viernes, 1 de noviembre de 2024

LA RÉPLICA




Perfecta; la pequeña puerta quedaría perfecta. Mateo tomaba las medidas del antiguo tocador francés para tallar la nueva pieza. No se oían ruidos; no había distracciones. Su trabajo era su arte; su trabajo era su vida.

A la misma hora de siempre encendió el televisor; última conexión que tenía con el mundo. Enseguida comenzaron a hablar de Sabrina, la adolescente que había desaparecido hacía una semana.

Mateo seguía el caso de cerca, y se dejaba hipnotizar cada vez que nombraban a Sabrina.

“Sabrina”... El nombre resonó en la carpintería cual sutil lluvia de astillas.

La fotografía de la joven se congeló en la pantalla. Los lentes redondos de Mateo reflejaban la luz, ocultando sus ojos grises. Recorrió con la vista el largo cabello negro, y se perdió por un instante en aquel último bucle que descansaba sobre esa piel desnuda y blanca.

La escuadra de acero tembló entre sus dedos cuando la periodista anunció que tenía novedades. La adolescente había sido hallada sin vida. Sabrina. Sí. Sabrina.

La transmisión del lugar en vivo se veía irreal, parecía un bosque montado para una noticia falsa. Mateo no pudo oír los detalles; un lamento de hojas secas lo envolvió, y solo alcanzó a escuchar que Sabrina fue estrangulada. El asesino no dejó huellas. Fue como si se hubiera convertido en un objeto inanimado para así perderse en la oscuridad del ambiente, llevando consigo el secreto de un crimen perfecto.

El carpintero sintió un dolor que se acumuló en su pecho, y la escuadra de acero finalmente cayó al suelo.

Ya no pudo continuar trabajando en el tocador francés, ya no pudo seguir con sus tareas como cualquier tarde de jueves. Tras una semana viendo las fotografías de Sabrina llegó a sentir que la conocía al detalle. Es que su aguda mirada de artista había contorneado cada una de sus curvas, como un amante silencioso que se toma un tiempo eterno antes de dar el paso decisivo.

A la mañana siguiente no terminó su desayuno; el café negro le supo a un tazón de lágrimas. De pronto sintió una presencia, como si alguien lo estuviera observando de frente. Se acercó al sillón colonial en reparación y notó que el almohadón estaba bajo. El asiento volvió a inflarse, y entonces escuchó que unos pasos se alejaban; unos pasos de pies descalzos.

Por la tarde lo interrumpió un ruido proveniente de la cocina. Allí encontró un vaso rodando sobre la mesa, que cayó para estrellarse contra el suelo. Y enseguida se volvieron a alejar unos pies descalzos juguetones

No pudo seguir el rastro; pues en ese momento el televisor se encendió por sí solo, y la trágica historia de Sabrina sonó a máximo volumen.

Mateo miró a su alrededor y una idea lo golpeó de repente. Se dirigió entonces al fondo del taller, donde tenía miles de objetos acumulando polvo. Cualquiera diría que el sitio estaba desordenado, pero él tenía un registro mental de todo lo que allí guardaba. Sin vacilar salió con un gran tablón de madera de cerezo que había guardado durante diecisiete años.

Transportó la pieza con determinación y ternura. Un aroma a cabellos de niña en primavera flotaba en el aire. La carpintería, un santuario, se convirtió en el escenario de un ritual, donde cada cincelada iba devolviendo la vida a la joven. Las manos de Mateo creaban una nube de aserrín que el sol atravesaba y pintaba de dorado. En aquel brillo tomaron forma fantasmas de vivencias de Sabrina, de todas las posturas que aprendió en la escuela de danzas.

A partir de ese día ella se convirtió en su compañera inseparable. La joven jugaba a su alrededor abriendo y cerrando los cajones del tocador francés, e imitaba en forma payasesca el modo en que él manejaba las distintas herramientas. El taller entero se llenó de correteos y todo desbordó de risa adolescente.

El mundo exterior también cambió. Al mirar a las personas notaba que no tenían expresiones, y que sus rostros se desmoronaban como viejos maniquíes. Ellos corrían una carrera sin destino, mientras él avanzaba a paso firme. Cuando entregaba los trabajos sonreía, pero no una sonrisa empática. Más bien era un reflejo ocasionado por la melodía de cello que sonaba en su interior, y que solo él podía oír.

El peso que cargaba en sus espaldas se convirtió en un montón de plumas, que se fueron esparciendo por la ciudad. Mateo regresó ansioso a su carpintería; un cosmos en miniatura; el último refugio de un mundo rabioso. Las horas transcurrían, los días pasaban, pero allí el tiempo llevaba otro latir. Cada corte era preciso, cada rasgo era idéntico y recreaba la alegre esencia de Sabrina.

Cuando terminó de lijar la última pieza, una gota de sudor se desprendió de los escasos cabellos de su frente, y el espíritu de la adolescente lo limpió con un pañuelo. Un instante después notó que la joven no estaba más a su alrededor, no correteaba con pies descalzos, tampoco abría y cerraba los cajones; ella estaba tras los labios sellados de la muñeca, encerrada en un mutismo perpetuo.

La obra estaba lista. El carpintero la inspeccionó una última vez, pero al llegar a ciertos relieves pronto se incomodó. Le puso unas prendas sencillas para cubrirla, luego sintió que estas no eran dignos de la tersa piel de la nueva Sabrina, y fue a comprar vestimenta idéntica a la que había visto en las fotografías compartidas por televisión.

Él recordaba cada detalle: la camiseta blanca de mangas cortas, el pantalón de jean de agujeros precisos, y el vestido de color azul que apenas cubría sus rodillas inquietas. Recorrió varios sitios buscando reproducciones exactas de cada una de esas prendas. Luego eligió la ropa interior con los ojos cerrados, para no profanar la intimidad de la joven. Ruborizado, Mateo pagó a la cajera y ocultó rápidamente las prendas íntimas en una bolsa que escondió bajo el brazo. Con la compra realizada, se apresuró a salir de la tienda, ansioso por buscar el último detalle para vestir a su creación: un cabello natural negro y rizado, idéntico al de Sabrina.

Mateo sentó a la muñeca en el sillón colonial en medio de la carpintería. Allí la vistió y desvistió buscando el mejor atuendo, mientras sus dedos se demoraban con cada botón. De pronto, al descubrirle el delicado abdomen, vio la ropa interior asomarse. Su pulso se aceleró al momento en que por fin supo que aquella era del color de sus fantasías.

Ese día no pudo avanzar con su trabajo. Estaba distraído. El viento movía el vestido de la muñeca y su sonrisa se veía casi humana.

La noche cayó y los ruidos del taller se apagaron. Mateo se retiró exhausto hacia la pequeña habitación de la planta superior. Mientras se alejaba se dio la vuelta para volver a mirar a su obra. Luego de dar unos pasos la vio otra vez. El vestido de la muñeca se había levantado, y revelaba sus muslos. El carpintero estaba a punto de subir las escaleras cuando se dio la vuelta una vez más, y entonces vio a la muñeca de pie junto a él.

Los ojos de madera, antes vacíos, ahora centelleaban con una luz siniestra. Los labios, antes sutiles, dibujaban una sonrisa macabra. La réplica extendió los brazos como garras hacia Mateo, y sus dedos se cerraron alrededor de su garganta. Pronto el carpintero emitió un grito ahogado y cayó al suelo, prisionero de un mutismo perpetuo.

Nadie sospechó de ella, que volvió a convertirse en un objeto inanimado para así perderse en la oscuridad del ambiente, llevando consigo el secreto de un crimen perfecto.


viernes, 11 de octubre de 2024

EL LEGADO DEL TÍO BORIS





No puedo decir mucho sobre mi tío Boris. Él rara vez asistía a las reuniones familiares y, cuando lo hacía, no pasaba mucho tiempo antes de que se deslizara fuera de la habitación mientras nadie lo notaba. En aquellos breves encuentros, que podría contar con los dedos, Boris siempre vistió el mismo atuendo: sombrero pequeño, lentes oscuros y un sobretodo negro que le llegaba a los tobillos. Así se presentaba, aún en los días más calurosos, y se quedaba a solas en un rincón observando todo; sin más rasgos distintivos que su pequeña barba gris. Junto a su nombre, la palabra tío pesa lo que una sombra en una esquina.

