma manera puedo quitártelo.

Abrí la tijera, la acerqué a ella y la cerré.

Un rastro de sangre conducía directamente desde el lugar del hecho hasta el baño, en donde me encontraba con la mano bajo la canilla, viendo la espiral de agua que poco a poco iba dejando de ser de un rojo intenso para volverse nuevamente incolora. No sé si al momento de cortarla moví la tijera o si moví la otra mano, pero de alguna manera la grulla provocó que me hiciera grandes cortes que abarcaban la palma de mi mano izquierda, el pulgar y el dedo índice.

Fui en busca de una venda y algo para limpiar mis heridas. Había perdido mucha sangre, el aspecto de mi mano era espantoso y el dolor insoportable, trozos de piel desprendidos bajo los cuales la sangre volvía a brotar. La presión me bajó y tiré todo lo que estaba en el botiquín al suelo.

Mis gritos se habían escuchado en todo el piso del edificio y era de esperar que alguien tocara a la puerta; vi por la mirilla, era mi nueva vecina.

No era precisamente el mejor momento para conocerla. La había visto mudarse hacía unos pocos días pero no cruzamos más que una mirada, o tal vez solo yo la vi a ella.

– Soy Clara, su nueva vecina – dijo la muchacha desde el otro lado de la puerta –. ¿Pasó algo?, ¿está usted bien?




III
           
Una muchacha. Una hermosa muchacha. Una estúpida y hermosa muchacha. La primera vez que te vi presentí que jamás seríamos más que amigos. ¿Con qué objeto te mudaste junto a mí?, ¿para que un día te confiese lo que siento y me arranques el alma y así puedas dirigirme con ella mientras la sostienes en tus delicadas manos? Un monstruo social como yo no podría pretender más que tu amistad, si es que aquello no era ya pedir demasiado.

Un monstruo para la sociedad, eso soy. Yo no soy como aquellos que forma parte de una familia tipo: Padre, madre e hijos; personas que viven juntos en un hogar dulce hogar en el cual celebran las fiestas sentados alrededor de una gran mesa. Las hay rectangulares, para marcar quiénes son los jefes de una familia conservadora, tradicional, y las hay redondas, para familias más democráticas. Mi mesa es cuadrada y pequeña, vendí la mesa familiar de mis padres, no la necesitaba, verla me hacía sentir aún más solo y desdichado. Junto a mi mesa solo tengo una silla; una es suficiente.

Yo soy como todos aquellos que no son miembros de una de esas glamorosas familias; como todo aquel personaje que jamás podría aparecer en una publicidad de mayonesa. Soy uno de los otros, del complemento, soy uno de aquellos que no-somos, ellos me señalan con el dedo, pero cuando volteo veo que todos continúan con sus malditos asuntos, esperando a que deje de mirar para seguir riendo a mis espaldas.

Homosexuales, solterones, prostitutas, transformistas…, nuestro estilo de vida alternativo es juzgado como anormal, abominable y obsceno. Nos ponen en la misma bolsa que a los criminales más sádicos, más allá de que lo que hagamos sea o no ilegal, más allá de que les causemos o no daños a los demás.

La verdad es que ellos nos necesitan, para compararse con nuestra infamia y así poder reconocer lo perfectos y felices que son.

La grulla sabía todo esto y mucho más, lo sabía todo. Ella conocía todos mis secretos, aunque solo me observaba en silencio. Sus expresivos ojos eran un símbolo de la manera en que mi persona era criticada y discriminada día a día. Pero a ella no le interesaba lo que pudiera decir de la gente, solo juzgaba al monstruo en el que me convertí.

 ¿Qué ocurre? ¿Qué estás diciendo? ¡Está bien!, ¡lo admito!, tal vez me autodiscrimine, pero no soy el único que piensa así. Ellos también marcan la diferencia, ellos, el común de la gente, aquellos que temen que mis costumbres pongan en riesgo sus perfectas vidas. Temen que contamine a sus niños, temen que les robe un poco de su felicidad, tan inalcanzable para mí. Por eso prefieren condenarme, dejando a mi disposición un solo accionar posible: Cerrar la puerta del closet conmigo adentro y autoflagelarme hasta convertirme en una sombra. Ellos solo pueden ver en mí un ser sin alma, un alma perdida, una pérdida del ser.

La grulla se mofaba de mis pensamientos.

– ¿Vos también me ves así, como un monstruo social? ¿Eso es todo lo que soy acaso? – le pregunté –, ¿un animal despreciable?, ¿un deshonroso error indigno de considerarse miembro del género humano?

