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jueves, 14 de julio de 2016

LOS HERMANOS MAKILÍ






El básquet nunca volverá a ser igual. Para mí es como si el deporte en general hubiese muerto. Sucede que a veces se contempla algo tan maravilloso, un suceso tan divino, que minimiza a cualquier otro evento deportivo anterior o futuro. Pero será mejor que comience mi historia desde el principio.



Soy fotógrafo deportivo, principalmente de baloncesto. Mi trabajo ha sido publicado en varias revistas y periódicos. No muchas, puesto que el baloncesto no era un deporte masivo en mi país cuando yo era joven. Al menos no lo fue hasta el momento en que debutaron los hermanos Makilí en el Atlético de Santa Fe.



Los hermanos Makilí vinieron de Camerún. Se trataba de gemelos; Eugene y Bunené. Eran idénticos, y habría sido imposible diferenciarlos de no haber sido porque Eugene usaba unas rastas más largas que las de Bunené, quien además las teñía de rubio.


No se sabía nada acerca de su padre, pero la madre de éstos era conocida por todos, pues jamás faltaba a un partido; era una señora que no hablaba español y muchos decían que practicaba brujería vudú.

Con solo verlos un instante uno sabía que se dedicaban al baloncesto; parecían dos estatuas al
tísimas y delgadas, con marcados músculos tallados en ébano. 

El día en que debutaron en el club, el equipo venció a su rival por más de treinta puntos de diferencia. Fue justo en el aniversa
rio de la fundación del Atlético de Santa Fe, el día en que cumplía cincuenta años, cincuenta años sin salir campeón, cincuenta años sin siquiera llegar a los octavos de final.

Recuerdo que les tomé una fotografía a los hermanos,
uno a cada lado de su madre. Quise tomar otra, pero la señora comenzó a gritarme cosas que no comprendí, aunque tuve la sensación de que los improperios eran acerca de que mi cámara le estaba queriendo robar el alma o algo por el estilo.

La fotografía fue publicada en la tapa de la revista El Depo
rtivo Ilustrado, y el editor le puso la leyenda “Gemelos maravilla llevan al Atlético a una increíble victoria”.



La siguiente vez que los vi me agradecieron estrechándome la mano:



– Merci beaucoup – dijo Bunené, mientras Eugene sonreía mostrando sus dientes blancos.

Sentí que sus dedos me llegarían hasta el codo; sus manos eran enormes.

A partir de entonces no me perdí ni uno de sus partidos; ni yo ni nadie del mundo del baloncesto, pues verlos jugar era como volver a ser un niño que aún cree en la magia.

Los Makilí saltaban muy por encima del resto, dando la sensación de que jugaban contra un montón de enanos. Los compañeros de equipo también eran eclipsados, puesto que los gemelos se pasaban la pelota entre sí como si nadie más existiera en el mundo; como si el mundo fuese de ellos. No lo hacían por soberbia, ya que al momento de celebrar se abrazaban con los demás miembros del Atlético y le sonreían al público; en especial a las mujeres, pues los gemelos no perdían oportunidad de despertar las fantasías en las jóvenes curiosas que iban a verlos jugar en pantalones ajustados.

Saltos de ciento ochenta grados, de trescientos sesenta grados, giros de la tormenta…, sus piruetas aéreas eran dignas de los trapecistas del circo de los hermanos Sierpinski. Pero los africanos no solo eran hábiles en jugadas individuales, también lo eran por la manera en que se pasaban la pelota. En una ocasión se la pasaron una y otra vez a lo largo de la cancha mareando a los contrarios, para terminar volcándola con una fuerza que casi rompe el aro y el tablero.

– ¿Pudiste contar los pases, muchacho? – preguntó un anciano a mi lado – Creo que se pasaron la pelota doce veces.

Yo no los había contado, pero tuve la sensación de que el viejo se había quedado corto con la cifra.

Los gemelos africanos se pasaban el balón con total facilidad; se lo pasaban por arriba de sus adversarios, por detrás de sus espaldas, picándolo entre las piernas de otros jugadores, y hasta había ocasiones en las que se lo pasaban en modos que no alcanzaba a comprender, solo me admiraba ante el hecho de que uno llevaba el balón hasta que de repente el otro lo tenía en las manos para encestarlo antes de que sus oponentes pudieran reaccionar.