En su funeral no éramos muchos, y tampoco esperábamos a más personas; jamás le conocimos un amigo o una novia. Solo asistimos algunos parientes, y creo que varios estaban allí únicamente a esperas de la herencia.

Ese día el cementerio estaba tan silencioso como lo era Boris. El viento no soplaba, las hojas estaban quietas y hasta los relojes dejaron de funcionar aquella tarde. A lo lejos, el calor dibujaba siluetas de árboles y arbustos. El párroco no dijo más que unas palabras de rutina; lo cierto es que nadie conoció a mi tío lo suficiente como para dar indicaciones para el discurso fúnebre. Pronto el cura se despidió con una breve plegaria: «Que el silencio de los héroes desconocidos tenga voz en el cielo, y su sacrificio resuene en la eternidad. Que sean abrazados por sus hermanos y por fin alcancen la paz».

Poco después de que el sacerdote se retirase vi emerger del horizonte a unos sujetos misteriosos vestidos de negro; cinco en total. Saludaron con un leve movimiento de cabeza, y se quedaron alejados, hablando entre sí e inspeccionando el lugar como acostumbraba hacerlo Boris. Luego de unos minutos se retiraron en forma tan disimulada como habían llegado.

Nosotros nos quedamos un rato más junto a su tumba, hasta que llegó la hora de encontrarnos con el notario para la lectura de la sucesión.


*


El testamento fue una verdadera sorpresa. Mi tío me había dejado todas sus pertenencias, incluyendo su valiosa mansión victoriana. Algunos manifestaron que debía repartir la herencia, pero sus deseos habían sido claros.

Esa misma tarde me dirigí a la casa. Era tan grande como la recordaba, e igual de tenebrosa. Por fuera las hiedras la habían conquistado casi por completo, trepando por sus columnas, apresándolas, y cubriendo sus paredes para llenarlas de moho y humedad.

La puerta estaba trabada y me dio trabajo abrir la cerradura; luego tuve que empujarla con el hombro para poder ingresar. Una vez adentro me sentí que estaba otra vez en un cementerio. El polvo y el silencio se manifestaban como una criatura viva, dando la sensación de que el lugar estaba deshabitado desde hacía una década. Las persianas bajas cubrían todo de una oscuridad pesada que hacía parecer a los muebles más antiguos de lo que eran. Di unos pasos haciendo crujir el piso de madera, y enseguida alguien se acercó a recibirme:

―¡Arturo! ―exclamé.

Era el perro de mi tío Boris. Lo había visto solo en una oportunidad, hacía diez años, pero era un compañero inolvidable; un perro grande, imponente; un dogo de Burdeos de pelaje corto, rojizo como un vino francés.

Arturo era tan reservado como su dueño, y aquel recibimiento no fue la excepción. Se acercó para olerme y luego subió a uno de los sillones para seguir descansando. Entendí que me había aceptado.

Recorrí la casa; mientras los recuerdos de haber estado allí volvían a mí como un sueño. Solo había ingresado una vez cuando era pequeño, y apenas logré llegar hasta la sala cuando Boris enseguida me dijo que me fuera. Lo mismo les pasó a mis primos. Hemos conversado sobre la experiencia de ir a esa mansión y del miedo que nos provocaba, y recuerdo leyendas como que una vez las manos de mi tío estaban ensangrentadas, o que lo vieron sin su sobretodo, y tenía los brazos y el cuello repletos de cicatrices. Hubo un tiempo en que pensé que aquellas no eran más que mentiras que se cuentan los niños; hoy creo que surgieron de un sitio verdadero.

Mientras exploraba, en uno de los pasillos encontré un enorme armario de estilo Luis XV, de madera tallada a mano. Al abrirlo encontré una imagen que me heló la sangre. Allí, colgados en fila, había una docena de sobretodos negros idénticos, cada uno con el mismo corte y textura que el que mi tío Boris siempre llevaba. Lo que me resultó aún más inquietante fue que parecían ser de mi talla. Fue en ese momento que noté que yo había heredado también su estatura y complexión. Sentí un escalofrío al imaginar que podía ponérmelos, que podía parecerme a él en algo más que solo el parentesco. Extendí la mano para tocar la tela, y entonces sentí que la presencia de mi tío se cerraba alrededor de mí, como una sombra que me envolvía.

Continué avanzando hasta llegar a una gran habitación; era el dormitorio principal. Su habitación, mía ahora, no se veía más acogedora que los aposentos de un vampiro. En el centro había una cama gótica, y del techo colgaba una enorme araña de bronce. Alrededor vi media docena de candelabros con velas rojas derretidas. Intenté encender la luz, pero no funcionó. Imaginé entonces que mi tío se acostaba a dormir iluminado por la tenue luz de las velas, haciendo que el lugar pareciera la recamara de un castillo medieval.

Lo siguiente que visité fue la biblioteca. Ocultismo, nigromancia, demonología; sentí que no volvería a ser el mismo tras cruzar la puerta. Los estantes llegaban hasta el techo, y estaban repletos de tomos y adornos antiguos. En un rincón vi una chimenea de hierro con el rostro de una gárgola congelada en un grito eterno. El silencio era absoluto, como si la biblioteca estuviera encapsulada en una burbuja. La luz de las lámparas bañaba todo de un color amarillento, empujando poco a poco la oscuridad hacia los rincones. Revisé los libros y encontré algunos con cubiertas de cuero, que al tacto parecían más piel humana que animal, otros tomos estaban escritos en alfabetos completamente desconocidos para mí, y también encontré varias versiones de la Biblia.

A pesar de lo siniestro del lugar, decidí mudarme de inmediato. Una mansión regalada era demasiado buena como para andar encontrándole defectos, sobre todo considerando que yo ya estaba un poco mayor para seguir viviendo con mi madre.

Esa tarde sacié muchas de mis curiosidades, y comencé a descifrar el enigma que envolvía a mi pariente. Yo era el nuevo dueño de sus pertenencias, y también de sus secretos.


*


La primera noche me costó dormir, la casa hacía ruidos a causa de los materiales que se enfriaban tras la caída del sol. La mansión entera respiraba un quejido sibilante, mientras el viento movía las hiedras que chocaban con las ventanas. Tras dar muchas vueltas en la cama decidí seguir explorando.

Regresé a la biblioteca; sin duda el sitio preferido de mi tío. Encendí las luces y sentí su presencia como en ninguna otra habitación. Noté que allí había varias tazas y platos vacíos, de las cenas que tuvo mientras desentrañaba los misterios del universo con la ayuda de sus libros arcanos.

De pronto me di cuenta de que en la parte superior de unos estantes había una sombra desigual. Me acerqué, y al quitar algunos libros mal acomodados hallé un viejo pasador oxidado. Entonces se abrió una puerta secreta. Al cruzarla ingresé a un pasillo estrecho y oscuro. El aire estaba viciado, y las altas paredes se acercaban entre sí con cada paso que daba.

Mientras avanzaba por el pasillo, comencé a escuchar susurros débiles que parecían venir de detrás de las paredes. No podía distinguir lo que decían, pero me sentí observado. En ese momento las luces se apagaron y quedé en completa oscuridad.

Intenté regresar, pero la puerta se había cerrado detrás de mí. Estaba atrapado. Los susurros se hicieron más fuertes y pude sentir una presencia a mi alrededor.

Escuché un gruñido bajo y sordo, proveniente de un lugar en el que la oscuridad era más intensa. Quise correr, pero mis pies estaban pesados, como si estuvieran anclados al suelo. La presencia se acercó más y podía sentir su aliento en mi rostro. Pero entonces todo se detuvo. Las luces se encendieron y la puerta se abrió por sí sola.

Regresé a la biblioteca temblando de miedo. No sabía qué había pasado en ese pasillo, pero sabía que no quería volver a experimentarlo; aún no estaba listo para enfrentar lo que se escondía en las sombras de la mansión.


*


La siguiente noche desperté con la sensación de que alguien estaba en mi habitación. Cuando encendí la lámpara a mi lado, vi a Arturo sentado en una silla al pie de la cama, mirándome sin parpadear.

Le hablé, con calma al principio:

―Arturo, ¿estás bien?

Pero él permaneció inmóvil.

Le grité, y aun así no se inmutó.

―¿Qué te pasa, Arturo?

Su mirada intensa me incomodaba, pero lo cierto es que siempre me gustaron los perros, y la situación no me dio miedo, sino que estaba más bien preocupado por su salud.