Me di vuelta y justo cuando estaba por salir de la habitación la escuché responder, en tono grave y ronco, un casi imperceptible “Sí”.

Harto de su actitud la tomé de sus emplumadas alas y prendí la hornalla. Fuego quema papel, reacción química básica.

Estaba dispuesto a realizar una modificación irreversible en su estructura molecular y destruir para siempre su sádico y enérgico rostro. Pero ella me miraba impasible, sabía que carecía del valor para exterminarla, era innegable que volvería a fracasar en mis intentos.

– ¡No tenés poder sobre mí! – le grité – ¡si alguna vez lo tuviste fue porque yo te lo di y de la misma manera puedo quitártelo!

Puse el fuego al máximo, la sujeté firmemente y la acerqué a él.

Un olor a carne chamuscada conducía directamente desde el lugar del hecho hasta el baño, en donde me encontraba con la mano bajo la canilla, viendo la espiral de agua que poco a poco iba llevando pequeños trozos de piel que se desprendían de mis dedos en carne viva. No sé si al momento de quemarla moví la otra mano o si fue la grulla quien provocó que mi mano derecha permaneciera varios segundos sobre el fuego.

Fui en busca de una venda y algo para curar mis heridas. Había quemado gran parte de la piel de mis dedos, el aspecto de mi mano era espantoso y el dolor insoportable, mis heridas daban la sensación de que si hacía presión sobre ellas fácilmente se desprenderían trozos de piel. Me descompensé y tiré todo lo que estaba en el botiquín al suelo.

Mis gritos se habían escuchado en todo el edificio y era de esperar que alguien tocara a la puerta; vi por la mirilla, era mi vecina Clara.

No era ese precisamente el mejor momento para tener otro encuentro con ella. Habíamos tenido una larga charla la vez que tuve el “accidente” con la tijera y hubiera preferido que no viniera a mi casa otra vez en un momento tan bochornoso. Pasamos un rato agradable ese día, o tal vez yo fui el único que disfrutó el encuentro.

– Soy Clara – dijo mi bella vecina desde el otro lado de la puerta – ¿Pasó algo? ¿Estás bien?


IV

Ocurrió un 15 de abril a la noche, yo no estaba bien y la profusa lluvia parecía un óleo del modo en el que me sentía por dentro. Vos lo sabías y te aprovechabas de ello. No parabas de hablarme, no parabas de mirarme fijamente con tus grandes ojos penetrantes. “¡Inútil!”, “¡Enfermo!”, “¡Maricón!”. Te sujeté del pescuezo, te ahorqué, “¿por qué simplemente no te morís?”, pero solo me devolvías una de tus sonrisas diabólicas, las cuales llevo tatuadas en mis pupilas.

Un corte de luz me dejó sin aliento; se trataba de un apagón total en el barrio. Llamé por teléfono a la compañía y di mis datos. Me preguntaron si había alguna persona mayor en el hogar, alguna persona menor de cinco años, alguna persona discapacitada y otras preguntas a las que respondí negativamente. Al parecer mis problemas no calificaban como una emergencia, ya que no cuido de mis padres porque están muertos y soy un monstruo social sin hijos; soy, en definitiva, un extraño que vive solo, ¿acaso debo pedir perdón por eso y perecer en la oscuridad?

La grulla me miraba con la misma risa sardónica de siempre. Los relámpagos iluminaban su perfil, su mortal pico parecía un clavo de nueve pulgadas, uno que condenaba mis pecados y me convertía en una efigie para ser maltratada, para ser humillada.

El maldito pájaro soltó una risotada.

¿Acaso mi vida era una comedia? Si fuese una película, ¿cómo la clasificaría? Si fuese un cuento, ¿en qué momento de él me encontraría? Si fuese una canción, ¿a qué género pertenecería?, ¿cuál sería el estribillo?, ¿qué diría la estrofa?

No podía permitir que la grulla se convirtiera en el personaje principal de mi película, yo debía retomar el protagonismo de mi cuento, el estribillo de mi canción debía repetir mi nombre.

Decidí ponerle fin a las apariciones del abominable personaje secundario haciendo aquello para lo que antes no tuve el valor suficiente. Esa vez sería definitiva, este sería el fin de la era del doblegamiento y la vejación, ya no sería más el irrelevante y frágil hombre de papel que ella armaría y desarmaría a gusto.

La grulla reía fuera de sí.

Por un instante rompí el hechizo que me aprisionaba y la saqué a la vereda para lanzarla lejos y así perderla siempre.


