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viernes, 31 de julio de 2015

POSEÍDO




Seiscientas sesenta y seis personas estaban presentes cuando el padre Andrés se paró frente a la pila bautismal. Seiscientas sesenta y seis personas lo oyeron gritar.

El venerado anciano introdujo la mano en el agua bendita con un movimiento hipnótico; lo hizo con una parsimonia que solo a él se la soportaban. Poco después el líquido se llenó de burbujas, y espuma transparente con un tinte rojizo cayó al suelo. Los ojos del sacerdote se tornaron blancos y comenzó a convulsionar causando horror en los devotos.

– ¡El padre Andrés está poseído! – gritó una señora.

En ese momento el clérigo despertó de su trance. Al levantar el brazo todos vieron que no tenía dedos; su mano se había convertido en un muñón sangriento y derretido. A pocos metros, un joven monaguillo escondía el recipiente del ácido sulfúrico con el que sustituyó el agua bendita.


jueves, 23 de julio de 2015

EL ÁNGEL DE MADERA




Hace mucho tiempo, pero no el suficiente como para que aquella época dejara de correr por nuestras venas, existió un hombre al que encerraron en una caverna durante veinte años. Su nombre era Jacob.
En el acta de la condena no quedó claro si lo acusaron por sus creencias religiosas, sus preferencias sexuales o por su raza; ya que pusieron todo junto para que la suma de esas razones pudiera parecer importante. Se trataba además de una época confusa debido a una gran guerra, y el país en donde Jacob nació había elegido el bando equivocado.
La caverna a la que fue enviado no era más que eso: una caverna, un hueco en la piedra, un lugar lleno de insectos y de humedad. Allí solo había una robusta mesa de patas de granito y gruesas tablas de madera.
Durante su condena sólo vio a una persona: un guardia que cubría su rostro con una máscara roja con una sonrisa pintada.
La dieta diaria de Jacob era siempre la misma. El guardia le llevaba una vez al día una ración de puré de lentejas; un alimento que, si lo dejaba secar, superaba al más poderoso pegamento instantáneo de la actualidad. Jamás le dio cubiertos, y Jacob debía comer con las manos.
El guardia le pasaba el plato a través de una apertura que había en medio de la puerta casi al ras del suelo. No le avisaba cuando se lo iba a dar, sino que lo lanzaba con desdén, derramando parte de la comida.
Una mañana el guardia golpeó la puerta de la caverna; o tal vez fue a la tarde, imposible determinarlo porque Jacob no contaba con un reloj. Dio tres golpes con intervalos de varios segundos entre ellos, suficientes para indicar sarcasmo. Pasó su mano junto con un plato de puré de lentejas; esa mano cubierta por un guante de cuero negro que Jacob tanto odiaba. Cuando parecía que iba a soltar el plato, el guardia volteó la mano dejando caer todo el alimento al suelo.
– ¡No voy a comer eso! – gritó Jacob desde su celda de piedra – Aún conservo mi dignidad. ¡Prefiero morir de inanición!
– Pues muérete entonces, adefesio – dijo el guardia desde el otro lado de la puerta.
La estrategia de Jacob pareció tener éxito, pues durante varias semanas, el guardia continuó alimentándolo como lo hacía antes. Sin embargo, en otra oportunidad y sin que haya ningún motivo aparente, volvió a jugarle la misma broma. Jacob no dijo nada esa vez y recogió la parte superior de la comida –la que no había tocado el suelo–, y la comió de mala gana. Al día siguiente el guardia hizo lo mismo. Continuó haciéndolo hasta que Jacob comió todo el alimento directamente del suelo; escogiendo no cuestionarse sobre la dignidad de comer de ese modo.
En ocasiones, y sin ningún motivo aparente, el guardia volvía a pasarle el alimento dentro del plato, y el prisionero se alegraba cuando aquello ocurría. Muchos podrán pensar que comer un puré de lentejas en un plato sucio no es motivo de felicidad, pero la felicidad es relativa.
Una noche el carcelero abrió la puerta y, sin decir palabra, le propició una golpiza. Jacob terminó inconsciente, y al despertar no supo si se había tratado o no de un sueño. Al tocar su rostro, la sangre fresca y el dolor ante el menor tacto le indicaron que sí había ocurrido en verdad.