Llegué a pensar que aquello era un sueño, y me levanté de la cama para acercarme a él. Acaricié su pelaje suave y cálido; Arturo estaba allí, en carne y hueso.

De repente se levantó y salió de la habitación sin pérdida de tiempo. Me quedé sentado, y ya no pude volver a conciliar el sueño. La experiencia me dejó con una sensación de inquietud y curiosidad. ¿Qué le había sucedido a Arturo? ¿Acaso deseaba comunicarme algo? ¿Qué secretos conocía el perro de mi tío Boris?


*


La noche siguiente ocurrió algo de verdad aterrador. Me desperté con la sensación de que algo estaba directamente encima de mi cama y absorbía todo el aire a mi alrededor. Al abrir los ojos, vi a mi tío Boris con su rostro a centímetros del mío, echándome todo su aliento frío en la cara. Estaba flotando en el aire, y su aspecto era el de alguien que emergió de su tumba. Tenía los ojos completamente negros, y su piel estaba pálida y resquebrajada, como cubierta de una capa de ceniza. Intentó hablarme, pero su voz era un susurro inentendible. Yo había perdido todos los sentidos a causa del miedo; estaba paralizado, y solo podía sentir mi corazón latiendo con fuerza. Volví a enfocar la mirada en la figura de mi tío y esta comenzó a cambiar de forma. Su rostro se estiró y se convirtió en una criatura grotesca con ojos rojos brillantes, iluminados por una pequeña llama interior. Todo a su alrededor se convirtió en una nube oscura de moscas pestilentes. Entonces se acercó a mí oído y me habló con una voz que sonó como un cuchillo: «Eres el próximo».

Tras decirme eso, un olor a muerte llenó el lugar. Su cuerpo comenzó a descomponerse, y su carne se desprendió dejándole los huesos a la vista.

Toda la putrefacción cayó encima de mí, y un instante después desperté a los gritos, empapado en sudor.

Intenté secarme con una toalla, pero era imposible, aquel sudor era denso y viscoso, como nunca me había ocurrido. Debí darme un baño, y aún así la toalla se seguía pegando a la sustancia gelatinosa que tenía adherida a la piel.


*


Al día siguiente decidí revisar de nuevo la biblioteca; estaba convencido de que allí encontraría alguna clave de lo que mi tío ocultaba. Entonces hallé un álbum familiar. Comencé a hojearlo desde la última página, y solo unas pocas fotografías eran a color; enseguida pasé a la sección color sepia.

No vi imágenes mías ni de mis primos, solo había una de mi madre de pequeña; los parientes que allí estaban retratados habían fallecido hacía mucho tiempo. Vi, entre otras personas, a mis abuelos, a quienes no conocí en vida, pero no supe quiénes eran los demás. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue que en varias de esas imágenes había un hombre misterioso, vestido con un sobretodo negro, de estilo de los que usaba mi tío Boris. Era como si cada generación hubiese tenido su familiar sombrío; un alma atormentada; una "oveja negra". También noté que había un personaje que se repetía, inmune al paso del tiempo, y ese era Arturo. Primero quise convencerme de que eran perros diferentes, de la misma raza, pero no había dudas, era él, y en todas estaba del mismo tamaño y con la misma mirada.

Mientras comparaba dos imágenes de él de épocas distintas, una fotografía cayó al suelo. Al recogerla vi que era otro retrato del dogo. Estaba en blanco y negro, y lo acompañaba un sujeto inquietante sentado en un sillón colonial, que usaba un bigote grande y vestimenta de hace más de un siglo. Arturo ya era un perro adulto, imponente, y hasta podría decirse que ya era viejo. Aquella criatura siempre formó parte de mi familia, como una herencia maldita de antigüedad insondable.

Di vuelta la fotografía, esperando ver alguna pista, y al otro lado había una sola palabra escrita: "Orutt".

En ese momento recordé la forma en que Arturo me había mirado cuando entré a la casa por primera vez tras la muerte de mi tío. El perro no solo había aprobado mi presencia allí, él me había estado esperando; él sabía que yo iría a vivir a ese lugar.

Dejé el álbum y fui a buscarlo, pero no lo encontré en ninguna parte. Fue entonces cuando me asomé a la ventana y lo vi enterrando algo en el fondo del jardín. Mi corazón se aceleró al pensar en qué podría ser.

Apenas vi al perro ingresar a la casa, salí con una pala y comencé a desenterrar lo que había dejado allí.

Poco después di con los restos de una persona. Eran huesos, pero se notaba que estaban frescos, y cubiertos de una sustancia que me recordó a la noche en que soñé con mi tío. Miré a mi alrededor y noté que en todas partes la tierra había sido removida; estaba claro que aquel no era el único cadáver.

Más cavaba y más cuerpos encontraba; desenterré no menos de treinta esqueletos, aunque sé que habría encontrado cientos de haber continuado.


*


Algo en mi interior comienza a tomar forma, es una verdad inexorable que me negaba a aceptar. Mi tío Boris, con su mirada distante y su presencia enigmática, era de ese modo a causa del peso de un secreto. Él nos estaba protegiendo. Durante décadas se hizo cargo del mejor modo que pudo de contener a la bestia, y no fue el primero. Arturo, conocido en el inframundo como Orutt, ha sido una presencia oscura que acechó la humanidad durante siglos, alimentándose del miedo y la sangre de generaciones enteras. Ahora, que la sombra de la bestia se cierne sobre mí, conozco la verdadera medida de ese peso.

Hoy veo a Arturo prepararse para devorar una nueva víctima, y veo su cráneo abrirse a la mitad como las fauces de un abismo infernal. Y mientras cientos de colmillos surgen de su segunda mandíbula, solo me queda elegir. Elegir quién será el siguiente, quién será el sacrificado para calmar su apetito perpetuo. ¿Un extraño en la calle? ¿Alguien cercano? ¿Un criminal? La elección es mía, y también la condena.

Solo una plegaria me queda: "Que el silencio de los héroes desconocidos tenga voz en el cielo, y su sacrificio resuene en la eternidad. Que sean abrazados por sus hermanos y por fin alcancen la paz".



FIN

martes, 3 de septiembre de 2024

EL ECO DE LOS MUERTOS





En el corazón del cementerio, donde las sombras bailan su vals macabro, Axel Vega caminaba a gusto entre los muertos. La grama congelada era un sendero de cristal; un farol que lo guiaba en su ambición desenfrenada.

La codicia de sus manos lo arrastraba a lo más profundo de los pecados, y con dedos maculados ultrajaba a los difuntos. Se hizo con reliquias, anillos y collares, y hasta objetos cuya estima solo mide en los recuerdos.

Los ángeles de piedra lo juzgaban: «Ladrón abominable», le decían, «No eres más que una serpiente desalmada». Pero nada detenía su codicia, que por dentro lo quemaba como llama funeraria.

Una noche se adentró por un panteón olvidado, con lujosas sepulturas hechas ruina. No había otra luz que de la luna. Y la pálida bruma era un sudario que cubría las lápidas caídas.

El aire era frío y estaba impregnado de hierba húmeda y ceniza. La respiración de Axel se aceleraba a medida que se acercaba al sitio indicado. Un ciego le había contado que allí sepultaron el tesoro de una vampiresa. Pero el anciano también le hizo saber que la bestia milenaria aborrecía a la entera humanidad, y maldecía a los incautos sellando sus destinos.

Axel, sin embargo, no creía en maldiciones, porque no creía en nada a lo que no pudiera colocar una etiqueta con el precio. Para él, la entidad legendaria no era más que un cúmulo de huesos.

Recorrió el descampado hasta hallar el mausoleo. La fachada de mármol estaba cubierta de hiedra, pero aún se veía una cruz invertida en lo alto. La cruz comenzó a latir, y le dijo al oído que allí estaba el tesoro.

Con un golpe de hacha rompió la cadena. Al ingresar, descubrió un ataúd solitario, grabado con runas que ardían en la penumbra. No había dudas; era el sarcófago de la vampira.

Alzó la tapa para apoderarse de las riquezas, pero solo encontró una criatura desnuda y momificada, consumida por su maldad.

El rostro de la vampiresa se movió, y abrió unas orbes amarillas. De sus labios agrietados emergió una voz que resonó como lamento de ultratumba: «¿Cómo osas enfrentar la oscuridad de mi reino, mortal? Aquí el tiempo se detiene, y puedo suspender tu vida y condenarte a una agonía interminable».

Un viento espectral cerró la puerta, y el corazón de Axel se hizo hielo.

