«¿Se siente usted ansioso? ¿Tiene un vacío en su vida que no logra llenar? ¿Siente que está a punto de alcanzar la felicidad pero jamás lo logra?»
Las palabras en el anuncio del periódico parecían haber estado escritas para él. Daniel anotó la dirección del lugar y ese lunes al salir de la oficina pasó por allí de camino a su casa.
Ocultismo, nigromancia, demonología...; era uno de esos lugares donde uno siente que no será el mismo tras cruzar la puerta.
Al ingresar vio un anciano con un rostro no apto para menores.
―Buenos días ―dijo Daniel.
El empleado no contestó, solo se limitó a apretar los labios arrugándolos, para luego carraspear mientras miraba fijo al cliente.
Daniel no pudo esperar más el saludo, debía volver pronto a su vida de momentos efímeros, frases célebres descontextualizadas, grotescos microrrelatos pseudofilosóficos y memes de internet.
―Estoy buscando algo diferente a cualquier cosa que me pueda imaginar. Busco la solución a los problemas que tengo y a los que aún no tengo también. Quiero llegar al final del camino sin la necesidad de dar un solo paso. Anhelo obtener el primer puesto de una carrera que jamás corrí. Deseo tenerlo todo sin necesidad de hacer nada.
El anciano hizo una sonrisa leve y la arrugada piel de su cuello se izó unos cuantos centímetros.
―Tome ―dijo al fin mientras le entregaba un libro negro sin nombre.
Daniel lo tomó tratando de no hacer contacto con las pútridas uñas del empleado.
―¿Es bueno?
―Los objetos no son buenos ni malos, todo depende de lo que uno esté buscando.
―¿Cuánto le debo?
―Úselo hasta el viernes y vuelva.
Daniel llevó el libro y esa misma noche lo abrió a la hora en que los fantasmas comienzan su guardia.
Fue volteando sus páginas mirando las extravagantes imágenes de baja calidad artística. Vio que había cientos de conjuros para elegir. De pronto dio con una figura que llamó su atención. Se trataba de Astaroth, “el gran duque del infierno”. El pérfido demonio de alas corroídas lo invitaba a sucumbir ante la lujuria y la pereza. Su aspecto bestial parecía indicar que gozaba de una adoración de antigüedad insondable, aunque los regocijos del dinero y de la carne son atemporales.
El pacto era simple: llevar un feto demoníaco en su vientre a cambio de una vida de placeres frívolos. Pero cargar con un ser mefistofélico en el interior no es tarea fácil; los dolores físicos a los que se sometería serían tan grandes como los beneficios que éste le daría.
Esa noche Daniel colocó las velas según el pentagrama indicado en el conjuro, y firmó el acuerdo utilizando todos y cada uno de sus fluidos corporales.
Al día siguiente, al llegar a la oficina, todas las mujeres con las que se cruzó lo miraron; Daniel tenía algo especial. No era algo en su rostro ni en su cabello, era algo más. Llevaba puesto uno de sus trajes más insulsos y arrastraba los pies ocasionando molestos ruidos en la alfombra de nylon. No obstante, ningún miembro del género femenino (ni tampoco algunos del género masculino) pudo esquivar su mirada.
A medida que avanzaba los paneles blancos de los cubículos de la oficina reflejaban sombras de sonrisas enormes y ojos burlescos. De pronto notó esas imágenes, y la sombra de una mano salió del panel para arrastrarse por la alfombra. Los largos dedos de la figura se aproximaron a los pies de Daniel y éste se detuvo asustado. En ese momento lo chocó una compañera de trabajo que venía cargando una pila de papeles. Cuando volvió a mirar, las sombras se habían difuminado.
―Perdón, Daniel ―dijo Florencia― ¿Cómo estás?
Recogieron agachados las hojas que se habían caído mientras ella se sonrojaba ante cada roce de piernas. Florencia era muy bella, ocupaba el cubículo F7 y era la encargada de parametrizar las divergencias. Solo habían hablado unas pocas veces, pero ese encuentro pareció ser el inicio de algo intenso.
Cuando terminaron de juntar los papeles ella continuó su camino y le regaló una última sonrisa. En ese momento un dolor lo atacó. Algo en sus entrañas ocasionaba presión, latiendo en lo más profundo de su ser. Saludó con una sonrisa fingida y se retiró por el pasillo hacía el baño, pero al ingresar con intenciones de vomitar, los golpes que parecían ser puntapiés en su estómago cesaron.
El miércoles por la mañana, en la oficina, Daniel recibió un correo electrónico con la respuesta de un sorteo en el que había participado unos días atrás. Al ingresar leyó: «¡Usted ha ganado un televisor de 60 pulgadas!» Primero sospechó de su suerte, pero lo que parecía ser un puño atravesando su intestino delgado hizo que se olvidara por completo del asunto.
Fue corriendo al baño y allí empujó la puerta. Antes de que ésta se cerrara, vomitó un líquido verde oscuro en el suelo. No había nadie allí por suerte. Al mirarse en el espejo vio que sus ojos estaban colorados y húmedos, y que sus párpados habían oscurecido. Concentró la mirada en un punto del reflejo y su cabeza comenzó a dividirse en dos hasta que llegó a ver un rostro de dos narices y tres ojos. El ojo del centro se llenó de sangre, y un poderoso haz de luz brotó de él y lo golpeó, dejándolo inconsciente.
Despertó recostado sobre el escritorio sin saber qué había sucedido. De pronto escuchó una música de glam rock que lo obligó a mirar por la entrada de su cubículo. Nadie más se asomó al pasillo, era como si solo él escuchara la melodía. No la oía con claridad, parecía provenir de adentro de un frasco cerrado o como si la estuviese escuchando sumergido en el agua.