Aquella vez Jacob se quedó horas sentado en el suelo, perdido en una plataforma de pensamientos vacíos, cuando de pronto observó que a uno de los soportes de la mesa le faltaba un tornillo. Se acercó y notó que podía mover aquella pequeña planchuela metálica al empujarla con la mano. Comenzó entonces a girar el soporte, hacia un lado y hacia el otro, hasta que el único tornillo que la sujetaba giró unos pocos grados. Con su uña carcomida por la humedad de la caverna, intentó desenroscar el tornillo, lastimando aún más la punta de su dedo. Su índice sangraba, por lo que cambió de dedo. Pronto, una línea de sangre llenó el espacio entre la uña y la piel, pero Jacob no cedió ante el dolor y logró desenroscar el tornillo. Así logró sacar el soporte que sería su herramienta más importante dentro de la prisión.
Con la planchuela metálica realizó cortes en la mesa, obteniendo pequeñas varillas. Cortó miles de trozos no más grande que un palillo de dientes, uno por uno, todos del mismo tamaño. Realizó la labor con sumo cuidado, tomándose el tiempo necesario para que quedaran perfectos, pues tiempo era lo único que tenía de sobra en aquella caverna. Todos los días guardaba parte del puré que le servían en su ración diaria, para poder pegar con él los palillos. Lo dejaba secar algunas horas para que se pusiera duro y pegajoso –aunque no le era necesario esperar por mucho tiempo.
Durante veinte años fue cortando y pegando palillos con sumo cuidado, venciendo la poca luz, la humedad y los insectos que había en la caverna. Armó primero unos poderosos pies, que se apoyaron con firmeza sobre el suelo de piedra desnuda. Siguió luego con unas piernas fuertes, posicionadas en forma tal que repartiera el peso de manera equitativa en cada una de ellas. La cintura serviría como centro de equilibrio, y construyó sobre ella un torso musculoso digno de la rigidez que tendría la obra. Le hizo brazos y rostro humano, luego le hizo unas enormes alas, pues su escultura no era la de un hombre; Jacob había hecho un ángel.
El guardia volvió a entrar a la celda luego de muchos años y observó la escultura:
– ¿Acaso te crees artista, adefesio?
El prisionero adoraba a su ángel, era lo único que había de bueno en su mundo. A partir de la nada, había logrado crear algo hermoso. La obra era, sin dudas, la más maravillosa escultura jamás creada. Pero el guardia sintió envidia de aquella creación, porque él nunca supo crear nada en su vida. Fue entonces cuando ingresó a la caverna con una espada. Jacob se cubrió el rostro pensando que recibiría una nueva golpiza, pero el ser de la máscara golpeó la escultura del ángel, derribándola al suelo. Siguió destruyendo la obra hasta en cuestión de segundos destruyó por completo algo que había requerido de veinte años en ce solo quedaron restos sin forma, mientras Jacob derramaba las últimas lágrimas que quedaban en su interior.
Luego de llevar los restos, revisó la caverna y encontró el soporte de madera con el cual había cortado los palillos con los que creó la obra.
– A partir de ahora recibirás media ración de puré – dijo el guardia –; es evidente que no necesitas comer tanto, adefesio.
Pocos días después algo sucedió. Algunos dicen que ocurrió una revolución, otros dicen que fue a causa de un nuevo líder…; lo importante es que la guerra terminó y Jacob fue liberado.
El guardia le abrió la puerta de la caverna y le dijo que era libre. Cuando Jacob salió, le entregó un tenedor y un cuchillo:
– Toma, olvidé dártelos hace veinte años. Espero que me perdones, adefesio.
Jacob sujetó el cuchillo a pocos centímetros del abdomen del guardia. Vio la máscara, y por un instante sintió que la sonrisa pintada estaba más grande que nunca. El rostro del prisionero era una desgracia de gestos nerviosos, y sus temblorosas manos terminaron dejando caer el cuchillo al suelo.
– ¿Por dónde… es… la salida? – preguntó.
– Ven por aquí, quiero mostrarte algo – dijo el hombre de la máscara.
El carcelero lo guió a una habitación en la que había un ángel de madera, también hecho de palillos. Sin embargo, aquella obra no se parecía ni en forma remota a la de Jacob. No era perfecto, no era balanceado; no tenía vida.
– Mucho mejor que el ángel que tú has hecho, ¿verdad, adefesio?
– Sí… – dijo Jacob.
El guardia le entregó una lanza de metal:
– Te daré el honor de terminar la obra. Ponle la lanza en la mano, como símbolo del poder que estuvo a cargo de la República durante los últimos veinte años.
Muchas personas habían perdido cosas materiales en esas dos décadas, muchos habían hecho esfuerzos que no rindieron frutos, y hasta hubo quienes perdieron a sus seres más queridos, pero Jacob había perdido algo más.