*

Axel Vega ahora es un engendro de la noche, sentenciado a vagar por siempre el cementerio. Sus ojos no ven más que figuras oscuras. Sus pies hoy dan pasos circulares. Y sus oídos solo escuchan los susurros de los muertos. Así, recorre el lugar en ciclo de locura y desespero, buscando una salida que jamás encontrará.

El cadáver de la vampira también sigue allí, esperando con paciencia infinita a la próxima víctima que se atreva a despertarla, e interrumpir su descanso eterno.


viernes, 9 de agosto de 2024

EL ABISMO EN EL ESPEJO




El carruaje la estaba esperando desde hacía una hora, pero Madame Véronique de Bourgogne aún no estaba lista.

Madame dijo el chofer, no deseo incomodarla, pero llegaremos tarde a la fiesta.

Ella seguía frente a su tocador, mirándose mientras continuaba aplicándose maquillaje como quien forma una escultura de arcilla, añadiendo trozos con sus manos, dando forma humana a una masa amorfa e inerte.

El tocador de Véronique era un altar de vanidad tallado en roble negro. Su superficie de mármol estaba cubierta de frascos de perfume y cajas de cosméticos. El espejo oval, con su marco dorado, la observaba y la juzgaba con mirada fría.

La habitación estaba sumida en una oscuridad sepulcral, a excepción de su rostro, que era iluminado por una pequeña lámpara de aceite.

Las sombras pesadas a su alrededor parecían garras que se alejaban y acercaban a su figura con cada respiro.


Al fin la mujer decidió que se veía perfecta, y su conductor la llevó a la ceremonia a la que ella, como la mujer más poderosa del distrito, no podía ausentarse.

Las paredes rosadas de Le Salón de la Vanité estaban adornadas en detalladas molduras, y del techo blanco colgaban dos enormes lámparas gemelas. Hacía pocos meses que había llegado la energía eléctrica a la ciudad, y la galería estaba iluminada al punto que dañaba la vista; era un esplendor del poder de la tecnología al servicio de la gente de la alta sociedad.

Pero los lujos del lugar y las largas mesas de alimento y bebida se vieron opacados cuando Madame de Bourgogne cruzó la puerta. Todos los invitados se dieron la vuelta para observarla. Su vestido de seda era una ostentosa muestra de sus riquezas. Sus prendas valían más que las de todas las otras mujeres juntas, sin embargo, no podían ocultar lo que escondía debajo.

La acaudalada mujer recorrió el lugar intentando ser amable con cada invitado, pero nadie le sostuvo la conversación más allá de unos pocos intercambios de preguntas triviales, y enseguida se apartaban de ella como si fuera una plaga.

Véronique salió a tomar aire al parque; el maquillaje comenzaba a derretirse y a chorrear entre sus senos ajustados por el corset.

Su chofer la aguardaba inmóvil junto al carruaje.

Estas jovencitas se creen mucha cosa dijo ella. Si me hubieran conocido cuando era joven… Mi difunto esposo y yo desayunábamos empresas como las de sus familias. Si me hubieran visto en esos tiempos no se sentirían tan bellas y poderosas.

El conductor prefirió no emitir palabra alguna; conocía como pocos los secretos de recamara de ella y su marido, y sabía en qué ocasiones era mejor permanecer en silencio. Ella volvió a ingresar al edificio donde, de espaldas junto a la entrada, dos muchachas conversaban en voz baja para luego reír a carcajadas irritantes. Al pasar cerca de sus espaldas, pudo oír la conversación:

¿Viste todo ese maquillaje? Ni siquiera con su dinero podrá seguir manteniendo ese vicio.

No es más que una vieja desesperada.

Desesperada y horrible. Tantos productos no han hecho más que arruinarle la piel. Es un adefesio.

Las jóvenes notaron su presencia demasiado tarde, y sus miradas culposas no hicieron mucho por ocultar que estaban hablando de ella.



El salón dio vueltas alrededor de Véronique. Todos la estaban observando al igual que cuando llegó al lugar por primera vez, pero ahora los invitados tenían sus rostros cubiertos por máscaras demoníacas. La miraban y la juzgaban; la miraban y reían con enormes bocas macabras.

Véronique corrió hasta su carruaje y sobre el vidrió de la puerta pudo ver su reflejo. Aquel ser en decadencia no parecía ser ella, no era la hermosa mujer que veía cada noche en su tocador.

Lloró durante todo el trayecto y al descender del vehículo sintió un escalofrío al ver que el chofer no tenía rostro. La noche había tragado sus facciones, dejando una alta silueta impenetrable. Ella rechazó su mano y se alejó de él con rapidez.

El crujido de la grava bajo sus pies fue lo único que rompió el silencio mientras caminaba a prisa hacia la entrada de su mansión.

La luz de la luna la persiguió como una fuerza sobrenatural, y las alimañas murmuraban vejaciones en su oído. Cuando por fin llegó a la puerta, esta se abrió con un gemido; como si la propia casa estuviera aliviada por su regreso.

Véronique ingresó a su habitación con la respiración entrecortada, y aunque se corrió el maquillaje embarrado en lágrimas, y se desabrochó el vestido, en su reflejo seguía viéndose perfecta.

Comenzó a desnudarse, y sus senos se veían firmes en el espejo, no así cuando se los miraba directamente, que colgaban de sus huesos como una mortaja.

En ese momento su mente se desmoronó, hundiéndola en un abismo de locura y terror. Cayó al suelo de rodillas y le imploró a su antiguo tocador:

¡Muéstrame la verdad! dijo, y luego le aventó uno de sus zapatos.

El taco rompió una de las puntas del cristal, y por fin pudo ver su verdadero rostro.

Madame Véronique tomó el trozo de espejo que se había desprendido y se cortó las venas frente a él.

Durante años había estado maquillando una persona diferente a la que creía ser. Desde tiempos inmemorables había estado cargando de productos una piel deshecha, repleta de heridas infectas y supurantes. Pero el espejo de su lujoso tocador no le mostraba un solo defecto, no proyectaba nada que ella no quisiera ver. Ella era una efigie para él; una figura de pocos milímetros de espesor.

Cuando Madame de Bourgogne exhaló su último aliento, el espejo se oscureció, detallando su piel putrefacta que se desmoronaba sobre el suelo. Ya no había necesidad de seguir mintiendo; la amistad frívola y bidimensional que tuvieron había llegado a su fin.





Historia ilustrada por el artista argentino Rolo Tello.

jueves, 8 de agosto de 2024

ESA SOMBRA ENTRE YO Y YO





A veces siento que no soy yo;
que nací en mi lugar, me pusieron mi nombre,
y llevo toda mi vida haciéndome pasar por mí.

A veces siento que la mordaza me ahoga
para prohibirme decir lo que pienso,
y así la gente no se pregunta:
«¿Acaso esta persona es extraña,
o estoy viendo un extraño fingiendo ser una persona?»

Frente a frente en el espejo no me reconozco,
detrás de mis ojos solo hay oscuridad.
Es la sombra que se esconde entre mi alma y mi piel.

Evoco entonces su rostro:
la que me atraviesa con su mirada.
Y yo me pregunto:
«¿Acaso ella me ve a mí o lo ve a él?»

sábado, 4 de mayo de 2024

EL CONFESIONARIO DEL DIABLO






Los edificios abandonados presentan una belleza que no se encuentra en los lugares atestados de gente. El silencio permite un goce pleno de sentidos, y solo los pájaros se atreven a irrumpir en el vacío con sus cantos. El aire, libre de polución, llega hasta el fondo de los pulmones, mientras la luz solar ingresa por aquel tamiz de murallas, dando vida independiente a cada pigmento. Todo aquello despierta nostalgia por lo que imaginamos pudo haber sido esa obra en plenitud; y el sentimiento es mayor cuando el edificio es grande, como un teatro, un castillo, o una iglesia.

El padre Ignacio fue el primero en ingresar. La iglesia estaba abandonada desde hacía setenta años. Un lugar que supo acoger a cientos de feligreses cada domingo, se había convertido en un sitio fantasmal. El edificio se extendía en todas las direcciones, en especial hacia arriba, pues su techo era tan alto como el cielo. Fue una pérdida millonaria, pero, según se decía, las inundaciones a su alrededor habrían privado el acceso. Al final se tomó la decisión de construir una parroquia en el centro de la ciudad, al alcance de todos.

