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miércoles, 4 de enero de 2017

EL HOMBRE DEL TIEMPO - Capítulo 4






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CAPÍTULO 4


Ese martes el trabajo le resultó más tedioso que de costumbre; el recuerdo de glorias pasadas se había vuelto más fresco, contrastando con una vida presente carente de emociones.

El viaje en el tiempo lo llenó de preguntas: ¿Qué había pasado el día anterior?, ¿qué ocurrió con su trabajo mientras revivía la final de fútbol?

Por la mañana se cruzó con Samanta, la única compañera del trabajo con quien solía hablar unos segundos al día:

– ¿Nos vimos ayer? – preguntó Oscar.

– Sí – dijo ella –. Te saludé, pero estabas muy distraído; más que de costumbre.

Samanta sonrió.

– Ah, sí. Ando con muchas cosas en la cabeza… Ya estaré mejor.

– Parecías un muerto viviente. Me acerqué en un momento para preguntarte si vas a venir este sábado, pero no contestaste.

– ¿A dónde?

En ese momento llamaron a Samanta por el altoparlante y debió asistir a la oficina de uno de los jefes.

Oscar regresó a su pequeño cubículo, sintiéndose solo a pesar de estar rodeado de cientos de personas en otros cubículos tan pequeños como el suyo. Los ruidos comenzaron a volverse sordos con el correr de las horas y al final se sentía como si estuviese usando una máscara de látex ciega dentro de una bañera de agua caliente.

Al regresar a su departamento se dirigió a la habitación oculta. Las velas se encendieron solas como la vez anterior, y él apoyó las manos sobre el viejo libro:

– Siento que no puedo soportar un día más en esa oficina. Tuve buenos momentos en mi vida, pero ya no me queda nada. Todo cayó en picada cuando me separé de Clara.

La boca de Oscar hizo un gesto muy parecido a una sonrisa.

– Clara…, ¿qué será de ella en este momento? Lo que daría por volver a verla. Pero verla de verdad; verla como la primera vez que la vi, cuando ella era todo lo que yo deseaba que fuese. Deseo revivir el día en que salí con Clara por primera vez…

Las hojas del libro se movieron y transportaron a Oscar a un departamento más grande y lujoso que aquel en que vivía a los cuarenta y cinco años.

Despertó en una cama con sábanas nuevas y miró el reloj; eran las quince horas. Había dormido una siesta para estar descansado para la cita que tendría con Clara más tarde.

Se levantó de un salto y corrió a mirarse en el espejo. Su rostro no tenía arrugas, y en su abdomen había unos músculos marcados que luego serían tapados por capas y capas de grasa que mostraban su inactividad. Aquella sería una gran noche y él se sentía como una bestia salvaje.

Mientras se bañaba intentó recordar las prendas que se puso aquella velada para que todo fuese perfecto de nuevo; no quería defraudar a Clara. El pantalón y la camisa pudieron haber sido cualesquiera, pero sí recordaba haber usado su vieja chaqueta de cuero que era nueva en aquella época.

Esa noche irían al teatro El Libertador a ver el acto del famoso mimo Boris Zhanitzyn. Una amiga se lo había recomendado a Clara, y cuando ella se lo contó a Oscar, él se apresuró en conseguir dos entradas para invitarla.

Se encontraron en la cafetería de enfrente y él llegó uno minutos antes que ella. Se había largado a llover, y recordó que aquello le había hecho temer que ella no asistiera. Pero esa vez estaba seguro de que ella aparecería, y pudo relajarse en su asiento a esperar la sonrisa que ella le regalaría al verlo.

La puerta se abrió y entró una muchacha de cabello castaño hasta los hombros, desarreglado por la lluvia, que cerraba el paraguas salpicando agua por todas partes. De pronto comenzó a toser con fuerza, y entonces Oscar recordó que ella siempre tosía de un modo ruidoso. Cuando Clara lo vio lo saludó con una sonrisa leve, y se acercó mientras intentaba sujetar el paraguas con la cinta. Él habría jurado que, al saludarse, a ella se le había abierto por completo el paraguas por accidente, e incluso se había reído más de una vez recordando ese detalle, pero solo había tenido una pequeña dificultad al terminar de cerrarlo.

Estuvieron sentados durante media hora y hubo grandes lagunas en la conversación. Además de los silencios incómodos, su asiento distaba de ser el mejor de la cafetería. Se había sentado en la única mesa disponible, y ésta estaba junto al baño. Durante el tiempo que estuvieron allí, a Oscar le chocaron la silla doce veces y le dieron diecisiete codazos, pero en la cita original se le habían pasado por alto dichas molestias.

Cansado de la situación, Oscar propuso cruzar al teatro para ir acomodándose en sus asientos, aunque aún era temprano para eso.

El lugar estaba vacío cuando llegaron, pero las butacas se llenaron en cuestión de minutos; se trataba de un mimo famoso en todo el mundo, y su actuación inspiraba a artistas de todo tipo. Boris estaría en la ciudad solo unos días, y había rumores de que estaba por retirarse debido a un problema de salud. Oscar se sentía orgulloso de haber conseguido entradas para tal espectáculo, sobre todo luego de que Clara hubiese nombrado a Boris con tanto entusiasmo.

Estuvieron sentados en las butacas esperando a que comenzara la función. Clara no hablaba mucho y, cuando lo hacía, le hablaba de danza clásica y detalles acerca de la academia en donde estudiaba.