Y entonces, mientras la luz solar iluminaba sus arrugas y lastimaba sus ojos acostumbrados a la oscuridad de la caverna, “Adefesio” ubicó la lanza en la mano del ángel para completar la escultura.


martes, 21 de julio de 2015

EN EL NOMBRE DEL PADRE





– Estoy llenando una planilla del colegio, ¿qué pongo donde pide el nombre del padre?

– No pongas nada – dijo mi madre –; déjalo en blanco.

Ella nunca me dijo quién fue mi progenitor. De niño acostumbraba imaginarlo como un noble capitán de barco, de esos que se hunden con su embarcación. Otras veces lo pensaba como un astronauta que murió cuando su nave quedó atrapada por la gravedad del Sol. Pero los niños pueden ser muy crueles. En el colegio inventaron versiones mucho más desagradables que las que yo me atrevía a imaginar. Lo hacían como si convertirme en un monstruo social los hiciera más buenos a ellos. Lo hacían como si sus apellidos los eximieran de todo juicio hacia su persona.

Una tarde, cuando regresaba a mi casa, uno de ellos me atacó por la espalda. Caí al suelo sin ofrecer la menor resistencia. Al girar vi que mi agresor estaba acompañado por tres amigos. No tenía necesidad de refuerzos, tenía un cuerpo musculoso y anchos hombros; mi aspecto es famélico y mi columna está encorvada hacia el frente. Su piel bronceada y sus rizos dorados enloquecían a todas las jóvenes del curso; mi piel es de un color gris pálido y mi cabello, negro y lacio, jamás llamó la atención de nadie.

No me pregunten cómo lo supe, no podría explicarlo, pero en ese momento me levanté del suelo sin usar las piernas ni los brazos. Me elevé unos centímetros en el aire y apoyé lentamente mi largo dedo índice sobre su pecho. Su corazón se secó al instante. Cayó con la mandíbula dislocada, llenando el suelo de una sangre oscura que brotaba de sus ojos mientras yo me alejaba ante la mirada perpleja de los otros tres muchachos. Antes de retirarme giré la cabeza ciento ochenta grados hacia ellos mientras me miraban aterrados:

– Que esto quede entre nosotros – les dije –, o sus almas sufrirán el mismo destino que la de él.

No volvieron a molestarme. Uno de ellos se suicidó esa misma noche. Otro fue internado en un instituto psiquiátrico y al parecer no saldrá de allí en mucho tiempo. El tercero sigue yendo a la escuela, pero ya no es el mismo; nunca habla con nadie y cada vez que lo cruzo en los pasillos baja la cabeza para evitar mirarme.