Aquella nueva estructura no contaba con la calidad en su mobiliario que había tenido su predecesora, y cuando todo comenzó a destruirse, al párroco se le ocurrió ir en busca de los finos muebles de la vieja iglesia.

Sus obras talladas eran majestuosas, de esas por las que se gastaron vidas enteras en su manufactura. Contaba con largos bancos, cuya madera solida había sobrevivido a los trastos enchapados del edificio nuevo; los doseles en las paredes tuvieron en su momento adornos bañados en oro, pero los ladrones no se hicieron esperar; y en el centro de la escena, el altar aún contaba con una sólida piedra superior, que pesaba tanto que nadie se había animado a robarla. Pronto las puertas fueron cerradas con cadenas, y los hurtos cesaron casi por completo. Manteniendo al edificio congelado en el tiempo.

La idea original del padre Ignacio era llevar los bancos, de los que más de la mitad aún estaban firmes, pero se le iban los ojos ante tanto lujo desmoronado.

―Está todo roto, Padre ―dijo uno de los obreros.

Es que el mobiliario de ese lugar era macizo, y aquel hombre consideraba que no le pagaban lo suficiente como para un trabajo tan duro. Pero el sacerdote seguía mirando a su alrededor y ordenando que llevaran todo aquello que podía tener alguna utilidad, hasta que de pronto vio un mueble cubierto con un manto.

Se acercó despacio, y sintió que un silencio lo envolvía. Corrió la tela como quien sabe que hallará algo sublime, y así fue; bajo la tela encontró el confesionario más exquisito que vio en su vida. Era una obra labrada del siglo XVI, que nada tenía que envidiarle a la de la catedral de Toulouse.

El párroco enmudeció ante tanta belleza gótica. Tenía columnas de roble torneadas en espiral, coronadas por un arco en punta con dos querubines. Estaba inmaculado, lo único que requería era un cambio de cortinas, que eran de color púrpura, el más lujoso de esos tiempos, pero habían sido atacadas por las polillas.

El cura debió ensayar sus palabras y, luego de varios intentos para recobrar el aliento, encargó que subieran el artefacto al camión.

Para levantar el confesionario tuvieron que trabajar en conjunto los cinco hombres que acompañaban al sacerdote. Uno de ellos seguía en contra de llevar semejante trasto, al final terminó teniendo razón, cuando el confesionario resbaló por un instante apresándole los dedos.

Cuatro fracturas de falanges en una mano y tres en la otra; eso fue lo que finalmente dictaminó el médico. Más allá de aquel infortunio, el mobiliario llegó ileso, y el siguiente domingo hubo un gran reestreno.

El padre Ignacio dio la bienvenida en la entrada de la parroquia, llevando su túnica más blanca que nunca. Todos querían asistir a la pequeña iglesia de Santa Fe para verla con las vestiduras traídas del viejo edificio. Las personas mayores querían reencontrarse con los muebles que conocieron en su infancia, que ya tenían cien años en aquel entonces, y que habían sido lustrados para hacerlos vivir por otros cien años más. Décadas habían transcurrido desde que se vio tanta gente en aquel sitio y, aunque nadie los contó, se habló de una asistencia de seiscientos sesenta y seis devotos.

La misa fue aplaudida al final; el padre Ignacio la había dado con el énfasis que le ponía en su juventud. Todos querían estrechar su mano en agradecimiento. Al final, se fue a sentar en el confesionario, a espera de quienes quisieran expiar sus pecados.

Las cortinas púrpuras habían sido sustituidas por unas de color rojo punzó, y la fila de creyentes llegaba hasta la entrada de la iglesia. Fueron muchos los que pelearon por pasar en primer lugar, pero la viuda Justina de Aragón alzó su nariz respingada y, tras un resoplido, dijo que ella tenía merecido ese honor:

―Mi difunto esposo ayudó a construir esta parroquia, y yo he continuado donando dinero, mucho más que el podrían dar todos ustedes juntos.

Los demás terminaron aceptando, y enseguida ella entregó el bolso a su chofer, que la duplicaba en tamaño, para luego caminar con la espalda bien erguida hasta el confesionario. Estuvo allí durante unos pocos minutos, y salió sin color en las mejillas. No quiso mirar a nadie, y atravesó la multitud mientras sujetaba los botones de su blazer. Sus pequeños tacos resonaron con rapidez por los escalones de la entrada, y el chofer la siguió sabiendo que esa era la señal de que debía llevarla de inmediato a su mansión.

Luego de aquello pasaron al confesionario otras tres personas, y todas ellas, al correr la cortina, salieron con la misma expresión de terror. Había decenas de creyentes en la hilera que habrían seguido experimentando lo mismo, de no ser porque el cuarto en pasar dijo a los demás que se retirasen, que el cura ya no continuaría con las confesiones ese día.

Pronto la iglesia se vació, pero poco después alguien se acercó para dar una terrible noticia. El automóvil de Justina de Aragón había caído por un acantilado, tomando la vida de ella y la de su chofer.

Un monaguillo buscó al padre Ignacio para informarlo de la tragedia, pero no lo pudo encontrar. Comenzó a gritar su nombre y hasta fue a buscarlo a su casa, detrás del templo. El párroco tampoco estaba allí, y los otros miembros de la iglesia supusieron que algo le había ocurrido, ya que él no era de desaparecer de esa manera, y dieron aviso a la policía.

Esa tarde no había oficiales disponibles, ya que, además del accidente de la señora de Aragón, hubo un altercado en una cantina. Esa tarde se jugaba el clásico: el Atlético de Santa Fe conta el Sportivo Saccheri, y hubo una pelea en la que un hombre había muerto. Según se dijo, el sujeto había comenzado a agredir a todos sin motivo, hasta que alguien lo golpeó en la cabeza con una silla de metal. Aquello le ocasionó una herida en el cráneo, y falleció antes de que llegara la ambulancia.

Ya estaba oscureciendo cuando por fin unos oficiales se acercaron a la iglesia para tomar la denuncia de la desaparición del sacerdote. El padre Ignacio era muy apreciado, y varias familias fueron para ayudar en la búsqueda.

Alguien dijo que lo último que supo fue que había ido al confesionario. Un pequeño monaguillo dijo que ya lo había buscado allí, pero luego recordó que solo lo llamó desde afuera, sin mirar si realmente estaba allí dentro.

Todos se acercaron al confesionario, y al correr la cortina encontraron al cura sin vida. Su rostro estaba marchito, y sus ojos se secaron, quedando demasiado pequeños para sus cavidades. Toda su piel se veía de color verde oscuro, como si su sangre hubiese sido sustituida por veneno.

Enseguida la policía comenzó a buscar testigos y a averiguar quiénes se quedaron luego de la misa para confesarse con él.

El monaguillo dijo ver a una mujer en la fila, la recordó porque era muy obesa. Ella había sido la segunda en confesarse. Lamentablemente dieron con su paradero demasiado tarde; había ido a cenar con su familia a un restaurante, donde murió atragantada. «Estaba fuera de sí», contó su esposo entre lágrimas, «le pedí que por favor se detuviera, pero comía y tragaba sin masticar». La señora terminó desplomándose sobre la mesa, y de allí había rodado hasta el suelo, imposibilitando todo intento de reanimación.

Parecía que no quedaban más testigos vivos de las últimas horas del padre Ignacio, hasta que, pasada la medianoche, una mujer llamó a la comisaría. Dijo que su marido se había confesado ese día, y estaba en su casa. Dio la dirección y luego cortó la llamada.

Cuando los oficiales llegaron al sitio, golpearon la puerta, pero nadie atendió, y debieron derribarla. Pronto sintieron ganas de salir corriendo de allí. La pestilencia era insoportable, y todos estaban seguros de que encontrarían un cadáver con varios días de descomposición. De hecho, temieron encontrar una escena de morbo extremo, con varios cuerpos desmembrados, ya que todo el lugar estaba invadido por las moscas. Pero de pronto se encontraron frente al dueño de casa, que estaba solo, agonizando en su cama.

El hombre estaba cubierto en sudor, con la piel llena de heridas supurantes. La sábana tenía manchas oscuras de sangre, sobre todo en la zona genital.

Los oficiales se acercaron apuntando con sus armas, pero enseguida se dieron cuenta de que aquel individuo no era una amenaza para nadie, y prefirieron cubrirse la boca y la nariz con sus brazos para no tragar de lleno ese aire nauseabundo. El detective preguntó al sujeto por qué no había ido a un hospital:

―Lo mío no tiene cura ―dijo el hombre mientras salía sangre infecta de las ampollas de su rostro―, yo mismo dicté mi sentencia cuando ingresé al confesionario.