Entre los paneles blancos, la sensual secretaría del gerente iba recorriendo el pasillo hacia él. Las luces de tubos fosforescentes se apagaban y encendían; solo la que estaba justo encima de ella iluminaba sus rizos dorados, siguiéndola como lo hacían los ojos de Daniel. Llevaba un vestido rojo hasta las rodillas que, de tan ajustado, era como si lo hubieran pintando sobre su voluptuosa figura. Sus piernas se movían balanceando su cuerpo, sin embargo, los finos tacos de sus zapatos se apoyaban en perfecta línea recta. Se acercó a Daniel para darle un sobre de papel madera y luego se retiró guiñándole un ojo en un gesto que duró una eternidad. Él vio como sus pestañas bajaban una a una, arqueándose y rebotando al ascender de nuevo.
El sobre tenía un pequeño papel dentro que decía: «Te espero en la fotocopiadora en 5». Daniel estuvo allí a los dos minutos y medio. La bella señorita estaba junto a la puerta, y luego de que él ingresara la cerró con llave. La secretaria se sentó en la fotocopiadora y levantó su vestido rojo, dejando a la vista unos carnosos muslos. La fotocopiadora estaba encendida y, mientras él la penetraba con fuerza, sacó suficientes copias del acto como para empapelar el templo de Afrodita.
Pronto se corrió la voz de que Daniel era una especie de máquina sexual. Era cierto; el pacto con Astaroth lo había convertido en un demonio con las mujeres.
El jueves Daniel tuvo una punzada en la boca del estómago mientras bebía su café en el trabajo. Daniel estaba tenido una gran semana, pero comenzó a pensar si podría seguir tolerando tanto sufrimiento.
Tiró el vaso del café en el cesto y fue como si ese fuera el interruptor de la corriente de todo el piso. Las luces rojas de emergencia iluminaron el lugar y una sexy compañera de trabajo con quien jamás había hablado ingresó en su cubículo. Quedó petrificado, contemplándola desde la silla con el rostro a pocos centímetros del busto de la muchacha. Ella llevaba la camisa con los botones superiores abiertos, mostrando el amplio escote como una invitación al paraíso ida y vuelta. La joven empleada se acercó a su oído y describió con un susurro una escena que Daniel solo había visto en sábados solitarios frente al ordenador.
Esa misma noche ella fue a su casa junto con su mejor amiga. Al principio él tuvo miedo de no lograr complacer a las dos morenas paradas en el umbral de su puerta, pero pronto fueron ellas las que no lograron seguirle el ritmo. A mitad de la velada el televisor se encendió sin que nadie hiciera nada, y pasó una melodía psicodélica con imágenes de colores que iluminaron la habitación. En el torso de Daniel se dibujaron rostros amorfos mientras él reía fuera de control.
Luego de que todos se vistieran volvió a ser el mismo hombre amable de siempre, y las dos jóvenes se retiraron agotadas tras el encuentro. Antes de abrirles la puerta hizo un comentario parte en broma parte en serio:
―La próxima vez vengan con otra amiga.
Ellas hicieron una sonrisa cansada y se retiraron aún sin poder recuperar el aliento.
Minutos más tarde Daniel corrió al baño para terminar pasando la noche entera vomitando, casi sin poder disfrutar del recuerdo de lo que acababa de suceder en su departamento.
El viernes, antes de ir a trabajar, fue al médico; aunque sabía que ningún remedio podría detener su sufrimiento. Nada salió en las radiografías, y cuando le preguntaban qué era lo que sentía, sus descripciones no parecían provenir de una mente sana.
Una espiral de lava burbujeante ascendiendo por su vientre. Una serpiente de mil cabezas mordiendo sus intestinos y dejando dos mil pequeños huecos sangrantes. Un líquido corrosivo fluyendo por sus tripas, causando quemaduras que se elevan hasta las puertas de un dios demasiado ocupado para socorrerlo.
Una vez en la oficina, luego de otro fuerte dolor estomacal, fue al baño y se quedó allí durante horas hasta que un compañero fue a buscarlo.
―¡Dani!, ¿estás bien? El gerente te anda buscando. ¿Será que por fin te darán ese ascenso?
Daniel vomitó sangre en ese momento y supo que tenía que tomar una decisión respecto a sus placeres y a sus dolores. Esa misma tarde se dirigió al lugar en donde había conseguido el libro con el que hizo el pacto con Astaroth:
―Buenas tardes ―dijo Daniel. Su rostro estaba pálido con excepción de una aureola negra en los ojos. Sudaba profusamente y apenas podía mantenerse erguido frente al mostrador.
El empleado no contestó, solo se limitó a apretar los labios arrugándolos para luego carraspear como hacía siempre.
―Ahora recuerdo que usted no es un gran hablador ―dijo Daniel―. El demonio está creciendo en mi interior, y he pasado los días de prueba. Ahora sé bien qué es lo que quiero respecto a todo el asunto; ya he tomado la decisión.
Sacó el libro sin nombre de su portafolios y lo apoyó sobre el mostrador. Un dolor como nunca antes había sentido lo atacó en el centro del estómago. Las gotas de sudor caían de su frente mojando la tapa negra del libro.
―¿Ya ha tomado la decisión? ―preguntó el empleado― ¿Quién dijo que la decisión es suya?
Un instante después dos garras atravesaron el abdomen de Daniel, abriéndolo al medio mientras él gritaba y se desangraba. Pronto un pequeño rostro se asomó por el agujero; la decisión sobre su vida ya había sido tomada.
FIN
Historia ilustrada por el artista argentino
Rolo Tello.