Dos mil ochocientos sesenta puntos y mil cuatrocientas treinta asistencias después, el Atlético se había clasificado a la fase final del torneo; por primera vez en cincuenta años.

En la fase final los hermanos mostraron que tenían dotes aún ocultas, y jugaron mejor que en la primera etapa del torneo. No perdieron ni un solo partido y pronto llegaron a la jamás soñada final, y ésta sería contra el temido tricampeón: el Sportivo Saccheri.

En aquella época, y creo que hoy sigue siendo así, la final consistía en siete partidos. El equipo que ganase cuatro de ellos sería proclamado campeón.

Los tres primeros partidos se disputaron en Santa Fe, y el Atlético ganó como si se estuviesen enfrentando a un montón de enanos. Luego el equipo viajó a la ciudad rival y por supuesto yo, junto con miles de aficionados, los seguimos.

Era cuestión de ganar un solo partido más para proclamarse campeones, pero en el primer encuentro de visitante Eugene no apareció en el estadio. Cuando pregunté a uno de los jugadores, éste me dijo que estaba enfermo, que se había engripado. Fue un invierno muy frío, y los hermanos Makilí no estaban acostumbrados a las temperaturas bajo cero.

Bunené estaba sano, pero no parecía estarlo. Una fuerte tristeza no lo dejaba jugar como lo hacía siempre, y no era ni la sombra de lo que había sido cuando jugaba con su hermano. Falló más de treinta lanzamientos, y en una oportunidad tropezó con la pelota para caer y golpearse el rostro con el suelo. Ese día el Atlético perdió su primer partido en toda la temporada.

Tres días después el Atlético y el Sportivo se enfrentaron de nuevo y Bunené fue tan o más patético que en el partido anterior. A los pocos minutos, luego de no convertir ni un tanto, salió de la cancha para no volver a ingresar. En un momento lo vi sollozar en la banca, y un anciano a mi lado me hizo un gesto con los dedos indicándome que le sacara una foto, pero de ninguna manera yo le habría hecho eso a mi amigo africano. Luego me enteré de que la salud de Eugene había empeorado, y que los médicos no sabían qué hacer para bajarle la fiebre.

En el sexto encuentro (tercero y último de visitante), Bunené no fue al estadio. Antes de iniciarse el partido el anunciador dijo que Eugene Makilí había fallecido la noche anterior. Se hizo un minuto de silencio, y luego la mitad de la gente abandonó el estadio llorando. Yo me habría ido, pero las piernas me fallaron cuando intenté ponerme de pie. No podía creer lo que le acababa de suceder a uno de los dos mejores jugadores de baloncesto que había visto en mi vida.

Esa noche el Atlético perdió como acostumbró hacerlo durante las cincuenta temporadas anteriores a la llegada de los gemelos africanos. Los finalistas estaban empatados tres a tres, y debían jugar entonces un séptimo y último partido.

El encuentro final se realizó de nuevo en el estadio de Santa Fe, y todos regresamos con una tristeza que apenas podíamos comprender.

Bunené y su madre llevaron las cenizas para luego transportarlas a África, y anunciaron que luego del encuentro final, el gemelo aún vivo abandonaría el club para regresar a Camerún con su madre.

Fui a ver el encuentro, por supuesto, no tenía esperanzas de que el equipo ganase – de hecho ya no me interesaba el campeonato –, pero sentí que debía ir a apoyar a un grupo de jugadores que querían tanto a los hermanos Makilí como yo, y que compartían mi dolor. Por fortuna no fui el único que pensó así, y las gradas se llenaron de simpatizantes incondicionales.

Para sorpresa de todos, Bunené estaba en el banco de suplentes. Estuvo inmóvil, y durante los primeros tres cuartos del partido no ingresó ni una vez. En el último cuarto, cuando faltaban menos de cinco minutos, el equipo iba perdiendo por más de veinte puntos, entonces el enorme jugador africano alzó su mano pidiéndole al entrenador que lo metiera en la cancha, a pesar de que la derrota parecía irreversible.

No vi a nadie que no tuviese el rostro empapado en llanto. Era grandioso ver que el hombre que había sufrido más que nadie la tragedia de la muerte de Eugene, jugara por última vez para despedirse como un ganador.

Bunené entró y enseguida le pasaron la pelota; la picó dos veces contra el suelo, tomándose todo el tiempo del mundo; su rostro de ébano mostraba una tristeza infinita. De pronto se detuvo y observó la pelota entre sus manos. Luego alzó la mirada y, con ojos de guerrero, lanzó el balón. ¡Triple! Todos aplaudimos; fue una anotación impecable que ni siquiera rozó el aro.