La lluvia salpicaba mi rostro, las gotas me chorreaban, gotas que bien pudieron ser lágrimas. Tiré la grulla bien lejos –o tal vez una brisa me la sacó de la mano–. Voló en círculos alrededor mío mientras desesperadamente intentaba recuperarla, hasta que resbalé y caí –o tal vez yo me tiré–. La grulla cayó en la calle y un pequeño río la llevó hasta la alcantarilla, donde giró y me miró por última vez. Su inexpresivo rostro de papel parecía ser un símbolo del significado de ese día, un instante en el cual el tiempo se detuvo, un momento en el que no sabía si reír o llorar, por lo que solo guardé silencio.


Finalmente reaccioné y comprendí que su viaje fuera de mi vida me había liberado y que al fin me reencontraría conmigo mismo.


V

Tu viaje. Tu viaje a Japón. Tu estúpido viaje a Japón. A pocos días de tu partida sentí que el tiempo se agotaba. Justo ahora te vas, justo cuando iba a decirte que cada vez que me preguntaste como estaba, te mentí.

Tal vez lo más importante que tenía para contarle a mi hermano fue lo que ocurrió la noche en que perdí a la grulla. No le iba a decir que la perdí, por supuesto, más bien quería hablar con él sobre lo ocurrido a partir de ello.

Luego de perder definitivamente a la figura de origami, empapado, temblando, un poco por frío y otro por nervios, ingresé nuevamente al edificio.

Muchos vecinos salieron al pasillo preocupados por la falta de suministro eléctrico. Entre ellos se encontraba Clara. Se preocupó por mi estado y me acompañó a mi departamento.

Tenía muchas ganas de contarle a mi hermano sobre mi hermosa vecina, sobre lo que pasó aquella noche y sobre otros encuentros que tuvimos luego. Desafortunadamente no nos vimos mucho en esos últimos días y, casi sin darnos cuenta, el día del viaje se nos vino encima.

Mientras esperábamos el horario de arribo, en el aeropuerto de Ezeiza, nos sentamos a beber lo que iba a ser el último café que tomaríamos juntos en mucho tiempo.

En medio de la conversación mi hermano tomó una revista que alguien había dejado en la mesa de al lado.

– Estuve practicando una nueva figura – me dijo –, un dragón

¡Un dragón!, quedé sin aliento, ¡un poderoso dragón! Pronto podría exponer orgullosamente la imponente figura, un monumento a nuestro lazo, todo un ejemplar del ingenio y la creatividad humana. Definitivamente un dragón será el mejor sustituto para esa deprimente grulla, símbolo de mi desmoronamiento emocional y espiritual.

Observé inmóvil a mi hermano durante varios minutos, los minuciosos movimientos de sus manos, la manera en que le iba dando forma a mi dragón. Por momentos se detenía a pensar, dudaba, imaginaba… No debe ser fácil hacer semejante arte en papel.

Momentos después pusiste la figura terminada en la mesa.

– Disculpame, no me acuerdo; voy a seguir practicando. La próxima te hago un dragón.

Pero no te pude disculpar, no pude quitar mis ojos de la nueva grulla que hiciste. Una nueva grulla de papel. Una estúpida grulla de papel.



FIN









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25 comentarios:

  1. Muy buen relato, un hombre condenado a convivir con una grulla impasible, excelente narración, saludos.

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    1. Muchas gracias por tus palabras, Alejandra.
      Saludos.

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  2. Me gustó mucho, hubo un momento en el que se erizo la piel. ¡Sigue así! (nueva seguidora) Saludos :)

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    1. Me alegro mucho de que te haya gustado, Chloe.
      Espero que te sigan gustando mis cuentos.
      ¡Saludos!

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  3. Excelente, Federico, tremendo relato. Logras llevar al lector por el intrincado laberinto de obsesión, tormento, sufrimiento y paranoia del desdichado protagonista. Un relato psicológico bien logrado y efectivo, a mi parecer. Me gustó el uso del recurso de repetición que usas, le da un toque siniestro e inquietante. Un escrito a lo E. A. P. con un final angustiante con ese ciclo condenatorio. Te felicito, hermano, uno de tus relatos que más me ha gustado. Un abrazo!

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    1. Muchas gracias por las palabras, Alonso.
      Me alegro mucho de que te haya gustado el cuento y de haberte llevado por ese intrincado laberinto.
      ¡Abrazo grande!