– ¿A vos y a tu amiga les gusta la mímica?

– No.

– Ah…, pensé que sí; como te recomendó ver el espectáculo de Boris.

– Me lo mencionó una vez. Lo vio en la tele creo. Dijo que le había llamado la atención, pero eso es todo. Igual te agradezco mucho la entrada. Será… interesante ver el acto de un mimo.

En ese momento apagaron las luces y Clara no pudo ver el rictus de Oscar. Pronto se encendió un reflector que iluminó el telón; el espectáculo de Boris estaba por comenzar.

El viejo telón se abrió. Todo estaba a oscuras, a excepción del círculo iluminado en medio del escenario. Allí estaba ubicado el artista, cubriéndose el rostro bajo la sombra de un sombrero bombín. Boris era un anciano delgado que aún conservaba su físico de atleta, y estaba vestido con un traje a rayas ajustado al cuerpo. Levantó la mirada y el público vio su rostro arrugado; blanco, a excepción de unos pequeños labios carmesí y de una lágrima negra bajo su ojo izquierdo.






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14 comentarios:

  1. Es interesante como uno recuerda el pasado como queremos recordarlo, creo que si fuéramos al pasado nos pasaría lo mismo que a Oscar y seguramente nos decepcionaríamos un poco o mucho de lo realmente sucedido y nos daríamos cuenta de que algunas historias las cambiamos totalmente en nuestra contra o a nuestro favor dependiendo que convenga ;-). Como dicen "cada quien habla de como le fue en la feria".

    Interesante el día de la cita de Oscar, esperaré para ver como termina.

    ¡Saludos y excelente miércoles!

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    1. Así es, Tere; los recuerdos tienen siempre algo de fantasía que le vamos agregando con el tiempo.

      Muchas gracias por la atenta lectura y el reflexivo comentario.

      ¡Saludos!

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  2. Al principio de la lectura pensé que el pasado le jugaba una mala pasada al protagonista y nada volvía a ocurrir como realmente sucedió, pero luego me ha parecido comprender que lo que le ocurre a Oscar es que sobrevaloró unos hechos que no fueron tan agradables como recuerda. Cuando uno se enamora tiende a agrandar las virtudes y a minimizar los defectos de la persona amada. La vuelta al pasado le ha hecho ver que no todo fue como él lo interpretó. De ser así, no fue una persona muy observadora que digamos, jeje
    Ahora sí que no sé como continuará la historia. Tendré que esperar.
    Saludos.

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    1. Excelente análisis, Josep. Parece que a Oscar el tiempo le jugó una mala pasada en sus recuerdos; quizás a todos nos pasa lo mismo.
      Gracias por la reflexiva lectura!

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  3. Este cuento me tiene demasiado intrigada, me gusta mucho, imagino el final y... bueno, espero enterarme pronto, mi ansiedad me supera.

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    1. Me alegra que te guste el cuento.
      Paciencia, Raquelita :)

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  4. Federico me parece que las emociones solo se viven una vez, en la segunda vuelta carecen de la magia que envolvió a la primera, se pierde el interés por lo que ya se conoce, por eso nada sera igual aunque l vivas en las mismas circunstancias físicas, las nuevas circunstancias emocionales o la ausencia de estas, les restaran brillo y encanto, ademas de los años, que tienden a hacernos mas perfeccionistas y menos circunstanciales. No en vano la niñez es ligera y hermosa y la madurez pesa mas en el alma.

    Me gusta como haces alusión a tus personajes de relatos anteriores Federico

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    1. Así es, Harolina; aquel momento que vivió Oscar fue bello, pero al revivirlo jamás lo será porqur carece de emoción.
      Me gusta que aparezcan mis viejos personajes. Tal vez sea una forma de revivir el pasado pero si hacerme daño como lo hace Oscar.
      Boris te saluda con la mano y, si hablara, seguro diría que se alegra de que lo recuerdes.

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  5. Cuando se vive el recuerdo del pasado se magnifica y parece que cuando lo vives ya no lo es tanto, esto le ha pasado a Oscar al recordar cuando se enamoró. A ver lo que pasa en el siguiente capítulo. Un abrazo

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    1. Así es, María.
      Te agradezco la atenta lectura y el comentario.
      Abrazo!

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  6. Gran guiño a Boris en este capítulo. Una ambientación envolvente.
    Detalles sobre lo que recordamos y lo que realmente vivimos que invitan a la reflexión sobre el papel que juega nuestra mente ante las experiencias pasadas.
    Disfruto la historia y la narración.
    ¡Abrazo, Amigo de las Letras!

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    1. Me alegra mucho que disfrutes de mi escrito, amigo de las letras.
      En el siguiente capítulo habrá algo más que solo una mención al viejo Boris, espero que te guste.
      ¡Un fuerte abrazo, Edgar!

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  7. Vaya, parece que las cosas no fueron tan bonitas como recordaba... Supongo que engrandecemos los recuerdos pasados, y de ahí viene la frase: cualquier tiempo pasado fue mejor.

    A ver cómo sigue, que estoy intrigada. Se dará cuenta de que realmente no merece la pena regresar atras?

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    1. Me alegro de haberte dejado con la intriga, Carmen.
      Es cierto lo que dices, no siempre el pasado fuer tan bueno como lo recordamos. Hay que intentar observar todo el panorama cuando miramos hacia atrás.

      Abrazo.

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