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lunes, 16 de enero de 2017

EL HOMBRE DEL TIEMPO - Capítulo 10




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CAPÍTULO 10



Su encuentro con Ulises fue peor de lo que podría haber imaginado. Pensó entonces en contarle a su madre lo de los viajes en el tiempo, pero hacía años que no tenía una conversación con ella; la mujer jamás volvió a ser la misma luego de la muerte de su marido, y había tenido demasiadas cenas con ella en silencio como para poder revivir la relación. Tampoco en la oficina tenía compañeros de confianza, aunque sí había alguien que le parecía interesante. Se trataba de una muchacha pelirroja que trabajaba en el cubículo junto al suyo: Samanta. 



Samanta tenía una réplica del DeLorean de la película Volver al Futuro en su escritorio; algo que le pareció extraño en una mujer. A Oscar le encantaban esas películas, y podría haber iniciado una conversación al respecto, no obstante, nunca le mencionó el tema. Recordó aquella réplica y pensó que alguien como ella podría interesarse en la historia de su libro mágico, fue por eso que decidió ir a la oficina aquella mañana. 



Al llegar al trabajo se asomó por encima del panel, pero allí no vio a la muchacha de rulos colorados ni a su pequeña réplica. Encontró en cambio a una joven desconocida: 


– Disculpame – dijo Oscar –, ¿no sabés en dónde está Samanta? 

La muchacha se quedó mirándolo como si hubiese visto a un fantasma. 

– Perdón que me sorprenda, creo que es la primera vez que me hacés una pregunta desde que empecé a trabajar acá. Samanta debe estar en su oficina, en el tercer piso. 

Oscar no dijo nada. 

– Luego de que la ascendieran, yo tomé su puesto como parametrizadora de divergencias. 

Oscar fue corriendo hacia las escaleras y buscó con desesperación la oficina de Samanta. No podía creer que la hubiesen ascendido siendo que él tenía más tiempo trabajando allí que ella. 

Entró a la oficina y vio a Samanta sentada en un enorme escritorio, con un traje que indicaba que el aumento había sido importante. 

– Samanta…, hola. 

– ¡Oscar! ¿Cómo estás? 

Buscó el pequeño automóvil pero no lo encontró; en el escritorio había solo un lapicero de bronce y una lámpara de diseño. 

– Solo quería ver tu nueva oficina y… felicitarte por tu ascenso. 

– ¿Mi nueva…? Hace un mes me ascendieron, ya viniste varias veces a mi oficina a traer informes. Además, ya me habías felicitado; aunque con mucho menos entusiasmo. 

Samanta rio y a Oscar lo colmó una profunda tristeza. 

– Oscar… – continuó la mujer –, entiendo que debe ser duro. Debiste ser vos quien obtuviera el ascenso, de verdad lo creo. Incluso se lo dije a los jefes. 

– Samanta, ¿te gustaría tomar un café esta tarde? 

– Eh…, sí, claro. Pero hoy me pasa a buscar Esteban. Mañana podría ser si querés. 

– ¿Esteban? 

– Sí – dijo ella –; mi novio. 

– Ah, perdón, no sabía. 

– Lo conocés. Empezamos a salir el día de que festejé mi cumple… ah, no, cierto que no fuiste. Bueno, pero te lo presenté un día que vino a buscarme. Estás raro hoy; bueno, más que de costumbre. 

– Sí, cierto. Bueno, mañana arreglamos entonces. 


Samanta le sonrió de un modo en que pareció que le estaba diciendo que habría sido suya por siempre si él hubiese ido a aquella fiesta de cumpleaños. O al menos así fue como Oscar recordaría aquella sonrisa.

Al regresar de la oficina se dirigió a la habitación del fondo y apoyó las manos sobre el viejo libro; lo más parecido que tenía a un amigo en todo el mundo. Se sentía como un tonto luego de haber perdido el ascenso y de haber desperdiciado lo que pudo ser una oportunidad con Samanta.

Sus últimos años fueron difíciles, y tuvo muchos momentos en que no podía pensar con claridad y que necesitó alguien en quien apoyarse. Se acordó entonces de su difunto amigo:

– Diego murió por mi culpa. Pude haber hecho algo aquel día, pero tuve miedo. Debí haberme arriesgado, incluso si me mataban habría sido mejor que esto.

Las hojas del libro comenzaron a temblar; era como que ya sabía lo que su dueño estaba a punto de pedirle:

– Deseo viajar al día en que asesinaron a Diego.

Desapareció de la habitación oculta y despertó ante el sonido del teléfono:

– Hola…

– ¡Oscar! – dijo Diego –. Por fin atendiste. ¿Estabas durmiendo? Cambiate rápido que tenemos que llegar en una hora.

Ese día irían juntos a ver un partido de fútbol, jugaban Atlético Santa Fe contra Sportivo Saccheri.

– No, no vayamos. ¿Por qué mejor no lo vemos por televisión?

Diego rio:

– Dejate de joder, que las entradas costaron un huevo. Además, no es lo mismo; este partido lo tenemos que ver en la cancha. En quince minutos paso por tu casa.

Oscar comenzó a desesperarse; su amigo estaba a punto de ser asesinado.

Diego llegó y él lo hizo pasar. Oscar se quedó quieto, pensativo.

– Tenemos que salir enseguida, ¿qué te pasa, Oscar?

– Deberíamos llevar un cuchillo o un palo, o algo ¿no te parece?