Cuando los adversarios avanzaron, Bunené robó la pelota con un movimiento más rápido que la vista, y desde ahí mismo lanzó el balón marcando un nuevo triple.

En el público las cejas comenzaron a alzarse mientras mirábamos el marcador y el tiempo restante.

Cada vez que el Atlético recuperaba la pelota, se la pasaban al africano. Bunené había vuelto a jugar como cuando lo hacía junto a su hermano Eugene.

Yo me lamentaba de que no hubiese ingresado antes, ya que faltaba poco tiempo y no parecía realizable revertir el resultado. Pero los robos de pelota y los dobles y triples no cesaban, hasta que, faltando menos de un minuto, el Atlético logró ubicarse cuatro puntos por debajo del rival. 

La pelota era del Sportivo, y fue su jugador estrella –un joven brasilero de más de dos metros altura– quien saltó para volcarla y sellar así el triunfo. Sin embargo, justo cuando estaba a pocos centímetros del aro, una enorme mano se interpuso en su camino a la victoria para hacerle un tapón perfecto. Era Bunené, por supuesto, quien no solo evitó el doble, sino que además corrió hacia el aro contrario para lanzar de nuevo.

Los adversarios se pusieron frente a él, pero el camerunés lanzó el balón desde mitad de cancha. ¡Triple!, y la diferencia fue de solo un punto.

El Atlético quedó a un solo tanto del Sportivo, y al partido le quedaban diez segundos; diez segundos para un campeonato, diez segundos para el primer campeonato luego de cincuenta años de derrotas.

Los jugadores contrarios no sabían qué hacer. Uno de ellos hizo un gesto como indicando que le pasaría el balón a Bunené, ya que era lo mismo dárselo a esperar a que éste lo robe. El destino estaba escrito.

Uno de ellos le lanzó la pelota a otro, y Bunené Makilí corrió hacia él. El musculoso jugador tembló como un niño en la oscuridad de la noche cuando el camerunés se le acercó. Estaba tan nervioso que, al picar la pelota, ésta le pegó en el pie y la estrella africana la agarró sin pérdida de tiempo.

Todos gritamos, quedaba tiempo justo para un último lanzamiento, y entonces fotografié la mejor jugada que vi en mi vida. Bunené saltó hacia el aro desde una distancia imposible. Un anciano a mi lado me dijo después que el salto fue desde la línea de triples, pero yo creo que el viejo se quedó corto con la distancia.

Bunené se elevó por los aires durante lo que pareció durar una eternidad, para caer sobre el aro volcando la pelota con fuerza, quedando colgado ante los aplausos y gritos de miles de hinchas que lloraban de emoción.

Al día siguiente llevé a las oficinas de El Deportivo Ilustrado las fotos que tomé durante el partido. El director comenzó a mirarlas y me preguntó si no tenía alguna del salto final de Bunené Makilí, ya que habría sido ideal para ponerla en la portada.

– No tomé ninguna de esa última anotación – dije –. Me sorprendí tanto en ese momento que no pude accionar la cámara. Lo siento.

La foto de tapa terminó siendo una del equipo levantando el trofeo. No quedó mal, pero fue una portada algo trillada.

Al momento de seleccionar las fotografías que llevaría para que las publiquen, decidí no llevar la del último salto de Bunené. Preferí guardarla para mí. No la publiqué porque el básquet nunca volvería a ser igual. Para mí fue como si el deporte en general se hubiese muerto. Fue una de esas veces en que contemplé algo tan maravilloso, un suceso tan divino, que minimizó a cualquier otro evento deportivo anterior o futuro.

Aún guardo la foto en un cajón, y solo se la muestro a mis amigos más cercanos. En ella se ve a Bunené en la cumbre de su salto, con una enorme sonrisa de dientes blancos, sosteniendo la pelota en alto ante la mirada atónita de sus compañeros y adversarios. Pude haber ganado premios con aquella foto, pues supera a cualquier otra que haya tomado en mi carrera, pero publicarla habría sido como una traición a mis amigos africanos.