Me siento bien en el colegio ahora, pero lo más importante… es que ya sé quién es mi padre.


miércoles, 15 de julio de 2015

POR SIEMPRE BEATRIZ




Dicen que cada hogar es un mundo. Dicen, una imagen o mirada, puede valer más de mil palabras. Muchas cosas dicen. A veces es cuestión de encontrar la escena adecuada para que nos cuente la larga historia de una familia en tan solo un instante. Así ocurría con el recursivo acto de cada mañana en la antigua mansión victoriana de una viuda y su hija soltera; una mujer con excesos de kilos y maquillaje llamada Beatriz.
– Mi madre tenía razón – dijo la anciana –, jamás abandonarás esta casa. Te quedarás conmigo para siempre. Ella era una bruja para esas cosas, nunca se equivocaba cuando pronosticaba algo.
– Mentira. No creo que la abuela haya dicho eso – dijo Beatriz.
Ambas desayunaban en la cocina. La casa era enorme, llena de muebles antiguos y adornos invaluables, pero la cocina era el único sitio que utilizaban para las cuatro comidas.
– Se acabó la manteca – dijo su madre –, te dije que compraras.
Beatriz se levantó y buscó en el refrigerador. Al agacharse, sus nalgas se hicieron más anchas que el electrodoméstico. Tuvo la sensación de haber comprado manteca, pero no la encontró.
– Aquí tienes queso para untar, mamá.
– Queso para untar… ¡Eso no es queso! ¡No tiene gusto a nada! Yo no sé por qué compras todo de esa marca…, Lit.
– Es láit, mamá, se pronuncia láit. Significa que es dietético; bajo en calorías.
La vieja exhaló un aire de desprecio. Su rostro se arrugó hasta el punto de que los párpados le taparon los pequeños ojos.
– ¿Te viste en el espejo últimamente? Eres una cerda. Debería llevarte al doctor para que te pese.
– La balanza profesional que compré dice que estoy adelgazando de un modo sano y natural – dijo Beatriz.
La vieja exhaló otro aire de desprecio:
– ¿Esa porquería electrónica?
– Es una balanza para deportistas, mamá; es la mejor que hay.
– Por eso mismo, es para deportistas…, tú la romperás.
El comentario no estaba alejado de la realidad; su hija pesaba poco menos del límite del artefacto. Beatriz abrió la boca para intentar defenderse, pero fue interrumpida otra vez:
– ¿Puedes ir a comprar manteca, por favor?, antes de que mis huesos se transformen en polvo.
– Termino de desayunar y voy.
– Hace media hora que no paras de tragar, ¡por eso estás así!, ¡por comer tanta comida lit!
Beatriz levantó su robusto cuerpo de la silla de un salto:
– ¡Es láit, mamá!, ¡se pronuncia láit!
Subió a su habitación a ponerse unos zapatos con tacos. Su madre siempre le decía que usaba demasiados cosméticos y que esos zapatos la hacían ver muy alta, pero eran necesidades que ella tenía para sentirse femenina, era como un último recurso para salvar su dignidad.
Caminó por las calles que recorrió durante cuatro décadas, cruzándose con las mismas personas de siempre, sin embargo nadie en el camino la saludó. En el barrio había muchas otras mansiones victorianas, pero ninguna tan grande y antigua como la de su familia.
Al llegar al almacén, el joven empleado la recibió con alegría y hablaron durante unos minutos, luego ella llevó manteca y una serie de productos light.
Cuando regresó, su madre ya no estaba en la cocina, y ella guardó los productos en el refrigerador. Entonces vio que en medio del estante se encontraba la manteca que había comprado unos días atrás. Subió las escaleras indignada y allí se cruzó con su madre:
– Había manteca, mamá – le dijo –, la encontré recién.