– ¿Un arma a la cancha?, ¿para que nos revisen y nos lleven detenidos? Excelente idea… Apurate que nos tenemos que ir.

Los dos muchachos tomaron el colectivo y luego caminaron durante varias cuadras. Oscar no recordaba cómo era el asesino, su mente se había bloqueado aquella tarde, por lo que iba mirando hacia todas partes, sospechando de cada persona con la que se cruzaban. A medida que se iban acercando al estadio, había más y más gente, y ya no podía soportar los nervios.

De la nada apareció un hombre armado con una navaja. Tenía puesta una campera sucia con capucha que debió ser negra en otra época, pero ya estaba gris:

– ¡Dame la plata o te corto todo!

Diego estuvo a punto de resistirse, como lo había hecho la primera vez, pero entonces Oscar se puso adelante y sujetó al ladrón del brazo. Sin embargo, aquello no lo detuvo. Con la otra mano el sujeto sacó una pistola que tenía sujeta al cinturón, y le dio un balazo a cada uno de los dos amigos.

La bala que iba dirigida a Oscar no lo lastimó, apenas le rozó la ropa haciéndole un agujero; la otra, en cambio, le dio a Diego en el estómago, en el mismo lugar en que le había clavado la navaja la vez en que Oscar no hizo nada.

Su amigo cayó al suelo dejando lo que parecía una alfombra de sangre, y falleció poco antes de que llegara la ambulancia.







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12 comentarios:

  1. Estás tremendamente productivo, ¿o acaso ya tienes toda la historia escrita y nos la van desgranando pedazo a pedazo?
    Dile a Oscar que vaya con más tiento. Sigue en sus trece queriendo revivir hechos pasados que no puede resolver y, además, se está perdiendo porciones de su vida actual que bien podrían serle de más utilidad, como su posible relaciñon con Samanta.
    Un abrazo.

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    1. Ya la tengo escrita la historia (como el pasado, que ya está escrito). Solo estoy revisando los capítulos antes de subirlos.
      Creo que Oscar no escucha consejos a esta altura.
      Te agradezco mucho el comentario, Josep.
      Abrazo.

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  2. Creo que todos tenemos algo de Oscar, en el cual queremos cambiar parte de nuestro pasado, pensando en que nos hará sentir mejor, pero como lo hemos visto a través da cada uno de sus regresos, el pasado no cambia, no se si el futuro ya está escrito o lo vamos formando, pero en lo que si coincido con Oscar, es en que si tiene mucho que ver con nuestros eventos del pasado.

    Veremos en el siguiente capítulo si ya entendió que debe aceptar su pasado y ver que está perdiendo su futuro, y las oportunidades que éste podría estarle ofreciendo, porque creo que mucho de nuestro futuro esta basado en ello, en oportunidades que tomas o dejas en el momento correcto, no es cuestión de suerte, solo es cuestión de no dejar de observar para que las oportunidades no se te pasen, y termines lamentando la vida culpando a todos, cuando el único culpable es uno mismo.

    Hoy me salió otra ves lo psicóloga, jajajaja sigo divirtiéndome tanto con este relato, gracias por alegrar mi día con tus escritos.

    ¡saludos y bonito inicio de semana!

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    1. Es una alegría para mí que disfrutes del relato y te salga la psicóloga.
      Muy buena tu reflexión respecto a las oportunidades.

      Muchas gracias por el reflexivo comentario, Tere. Espero que sigas disfrutando de los poquitos episodios que quedan de esta historia.
      Que inicies muy bien tu semana :)

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  3. No me atrevo arriesgar, predecir ese final, se que tu nos sorprendes con esos finales geniales y para nada previsibles. Por lo tanto querido Federico sigo esperando tu final.
    Un besito amigo

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    1. Espero volver a sorprendente con lo que tengo preparado para Oscar.
      Gracias por el comentario, Silvia.
      Beso.

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  4. La mente es tan prolifera como lo sea la imaginación, pero por mas que divaguemos y lo intentemos jamas cambiaremos el pasado, ni siquiera en la imaginación.

    El miedo siempre se mantiene al acecho en los cobardes, que se escudan precisamente detrás de su miedo y nunca llegan a emprender nada por si mismos, se le suelen pasar las fichas atrapados en su pánico psicológico y emocional, Oscar es un vivo retrato de esto.

    Bueno veremos que otro recurso absurdo saca de la manga Oscar para eludir hacer lo que en realidad debe hacer, y deja de que su vida siempre dependa de las circunstancias de alguien de algo que pudo haber sido y no fue.

    Vamos por mas Federico

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    1. Te agradezco la atenta lectura y el reflexivo comentario, amiga.

      Te espero en el próximo viaje de Oscar, Harolina; hasta entonces espero que el miedo siga sin acecharte.

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  5. Aumenta! el misterio en cada capitulo... Disfruto mucho al leerlo.

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  6. Pues en el anterior capítulo se acabó la breve odisea de Ulises, pero ya se pudieron ver en él las secuelas del uso libro.
    Y en este capítulo queda claro, el protagonista no puede cambiar el pasado, pero el presente se ve afectado por no vivirlo.
    Oscar, presuntamente, ha perdido un probable ascenso, y una posible relación amorosa.
    ¿Se dará cuenta de su grave error?
    Apasionante, Federico.
    ¡Abrazo, Amigo de las Letras!

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    1. Me hiciste sonreír con lo de Ulises.
      Un comentario acertado y reflexivo el tuyo, amigo de las letras.
      ¡Abrazo y hasta la próxima odisea, Edgar!

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