Había contraído una enfermedad venérea hacía una semana tras tener relaciones extramatrimoniales, por lo que tomó la decisión de disculparse con su esposa, y también con Dios. Pero ninguno de los dos lo escuchó, y ambos lo abandonaron.

―Allí dentro no estaba el padre Ignacio ―continuó el individuo―. No sonaba como él. Su tono era grave, y se volvía más profundo a medida que le contaba mis historias. Pude notar lo mucho que disfrutaba oírlas… «Cuéntame más», me decía, «¡Cuéntame más, pecador!».

Aquel moribundo fue el último en ingresar al confesionario, y fue él quien había dicho a los que estaban esperando para pasar, que el tiempo de confesión ya había terminado; no porque así se lo había señalado el párroco, sino porque él no quería que nadie más viviera aquella experiencia.

―A esta altura no me importa si me creen o no ―dijo el hombre con su último aliento―, pero al abrir la puerta del confesionario vi su silueta detrás de la rejilla. No tenía los ojos oscuros del cura. Sus ojos eran amarillos y brillaban en la oscuridad.

De repente las sábanas se llenaron de un líquido negro; algo estalló en la zona inguinal del pobre sujeto, y enseguida falleció frente a los ojos desorbitados de los oficiales.

No había más testigos de lo ocurrido aquella tarde, y jamás se supo de qué murió el padre Ignacio. La policía dio como horario de defunción las doce del mediodía, justo al inicio de las confesiones. No había pruebas, pero a todos les pareció imposible que el cálido sacerdote hubiese sido quien trató a los seguidores de esa manera. Fue alguien más quien estuvo sentado en aquel cubículo, riendo, escuchando a los creyentes, pero no para expiarlos de sus culpas, sino para castigarlos por éstas.

Días después varias familias se reunieron en la iglesia, y se propusieron diversas ideas para destruir el confesionario, pero nadie se atrevió a llevarlas a cabo. El artefacto fue entonces transportado otra vez a la vieja iglesia, donde aún continúa en pie, cubierto por un manto, esperando al próximo que intente limpiarse de pecados.

sábado, 30 de marzo de 2024

RASTRO DE SANGRE





La gente me pregunta si me da miedo viajar solo, pues las carreteras en las que me muevo están llenas de peligros. Me preguntan si soy consciente de mi buena fortuna, ya que jamás tuve un problema para realizar entregas recorriendo los rincones de todo México. Es cierto, soy afortunado. Muchos dirían que tengo un ángel que me protege, que viaja a mi lado en la cabina del camión.

En una ocasión debí transportar muebles de una mudanza de Veracruz a Michoacán; un viaje de novecientos kilómetros que me tomaría no menos de once horas. Decidí partir antes del amanecer y conducir durante todo el día. Era febrero, y si viajaba sin pausas llegaría a destino antes del ocaso.

Me detuve para llenar el tanque en una gasolinera solitaria al costado de la ruta. Todo estaba negro a mi alrededor; el sol aún se reusaba a hacer su aparición. Fui a abonar la carga de combustible, y cuando estaba por subir al camión oí unos ruidos que provenían de la parte de atrás del remolque. Tomé entonces el bate que guardo bajo el asiento y me acerqué en silencio con la intención de sorprender al ratero. Al llegar vi una joven muy nerviosa intentando abrir la puerta de mi tráiler.

La muchacha llevaba puesta una sudadera negra con una capucha en mal estado, de la que asomaban unos grasientos cabellos castaños. Aun así, se veía muy atractiva.

―Por favor, ayúdeme ―me dijo―, necesito alejarme de aquí lo antes posible.

Yo me negué. No reacciono de buena manera cuando alguien intenta vulnerar la seguridad de mi vehículo.

He llevado a varias personas en mis viajes, es cierto, pero todas ellas me pidieron aventón en forma amable. Además, si bien era evidente que ella estaba en apuros, parecía que la estuvieran persiguiendo por haber cometido un crimen.

Mientras me insistía, la vi darse la vuelta repetidas veces, como si alguien estuviera a punto de atacarla por la espalda. Ni siquiera me preguntó a dónde me dirigía; estaba ansiosa por subir al camión y abandonar ese sitio para siempre.

En un último intento sacó de su bolsillo un manojo de billetes para dármelos a cambio de que la llevara. Los billetes estaban arrugados y algunos de ellos tenían manchas que sin duda eran de sangre. Aun así, tomé el dinero, pues era una buena suma, incluso era más de lo que me pagarían por el transporte de los muebles.

Le conté que me dirigía a Michoacán, y le pregunté si le servía. Ella asintió sin vacilar. Pude haberle dicho que me dirigía al mismísimo infierno y seguro me habría acompañado.

Cuando la invité a subir a la cabina me confesó que prefería viajar en el remolque junto con la carga, pues no quería arriesgarse a ser vista.

Le explique que el viaje sería largo, y yo suelo conducir durante varias horas seguidas sin detenerme, pero ella insistió en que estaba muy cansada, que había tenido una semana terrible y no había podido dormir en días, por lo que no tenía ningún problema con estar encerrada durante todo el recorrido.

Por suerte para la joven, entre los muebles que transportaba había varios colchones y sillones, donde podría acostarse y dormir con comodidad. Yo no habría podido oírla si precisaba algo, así que le prometí que en unas horas me detendría y le abriría la puerta. Al final le entregué una manta y también una cubeta, en caso de que…, bueno, tuviera la necesidad de una.

Enseguida arranqué el camión llevando a mi misteriosa pasajera, y conduje a paso firme durante horas.

El sol comenzó a elevarse detrás de mí, persiguiendo mi gran buque de acero mientras yo recorría la autopista infinita. Podía sentir cómo el astro quemaba la superficie terrestre, haciéndome sentir como una hormiga que huye de una lupa sostenida por un niño que gusta de achicharrar insectos. No vi a nadie en kilómetros, ni casas ni vehículos, solo árboles retorcidos y arbustos agonizantes a la espera de una lluvia salvadora. Deseé haber viajado junto a mi pasajera y así al menos tener una conversación. Podría haberme contado de dónde provenía y a dónde se dirigía, y quizás al conocerme un poco más se habría animado a decirme de qué estaba escapando. Nadie corre riesgos al confiarme sus secretos cuando viaja en mi camión. He llevado todo tipo de pasajeros, y algunos me han narrado vivencias terribles. Deben saber que sus relatos se quedarán allí mismo, en la carretera, y morirán conmigo, pues no soy más que un navegante en estas tierras, una parte del paisaje, al igual que esos arbustos agonizantes al costado de la ruta.

En estas tierras he tenido decenas de amores de una noche con mujeres que han viajado conmigo, y debo admitir que una parte de mí pensó en tener una aventura con la joven que llevé en el remolque. Pero aquel terminó siendo otro viaje en soledad; un día más en que los únicos sonidos que me acompañarían serían los de las ruedas girando sobre la carretera, las explosiones del poderoso motor de mi camión, y los riffs de guitarra del metal mexicano que acostumbro poner a todo volumen.

Llegué a Puebla marcando un muy buen tiempo. Era pleno mediodía y decidí detenerme para almorzar antes de continuar conduciendo. Al bajar abrí la puerta del tráiler imaginando que la joven estaría desesperada por descender, pero la hallé acostada en un colchón apoyado en el suelo, cubierta con la vieja manta que le había prestado.

Me contestó sin siquiera asomar la cabeza; me dijo que estaba bien, pero seguía muy cansada y solo deseaba dormir. Me agradeció por la preocupación, pero prefirió esperar a descender en la siguiente parada.

Almorcé rápidamente en una parrilla al costado de la ruta y enseguida regresé al camión para continuar avanzando. No volví a tener la necesidad de detenerme en las siguientes cuatro horas, y tenía pensado continuar así hasta terminar el viaje. Si seguía con aquel ritmo, llegaría a destino poco antes de se pusiera el sol, pero al cruzar la frontera de Michoacán me detuvieron unos policías.

Habían colocado unas vallas sobre la ruta, y supuse que se trataba de un operativo, como los que acostumbran realizar cuando están en la búsqueda de un criminal que se dio a la fuga.

Saludé al oficial, pero él no contestó. Tampoco me pidió el registro ni los papeles del camión, solo me miró fijo y me ordenó que descendiera del vehículo.

