lunes, 1 de enero de 2024

DESCUBRIENDO AL SEÑOR JONES





Yo llevaba tres meses trabajando en la empresa de transporte cuando me asignaron al Señor J. Solo digo su inicial porque estoy seguro de que a él no le gustaría que revelara su identidad. De todas maneras, es probable que ni siquiera nos haya dado su verdadero nombre. Tal vez comience con otra letra, no lo sé, pero en la empresa lo llamábamos así: Señor J., o a veces también, Señor Jones.

La agencia en que trabajaba era de limusinas y automóviles de lujo; un lugar exclusivo para clientes acaudalados a los que les gusta viajar con estilo, precisamente como el Señor Jones.

Fui a buscarlo a su casa un sábado por la noche. Era una mansión ostentosa, rodeada de pinos, con columnas de mármol y una puerta de entrada que se extendía por varios metros. Yo apenas me estaba acostumbrando a ver aquellas personalidades, pero nadie podría acostumbrarse a alguien como él.

Esa primera noche vestía un traje negro con finas líneas en bordó; un traje hecho a medida que destacaba su cintura de atleta y sus anchos hombros. Parecía tener dos décadas más que yo, pero estaba en perfectas condiciones físicas. Tenía cabello negro bien peinado y una barba incipiente delineada al detalle. Tuve la sensación de ser el chofer de una estrella de cine.

Apenas ingresó a la limusina subió el vidrio espejado que dividía la cabina. Supe entonces que el Señor Jones apreciaba su privacidad.

Llegamos a un bar, y tuve que leer de nuevo la dirección porque creí que no era el sitio correcto. Había imaginado una fiesta en un edificio clásico del centro de la ciudad, pero no había otra cosa alrededor más que ese lugar al que nadie llegaría en limusina. De pronto él habló por el comunicador: «Sí. Es aquí».

Descendí y abrí su puerta, y al ponerse de pie se acomodó el saco con sumo cuidado:

―Espérame un momento ―me dijo―. Regreso enseguida.

Me senté de nuevo al volante y minutos más tarde lo vi regresar con una señorita rubia. La muchacha era apenas mayor de edad, y lo abrazaba como si fuesen recién casados.

La empresa no me había dado más indicaciones, y esperé a que sea él quien me diera una nueva dirección a la cual conducir, pero solo me pidió que lo llevara otra vez a su hogar.

Durante la semana hablé con algunos de mis compañeros acerca del Señor J., tenía curiosidad por saber a qué se dedicaba y si era o no casado, pero todo lo que oía de él estaba envuelto en rumores y misterio.

El sábado siguiente también me tocó ser su chofer. Esa segunda noche estaba vestido otra vez como para ir una entrega de premios; con un traje azul eléctrico de vivos plateados. Traía consigo un bastón de tipo ornamental, y sus dedos estaban cubiertos de anillos de gran tamaño. Fuimos a otro sitio: Un pub para el que, otra vez, él tenía demasiada elegancia.

―Espérame un momento. No me tardo.

Imaginé que iría a buscar a la joven de la primera noche, pero enseguida regresó con una joven de cabello negro que era tan o más bonita que la rubia de la semana anterior. Ella también se veía enamorada, y subieron a la limusina entre risas, tomados de la mano.

La velada me dejó más preguntas que respuestas. Pensé en un momento que las contrataba, pero ellas lo miraban como si lo conocieran desde antes. De todas maneras, no me cerraba el hecho de que fuese a buscarlas en limusina, vestido de esa manera. Había algo muy extraño en el Señor Jones.

El tercer sábado que lo fui a buscar tuve un atrevimiento. Lo conduje a un nuevo bar, de la misma clase que los otros dos, y al llegar le pedí permiso de ingresar con él para pasar al baño.

Era un sitio poco concurrido y algo descuidado, de estilo industrial; no se veía en absoluto como un lugar al que asistiría alguien como él.

―Está algo vacío ―le dije―. ¿Prefiere que lo lleve a otro lugar?

El Señor Jones giró hacia mí y me habló con el tono profundo de alguien que narra una fábula:

―El pájaro es quien madruga para atrapar al gusano; el gato prefiere la luna.

En ese momento sonaba un éxito de rock alternativo de los 90.

―Me gusta esta canción ―dijo él―. ¿Es nueva?

No podía creer que no la conociera.

―Más o menos… ―le dije.

De pronto comenzó a mover la cabeza y luego los hombros. Caminó hacia el interior del lugar dando pasos al ritmo. Luces de todos colores lo rodearon y se reflejaron en sus zapatos recién lustrados. Avanzó chasqueando los dedos, algo que me pareció fuera de lugar al principio, pero lo hacía con tanta gracia que sin darme cuenta empecé a moverme también.

El Señor Jones bailaba como si nadie lo estuviera mirando, pero todos lo estaban mirando. Daba vueltas en la pista mientras los reflectores lo seguían como si de una rutina de baile se tratara. De pronto sonrió con los ojos cerrados. Creo que yo también sonreí.