He tenido más de una discusión respecto a esa fotografía, pues algunos dicen que las medias de Bunené aparecen borrosas a causa del movimiento y a la antigüedad de mi cámara. Pero los que dicen eso es debido a que tienen poca vista o poca imaginación. Yo estoy convencido de que lo que se ve borroneado en las fotos no son las medias. Si se observa con atención, se puede ver que algo lo está sujetando de los tobillos, ayudándolo en la última volcada, elevándolo en un salto inhumano. Aquello que se ve no es otra cosa que las manos de su gemelo fallecido, que lo había ayudado en cada uno de sus saltos imposibles durante todo el encuentro.












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12 comentarios:

  1. Excelente relato de fantasía, sobre todo para aquellos que disfrutan del deporte, el relato de principio a fin se siente como si vieras a los hermanos Makili jugar, me encanta la forma en que lo relata el fotógrafo, que aunque parezca tonto o egoísta, prefirió quedarse el ultimo momento capturado en su cámara de uno de los hermanos para el mismo, creo que para el mas que egoísmo era respeto por Eugene que había muerto.

    Pero como "nada es para siempre", era demasiado bello para ser verdad, como se dice.

    Excelente como siempre Federico.
    ¡saludos!

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    1. También creo que fue respetuoso al no publicar la foto, y así guardar el secreto.
      Me alegra que te haya parecido así mi cuento, Tere.
      ¡Muchas gracias por el comentario!
      Saludos.

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  2. Como tú acostumbras brillante relato, que mantiene hasta sus últimos minutos, toda la atención. Un gran saludo para ti

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    1. Muchísimas gracias, amiga.
      Me alegro de haber mantenido tu atención hasta el último minuto del partido.
      Te mando un abrazo.

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  3. Federico me has hecho revivir momentos fantásticos a través de tu relato, mi hermano mayor fue basketbolista y muy bueno en la categoría superior y yo era una fanática loca de este deporte tan emocionante, llegue a ver jugar muchas veces a Manute Bol el sudanés que aparece en la foto.

    Sabes una vez vinieron los famosos Trotamundos de Harlem al país y fue algo insólito e inolvidable, todas las magias que hacían en la cancha con la pelota, eso también me hizo recordar tu relato, el cual tiene vivas imágenes y capta la atención del lector hasta el punto de casi ver ese famoso canasto y lamentar la muerte de Eugene.

    Me has sorprendido con el giro que dio tu acostumbrada oscuridad, la observación de la foto me ha encantado, imagino que fue la razón que mas pesó para no publicarla, no me cabe duda que en esa final Eugene estaba en la cancha junto a Bunené, por eso este jugó tan motivado, se sintió acompañado.

    Bravo Federico eres todo un escritor polifacético y creativo y sobre todo, de los muy buenos.

    Me gustaría estar entre los amigos cercanos del fotógrafo para ver esa grandiosa foto.

    Saludos a Bunené,y un abrazo para ti, con mis mejores deseos de fin de semana.

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    1. Me hiciste imaginarte en la tribuna, alentando a tu hermano y a los Makilí.

      Una alegría haber logrado vivas imágenes en tu opinión, más habiéndome dicho que te gusta tanto ese deporte. Está también entre mis preferidos, junto con el fútbol y el boxeo.

      Publicaría la foto del último canasto de Bunené, pero no lo haré por respeto a Eugene. De todos modos creo las imágenes de Manute Bol y su particular físico lo adornan a la perfección.

      Muchas gracias por las palabras, Harolina. Te mando un fuerte abrazo.

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  4. Me gustò mucho!! una historia muy conmovedora. Te felicito.

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    1. Un alegría que te haya gustado tanto, Raquel!
      :)

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  5. Ha sido un placer "redescubrirte" con esta historia. Emocionante y épico, nos hiciste partícipes de ese último salto de Brunené, volamos con él y gritamos de emoción cuando encestó. Ciertamente es un giro en tu habitual género, mas demuestras un dominio claro en esta cancha más dramática.
    Buen trabajo, Federico.

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    1. Muchas gracias por haber asistido a la cancha con tanta emoción, Alejandro.
      Es cierto; es un cuento diferente a los que acostumbro a escribir.
      Un honor que te haya parecido bueno.
      Abrazo!

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  6. Hermoso relato. Una épica deportiva que contiene cientos de emociones, contada magistralmente. Un gusto descubrirte.
    Saludos

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    1. Me alegra mucho que te haya parecido así, Federico.
      Muchas gracias por las palabras.
      Saludos!

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