―¿Qué lleva en el camión? ―me preguntó de mala manera.

Era un sujeto delgado, ojeroso y de mirada lasciva. Hizo un gesto con la cabeza y enseguida se acercaron otros dos hombres armados. Uno era alto, con una barba de varios días, y el otro era un chaparro que llevaba puesta una camisa cuyos botones evidenciaban que era demasiado pequeña para ser suya. Aquellos hombres no eran policías, eran piratas del asfalto.

Sentí un malestar en el pecho, como si algo estuviera caminando por mi interior, y una nube sorda me envolvió por un momento.

―No llevo nada de valor ―dije al fin―, solo unos muebles viejos.

―Este es un tráiler muy grande ―dijo el más delgado―, tiene que haber algo interesante aquí dentro.

Caminé hacia la parte de atrás como quien atraviesa el patíbulo. Los tres sujetos me seguían de cerca, y al mirarlos de reojo noté que tenían las manos preparadas para desenfundar sus armas ante mi menor intento de jugar al héroe.

Sentía que ya estaba muerto, y que cada paso que daba era el último, pues al intentar dar el siguiente me desplomaría. Solo era cuestión de segundos para que me disparasen en el cráneo desde atrás, en un impacto tan rápido que no me causaría dolor alguno.

Llegamos al final de mi marcha fúnebre y nos paramos frente a las puertas traseras del remolque.

El viento soplaba seco, arrastrando consigo un leve olor a madera quemada.

―Por favor ―les dije―, soy un hombre de familia.

Lo cierto es que no he visto a mi hija en años, pero hay un acuerdo no escrito de que quienes vivimos solos no tenemos derecho a pedir nada a la sociedad. De todas maneras, aquella mentira no cambió el semblante de los ladrones, que seguían esperando a que abriera el camión mientras mantenían las manos a centímetros de sus armas.

―¡De acuerdo, señores! ―dije alzando la voz dirigiéndome más hacia la puerta del tráiler que hacia los tres sujetos―. Abriré y verán que no llevo nada de valor.

Tenía la esperanza de que la joven, si seguía durmiendo, se despertaría al oírme, dándole tiempo de ocultarse. No quería imaginar lo que esos hombres serían capaces de hacerle si la encontraban acostada.

El sujeto delgado ordenó a los otros dos que subieran para revisar el contenido del tráiler. Se trataba de un remolque de catorce metros, y desde abajo no se podía ver todo lo que llevaba.

Yo solo podía imaginar dos finales para aquella historia. Podían dispararme y llevarse el camión dejándome desangrar a un costado de la ruta, o podían decidir que aquella carga no valía la pena, y dispararme de todas maneras, pero sin llevarse el camión. Ya nada más un milagro podía salvarme. Esos revólveres no eran ornamentales; y todos saben que en aquellas carreteras desérticas las balas no emiten sonido, porque nadie las escucha.

Me quedé con el sujeto delgado, que no me quitaba la mirada de encima. De pronto se oyeron unos ruidos veloces, como si una ráfaga de viento hubiese atravesado el interior dentro del camión.

El sujeto gritó a sus compañeros preguntándoles si habían encontrado algo, pero no le contestaron. Luego me miró y desenfundó su arma:

―¿Hay alguien allí dentro?

Justo cuando me estaba apuntando, algo lo sujetó del rostro y lo introdujo al camión en un instante. Fue una mano, o más bien una garra, que se clavó en sus ojos y lo arrancó del suelo con una fuerza sobrehumana.

Me quedé paralizado mientras oía los gritos de aquel malviviente. No podía ver directamente lo que estaba ocurriendo, pero había un gran espejo atado a un ropero, en el que se veía un cuerpo convulsionando. Pude notar que tenía una criatura encima que le estaba succionando la sangre de una mordedura en su cuello, pero ese ser carecía de reflejo. Segundos después el cadáver salió disparado del camión. Enseguida otro más fue expulsado de la misma manera. Ambos estaban destruidos, con múltiples heridas y fracturas, como si una enorme bestia los hubiera atacado. Luego el tercero y último también cayó al suelo, volando varios metros por encima de mí.

Tras eso oí a la muchacha hablarme desde adentro del remolque, pero su voz sonó un poco más profunda que la primera vez que lo hizo:

―Cierra las puertas ―me dijo―, aún es de día.

Cerré el tráiler sin pérdidas de tiempo y enseguida encendí el camión para continuar conduciendo. Recuerdo que faltaban menos de doscientos kilómetros para llegar a mi destino, pero esas dos horas de viaje se me hicieron eternas. Ni siquiera encendí el estéreo; preferí viajar en silencio y no hacer nada que pudiera alterar el sueño de mi temible pasajera.

Cuando por fin llegamos el sol ya se había ocultado. Me detuve en una gasolinera y la joven descendió del tráiler. Noté que tenía un poco de sangre en la comisura de los labios, y le hice un gesto con el dedo para que se la limpiara. Se pasó la lengua, y pude ver entonces sus colmillos blancos como la luna.

Nos agradecimos mutuamente, y decidí devolverle el dinero que me había entregado. Me habría sentido culpable cobrándole por aquel viaje, yo solo la había llevado; ella, en cambio, me había salvado la vida.

La gente me pregunta si me da miedo viajar solo, pues las carreteras en las que me muevo están llenas de peligros. Podría decirse que soy afortunado, pues siempre logro llegar a destino. Muchos dirían que hay algo que me protege. En ocasiones es un ángel, que viaja a mi lado en la cabina del camión, pero hay veces que me acompaña algo mucho más oscuro.

sábado, 2 de marzo de 2024

UN DISPARO IMPOSIBLE





Mi nombre es Gustavo Golmayo y soy médico forense. Por once años trabajé en la pequeña morgue de El Amparo, el pueblo en que crecí, luego me trasladaron al Hospital Municipal de Santa Fe, donde trabajo en la actualidad.

Ha pasado mucho tiempo, y en todos estos años he realizado cientos sino miles de autopsias. Algunas no requieren de mucho análisis, otras son verdaderos desafíos, pero hay una con la que me sentí como un novato a pesar de que ya tenía varios años ejerciendo mi profesión.

Todo lo que había aprendido en la universidad parecía no servirme de nada ante aquel cadáver. Hoy ya no soy el mismo, y ya aprendí la lección que no me enseñaron mis profesores, y es que hay casos que no se pueden analizar con las herramientas clásicas. Son sucesos que escapan a todo lo que conocemos a través de la razón, eventos que son propios de los asuntos de la fe. Una fe que puede ser en la existencia de un ser supremo, bondadoso, que nos observa y nos protege desde el cielo. O puedo ser más bien una creencia, la creencia de que existe algo oscuro acechando entre las sombras; una fuerza maligna que dibuja figuras que tienen las mismas formas que nuestras pesadillas.

Aquel cuerpo que tenía frente a mí era el de un hombre de cuarenta años llamado Ramón Q., que había fallecido a causa de un disparo. Una bala de un rifle había ingresado por su pómulo izquierdo para luego volarle los sesos destrozándole parte del cráneo.

Las autopsias de balística requieren ilustraciones precisas, en las que se describe el trayecto del proyectil. Dichos estudios ayudan a reconstruir la escena para así poder descifrar si se trató de una cuestión de legítima defensa o si, por el contrario, fue un crimen a sangre fría.

Según el informe, Ramón ingresó al campo de Facundo P. a medianoche, y éste último, despertado por los ladridos de sus perros, salió de su casa y le disparó desde seis metros de distancia.

Facundo había sido detenido, y estaba esperando en su celda por un juicio con mínimas esperanzas de salir airoso. Su víctima, Ramón, estaba frente a mí con todo su cerebro a la vista, o más bien lo que aún quedaba de él tras el disparo.

Tenía varias heridas en el cuerpo, pero ninguna de gravedad. Parecía que había estado en algún enfrentamiento, hasta que tuvo una muerte inmediata al recibir el disparo. Por otro lado, había que analizar a Facundo y ver si él mostraba signos de una pelea, así como si sus análisis de sangre daban positivos en alguna sustancia. Aquellos no eran mis asuntos, yo debía enfocarme en el cadáver de Ramón, pero allí estaba mi problema. Era un asunto que por más que lo pensara una y otra vez, no podía explicar cómo había sucedido.