Al terminar la canción se acercó a la barra y pidió una botella de vino. Tardó en elegir la bodega; era evidente que buscaba la mejor botella que tuvieran disponible. Yo fui al baño rápido, solo para fingir; lo cierto es que solo quería verlo en acción.

Al regresar lo vi apoyar una copa vacía sobre la barra; había vaciado una botella entera de vino y se veía más radiante que al llegar. Observó a su alrededor como si todo el sitio le perteneciera. Tenía la actitud que tendría Dios o el Diablo si decidieran pasar una velada con los humanos. Yo también miré a las jóvenes del lugar, hasta que mis ojos se posaron en una hermosa morena de cabello rizado que reía rodeada de amigas en una mesa del fondo. De inmediato sentí que era perfecta para él, y cuando me volví hacía la barra vi que él también la estaba observando. Lejos de quedarse sentado, su absoluta fe en sí mismo lo hizo caminar hacia ella sin tropiezos.

Fue magnético. Se acercó y le dijo algo al oído, y ella se puso de pie abandonando a sus amigas para sujetarse del bien formado brazo del Señor Jones.

Enseguida corrí para abriles la puerta del bar y luego la puerta de la limo. Conduje por la ciudad mientras la gente intentaba en vano mirar a través de las densas ventanillas, con deseos de saber quién viajaba con tal ostentación. Pronto llegamos a su mansión y el Señor Jones se despidió de mí sin pérdida de tiempo, mientras llevaba del brazo a su acompañante que se veía ebria de amor.

Para el siguiente sábado pensé en preguntarle acerca de su éxito con las mujeres. Yo me casé de muy joven, y soy un hombre de familia, pero moría por saber qué palabras usa él cuando conoce a una muchacha. ¿Acaso les habla de su fortuna? ¿O les dice que tiene una limusina esperándolos en la puerta? Ese día estaba decidido a hacer un comentario, pero al llegar a la agencia me dieron una noticia que me hizo olvidar todo el asunto. Me dijeron que el vehículo que solía manejar estaba siendo reparado. El arreglo de frenos tardaría varios días por lo que me asignaron un automóvil.

Era lujoso también, un auto señorial que cualquiera habría creído que iría bien con el Señor Jones, pero yo estaba seguro de que no le iba a gustar en absoluto. Insistí en la empresa, pero las otras dos limusinas tampoco estaban disponibles; una estaba siendo pintada y la tercera estaba contratada por toda la semana.

Cuando el Señor Jones vio el vehículo ni siquiera me saludó:

―¿Qué es esto? ¿Una broma?

―Perdón, señor; la limusina está en el mecánico. Debieron llevarla hoy para hacerle los frenos, y las otras que tenemos no estaban disponibles. Este es un muy buen auto, se lo prometo, no tiene nada que envidiarle al vehículo de siempre. Le haremos además un importante descuento por las molestias.

―El dinero no es problema; esto es una falta de profesionalismo. Vuelve el próximo sábado y trae el vehículo que contraté.

Al siguiente fin de semana mi limusina estaba lista. Antes de ir a buscar al Señor Jones tomé la aspiradora y la pasé cuidadosamente por los asientos y por la alfombra. Luego tomé un paño y limpié los cristales y los detalles en cromo. Hasta tomé un aerosol que reviviera el brillo a los neumáticos. Debía asegurarme que todo fuese perfecto para mi peculiar cliente.

Al estacionar en la puerta de su casa vi que el Señor J. estaba esperándome en la vereda. Hasta ese momento siempre lo vi relajado, pero ese día temblaba de ansiedad. Las dos semanas sin mujeres que sacien sus necesidades lo habían envejecido. Su piel estaba resquebrajada, y su cabello mostraba largas raíces canas. Apoyó sus manos en el vehículo, y vi que tenía las uñas largas y partidas.

No me salieron palabras, solo pisé el acelerador y hui de allí para siempre. Mientras me alejaba atiné a mirar el espejo retrovisor para ver al Señor Jones por última vez, pero no logré encontrar su reflejo.

Luego de renunciar a la empresa de transporte conseguí otro trabajo cerca de su barrio. He caído en la tentación de pasar por su puerta más de una vez, pero jamás paso de noche. Solo conduzco frente a su casa si aún es de día. Me siento seguro con el sol allá en lo alto; sé muy bien que el Señor Jones prefiere la luna.

2 comentarios:

  1. Excelente historia que casi hasta el final no deja ver que se trata de un vampiro. Muy buena toda la narrativa y ese endemoniado final... Bueno quizás la imagen tenga alguna pista pero muy difícil de detectar antes de terminar el relato.
    Un abrazo a la luz del dia, de noche no acostumbro salir, ja, ja.

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    Respuestas
    1. Hola, Harolina!
      Me alegra que te haya parecido así el cuento.
      Está muy bien que salgas de día, debes cuidarte del Señor Jones. Yo soy bastante nocturno, pero no corro riesgo; no creo ser su tipo.
      Fuerte abrazo, amiga.

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