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  4. A veces disfrazamos la soledad en la que una sociedad que se niega a contener y aceptar todas las opciones. Tal es el arrinconamiento que monologamos con nosotros mismos. Inventamos mundos paralelos y alternativos donde creemos hallar eco a nuestras percepciones. Celebro que el relato encierre un reclamo un viraje en las miradas autocomplacientes y políticamente correctas.
    El lenguaje de la historia no hace sino darle carácter a la visión crítica a una sociedad pacata y ortodoxa. Finalmente pone el dedo en la llaga, en la terrible soledad del mundo moderno en la que todos estamos inmersos, donde pocos son los que queremos abrir los ojos.
    La trama muy bien llevada contada sin desperdicios. Me llevo y me trajo dejándome un agradable sabor al final. Me encantó.

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    1. Me encantó tu análisis de este y otros de mis relatos, AileeN.
      Me alegro de que te haya gustado y de haberte dejado ese sabor.
      Abrazo

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  5. ¡Mejor una grulla que mal acompañado! Relato muy dificil de crear, y has logrado cohexión, coherencia, armonía textual en un mensaje crítico y estético.

    Me ha gustado leerte.

    Un abrazo.

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    1. Gracias, amigo.
      Me alegro de que te haya gustado la manera en que lo escribí, que solamente sigue un orden cronológico en aquellas cuestiones que involucran a la grulla. No a todos les gustó la discontinuidad de la historia.
      ¡Abrazo grande!

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  6. Un relato muy bien logrado, exelente cadencia lleno de imágenes de soledad y autocompasión.
    Un placer leerte.

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    1. Gracias por tus palabras, Angélica.
      Intenté una cadencia no cronológica en algunas cuestiones, me alegro de que te haya gustado ese modo.
      Un placer leer tus comentarios.

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  7. Un relato atrapante, narrado por una voz desquiciada que vuelca todos sus odios, incluyendo el propio, en un objeto inanimado. Existen casos así. Muy interesante.

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    1. Gracias por el comentario, Carlo. Me alegro de que te haya atrapado.
      Así es, el personaje vuelca sus odios, siendo el propio el más fuerte.
      Abrazo.

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  8. ¡Excelente relato! Me fascinó, apenas descubrí este blog con tus publicaciones y lo que he leído me ha encantado, ha sido un placer leerte, gracias por compartir tus relatos.

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    1. ¡Gracias, Hildelisa! El placer es mío. Me alegro de que te haya gustado este cuento y los que has leído hasta ahora.

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  9. Brutal y siniestro relato. Nos narras excelentemente la obsesiva historia de un deprimido y desquiciado personaje muy bien trabajado, todo ello rodeado de una atmósfera opresiva y asfixiante lograda, entre otras cosas, con esas repeticiones tan características en tus relatos. Poco a poco vas dando vida a un objeto inanimado, una vida y aspecto que en realidad solo está en la cabeza del personaje, y nos inquietas con ello.
    Un relato en el que nos haces sentir varias cosas, y todas ellas, dignas de un relato oscuro, porque no son nada agradables.
    Tremendo, Federico. Al fin he podido leerle; tenía muchas ganas.
    Un saludo.

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    1. Me alegra mucho de que lo consideres así, Ricardo. Gracias por la lectura atenta y por darme tu opinión.
      Es cierto, los relatos de este tipo intentan mover ciertas cosas en el interior que puede que no sean del gusto de todos.
      Un saludo!

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  10. Un relato que se inyecta poco a poco en la retina, buscando la complicidad del lector con su antihéroe, este se va desplegando ante una figura de papel con tanto poder como su propio creador, el hermano y su obsequio, símbolo de lo único que le queda a ese hombre en su terrible soledad, un monstruo social que no puede destruir lo que cree como amenaza porque es lo único que lo mantiene aún con vida. Una obra claustrofóbica, visceral y absorbente, inquietante y narrada de manera brillante. Una joya sin parangón. Una lectura que te hiere, te quema y te libera para volverte a tener preso, con su retorno al punto de inicio, en su desenlace.
    Me encantó el personaje de Clara, la vecina que nos devuelve a la realidad en varios instantes en los que estamos atrapados en el abismo oscuro y de locura donde se encuentra el protagonista, el increíble protagonista, el increíble y estúpido protagonista.
    ¡Un abrazo amigo de letras y gracias por esta magnífica obra!

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    1. Has realizado todo un análisis del cuento, Edgar; un gran análisis, un gran y para nada estúpido análisis. Es cierto lo de Clara, es la única luz del relato, es la que aparentemente salva (al menos por un tiempo) al protagonista.
      Te agradezco el comentario, amigo de las letras. Me alegra mucho saber que lo disfrutaste.
      ¡Abrazo grande!