– Lo sé – dijo la anciana –, la escondí para que fueras al almacén; ese muchacho es el único que te dirige la palabra. Tal vez algún día en el que no te veas demasiado fea, te invite a salir
– Ese muchacho es gay, mamá.
– ¿Es qué?
La anciana sabía lo que eso significaba. Además, no era la primera vez que se lo preguntaba, pero parecía gozar poner nerviosa a su hija.
– Gay…, homosexual…; que le gustan los hombres. Te lo dije el otro día.
Su madre soltó una risotada, una tan fuerte que le desacomodó la dentadura postiza. Beatriz la miró con una expresión de desagrado, jamás pudo acostumbrarse a esos momentos en que los amarillentos dientes falsos comenzaban a separarse de su paladar y encías, unidos tan solo por una pegajosa saliva burbujeante.
La anciana pasó su lengua por sus dientes para acomodárselos y Beatriz vio las llagas que tenía, aumentando más aún su gesto de desprecio.
– Me causa gracia pensar que ese muchacho se acuesta con más hombres que tú. Esto es culpa de tu padre, te crió como lo criaron a él: lleno de temores y complejos. Mírate, estás haciendo el mismo gesto con la nariz que me hacía él cuando sabía que yo tenía razón. Tienes su misma narizota.
Beatriz sentía tanto fuego en su interior que no pudo pronunciar palabra alguna.
– Cuando él murió, intenté cambiarte, pero ya te habías vuelto una gorda fea y acomplejada. Por su culpa eres tan acomplejada.
– Papi no tiene la culpa de nada. Eres tú, mamá – dijo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
La anciana la golpeó en el rostro.
– A mi no me eches la culpa, tu eres así porque fue tu decisión, ¿por qué no tienes novio sino?
– Por ti, porque me quedé contigo para ayudarte, para cuidarte.
– Esas son excusas, es lo más fácil en lugar de arriesgarte y salir al mundo. Pero claro, conmigo tienes el motivo perfecto para justificar tus fracasos. No eres más que un monstruo social; una gorda solterona con un novio maricón.
Beatriz comenzó a hacer todo tipo de gestos con su nariz, los mismos que hacía su padre. Sus manos habían tomado la forma de una garra rígida debido al dolor que había acumulado durante cuatro décadas.
– TÚ eres la que decidió quedarse – dijo la anciana mientras su dentadura parecía estar a punto de saltar de su boca –. Te sientes segura en esta casa porque aquí no tienes que enfrentar tus temores. ¿Por qué no te vas de una vez con tu novio maricón a comer queso lit?, ¿por qué no me dejas morir en paz?
Beatriz no pudo continuar escuchándola. Sus sentimientos más primitivos tomaron el control de su cuerpo y de pronto sujetó a la anciana del cuello con ambas manos:
– ¡Es láit, vieja de mierda!, ¡se pronuncia láit!
Madre e hija se sujetaron y comenzaron a forcejear mientras se golpeaban contra la baranda del primer piso. Beatriz empujó a su madre contra la pared con sus fornidos brazos y la cabeza de la anciana rompió el vidrio de un cuadro con la foto de su difunta abuela. En ese momento el taco del zapato de Beatriz se quebró, y ambas cayeron rodando por las escaleras.
Beatriz se golpeó la cabeza muy fuerte contra el suelo. Los sillones coloniales se acercaban y se alejaban de ella, y la biblioteca Chippendale flameaba como una bandera. Miró a su lado y vio que su madre se había quebrado el cuello; yacía muerta con los ojos abiertos y sin dentadura. Beatriz se llevó la mano al rostro y se despegó la prótesis de su madre que se le había adherido a la mejilla.
El dolor de cabeza no la dejaba ni pensar, lo único que tenía ganas era de acostarse a dormir. No había nada que hacer por la vida de la anciana, y se le ocurrió esconderla en algún lugar de la casa hasta que se lo ocurriese algún plan.