La bala que acabó con su vida había ingresado con una inclinación por su rostro y salió con una inclinación diferente de su cráneo. Según las muestras, la bala había cambiado unos noventa grados hacia arriba. Dicho de otro modo: la bala dobló dentro de su cara y se dirigió hacia la tapa de sus sesos.

Yo no podía entregar un informe con tal hecho que parecía salido de un cuento de fantasía. Una bala, y menos de ese calibre, no podría ser desviada de ese modo ni siquiera al chocar con un hueso.

Comencé todo el estudio desde un principio y arribé a las mismas conclusiones. Habían pasado varios días y yo seguía sin presentar el informe, hasta que recibí una llamada del comisario para preguntarme por los resultados. Ante su insistencia le hablé de la situación; le dije lo que sucedía y decidimos encontrarnos para tomar un café.

Intenté explicarle de un modo preciso todo el asunto, pero él estaba más apurado por una autopsia sin importar lo que ésta dijera. Lo único que quería era que yo comprobase que el balazo había sido causado por el rifle de Facundo.

La verdad, sentí que el comisario tenía demasiado apuro por incriminar al acusado. Más allá de lo que sucediera en el juicio y qué otras pruebas se presentaran, yo debía realizar bien mi trabajo; debía entregar el informe de una autopsia en la que todo cuadre con lo que aparentemente había sucedido, y que cualquiera que las leyera pudiera comprender la situación.

Fue entonces que pensé que lo mejor sería interiorizarme más en el caso, pensando que tal vez había algo que podría explicar la falla en la autopsia.

El comisario me terminó contando, no con muchas ganas ni detalle, lo que él sabía. Me dijo que Facundo había visto a Ramón intentando ingresar en su casa y le había disparado, no cerca de su casa, lo que habría supuesto una mayor amenaza para él y su familia, sino a diez metros de esta, cerca de su gallinero. Si bien el cuerpo de Ramón tenía heridas que podrían ser símbolo de un enfrentamiento entre los dos hombres, Facundo estaba intacto. Le había disparado al instante en que lo vio, y esas heridas que el difunto presentaba serían anteriores al encuentro entre esos dos sujetos.

Le pregunté al comisario sobre quién había sido Ramón Q., y me dijo que era un pobre hombre. Quienes lo conocían decían que tenía problemas psicológicos, y que llevaba varios meses desaparecido. El comisario tenía la teoría de que estaba extraviado, y buscaba un lugar donde refugiarse cuando Facundo lo mató.

Puesto de ese modo, cualquiera pensaría que actuó de manera precipitada, y era justo que pagase por lo cometido. Pero aún estaba el asunto de la bala.

Regresé a la morgue y volví a analizar los orificios de entrada y salida del proyectil. En realidad, la salida fue devastadora, le había hecho un orificio del tamaño de mi puño, por el que volaron trozos de cerebro y de huesos. Puse aquello en el informe, pero no podía terminarlo. De ninguna manera iba a poner mi firma en algo que no cuadraba, en algo que yo ni siquiera creía posible.

A la semana siguiente el comisario volvió a llamarme por teléfono; su poca paciencia se estaba agotando, y entonces decidí averiguar más sobre esa noche hablando con la única persona que pensé que podría estar con ganas de contármelo todo, el único testigo: Facundo P.

Era algo irregular, por supuesto, mi trabajo no consiste en hablar con los acusados para que me expliquen lo sucedido, al contrario, son mis estudios científicos los que aportan pruebas irrefutables en los juicios. Pero yo tenía en mis manos un cadáver que me llenaba de dudas, y sin importar lo que me pedía el comisario, deseaba hacer un informe completo. Me dirigí a la jefatura de policía y, aunque el comisario no estaba muy a gusto con la idea, tuve un encuentro con el acusado.

Un oficial me dirigió al sótano, donde se encontraban las celdas, y me llevó hasta aquella en la que estaba Facundo.

El hombre estaba deshecho; se notaba que no pertenecía a ese sitio oscuro en el que apenas corría un aire viciado. Sus manos temblaban, y debía secar sus lágrimas ante cada pregunta que le hacía.

Al principio se mostró reacio a contar lo sucedido; algo cínico diría. Me contó que vivía con su mujer y sus dos hijos pequeños, pero ellos se quedaron en la casa cuando él salió para ver por qué ladraban los perros. Salió con su rifle en mano, como era su costumbre, y mientras apuntaba con una linterna preguntó si había alguien allí.

Le pedí más detalles, entonces me dijo, sin siquiera mirarme, que sus perros siguieron ladrando hasta que uno de ellos gimió. Luego gimió otro, y finalmente el tercero huyó, pasando por al lado suyo. Él siguió avanzando hacia el lugar de donde provenían los ruidos y allí vio a Ramón junto al corral de las gallinas. Entonces le apuntó con su arma. Como Ramón continuaba allí, le disparó. Fue un tiro preciso que lo mató al instante.

Le pregunté por sus perros, si habían muerto, y también qué ocurrió con el que había huido. Facundo alzó la mirada, y me di cuenta de que ningún policía o abogado le había preguntado por ellos. Me dijo que los dos primeros habían fallecido, y que su mujer le había contado que el que había huido regresó tras una semana desaparecido.

―Yo no estoy aquí para juzgarte, Facundo ―le dije―. Estoy aquí porque hay algo que no me cierra; podría decirse que vine por motivos puramente científicos.

Él se apoyó en los barrotes de la celda y me miró con una sonrisa amable:

―Esta es una de esas ocasiones que escapan a su ciencia, buen hombre. Lo que sucedió esa noche es uno de esos asuntos de Dios y el Diablo; en este caso, del segundo.

Pedí a un guardia si me permitía ingresar para hablar mejor con Facundo. Era obvio que no era un hombre peligroso, y me dejaron pasar para sentarme allí junto a él.

Le dije de nuevo que necesitaba que me contara todo lo que ocurrió esa noche, que cualquier detalle podría ser importante. Yo le iba a creer, porque el cadáver que tuve enfrente durante dos semanas tenía algo que no lograba explicar; lo único que podría justificar una trayectoria imposible como la que realizó esa bala era un evento igual de imposible.

Entonces Facundo asintió y se secó una vez más las lágrimas, luego se inclinó hacia mí y me clavó la mirada.

Me dijo entonces algo que yo ya estaba comenzando a suponer: Ramón no era un hombre normal. De hecho, no era un hombre cuando él le disparó.

Lo primero que había visto esa noche fue los cadáveres de sus dos perros. Estaban desechos; algo los había cortado por la mitad. Al acercarse más logró ver al causante, un ser que estaba parado en las cuatro extremidades, desnudo y cubierto de pelos. Su cuerpo no era el de un humano, tenía brazos y piernas deformes, orejas puntiagudas y un hocico alargado con enormes colmillos llenos de sangre.

Él le disparó directamente en el rostro, y aquella criatura cayó al suelo. Pero al morir, comenzó a cambiar de forma, hasta convertirse en el ser humano que yo había recibido en la morgue.

Comprendí que, en ese cambio, cuando el cráneo de Ramón tomó la forma de un hombre, los orificios de entrada y de salida de la bala dejaron de tener la misma dirección, dejaron de estar alineados.

Luego de la conversación regresé de inmediato al hospital para terminar la autopsia, pero ya no pude ver al cadáver de Ramón de la misma manera. Frente a mí había un cuerpo de alguien que no tenía la culpa de lo que le había pasado, un hombre que, por algún motivo había huido de su casa, o se había extraviado, y quién sabe cómo fue que aquella noche se convirtió en la bestia que atacó el hogar de Facundo con intención de alimentarse de los animales. Era un ser maldito, y Facundo también debió pagar por aquella maldición, pero pagaría con años en prisión.

Terminé entonces con la autopsia lo antes posible, explicando que la bala se había desviado, aunque sin aclarar cuánto. Me dediqué más a explicar que el cadáver tenía sangre de los dos perros que mató, tanto en las manos como en los dientes. Entregué el informe a la policía y no pude hacer mucho más para ayudar a Facundo. Poco después supe que le redujeron la sentencia porque evidentemente Ramón estaba desquiciado al momento del enfrentamiento.

En el pueblo no tardó en correrse la voz de lo ocurrido, y aunque algunos piensan mal de Facundo, la mayoría lo consideran un héroe por lo que hizo; no solo por haber defendido su campo y a su familia de aquella criatura, sino porque desde que aquello ocurrió, disminuyeron las muertes de gallinas y otros animales de granja en el pueblo de El Amparo.