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  11. Hoy he leido tu relato que a pesar de rayar en la "estupidez" para nada es estúpido. Es mas bien una triste historia, muy común por cierto, de un joven atormentado por su soledad y la tristeza de perder a sus padres, que idealiza y hasta cierto punto envidia y aborrece a su único hermano por ser lo que el aunque quisiera no se atreve a ser, al idealizarlo, justifica todas sus actitudes aunque no las apruebe. Este le regala una grulla de papel, un obsequio estúpido pero que por la necesidad de justificarlo en su idolatria lo hace valioso y lo convierte en su único centro de atención y de desquite a la vez. Sin darse cuenta la convierte en su vivo retrato, le atribuye cualidades que el tiene como la insatisfaccion, pero en su ceguera ella le representa a su hermano, ese hermano que es todo lo que el no se atrevio a ser, ese hermano que le restriega a diario su falta de coraje. En su agonia y lucha interior le da poder a la grulla y atribuyendole capacidades que no tiene, lo mismo que hizo con su hermano, luego al querer arrebatárselos quien resulta lastimado es él, porque es incapaz de lastimar a su hermano.a ese hermano que es su todo, su cielo y su infierno, su amor y su odio. En su atormentada soledad, se juzga duramente, es el único culpable, pero se justifica y se absuelve. Al fin se arma de valor y decide terminar de una buena vez con la grulla, deshacerse de ella, pero no bien lo hace se arrepiente, al perderla definitivamente se resigna y se siente liberado, se siente nuevo, ilusionado además con su vecina que es su única luz y cuando cree que por fin recibirá lo que merece "si, un dragón fuerte" la vida le devuleve lo que verdaderamente sigue siendo una estupida grulla. Su actitud hacia su hermano siguio siendo la misma, lo seguia venerando y disculpando, cualquier cosa con tal de no hacerlo sentir mal. Ante su hermano todo perdia importancia y obviamente su hermano tambien lo seguia viendo igual, como una grulla..
    La moraleja central que veo en esta historia es que nunca debemos darle poder a nadie sobre nosotros, la idolatria genera sumision nos doblega y roba el coraje. tampoco debemos subestimarnos ni menospreciarnos y mucho menos encerrarnos en un mutismo y sufrimiento cuando enfrentamos un fuerte golpe que causa un grave dolor, hay que airear la herida para que sane.
    Es un cuadro humano, emotivo, triste y angustioso, muy descriptivo a pesar su oscuridad, con pinceladas luminosas de "Clara" luz, enmarcado con celos, envidia y resignación, colgado con cadenas de idolatria enclavadas en un muro de dependencia emocional.

    Fue un verdadero placer leerte en tu versión larga, con entretiempos para las palomitas de maiz y secuencias entrelazadas. Una patética aventura de principio a fin.

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    1. Sorprendente análisis, Harolina. Es cierto lo de Clara, es la única luz en el cuento y muy acertado todo lo que dices sobre la grulla y su hermano. Genial moraleja la que has encontrado en la historia.

      Un verdadero placer leer este comentario. Me alegro mucho de que te haya gustado esta patética aventura; esta patética y estúpida aventura.

      Saludos!

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  12. Uno de esos formidables cuentos que me encantan de ti, me encontré con la grulla...

    No comentaré mucho por que entiendo perfectamente a tu protagonista, solo que cuando uno cree librarse de sus demonios se da cuenta que siempre estarán allí, así que creo que no se trata de luchar contra ellos sino aprender a vivir con ellos.

    Como haces revivir mis demonios, jajajajaja estos cuentos me encantan.

    ¡saludos!

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    1. Aquí también está Clara, aunque muy poco, pues la grulla se ha quedado con el rol principal.
      Es como dices, la grulla representa a los demonios del narrador, quien no se puede deshacer de ellos.

      Me alegra que te gustara tanto.
      Muchas gracias por las palabras.
      Saludos a ti y a tus demonios.

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    2. Desgraciadamente Clara es su obvio futuro, pero como muchos queriendo buscar respuestas donde no hay dejan pasar esas oprtunidades que no se san mucho.
      Si analizamos, la gruya incluso ayudaba a que Clara se acercars. A mi me parece que era un demonio amigable, pero como a todo buscaba un culpable de sus miserias por tanto no se daba cuenta de que no había que luchar contra la gruya. Había de aprovechar las oportunidades que llegaban a consecuencia de ella.

      Otra vez me salio lo psicologa jajajs.

      Tus relatos siempre me dejan analizando mucho. Gracias y saludos. Tambien mis demonios dicen hola. :-)

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