La sujetó de las piernas y la arrastró hasta el sótano. Luego se fue a un rincón del oscuro lugar y vomitó en un recipiente; el dolor de cabeza se había hecho más agudo. Subió las escaleras hasta su habitación, donde se acostó y no tardó en quedarse dormida.
Un fuerte silbido la despertó. Parecía el ulular de un viento frío; pero no provenía de afuera, sino del interior de la antigua mansión.
La ventana de su habitación se cerró de repente. Beatriz saltó de la cama por el ruido. Estaba oscuro, pero ella no sabía qué hora era, sentía que había dormido durante una semana.
Se sintió ahogada, intentó abrir la ventana con todas sus fuerzas pero no pudo. Camino por el pasillo del primer piso tambaleándose mientras se sujetaba de la baranda o se apoyaba en la pared, tirando cuadros y otros adornos colgantes.
Todas las luces estaban apagadas. Tocó la perilla de la luz, pero no se encendió. Fue hasta el baño. Un claro de luna la iluminó a través del tragaluz, y puedo verse al espejo; estaba pálida.
Solo por costumbre, se paró en la balanza.
– No funciona – dijo una voz – Te dije que la romperías, cerda.
Las luces comenzaron a titilar. Beatriz miró a su alrededor y de pronto la lámpara estalló. Salió del baño corriendo y los postigos de la casa comenzaron a abrirse y a cerrarse, golpeando con fuerza contra las ventanas.
– Jamás abandonarás esta casa, Beatriz – dijo la voz.
Bajó por las escaleras e intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave, fue corriendo por la casa, chocando con cada mueble. Pero todas las ventanas estaban trabadas.
– ¡Perdóname, por favor! – dijo Beatriz –, no fue mi intención. Tú me maltrataste toda mi vida
– Debiste irte si así fue. Tú decidiste quedarte. Ahora es demasiado tarde.
Se escucharon ruidos en la puerta principal, alguien estaba intentando abrirla desde afuera.
– ¡Está trabada la puerta! – dijo Beatriz – ¡Le suplico que me ayude!
El visitante forzó la puerta y logró entrar. Se trataba de un grupo de seis hombres.
– ¡Es mi madre, me persigue, ha regresado de la muerte!
Dos hombres se dirigieron al piso de arriba, otros dos se dirigieron al sótano y dos se quedaron en el salón principal junto con Beatriz.
– Disculpe, señor. ¿Oyó lo que le dije?
Nadie le contestó.
Beatriz intentó explicar lo sucedido, pero aquel que le daba órdenes al resto, no respondía a sus preguntas.
Los hombres que se habían dirigido al sótano hallaron el cadáver de su madre. Todo daba vueltas a su alrededor, su cabeza comenzó a dolerle nuevamente y el fuerte silbido volvió a lastimar sus oídos.
– ¡Esta bien!, ¡lo admito! Yo la maté. Fue un accidente; estábamos discutiendo junto a la escalera y las cosas se salieron de control.
Nadie contestó. Un instante después vio que bajaban las escaleras con una camilla y un enorme cuerpo cubierto por una bolsa negra.
El forense llegaría luego a la conclusión de que Beatriz y su madre habían caído por las escaleras, pero que ella no había muerto al instante, sino que sufrió un traumatismo cerebral, y falleció mientras dormía.
Su cuerpo y el de la anciana ya no estaban en la casa, pero de algún modo allí seguían las dos.
Beatriz giró la cabeza y vio que el antiguo espejo Luis XVI no la reflejaba, luego giró hacia el otro lado y vio una pequeña figura traslúcida de dientes amarillentos:
– Te dije que te quedarías conmigo para siempre, Beatriz. Debiste irte cuando pudiste. Ahora jamás abandonarás esta casa. ¡Jamás!
La risa de la anciana sonó en toda la mansión y Beatriz volvió a escuchar el fuerte silbido, pero esa vez no se detuvo.